MARIA MAGDALENA, MODELO ECLESIAL HOY Y SIEMPRE



Pablo Agustín Calvillo

La palabra decisiva del cristianismo al mundo es específicamente un mensaje de mujeres. Sólo ellas son a todas luces capaces y dignas de ver la victoria de la vida sobre la muerte y de hacerla patente.[1]

Eugen Drewermann

Una reinterpretación y reconstrucción de los inicios del cristianismo, vista desde la óptica de las mujeres, daría como resultado, sin duda alguna, algo así como la reinvención del cristianismo, una nueva Reforma. Del mismo modo que releer e interpretar el Evangelio desde otras minorías condenadas al silencio. La imposición de un estilo patriarcal y autoritario de fe y práctica ha marcado al cristianismo, ya entrados al siglo XXI. De ahí la necesidad de releer y reinterpretar el seguimiento de Jesús, esto es, la realidad del discipulado en su vivencia y experimentación subversivos en los tiempos que corren, adonde la falta de compromiso ideológico y político se imponen como dogmas indiscutibles. Así pues, la búsqueda de los reversos del cristianismo es una lección permanente. Cada generación de cristianos y cristianas necesita, entonces, un acercamiento, paralelo y simultáneo, a las raíces de su fe, desde las diversas otredades que nos desafían a vivir la fe y la misión de una manera apelante y pertinente.1. Enfoque bíblico

De modo que, entre líneas, bien podría decirse que Tamar, Rahab, Rut y Betsabé, además de las no mencionadas en la genealogía de Jesús, son madres espirituales, no sólo de las mujeres del llamado “Nuevo Testamento”, sino de todo el pueblo de Dios, pues su invisibilización implica borrar buena parte de la memoria histórica de la fe. Entre las mujeres anónimas de los evangelios están la suegra de Pedro, la mujer con flujo de sangre, la hija de Jairo, la mujer sirofenicia, la viuda pobre y la mujer que unge a Jesús en Betania, la samaritana, la mujer no apedreada, la esposa de Pilato, entre otras. Todo ello sin contar el resto de los libros. Pero en las menciones “canónicas”, el grupo no es pequeño: María, la madre de Jesús, Marta y la otra María, sus amigas, María Magdalena, apóstola y amiga, y, en los Hechos y las epístolas, Febe, Priscila, Lidia, Julia, Trifena y Trifosa, también entre muchas.

Con todo, cuando Elisabeth Schüssler-Fiorenza realizó su reconstrucción feminista de los orígenes del cristianismo, el modelo de mujer que le sirvió como punto de partida fue quien ungió a Jesús en Mr 14.1-9, debido a la conclusión del propio texto: “Dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho, para memoria de ella”. He aquí la palabra clave, memoria, porque como bien explica esta autora: “La profética acción simbólica de la mujer no forma parte de lo que la mayor parte de los cristianos han retenido del Evangelio. Incluso su nombre se ha perdido para nosotros. Allí donde se proclama el Evangelio y se celebra la Eucaristía se cuenta otra historia: la del apóstol que traicionó a Jesús. Se recuerda el nombre del traidor, pero se ha olvidado el de la discípula fiel por el mero hecho de ser una mujer”.[2]

Pero el análisis va más allá y Schüssler explica que en Juan la mujer es identificada con María de Betania, pero que el relato enfatiza su carácter de pecadora. Según la tradición fue una mujer quien nombró a Jesús [como hacían los profetas con los reyes] por medio de su profética acción-símbolo. Era una historia políticamente peligrosa. [...] Marcos despolitiza así la historia de la pasión de Jesús, desplazando, primero, la responsabilidad de su muerte de los romanos a las autoridades judías y, segundo, definiendo teológicamente el mesianismo de Jesús como título de sufrimiento y muerte.[3] Buena parte de los estudios bíblicos serios han señalado ampliamente la forma en que las mujeres formaron parte del movimiento de Jesús como integrantes con todo derecho dentro del grupo de discípulos. Incluso la exégesis conservadora no ha dejado de destacar la importancia que en el evangelio de Juan, especialmente, tuvieron las mujeres como portadoras del mensaje cristiano.

2. Enfoque histórico-teológico

La historia de la iglesia, en sus diversas etapas, ha entendido la figura de María Magdalena de muchas maneras. La orientación general ha consistido en vehicular dicha figura según los énfasis del momento o incluso las modas. Como bien lo ha planteado un grupo de estudiosas españolas, Magdalena pasó de ser apóstol para convertirse en prostituta y amante. La teología tiene también, entre sus tareas, construir modelos de fe concretos para los creyentes, hombres y mujeres. Todos los evangelios mencionan a María Magdalena como la principal testigo de la resurrección: descubre la tumba vacía y es la primera en recibir una aparición del resucitado, por lo que es, doblemente apostola apostolorum (apóstola de los apóstoles).[4] El cuarto evangelio la muestra llevando a Pedro y Juan al sepulcro y es enviada a anunciar las palabras de Jesús, aunque según Marcos no le creyeron hasta que se les apareció a otros, en una “cadena de incredulidad”.

Al contrario de Mr 16.8, Juan dice que Magdalena les anuncia inequívocamente la aparición del Señor y, en contraste con Pablo, que afirma que Pedro fue quien lo vio primero. Además, ella es presentada como la discípula fiel desde tres puntos de vista: primero, porque Jesús le pregunta “¿A quién buscas?”; segundo, porque ella lo reconoce cuando él la llama por su nombre (reminiscencia del Buen Pastor del cap. 10); y tercero, porque su respuesta es la del verdadero discípulo al reconocerlo como maestro. Esto implica que María Magdalena legitima su discipulado, pero también su apostolado, esto es, “como modelo de autoridad para las comunidades joánicas”,[5] en este caso, aunque por extensión puede extrapolarse al resto de los grupos cristianos. En ese sentido, Ivone Gebara ha reconocido cómo, a partir de la moda de El Código Da Vinci, la figura de Magdalena está de nuevo en el centro de la atención, aunque no debe olvidarse que el escándalo por dicha novela se aprovechó de la enorme ignorancia sobre los primeros siglos del cristianismo en el seno de las iglesias. A pregunta expresa, Gebera respondió: “Pienso que su novela aporta datos históricos pero también imaginarios. La obra reflexiona sobre el patriarcalismo imperante en la Santa Sede. El Código Da Vinci tiene el mérito de revisar el rol de la mujer en la tradición cristiana antigua”.[6]

Un texto de Hipólito de Roma (ca. 170-ca. 235), citado por Susan Haskins, ejemplifica la manera en que fe cristiana antigua encontró continuidades histórico-teológicas entre varias heroínas de la fe, en este caso entre Eva y María Magdalena. Él fue uno de los primeros en reconocer la importancia de Magdalena al anunciar la resurrección a los discípulos:

[…] Y para que los apóstoles [mujeres] no dudaran de los ángeles, Cristo se les apareció en persona, de modo que las mujeres son las apóstoles de Cristo y remedian, mediante la obediencia, el pecado de la primera Eva […] Eva se ha convertido en apóstol […] Para que las mujeres no se mostraran como mentirosas sino como portadoras de la verdad, Cristo se apareció a los apóstoles [hombres] y les dijo: En verdad soy el que apareció a estas mujeres y deseo mandároslas como apóstoles.[7]

A partir de esta perspectiva es que deben considerarse muy en serio las lecciones del discipulado femenino para la Iglesia de hoy. Al carácter inevitablemente plural de la Iglesia, las mujeres, con su presencia activa, estimulan y animan a las comunidades para no perder la razón de ser del seguimiento de Jesús, su validez como utopía posible y su compromiso con la construcción de una nueva humanidad. Lamentablemente, luego de 20 siglos de iglesia patriarcal, todavía parece subversivo este modo de ser comunidad cristiana. Las mujeres desafían a la Iglesia a la inclusión, a la ternura, a renunciar a los paradigmas de poder patriarcal que poco hacen para colocar verdaderamente el amor y la justicia en el centro de todas las relaciones humanas.

Son muy aleccionadoras las palabras finales del libro citado de Elsa Tamez:

Se ha dicho que la actitud negativa frente a las mujeres obedece a la fuerte presión exterior de la cultura grecorromana, que veía en las casas-iglesia una célula subversiva. Por lo tanto, si seguían desafiando el orden patriarcal y los valores de la sociedad romana, las comunidades cristianas corrían el riesgo de desaparecer por completo. Por eso y por otras razones, había que tener un “patriarcalismo de amor”. Esta realidad, sin embargo, no justifica ningún tipo de opresión o marginación de miembro alguno de la comunidad cristiana. [...]

Esta resistencia de las mujeres a callase no ha parado hasta el día de hoy. Las mujeres cristianas sentimos que el espíritu de Jesús y su movimiento sigue animando a sus seguidores, mujeres y hombres, dándoles fortaleza y sabiduría para que la comunidad de iguales lleve adelante el mensaje del Reino de Dios y, ala vez, la denuncia de todo aquello que oprime y excluye a las mujeres y a cualquier miembro de las comunidades.[8]

Después de todo, el bautismo nos unifica a todos y nos inicia en la participación en la Iglesia, con ordenación a algún ministerio o sin ella. El bautismo es una práctica cristiana igualitaria que define e identifica a la comunidad. La identificación con María Magdalena y las demás mujeres protagonistas y acompañantes del acontecimiento de Cristo pasa por el filtro de la experiencia de fe y de las mediaciones culturales que favorezcan la empatía con ellas y su mensaje. Hace falta dedicar mucho tiempo a los acercamientos biográfico-teológicos con ellas y otros modelos más en la historia de la Biblia y la Iglesia en sus diversas tradiciones. Cada una tiene historias propias que contar para alimentar la fuerza de un testimonio y acción que no deben seguir en la oscuridad y el desprecio.


[1] E. Drewermann, El mensaje de las mujeres. La ciencia del amor. Trad. de C. Gancho. Barcelona, Herder, 1996, p. 7. Énfasis agregado.

[2] E. Schüssler Fiorenza, En memoria de ella. Una reconstrucción teológicofeminista de los orígenes del cristianismo. Trad. María Tabuyo. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1989 (Iglesia y sociedad, 18), p. 15.

[3] Ibid., p. 16.

[4] Cf. el capítulo “Apostola Apostolñorum”, en Susan Haskins, María Magdalena: mito y metáfora. Trad. de Nicole D’Amonville Alegría. Barcelona, Herder, 1996, pp. 79-120.

[5] Ibid., p. 399.

[6] Toni Longueira, “Dan Brown revisa el papel de la mujer en la tradición cristiana. Entrevista a Ivonne Gebara”, en La Voz de Galicia, 14 de diciembre de 2006. Cf. un estudio colectivo  muy valioso sobre el tema: Isabel Gómez Acebo, ed., María Magdalena: de apóstol a prostituta y amante. Bilbao, Desclée de Brouwer, 2007 (En clave de mujer).

[7] S. Haskins, op. cit., p. 87.

(TOMADO DE LUPAPROTESTANTE.COM)

[8] E. Tamez, op. cit., pp. 122-123.

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