He leído dos interesantes libros: “Equipos de ministros ordenados” y “El Altar vacío” de Lobinger


Juan Cejudo, miembro de MOCEOP y de Comunidades Cristianas Populares

El Blog de Juan Cejudo

Fritz Lobinger es obispo emérito de Aliwal en Sudáfrica donde estuvo desde 1988 a 2004.
He leído con verdadero interés estos dos libros porque el tema que plantea me parece especialmente interesante, dado la crisis vocacional tan profunda que está viviendo la Iglesia Católica en todo el mundo.
Y también, porque ya había leído artículos del mismo autor, difundidos por Proconcil y que he comentado en algunos artículos publicados no hace mucho tiempo titulados: “Ante el día del seminario, considerar la propuesta del obispo Lobinger y de otros colectivos cristianos” y “Las comunidades de los discípulos de Jesús de Nazareth que se reunen en las casas de la gente (Cfr. 1 Co 16, 19)”.
En varias ocasiones he aludido a las interesantes propuestas de este obispo.

EQUIPOS DE MINISTROS ORDENADOS es el primero de los dos libros que he leído. No resulta fácil intentar resumir en muy poco espacio todo el contenido del libro.
Sólo comentaré lo que me ha parecido más importante, las ideas-fuerza.

El libro lo prologa el obispo emérito brasileño de Jales D. Demetrio Valentini.

Importante para Lobinger es el término escogido:”equipos de ministros ordenados”. Se trata de ordenar “equipos de ministros” dentro de las mismas comunidades cristianas. Son laicos que tienen sus profesiones, su vida familiar y pueden estar disponibles a tiempo parcial. El término “cura” o “sacerdote” no sería apropiado ni correcto.

Hay que decir que Lobinger no hace un planteamiento teórico sobre la necesidad de estos equipos de ministros ordenados. Él ha partido de la realidad de las comunidades cristianas que ha visitado personalmente en diferentes países del mundo y ha comprobado que muchas de ellas se encuentran sin sacerdotes y por tanto sin posibilidad de celebrar la eucaristía.

Numerosas comunidades, en la práctica, afrontan esta situación.
Parte también de la lectura de Hechos de los Apóstoles y las cartas de San Pablo. Pablo nombraba presbíteros en las comunidades que visitaba. Lobinger es partidario de que esta propuesta no se haga por real decreto para toda la Iglesia, sino como proyectos piloto de algunas diócesis concretas, bien detallados y razonados y elevados a Roma para su aprobación.

Él dice que hay cientos de diócesis donde esta experiencia se podría ya llevar a cabo.
Si Lobinger utiliza 32 páginas del libro para explicar su propuesta, a continuación, utiliza 54 páginas para explicar con todo detalle su propuesta para que pueda ser aprobada por la Santa Sede.
Y aquí, en esta parte, es donde, a mi entender, aparece, junto a la gran riqueza de su aportación para la ordenación de equipos de ministros ordenados surgidos del interior de las mismas comunidades, aparece, digo, también lo complicado que resulta poder presentarla para que reciba el respaldo de los dicasterios romanos y del mismo papa.

Por eso Lobinger estudia toda la casuística que puede plantearse a su propuesta y se esfuerza en tener previstas las soluciones ante las seguras objecciones que recibirá al llegar a las altas instancias vaticanas.

El libro continúa con un muy amplio artículo ( cerca de 100 páginas) del Padre José Almeida, chileno. La aportación del P. Almeida me parece extraordinariamente interesante. Él parte de una realidad: miles de comunidades no celebran la eucaristía dominical por alta de presbíteros ( 70000 comunidades sólo en Brasil), pero también en otros muchos países de todos los continentes.

El que esta situación esté así se debe en gran parte a la decisión absurda de querer mantener la actual normativa celibataria para los sacerdotes. Se prefiere que los fieles se queden sin la riqueza de poder celebrar la eucaristía, antes que cambiar la actual normativa del celibato obligatorio para los sacerdotes.

Estos equipos de ministros ordenados: laicos, con su propia profesión, casados, serían una buena solución. Igual que si se permitiera a la mujer acceder al sacerdocio.
La normativa actual contradice la práctica de las primeras comunidades cristianas donde la mujer participaba, en igualdad con el hombre, en las iglesias domésticas donde celebraban la eucaristía.

En la propuesta de Lobinger convivirían los dos modelos de sacerdotes: los célibes o “presbíteros diocesanos” que estarían al servicio de toda la diócesis y los casados, que serían los “equipos de ministros ordenados” en sus propias comunidades.

El trabajo del P. Almeida, magnífico, estudia las propuestas de los sínodos episcopales de Asia, Oceanía, Europa, donde ellos muestran su preocupación por tantas comunidades que están privadas de la eucaristía por falta de sacerdotes. Analiza también las propuestas del sínodo episcopal de 1971 sobre la posibilidad de ordenación de hombres casados.

La propuesta para ordenar hombres casados no salió adelante, pero recibió 87 votos afirmativos, frente a los 107 que lo votaron en contra.
El P. Almeida analiza a fondo la vida de las comunidades cristianas paulinas. Mantiene con buen criterio, que la eucaristía la celebraba toda la comunidad y no dice nada de la presidencia. Mantiene que las comidas judías eran presididas por el jefe de la casa donde se celebraba.

Muy posiblemente él mismo sería el que presidiría también la acción de gracias en la eucaristía que era en las casas. Por tanto, esto podría ser hoy igualmente válido y los que las presiden pueden ser igualmente hombres o mujeres, solteros o casados, con formación académica o no, a tiempo completo o parcial.

Termina el trabajo del P. Almeida ahondando en las características que deben tener esas comunidades cristianas de donde van a salir esos “equipos de presbíteros”. Él señala con todo detalle esas características.

En resumen, deberían ser comunidades maduras en la fe, por tanto evangélicamente comprometidas, corresponsables, con atención preferente por los más necesitados y marginados…

Dice Lobinger al terminar de escribir su libro que todo lo que él dice está abierto a la discusión y al debate.

Al terminar de comentar su segundo libro “EL ALTAR VACÍO” tendré ocasión de manifestar mi opinión personal sobre estos dos libros.

EL ALTAR VACÍO

El libro comienza con una introducción del catedrático de filosofía de la universidad de Granada Juan A. Estrada que me parece magistralmente expuesta, documentada y razonada comentando y completando la propuesta de Lobinger.

La nueva propuesta ministerial

Parte de la realidad de muchísimas comunidades cristianas que no pueden celebrar la eucaristía dominical. La solución que se propone es cambiar el modelo de ministro ordenado y modificar la estructura ministerial de las parroquias.

El autor, Lobinger, apuesta por crear equipos de ministros dentro de las propias comunidades. Coexistirían, pues, dos modelos: el de los curas actuales, célibes y al servicio de toda la diócesis y el de los equipos de ministros ordenados que son miembros de las mismas comunidades y pueden ser personas casadas y con dedicación a tiempo parcial, con su profesión y su familia. Éstos serían formados y supervisados por los curas célibes y todos ellos, vinculados al obispo.

Estrada hace una incursión en los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. Deja claro que la actual estructura ministerial de la Iglesia no proviene de Jesús, sino de decisiones adoptadas en siglos sucesivos y que fueron cambiando a lo largo de la Historia.

Jesús no se preocupaba por las estructuras ministeriales ni por quién iba a mandar en la Iglesia. A Él le preocupa el estilo de vida que deben llevar sus discípulos y que no cayeran en las tentaciones del poder, del prestigio y del dinero.

El protagonismo de los ministerios debía de estar en la comunidad con pluralidad de carismas y servicios.

Ministerios en la Iglesia

Hubo dos grandes corrientes: la de la tradición hebrea, formada por presbíteros o ancianos y la grecorromana, formada por obispos (gestores, administradores) y diáconos (domésticos, criados). Eran términos profanos, tomados de la cultura romana. Estos ministros y diáconos eran los propios de las comunidades paulinas.

Los ministros locales no eran designados por Pablo, sino por las comunidades.

Iglesia, unión y ministros

En la Iglesia antigua hay un elemento fundamental: la unión. Pero no había un modelo único.

Se pertenecía a una comunidad concreta y desde ahí se sentían unidos a la Iglesia Universal. Había 5 grandes patriarcados: Roma, Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén.
Cada una de ellas tenía diversas tradiciones, costumbres y estructuras. No había una forma única de cristianismo, igual para todos. Era una red de iglesias diversas en sus formas y costumbres, pero todas ellas en comunión.

No existía una sola liturgia, un mismo derecho canónico, ni una misma teología. Cada comunidad elegía de entre sus miembros a los que iban a ser ordenados obispos, presbíteros y diáconos. No se podía hacer nada sin contar con la comunidad. Los obispos eran elegidos por los presbíteros y laicos de la comunidad. No los elegían el papa de Roma, que no intervenía más que cuando había conflictos.

Igualmente, la eucaristía era algo central en la vida de la comunidad. Todos participaban activamente con cantos, lecturas, oraciones..Se dejaba espacio a la creatividad y a la espontaneidad del ministro. La Iglesia era toda la comunidad. La penitencia y el bautismo se celebraban en la eucaristía.

Había una estrecha relación entre eucaristía y lucha contra la injusticia y la comunión de bienes. Quien acumulaba riquezas no podía participar de la eucaristía.

Con el paso del tiempo se fue perdiendo esta dimensión comunitaria hasta llegar a celebrarse de espaldas al pueblo, en un idioma ininteligible, el latín, y a veces, a solas, sin comunidad.

La propuesta innovadora de Lobinger

Dice Estrada que la propuesta de Lobinger de crear equipos de ministros ordenados que pertenezcan a las propias comunidades, es algo que responde plenamente a la práctica de la Iglesia del primer milenio. Coexistían ministros casados, padres de familia y célibes en igualdad ministerial. La ley del celibato obligatorio no se implantó hasta el siglo XII.

La propuesta de Lobinger, dice Estrada, intenta aportar soluciones a la crisis actual de la Iglesia, no sólo por la creciente carencia de ministros ordenados, sino por el perfil que presenta, poco acorde con las necesidades comunitarias, la nueva sensibilidad social y su imagen pública en la sociedad moderna

Señala que, a pesar del Vaticano II que fue un Concilio Universal, la Iglesia se ha romanizado y europeizado. Hoy se busca respetar lo europeo, pero aceptando la pluralidad de cristianismos mundiales, diversos en formas, tradiciones y expresiones, aunque unidos en lo fundamental. La Iglesia admite diversidad de modelos de ministerios, teologías y liturgias dentro de la misma fe.

A continuación, después de la Introducción del artículo, magnífico, de Estrada, Lobinger presenta su libro “El Altar vacío”. Todo a base de dibujos, fácilmente comprensibles, para poder ser discutidos y comentados en grupos. Pretende que los grupos puedan discutir lo que sugieren esos dibujos. Dibujos donde se ven mucha gente alrededor de un altar, pero el altar está vacío porque no hay sacerdote para poder presidir la eucaristía.

En otro, se ve un grupo de cristianos alrededor de un libro. Tienen que buscar un sucedáneo de la eucaristía: la celebración de la palabra. No hay sacerdotes.
En otro, se ve un sacerdote que tiene alrededor muchas comunidades. Tienen que dejar el altar vacío en muchas de ellas muchos domingos, porque el sacerdote no puede estar en todas ellas.

En otro, se ve un equipo de ministros ordenados que celebran la eucaristía con su comunidad. En otro dibujo se ve un grupo de cristianos reunidos sin sacerdote, decidiendo ellos mismos emprender acciones sencillas: catequesis, atención a enfermos, compromiso con el barrio, comentar juntos el evangelio etc…

En otro dibujo aparecen varios de los ministros ordenados en equipo, mezclados con el resto de los fieles. Es bueno estar integrados, sin diferencias, sin tener que invitar a los “curas”.
No puedo comentar aquí los 57 dibujos que aporta el libro. Sólo decir que resulta un modo muy didáctico y asequible para poder ser comentados y debatidos. Después de cada dibujo, hay un texto muy breve que lo comenta y unas preguntas breves para ayudar al comentario y al debate.

Otros dibujos se dedican a explicar las diferencias entre los actuales curas y los equipos de ministros ordenados y su complementariedad de funciones.

Termina Lobinger diciendo que la Iglesia católica está sufriendo una seria deformación: sustituir la celebración de la eucaristía, el precepto del Señor, por la celebración de la Palabra, sin eucaristía, por no tener sacerdotes.

Es urgente una reformulación de los ministerios en la Iglesia, su función actual y darle una nueva imagen, más acorde con los nuevos tiempos. A partir de experiencias pilotos, de diócesis concretas, habría que ir abriendo nuevos caminos.

¿QUÉ DECIR DE ESTOS DOS LIBROS DE LOBINGER?

En primer lugar existe una relación muy estrecha entre el contenido de los dos libros. Son como dos caras de una misma moneda. En “El Altar vacío”, se pretende exponer con dibujos sencillos y pedagógicos y con un breve texto explicativo, en cada uno de ellos, los distintos contenidos ya expuestos en el otro libro “Equipos de ministros ordenados”.

Sobre el fondo de lo que plantea Lobinger, hay que decir que es una necesidad MUY URGENTE que tiene la Iglesia: la de renovar el modelo actual del sacerdote, muy alejado de lo que Jesús quiso y del modelo de las primeras comunidades cristianas. Y, por supuesto, un modelo desfasado por completo de lo que la Iglesia de hoy, inserta en este mundo del siglo XXI, demanda.

Además, su propuesta tiene de positivo que no es un planteamiento teórico, sino que responde a la práctica observada en muchas comunidades cristianas, católicas y no católicas, en diferentes regiones del Mundo.

Aporta caminos válidos para solucionar en gran medida el terrible drama de la insuficiencia de presbíteros en muchísimas regiones del mundo. Ello está provocando que los cristianos no puedan cumplir con el precepto del señor celebrando la eucaristía que, según el Concilio, es el centro y culmen de la vida cristiana.

Además lo propone para que se pueda ir llevando a cabo, de modo gradual y progresivo, a modo de experiencias pilotos en aquellas diócesis y comunidades que lo permitan.

INCONVENIENTES DE ESTA PROPUESTA

La principal: quiere contar con todas las bendiciones de los dicasterios romanos y del papa. Pero eso, en la actual situación involucionista de la Iglesia, parece una empresa imposible de conseguir.
Por eso Lobinger se detiene tanto en querer solucionar todas las posibles objecciones que, sin duda, Roma le va a plantear. Y ahí, en mi opinión, cae en una serie de casuísticas que, por mucho que intente solucionarlas, desde Roma, los inquisidores no le van a dar el visto bueno. Ellos seguirán enrocándose en las posiciones de sobra ya conocidas para que todo siga igual, aunque esa postura les lleve al precipicio.

Otro inconveniente que le veo a su propuesta, que Estrada apunta y que comparto, es el peligro de crear dos tipos de sacerdotes: los de 1ª división y los de 2ª. Los célibes, ligados al obispo y con disposición de servicio a toda la diócesis, con más preparación y además formadores de los equipos de ministros ordenados y los otros, casados, con su profesión, disponibles a tiempo parcial…

Sería necesario superar este peligro de modo que unos y otros estén en igualdad real.
Visto, además, desde donde yo me muevo, las comunidades de base y otros colectivos cristianos de línea teológica muy abierta, la propuesta me parece ya superada.

Hace muchos años, en numerosas comunidades cristianas y en otros colectivos, ya se aceptan unos ministerios desclericalizados, en igualdad de hombre-mujer, soltero/a-casado/a, incluso donde es toda la comunidad la que celebra la eucaristía, muchas veces sin ningún sacerdote.

Pienso que la vida siempre va por delante de las estructuras que son muy lentas en asumir los cambios necesarios.
El movimiento de curas obreros, como el de los curas casados, ha empezado desde abajo. Nos pusimos a trabajar sin esperar un real decreto de Roma que lo autorizara. Creo que aquí debe ser igual.

Con todo, debo decir que me parece que es una propuesta muy interesante que la institución eclesial debiera considerar, ya que está muy detallada y pormenorizada. Pero, mucho me temo que los sesudos y ancianos cardenales de los dicasterios romanos encontrarán siempre excusas para que nunca pueda ser aprobada. Al menos con este papa, tan mayor y tan conservador.

Sería necesario esperar que soplen nuevos aires renovadores con la llegada de un nuevo papa más abierto y más joven o bien que en pocos años la tragedia de falta de sacerdotes obligue a tomar en consideración lo que Lobinger plantea en estos dos interesantes libros.

Mientras tanto, los cristianos de base tenemos que seguir haciendo lo que estamos haciendo, sin mirar a Roma para ver si lo autorizan o no. Como diría alguien, “el movimiento se demuestra andando”.

Y es que las comunidades cristianas deben asumir sus propias responsabilidades sin estar pendientes del Código de Derecho Canónico, sino del ejemplo de Jesús y la práctica de aquellas primeras comunidades cristianas que caminaban siguiendo lo que aprendieron de su maestro.

Cádiz 20 de Octubre de 2011

Fuente: http://www.redescristianas.net

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