Parir en la propia casa


Una escuela de comadronas en Guatemala donde la medicina y los saberes ancestrales tejen redes

octubre 23, 2011

Guatemala es uno de los países del mundo donde las comadronas o parteras podrían ayudar a reducir la muerte de gestantes por causas evitables. Allí, parir en la propia casas es la única opción: el idioma de sus comunidades no se entiende en los hospitales, sus tradiciones no son respetadas y las distancias las aíslan de las instituciones. Entonces, el apoyo de una partera que pueda combinar los saberes ancestrales con los beneficios de la medicina resulta fundamental.

Por Florencia Goldsman

De acuerdo con cifras de las Naciones Unidas cada año mueren 358 mil mujeres durante el embarazo o al dar a luz, cerca de dos millones de neonatos fallecen en las primeras 24 horas de vida y 2,6 de fetos mueren a causa de cuidados médicos deficientes.

Daniela Abadi es una obstetra y comadrona argentina, integrante de Médicos sin Fronteras, quien junto a un grupo de mujeres tiene el proyecto de una escuela de Comadronas en el lago de Atitlán, en Sololá, un municipio de Guatemala. Abadi señala que su actual país de residencia tiene uno de los porcentajes más altos de muerte materna después de Haití.

“Lo que se sabe es que en departamentos como en Sololá un 80 por ciento de las mujeres siguen pariendo en domicilios con comadronas tradicionales. Y agrega algunos datos para ilustrar: “La mortalidad materna en Guatemala es alrededor de 200 por 100 mil en número de muertes maternas por nacidos vivos. En países europeos es de 8 por 100 mil, al tiempo que en algunos países de Africa subshariana es de 400 por 100 mil o más”.

De la población total guatemalteca, el 38,4 por ciento son indígenas, según datos del Instituto Nacional de Estadística de Guatemala (INE), aunque según algunas organizaciones indígenas este porcentaje supera el 60 por ciento de la población del país.

En este contexto, la situación de las mujeres indígenas a la hora de parir es particular a razón de sus escasos recursos económicos y la dificultad en el uso del español en detrimento de sus idiomas originarios como el kaqchikel, tz’utujil o quiché, entre otros.

Ester Pop (48) es comadrona desde hace más de 30 años en San Pedro la Laguna, un pueblo de 13 mil habitantes, cuyo idioma nativo es el tz’utujil y que tiene 28 comadronas activas. Ella cuenta que “sintió el llamado” de ser comadrona cuando todavía era adolescente y no podía explicar por qué la imagen de una mujer en la postura de parto la conmovía.

Tal vez sus padres que iban de pueblo en pueblo ayudando a las mujeres a parir la inspiraron. En el presente, sendas carreras de enfermería profesional mediante, entrega su tarjeta que la identifica como “Educadora de Planificación Familiar”. Siempre me ubico como comadrona, no como profesional, y digo: lo que Dios me ha dado es lo que valoro. No estudié para ser comadrona, entonces inicié de la nada: es una sabiduría que proviene desde lo alto.

Porque los médicos han estudiado sobre los partos, cómo debe pujar la señora, cuánto tiempo y qué debe hacer uno con el bebé. El ser de comadrona una lo obtuvo del cielo, nadie, nadie le instruyó a la comadrona en los tiempos ancestrales. Si nosotros como generación estamos vivos es ¡gracias a ellas!

Pero llevamos a una paciente al hospital y ¿qué nos dicen? `Deje a su paciente y se va para afuera’. Pienso que es por un celo porque la mayoría de partos son atendidos por comadronas. Que le gritan a uno y la mayoría no sabe hablar español y todo el mundo habla el español y nadie lo atiende.

A uno le gustaría expresar lo que siente, pero si nadie lo entiende mejor se queda callado. Y por otro lado, los médicos a veces tienen razón porque muchas mujeres llegan a última hora muy manipuladas o con otras complicaciones que se debieron evitar.”

PARIR EN CASA

Elena Chabajay tiene 31 años y es una mujer de origen maya, cuyo primer idioma es el tz’utujil. Revive con la periodista el nacimiento de su único hijo Lanchito (Lorenzo) que ese día cumple 10. Su comadrona fue Ester y de ella rescata lo simple: caminar. Ese fue uno, entre todos los consejos que recibió durante el embarazo. Y así fue: cuando llegaron las comadronas el trabajo de parto ya había comenzado, el tiempo voló y en sólo dos horas Lanchito ya había llegado al mundo.

La comadrona Ester señala que su trabajo comienza a las pocas semanas de embarazo: “Con 15 días de retraso menstrual la gente me busca. Los primeros meses ellas vienen al consultorio. Ya los últimos meses voy a sus casas”. El seguimiento lo realiza con consejos de alimentación, higiene, cuidado de la futura madre y, a posteriori, del niño o niña.

Y a diferencia del vínculo entre las parteras que brindan el servicio en las grandes ciudades, las comadronas de los pueblos no les piden a las mujeres indígenas ningún pago a cambio. “Aquí cuando es gente indígena no cobro ni un solo centavo, es voluntad de las familias”.

Elena, por su parte, sostiene que el parto en un hospital es una posibilidad cada vez más usual para algunas familias indígenas (en especial para aquellas que tienen medios económicos). Sin embargo, la gran diferencia reside aun en el vínculo entre médicos y pacientes. “Creo que la clínica atiende bien, pero hay que pagar”.

En cambio, la comadrona no le pide a la familia ningún dinero. Pero tampoco es que uno no le da un quetzal sólo, sino lo que está en sus posibilidades. La comadrona ayuda a la persona. Y yo le tengo mucha confianza al igual que mucha otra gente que cree en ella. La forma en que la trata a una y después también te da tratamientos para reestablecerte, tomar vitaminas, qué hacer con el bebé, porque al principio una no sabe qué hacer. En cambio, si una va al hospital se regresa sin nada, sin ninguna sugerencia, sin ninguna recomendación.

La comadrona al siguiente día después del parto viene a verte, para ver cómo estás, cómo está su bebé. Ayuda bastante en una primera experiencia. Yo nunca he ido al hospital pero cuentan que cuando va una la dejan ahí tirada porque hay mucha gente que atender. En cambio, Ester no. Lo que he visto de ella es que está al tanto de todo lo que pasa, su trabajo no lo hace igual ahora de cómo lo hacía hace diez años. Está actualizada y te dice: mira esto ya no se hace así”.

RECÍBETE DE COMADRONA

La joven Mariu, junto a Abadi y otras mujeres de la región trabajan sobre una escuela de comadronas en el lago de Atitlán con el objetivo de compartir el conocimiento y mejorar de a poco los servicios que se prestan a las futuras madres. Así, grafica Abadi, la idea es crear una nueva generación de comadronas. “Rescatar todo lo bueno de la tradición y al mismo tiempo tener las competencias necesarias para poder hacer frente a una complicación, si la hay, y referir al sistema de salud.”

El proyecto de la escuela lleva varios años en gestación pero no se concreta todavía por falta de fondos. La currícula está completa, convocará a mujeres indígenas pero también a extranjeras: “Pensamos que la formación tenga un precio simbólico para las mujeres de acá, que las comprometa un poquito, les dé más sentido de dignidad y de empoderamiento.

Dar vida o morir en el intento. Plantearse nuevas formas de concebir y priorizar la salud de las madres y en el medio un precipicio: el de las razones tan disímiles de las mujeres por parir o no con comadrona. Y la vida como hermoso paisaje. “Me niego a decirle a nadie que hay riesgo cero, eso no existe ni en la casa ni en el hospital. El riesgo cero tampoco existe en la vida, es un ideal totalmente falso. El parto es un momento más de la vida y quién dijo que la vida no tiene riesgos. El parto es un momento ínfimo en la vida de crear un ser humano. El día que nace el bebé… ahí empieza el baile”, puntea la comadrona Abadi.

SE NECESITAN MÁS DE 350 MIL COMADRONAS EN EL MUNDO

Un  estudio de Unfpa  da una solución: esta antigua profesión ayudaría a evitar un 90 por ciento de las muertes maternas. Entre los países con mayores necesidades en esta área se listan: Camerún, Haití, Nigeria, Somalia y Guatemala.

NOTA:  Proviene del artículo “El Borde de la Vida”.Publicado en Suplemento Las 12. Diario  Página 12, Buenos Aires Argentina, 23-9-2011. Ha sido ediitado para su publicación en Palabra de Mujer. Es un resumen, del artículo original.

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La paradoja del Dios ausente


Lidia Martín Torralba

La paradoja del Dios ausente

Si Dios no existe, ¿qué hacemos reprochándole, repetidamente, Su silencio, Su dejadez, Su aparente ausencia?

22 DE OCTUBRE DE 2011

 Me confieso una fan de las series de televisión. Para ser más específica, de algunas series de televisión. Cuando digo esto muchos no lo entienden, pero para mí es como ver una buena película que dura muchas, muchas horas y que, además, te permite profundizar en los personajes y abundar en detalles de la historia que, de otra manera, pasarían desapercibidos.  Me ha llamado la atención cómo, en muchas de ellas, incluso en las que aparentemente menos pudieran tener cualquier tipo de interés en debates de índole religiosa, son numerosas las referencias a la existencia de Dios, a su presencia o ausencia en los males del hombre… y sobre todo  me sigue provocando una ligera sonrisa en el rostro contemplar cómo, en el fondo, por mucho que sigamos cuestionándonos a Dios y todo lo que éste implica, no dejamos de referirlo bajo cualquier pretexto.  En el fondo, y esto se nos olvida muy a menudo, si Dios no existe, ¿por qué dedicarle tanto tiempo y esfuerzos a desmontar Su existencia?

En la archicomentada serie de televisión  Águila Roja , por mencionar sólo alguna de las muchas que se emiten hoy, se mantiene a menudo este tipo de debate. En una sociedad gobernada y sometida por la nobleza y el clero prácticamente al mismo nivel de inmoralidad y falta de escrúpulos, donde los campesinos tenían poco o ningún acceso a la cultura y la religión en el peor sentido de la palabra se utilizaba para mantenerles bajo control,  surge la figura de un héroe, alguien mucho más moderno que los demás hombres de su tiempo, que como forma de manifestación de esta modernidad no cree en nada . Al menos, en nada que tenga que ver con figuras divinas. Cree en la ciencia, en el conocimiento humano, en aquello que su mente puede abarcar, pero nada más.

Su escudero sufre permanentemente por el temor de que en sus manifestaciones acerca de su escepticismo sobre la existencia de un ser superior le acusen de herejía. Y no con falta de razón, porque en la época en la que se ubican los acontecimientos, allá por el siglo XVII, se tomaban estas cosas bastante más en serio que nosotros, aunque de forma altamente desproporcionada y tendenciosa. La idea que transmite la serie en este sentido, lo cual me produce buena dosis de tristeza, he de decirlo, porque merece la pena en otros muchos aspectos, es que el hombre que verdaderamente tenga una mente abierta no debe creer en nada. Los creyentes en la serie son gente sin cultura, sometidos al poder de las clases altas y que acuden a la religión en busca de ayuda cuando, verdaderamente, el único que puede ayudarles es el misterioso e ilustrado héroe del antifaz.

Sin embargo, al margen de esto, que es un mensaje lo suficientemente obvio como para que se capte, lo suficientemente sutil a la vez como para que no resulte demasiado descarado y con el que, lógicamente, no estoy de acuerdo,  hace unos días en una conversación entre otros dos personajes entre los cuales no se encontraba el famoso héroe, surgía un debate interesante. Un niño, desde su inocencia, le preguntaba a su tía dónde estaba Dios en medio de tanta desgracia  como la Villa de Madrid estaba padeciendo, con un brote de peste entre otros problemas. Le preguntaba cuándo iban a llegar las cosas buenas, a lo que ella le contestaba rápidamente que las cosas buenas ya estaban allí, sólo que había que procurar que las malas no les impidieran verlas.

 Esa pregunta que el niño se hacía en la serie de ficción es una que muchas veces la gente se hace en su día a día real, el cotidiano, el que viene tan cargado de desgracias como de momentos felices , aunque éstos últimos no siempre sepamos verlos porque la negrura de los males que acontecen nos acapare lo suficiente. Venimos siglos aferrándonos a ese argumento absurdo de que el hecho de que pasen cosas malas en el mundo es indicativo suficiente de que Dios no existe.  Pero, volviendo a la misma pregunta que me formulaba al principio, si Dios no existe, ¿por qué no dejamos de sacarlo a colación constantemente, por qué no dejamos de preguntarnos lo que aparentemente es tan obvio? Al fin y al cabo, ¡qué tontería dedicar tiempo a hablar de lo que no existe!  Se supone que Dios no nos importa en absoluto, que no hay nada de moderno en hacerse preguntas de este tipo, que el hombre es absolutamente independiente y no necesita de nada ni de nadie que no sea él mismo… pero, sin embargo, siempre terminamos haciéndonos las mismas preguntas en momentos complicados en nuestras vidas. Curioso círculo, al que volvemos una y otra vez.

¿Qué hay en nosotros que nos mueve a preguntarnos estas cosas una y otra vez a pesar de que, aparentemente, las tenemos tan completamente superadas?  Si Dios no existe, ¿qué hacemos reprochándole, repetidamente, Su silencio, Su dejadez, Su aparente ausencia?  Cuando alguien nos sorprende en uno de esos momentos a solas con nosotros mismos hablándole a la nada nos ponemos rojos como tomates y nos morimos de vergüenza, pero sin embargo, ante la desgracia, alzamos la vista al cielo sin ningún tipo de pudor y le reclamamos a ese “Dios inexistente” Su falta de escrúpulos al dejar a la humanidad a su suerte. ¿En qué quedamos entonces? ¿Ausente, o presente? ¿Lo queremos en nuestras vidas (digo que si lo reclamamos será por eso) o sólo como chivo expiatorio, como alguien sobre quien volcar nuestras frustraciones cuando algo, mucho o todo nos va mal?

Nadie como nosotros para la incoherencia y la inconsistencia, para la desvergüenza más absoluta.  Nos atrevemos en ocasiones a reclamarle cuentas por ignorarnos a alguien a quien hemos cerrado la puerta en sus narices hace unos minutos , pero ocurre en las menos de las veces porque aún, entre nosotros, nos queda algo de decoro. Pero con Dios… esta es la tónica general. Será porque no nos reprocha como lo haría alguien de carne y hueso, en ese momento y lugar frenándonos en seco y sacándonos los colores. Y por eso mismo le ninguneamos más que a ninguna otra persona. Será porque llevamos Su misericordia al extremo, ponemos a prueba Su paciencia como si estuviéramos tratando con un igual y se nos olvida frecuentemente que Él no está ahí para nuestros caprichos, ni se doblega ante nuestras exigencias de niño malcriado. No soportamos cuando nuestros hijos nos utilizan, nos sangran económicamente sin responder en ningún otro ámbito, usan nuestra casa como si fuera un hotel y a nosotros como si fuéramos sus esclavos… pero no nos interesa pararnos a considerar que, hacia Dios, nosotros tenemos exactamente la misma actitud tiránica, inmadura e irreverente sin considerar la relación asimétrica que existe entre el Creador y Sus criaturas.

 Viene a mi mente aquella famosa campaña publicitaria en los autobuses y otros lugares (que este año, si no recuerdo mal, ha vuelto a tener su réplica con el mismo y dudoso fin), en que el objetivo era, por activa y por pasiva, afirmar que Dios no existe . Quien estaba y está detrás ha hecho un esfuerzo más que importante a nivel económico, entre otros, con el único fin de convencer a cuantos más mejor de que, hoy en día, creer en Dios no es más que una tontería. Obviamente, no voy a ser yo quien me dedique a cuestionar a qué dedica cada cual su dinero ni su tiempo, pero francamente, me hace gracia que los “tontos” seamos justamente los que creemos en Dios y no precisamente los que dedican su vida a convencer a los demás de que no existe. Aún el que intenta convencer a un incrédulo de que crea lo hace pensando en que éste último se salve pero ¿qué objetivo desinteresado busca quien intenta por todos los medios que los que creen dejen de hacerlo? ¿Han visto ustedes en algún lugar campañas publicitarias para convencer a la población de que los ovnis no existen, de que la luna no es verde o de que el hombre del saco no es más que una leyenda urbana? Obviamente, dudaríamos de la salud mental de los que las promovieran y todos lo consideraríamos un despropósito y un absurdo. Pero con ese Dios “ausente” o “inexistente”, la gente se moja. ¡Cuánta fijación –pienso yo- para algo que no existe!

 Cuando uno busca verdaderamente a Dios, todas las cosas alrededor le hablan de Él, incluso con todo el mal que nos rodea. Sólo que ese mal, como decía la serie, a menudo nos impide ver que lo que todavía subsiste es por la mano del Dios que todo lo sustenta. Porque no sólo es que Su creación hable de las maravillas de sus manos, de su capacidad infinita para la belleza, el detalle y la inteligencia, sino que el hecho de que el mundo no se haya ido a pique del todo a pesar de nuestros esfuerzos por intentarlo ya es, en sí, signo de Su presencia, de que no nos ha abandonado del todo, tal como algunos piensan. Esa es la paradoja del Dios aparentemente ausente, que a pesar de que nos permite vivir una vida alejada del Él tal y como nosotros hemos decidido (y ese es parte de Su juicio también y la razón del mal de este mundo), también ha optado en Su gracia y misericordia por no abandonarnos a nuestra suerte del todo.

 Una paradoja no es algo que no encaja, sino que aparentemente no encaja. Hacer encajar la vida sin Él simplemente no es posible si lo que queremos es una vida con propósito y trascendencia. Cuántas veces no nos encajan ciertas explicaciones y negaciones del Creador, simplemente porque Su creación sigue hablando a gritos de Él, nuestro organismo sigue hablando a gritos de Él… nuestras almas siguen buscando urgentemente quien las llene, quien las lleve al cumplimiento de su propósito, que ha de ser alguno más que el de vivir aquí unos años atormentándonos por el mal que nos rodea y negando a Dios una y otra vez sólo porque no nos cuadra en nuestra visión limitada del mundo.

Cuando las cosas aparentemente no encajan, quizá hemos de buscar las soluciones en lo más obvio, en el origen mismo, y antes de que nada fuera sólo había algo por lo que existen todas las cosas: Dios mismo.

Autores: Lidia Martín Torralba
©Protestante Digital 2011

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