El legado de las religiones no son sus creencias


Marià Corbi

Marià Corbí es un jesuita español que desde hace tiempo viene propugnando una espiritualidad laica que recoja en profundidad el legado de las principales religiones. En 2007, Herder de Barcelona le editó su último libro Hacia una espiritualidad laica: sin creencias, sin religiones, sin dioses. Damos a conocer su ponencia en el XIX Foro religioso de Vitoria/Gaztei, en julio de 2011.

El lazo íntimo entre las creencias, el poder y la violencia es un motivo más para aprender a heredar el legado de las creencias, pero sin ser creyentes. Las creencias, con sus pretensiones exclusivas y excluyentes, por su misma naturaleza ni pueden ser asimiladas fácilmente por los hombres y mujeres de las nuevas sociedades, ni, diría yo, es conveniente que lo hagan. Generarían, como lo hicieron y lo están haciendo, intentos de imposición. Para conseguirlo luchan por el apoyo del poder o buscan hacerse con él. Esos intentos están íntimamente ligados a la violencia moral y, si es preciso y posible, física.

El nuevo mundo de las sociedades globales ha de excluir esos riesgos y peligros si queremos que nuestra sociedad sea una globalidad pacífica que incluya a todos, sin que nadie pretenda ser superior a los demás, menospreciarlos o incluso eliminarlos, si fuera posible. Sólo el cultivo de una cualidad humana profunda, heredera de la sabiduría de todas las tradiciones religiosas y espirituales de la humanidad, pero libre de religiones, creencias, imposiciones y violencias, puede ser el fundamento útil al desarrollo de las nuevas sociedades de conocimiento en la globalidad, en las que todas las culturas y tradiciones espirituales de la humanidad confluyen en una sociedad de conocimiento y cambio continuo.

Actitud de las organizaciones religiosas frente a esta transformación cultural

Las instituciones religiosas actualmente practican la política del avestruz, meter la cabeza en la arena para ignorar las dificultades. Cualquier empresa que fuera a la baja tan constantemente, durante tanto tiempo y cada vez con más celeridad, haría un estudio profundo para ver lo que está pasando e intentarlo corregir. Las instituciones religiosas no lo hacen. Y cuando lo hacen, parten de los mismos presupuestos, creencias y actitudes que les han llevado a la crisis.

Estos comportamientos son los propios de los organismos anquilosados que han perdido por completo la flexibilidad necesaria para adaptarse a las transformaciones de las condiciones de vida y de la cultura de las nuevas sociedades fundamentadas en la creación continua de nuevos conocimientos y tecnologías y, a través de ellos, en la continua creación de nuevos productos y servicios. Esa actitud no augura nada bueno, es signo de esclerosis, de grave envejecimiento y de muerte.

Las instituciones religiosas se niegan a reconocer que estamos sufriendo quizás la mayor transformación de las condiciones de vida colectiva de la historia de nuestra especie. Estamos frente a la crisis axiológica más grave de nuestra historia. Estamos pasando de sociedades que vivían de hacer siempre fundamentalmente lo mismo, de no cambiar, de excluir los cambios de importancia y todas las posibles alternativas, sociedades que eran estáticas, a sociedades que viven del cambio continuo en todos los niveles de la vida: cambios continuos en la interpretación de la realidad en todos sus niveles, de las tecnologías, de los modos de trabajar, de las formas de colaboración y organización, de los sistemas de cohesión colectiva y de los valores y fines.

Hemos pasado de sociedades preindustriales a sociedades plenamente industrializadas, de conocimiento y cambio continuo.

Hemos pasado de sociedades que se educaban y programaban para no cambiar, a sociedades que tienen que programarse y educarse para cambiar continuamente y estar siempre dispuestos al cambio en el ámbito que sea y cuando sea necesario.

De sociedades que vivían repitiendo los esquemas básicos del pasado, a sociedades que no pueden repetir el pasado sino que tienen que proyectar el futuro al ritmo acelerado de la marcha de nuestras tecnociencias.

De sociedades que decidían el presente mirando al pasado, a sociedades que han de decidir el presente diseñando el futuro.

De sociedades que se articulaban en torno a creencias intocables que implicaban la sumisión de la mente, del sentir y la organización bajo un sistema de coerción, a sociedades que se articulan en torno a la creatividad, la libertad, la voluntariedad y la creación de los propios postulados axiológicos y proyectos colectivos a todo nivel.

De sociedades provinciales, que creían poseer la verdadera norma de humanidad, la verdadera religión, la verdadera moralidad, el verdadero sistema de vida y de organización, a sociedades globales donde conviven todas las culturas, todas las religiones y sistemas de espiritualidad, los diversos sistemas de comportamiento, de moralidad y de vida.

Ya nadie puede pretender poseer la verdad con exclusión de toda otra verdad. Quien piense así es un gran peligro para las sociedades globales. No reconocer todos estos tránsitos y transformaciones y pretender continuar pensando, sintiendo, actuando, organizándose y viviendo como si no ocurriera nada, es una actitud suicida.

Las instituciones religiosas se empeñan en fijar a las personas y a los colectivos con las normas del pasado. Eso supone querer clavetear a los colectivos en las estructuras y modos de vida del pasado, que ya no existen porque se las llevaron las aguas torrenciales de las nuevas sociedades. Nadie puede frenar esas aguas. Eso supone predicar unas normas de vida propias de otros tiempos, a unos hombres que, como se les piensa, ya no existen. ¿Cabe un sin sentido mayor?

Las generaciones más jóvenes (cuarenta largos hacia abajo), no tienen otro remedio, si quieren adaptarse y vivir en las nuevas sociedades que huir de creencias, religiones, sumisiones de modos de vida propios de sociedades que se han tenido que abandonar. Los más jóvenes tienen un claro sentido de lo que es vida y de lo que es carente de vida y optan, sin pensarlo siquiera, por lo que no es carne muerta.

Las organizaciones religiosas y sus jerarquías se empeñan, a contra corriente e inútilmente, en mantener la religión, la espiritualidad y la calidad humana, en los patrones que fueron adecuados durante milenios para sociedades preindustriales. Patrones que creen intocables, a los que deberían someterse las personas y los colectivos. Esas creencias las procuran imponer contando con el poder político y su capacidad de coerción. No renuncian a someter al poder para contar con él para imponer creencias, normas de moralidad y de organización familiar y colectiva acreditadas en el pasado en unas condiciones de vida que ya no existen y que son totalmente inadecuadas a las nuevas sociedades industriales de conocimiento.

Todo esto son signos claros de que las organizaciones religiosas no saben y no quieren saber en qué mundo viven. Se empeñan en frenar una corriente poderosa y global, que fluye cada vez con más caudal y con más fuerza. Es una misión tan inútil como ignorar e intentar frenar un poderoso tsunami global que ya hace décadas que está en marcha.

Ese poderoso tsunami lo forman:

-la completa desaparición de las sociedades preindustriales, en las que nacieron y se desarrollaron las grandes religiones,
-la completa industrialización de las sociedades que barren las anteriores modalidades de vida preindustriales, con todo lo que suponían,
-la aparición y asentamiento de las sociedades que viven y prosperan creando continuamente conocimientos, tecnologías y, a través de ellas, nuevos productos y servicios.
-y la globalización que comportan las sociedades de conocimiento.

Todas las formas religiosas y espirituales y también la concepción de lo que es la cualidad humana están embebidos, concebidos y vividos desde las formas de pensar, sentir, actuar, organizarse y vivir propios de las sociedades preindustriales que han tenido que ser abandonados al entrar en las nuevas sociedades industriales globalizadas.

Por otra parte, nunca, en la historia de nuestra especie, nos es más necesaria la cualidad humana y la gran cualidad humana que cultivaron en el pasado las religiones y las espiritualidades.

Nuestras poderosas ciencias y tecnologías, que se extienden a todos los niveles de la realidad, crecen a un ritmo cada vez más acelerado, Ya son capaces de intervenir en el proceso que controlan la vida de las especies vegetales y animales, e incluso con capaces de intervenir en los procesos más radicales de la vida humana. Ya nada en el planeta tierra puede funcionar autónomo sin la intrusión de nuestras tecnociencias. Nos hemos convertido en los gestores de la globalidad de la vida, del medio ambiente y del planeta entero.

Las instituciones religiosas, principales responsables en el pasado, durante miles de años, de cultivar la cualidad humana que tanto necesitamos, están en una crisis mortal de la que no parece haber ninguna posibilidad de que se recuperen. Las mismas ideologías, que nos han regido durante casi 200 años, tampoco gozan de buena salud.

¿De dónde sacaremos los medios para cultivar esa cualidad humana honda, que nuestros antepasados llamaron espiritualidad, y que precisamos si no queremos que nuestras tecnociencias funcionen como un aprendiz de brujo, que nos llevaría a una ruina definitiva?

Durante milenios nuestros antepasados cultivaron la sabiduría a través de las religiones y de la espiritualidad. En nuestra situación de sociedades globales enormemente complejas y sofisticadas, no podemos partir de cero en el cultivo de la cualidad humana, sería una gran necedad y un despilfarro imperdonable.

Hemos de arreglárnosla y buscar los medios para heredar esa sabiduría milenaria y verificada largamente de nuestros antepasados y adaptarla a las nuevas condiciones culturales. Hemos de poder heredar y aprender del pasado, pero sin poder arrastrar sus sistemas de creencias, sus formas de sentir, actuar, vivir y organizarse. Hemos de poder heredar su sabiduría, pero sin sus formas de vida.

¿Cómo se hace eso? Nunca antes lo habíamos hecho.

Nos vemos forzados a aprender a leer las Escrituras y los grandes textos de los maestros espirituales del pasado, no como cosas a creer a las que someterse, tampoco como programas de vida individual y colectiva, sino como sistemas expresivos, simbólicos que apuntan y expresan esa gran cualidad, que orientan hacia ella, que avisan de errores y desviaciones en el camino para adquirirla.

En sociedades globalizadas no es conveniente que nos ocupemos sólo de recoger el legado religioso y espiritual de nuestra propia cultura, debemos aprende a heredar todo el legado de la humanidad. Sería peligroso para una sociedad globalizada que nos limitáramos a nuestro propio legado, ignorando el de los demás.

Todo el legado religioso y espiritualidad de la humanidad, en una sociedad globalizada, es de toda la humanidad. Sería necedad y despilfarro de riquezas ignorar esas otras riquísimas tradiciones. La cualidad humana a la que apuntan todas las tradiciones religiosas y espirituales de la humanidad no está ligada a formas, aunque siempre se diga en formas; es libre, fresca, siempre nueva, y apuntan a una dimensión de nuestra vida y del existir que es gratuita, graciosa, absoluta, independiente de los patrones que crean nuestras condiciones de vivientes necesitados.

A esa dimensión de la que hablan las Escrituras y los maestros de todas las tradiciones de la humanidad se le ha apuntado con muchos nombres: Dios, Padre, Absoluto, Vacío, Ser-Conciencia-Beatitud, Ser, Tao, Alá, Gran Espíritu, Gran Antepasado, etc. Y a su noticia se le ha llamado experiencia religiosa, experiencia mística, experiencia de la unidad, Nirvana, Satori, etc.

Debemos aprender a entender a dónde apuntan todas esas expresiones, sabiendo que señalan al Innombrable, al Indecible, al que está más allá de todas las categorías que pueda formar nuestra lengua de pobres vivientes, al que está vacío de toda categoría que podamos aplicarle, al que no cabe en ninguno de nuestros pobres moldes lingüísticos.

Hemos de aprender a heredar el gran legado de nuestros antepasados, -en una sociedad globalizada en la que todas las tradiciones ya son nuestras- sin que, al hacerlo, tengamos que ser hombres sometidos, creyentes, religiosos. Y tenemos que hacer ese aprendizaje con urgencia, si no queremos perecer frente al poder de nuestras tecnociencias en crecimiento cada vez más acelerado, que, de hecho, están creciendo e invadiéndolo todo, sin control ninguno, si no es el control de los rendimientos del capital internacional.

La tarea frente a la que nos encontramos es difícil, nueva, nunca se había hecho antes, pero es imprescindible.

Las sociedades se alejan de la religión en masa y aceleradamente. Lo hacen en silencio y sin problema. Para las nuevas generaciones la religión no es ni problema. Sin embargo, crece al mismo ritmo el interés por la espiritualidad, por la cualidad humana profunda. Crece el interés por el silencio, por la paz del espíritu, por la cualidad humana. Cada vez más abundan los buscadores, aunque buscan sin criterios sólidos, sin orientación, confundiendo lo que es de calidad con lo que es pura charlatanería. Por esa razón es urgente que se formen y crezcan hombres de gran calidad humana, capaces de heredar el legado religioso y espiritual de pasado, -pero adaptados a las nuevas condiciones culturales.

Es preciso renunciar a los intentos de volver al pasado. Hay que aceptar y amar a las nuevas sociedades y a los hombres y mujeres de las nuevas sociedades. Eso no supone conformismo, ni falta de lucidez y de crítica, pero sólo desde la aceptación, la comprensión y el amor es posible corregir y orientar la marcha de las nuevas sociedades industriales de conocimiento.

Estamos en una situación de crisis claramente mortal de las religiones a pesar del auge de los integrismos, que no son más que una nueva demostración de la crisis de las religiones, pero estamos también en una época de verdadera ebullición espiritual. Hay que trabajar duro, con imaginación, con libertad y con mucho coraje.

(Información recibida de la Red Mundial de Comunidades Eclesiales de Base)

Fuente: http://www.redescristianas.net

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