La Teología femenina: significado y aportaciones



Por la gramática que estudiamos desde pequeños, sabemos que el adjetivo calificativo tiene como función determinar más en concreto un término mucho más general y abstracto. En teoría, encierra diferentes características y con la adjetivación ponemos de relieve aquella que nos interesa. La Teología, por otra parte, es un intento de reflexionar sobre Dios y todo lo relacionado con él. Y no cabe duda que, cuando se le añade otros adjetivos, como latinoamericana, europea, africana u oriental, estamos diciendo que esa misma realidad puede mirarse desde perspectivas diferentes. ¿Qué pretendemos subrayar al designar a la teología como femenina? Quisiera simplemente reflexionar, con suma brevedad, sobre el significado que pueda tener y las aportaciones que ofrece.

Y para comenzar voy a recordar tres textos de diferentes épocas. Me llamó la atención un texto de san Agustín, cuando tuvo que separarse de la mujer con la que convivió durante quince años, a instancias de sus amigos y, sobre todo de su madre. Reconoce que su corazón  «quedó destrozado y herido y manaba sangre». Por eso, resulta extraño sus afirmaciones posteriores sobre la mujer, en una persona que debió haber conocido la experiencia del amor: «Si la mujer no fue creada para ayudar al hombre en la procreación de los hijos ¿para qué ayuda fue creada? Si para trabajar juntos la tierra, aún no existía el trabajo que necesitara su ayuda; y si hubiera sido necesaria, mejor hubiese sido la compañía del hombre; lo mismo puede decirse sobre la compañía, si la soledad era lo que le molestaba. ¿No es mejor para convivir y charlar la reunión de dos amigos que la del hombre y de la mujer?». «No encuentro, por tanto -dirá en otra ocasión- qué ayuda pude prestar la mujer al hombre, si eliminamos la de dar a luz”.

Santa Teresa, en el esplendor de la escolástica, era muy consciente del rechazo y sospechas que levantaban de inmediato cualquier escrito de mujer. Hasta ella habían llegado la persecución que había sufrido las beguinas por la Inquisición. En otros tiempos, solo se las conocía como adversarias en algunas tesis de la Iglesia. Hoy sabemos que fueron mujeres profundamente espirituales, que se atrevieron a escribir sobre mística en su propio idioma, y quería vivir sin la tutela de las autoridades masculinas. Fue célebre, entre otras, la prisión y condena a muerte de Margarita Porete, autora de un libroEspejo de las almas simples, que tuvo múltiple ediciones y traducciones y asustó a las autoridades eclesiásticas (Traducción española en 2005, Plaza Editora). No se concebía que una mujer pudiera escribir sobre mística. Cuando en una ocasión le preguntaron a la santa -y hoy doctora de la Iglesia- si no temía ser condenada también por sus escritos, contesta que cada vez que escribe algo piensa de inmediato en la Inquisición. De hecho, el Libro de su vida, fue entregado al tribunal de

Valladolid y el mismo Fray Luis de León estuvo a punto de ser condenado por haberse atrevido a escribir el prólogo de una de sus obras. La razón del inquisidor hoy nos provoca una amable sonrisa: Las ideas tan profundas no pueden nacer de una mente de mujer, sino que han de considerarse como inspiración del demonio.

En este contexto, la santa se queja ante Dios de que las mujeres no pueden hablar en público, «porque nos tiene el mundo acorraladas», y cuando espera que no sea sordo a sus súplicas, termina con esta reflexión, que no se publicó en sus primeras ediciones:  «No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo y juez, y no como los jueces del mundo que -como hijos de Adán y, en fin, todos varones- no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa».

Y, finalmente, termino con esta pseudo profecía de una preclara figura eclesiástica, que medró en el escalafón pontificio, pero no con una visión acertada del futuro: el cardenal Branchetti di Laurea, a finales del siglo XVII, se atrevió a escribir con toda seguridad: «Nunca podrá haber misioneras. La misión consiste en predicar el Evangelio, y para predicar el Evangelio hace falta inteligencia. Y, como dijo Aristóteles, por regla general, ésta no brilla en las mujeres».

No cabe duda que una de las primeras tareas y objetivos de la teología femenina ha sido la lucha contra esta visión de la mujer en la teología católica. Sto. Tomás ya recoge, de toda la tradición aristotélica, que el sexo femenino es un mas erratum; es decir un macho que se ha quedado a medio camino, cuando, por influjo de diferentes circunstancias, no ha podido alcanzar su plena evolución. Todavía en el Diccionario de la Real Academia Española, uno de los sentidos que tiene femenino/femenina es el de débil y endeble. Así consta en la vigésimo segunda edición de 2001.

Desde las primeras páginas del Génesis, el relato más antiguo del capítulo segundo presenta a la mujer, como el gran regalo de Dios, para completar una creación que dejaba al hombre sumido en la soledad. Una situación que produce en Dios por vez primera la impresión de que algo no estaba bien en su obra creadora, a pesar de que el varón ya aparecía como el califa y dueño de toda la realidad existente. Le queda como una nostalgia profunda, un vacío de tristeza que es necesario eliminar  con la presencia de una compañía humana. Sin embargo, el grito de exclamación gozosa por haber encontrado su compañera, quedó ahogado por la malicia de Eva que será, desde entonces, la causante de todos los males posteriores, y la seductora que seguirá engañando con sus insinuaciones e intrigas. Yo pertenezco todavía a aquellas generaciones que, durante la formación, no podíamos tener catecismo con niñas…

Es comprensible, por tanto, que naciera con un carácter reivindicativo. Algunas enciclopedias teológicas vinculan este empeño prioritario con la teología de la liberación. Buscan conquistar, en este caso, el lugar que corresponde a las mujeres en el cristianismo. Una reflexión hecha por mujeres para que las mujeres se liberen de todo el lastre ideológico que ha pesado sobre ellas. Es cierto que no se trata de una corriente ideológica homogénea, pues está vertebrada por diversas tradiciones  y modos de expresión que caracteriza a las diversas épocas o naciones. Pero siempre existe un denominador común: el rechazo  contra las formas de dominio y explotación de las que ellas han sido víctimas, tanto en la sociedad civil como en la propia Iglesia. Con el agravante, además, de que tales planteamientos quedaban justificados por un supuesto derecho natural, e incluso por el recurso a Dios para corroborar aún más los a priori culturales que no tenían mayor fundamento. La revelación no puede confirmar con la autoridad de su palabra lo que, a lo mejor, es únicamente una visión demasiado masculina

No es necesario realizar un recorrido histórico para recoger los múltiples datos que avalan esta marginación. Los psicólogos dicen que los inconscientes colectivos son los más difíciles de superar, porque se universalizan como hechos incuestionables. Y la superioridad del hombre sobre la mujer está en lo más profundo del psiquismo humano. Queda todavía mucho trabajo por hacer, que no se soluciona con utilizar la @ para significar los dos géneros o con la repetición cansina del masculino o femenino… Creo que ha existido un buen avance, pero esperamos que las mujeres levanten aún más su voz y los hombres seamos capaces de escucharlas con sensibilidad y agradecimiento. Hace poco Mercedes Navarro escribía : “Estas teólogas provistas de nuevos enfoques epistemológicos proponen un nuevo discurso dentro de la iglesia, a pesar de que la jerarquía eclesiástica sea remisa a los planteamientos de una teología feminista por no perder el privilegio histórico del que disfrutan y han disfrutado los varones dentro de la iglesia”. Sería bueno, entonces, que el género masculino reconociese su culpa y colaboración en aquello aspectos criticables que denuncian.

Pero la teología femenina tiene como tarea no solo dibujar un nuevo perfil de la mujer. Su visión y sensibilidad es necesaria también en la elaboración teológica para completar otros aspectos que se nos escapan a los hombres. En una de las primeras sesiones del Vaticano II, el cardenal Suenens se quejó de que media humanidad faltaba en el aula, pues no había ninguna representación femenina. Pablo VI, en la 3ª sesión, nombró a 23 auditoras para que pudieran asistir a los debates conciliares. Creo que era Paul Ricoeur quien dijo que, cuando a una persona o colectivo se le quita la palabra, se le ha robado también la existencia

Yo sé bien que existen todavía bastantes hombres convencidos de que la presencia de la mujer, en el mundo de la teología, no debe servir nada más que para intentar superar científicamente lo que ya han escrito los teólogos en los diferentes campos de la reflexión sobre Dios. Es probable que tales sujetos se mantengan aún impermeables a la complementariedad que aporta el talante femenino. La visión de cualquier realidad queda matizada por la sensibilidad que cada género aporta. No tengo rubor en confesar que, a pesar de la educación recibida en mis primeros años, como antes apunté, el trato y la relación con la mujer me ha dado una riqueza que antes no tenía.

El discurso sobre Dios tampoco puede ser neutro, pues depende de quién lo lee y de quién traduce el mensaje. Todos los textos de la revelación están escritos e interpretados desde una óptica masculina, aunque nos cueste mucho trabajo aceptarlo. Sería impresionante ir recogiendo aquellos pasajes de la Biblia que manifiestan esta inferioridad y marginación de la mujer. Es posible que lleve razón Elizabeth Cady «La Biblia y la iglesia han sido los mayores escollos en el camino de la emancipación de la mujer». Ya se han escrito libros sobre el machismo bíblico, hasta el punto que alguna autora no ha tenido dificultad en escribir que “el Dios del judeocristianismo, quien inspiró o dictó la Biblia es machista, y por lo tanto injusto”, aunque este carácter se deba fundamentalmente a los autores, influenciados por la cultura de la época.(Ferney Y. Rodríguez “El machismo de la Biblia” en Sociedad y Religión, Agosto de 2007). Hasta el hecho de dar a luz a una mujer hace al parto más inmundo que si hubiese nacido un varón. Y su purificación ha de durar el doble del tiempo (Levítico 15:19 y 20).

Según dicen algunas autoras , con las que no están de acuerdo otros técnicos que no comprenden que pueda darse esta interpretación, la traducción latina de La Vulgata de la que se ha alimentado el occidente, la realizó San Jerónimo, pero con la ayuda de dos mujeres que sabían mucho mejor el hebreo y el griego. Sin embargo, al traducir los textos del Génesis cuando se habla del castigo por la transgresión, seguirá su propio criterio e introducirá el sometimiento de la mujer: “Tu deseo irá a tu marido y él te someterá”, cuando en hebreo es: “Tu deseo irá a tu marido y el de tu marido a ti” (Gén, 3,16). Ignorante del hebreo, dejo la discusión en manos de los sabios

Esto ha producido bastantes traducciones de la Biblia o de algunos libros, realizadas por mujeres. Soy incapaz una vez más, por mi ignorancia de los textos originales, de hacer una valoración sobre estos trabajos. Pero pienso que sería interesante hacer algunas tesinas o tesis para ver cómo se han interpretado textos fundamentales de la palabra de Dios de acuerdo con la óptica masculina o femenina con que se han elaborado. No me atrevo a profundizar más, pero estoy convencido de que hay campos teológicos en los que la mirada y el corazón de la mujer matizarían muchos aspectos que resultan más opacos para la reflexión masculina.

A veces he pensado que si San Anselmo hubiera sido mujer hubiera intentado explicar la salvación de Dios -que nadie puede negar- con otra imagen diferente a la de un padre que necesita la sangre de su hijo para reparar la ofensa cometida por la humanidad. Y para hacer, después, con el sufrimiento un camino de  gracia y redención. Recuerdo haber leído en África la conferencia de una mujer americana de raza negra que no podía comprender nuestra teología de la salvación por la cruz y la muerte de Jesús. Esto fue un acontecimiento político, pero no religioso. Lo mataron los hombres con la tristeza de Dios. Fue su vida la que vino a iluminar nuestro camino hacia el Padre. El objetivo era el mismo, pero la explicación tendría otra tonalidad diferente. En lugar de un jurista que exigía el pago por una ofensa que la humanidad no podía reparar, estaría la ternura de un Dios que nos entrega a su hijo para llevarnos a su mesa y ofrecernos su amistad que muchos no quisieron admitir.

La misma imagen de Dios que ha prevalecido estaba adornada con valores que son específicamente masculinos. Sus atributos lo hacían demasiado invulnerable y lejano, como impasible, todopoderoso, juez que premia a los buenos y castiga a los malos, soberano y señor. Un Dios que ama tiene que sentirse afectado por el dolor y no puede sentirse impasible antes las tragedias del mundo. También las mujeres han trabajado en la más reciente teología del dolor divino que nos acerca al Eterno para sentirlo más a nuestro lado. Ya las beguinas, a las que hice antes referencia, designaban a Dios en su lengua francesa como el longprès, que podría traducirse por el lejano/cercano.

No es el momento de analizar ahora todas las aportaciones que el talante de la mujer ha realizado o podrá realizar en el campo de la teología. Termino con un texto de Mercedes Arriaga “Las teólogas feministas no son unas amateur y recién llegadas, muchas de ellas son profesoras de universidades tan prestigiosas como la de Comillas, la de Granada o la de Salamanca”. Hoy es un día para agradecer vuestro trabajo, sin excluir, por supuesto, a todas las alumnas (casi 900) que, a lo largo de estos últimos años habéis pasado por nuestras aulas y que hoy están representadas por este  abundante grupo. A vosotras -profesoras y alumnas- que habéis enriquecido también con vuestra sensibilidad nuestro mismo trabajo como teólogos, muchas gracias.

E. López Azpitarte

Conferencia recogida en la Facultad de Granada con motivo de “Los cien años de acceso igualitario de la mujer en la Universidad y 50 en las Facultades de Teología”

http://www.fecansada.com

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