Monseñor Gerardo Valencia Cano: haciendo efectivo el amor al prójimo


“Hermanos, os habla un hermano, un hermano vuestro latinoamericano, nacido en las montañas de los Andes, quemado por el sol de nuestros valles, herido en las espinas de la selva, conocedor del Amazonas y del Plata. Os habla mi experiencia de la tierra, la angustia de la libertad, la sed insoportable de que todos tengamos una sola Patria”. Monseñor Gerardo Valencia Cano
Monseñor Gerardo Valencia Cano nació en Santo Domingo- Antioquia en agosto de 1917, en el seno de una humilde familia profundamente religiosa, de donde heredó su gran sentimiento de sacrificio y servicio por el bienestar de los desprotegidos y desarraigados. Optó desde sus comienzos como diacono por la evangelización de los pobres, por una evangelización no ligada a las grandes tribunas de la iglesia conservadora colombiana, sino a favor de los desposeídos, de los explotados, una evangelización denunciante de las injusticias y atrocidades por las que atravesaba el país, y que aún hoy son motivo de fuertes luchas de resistencias.
Hombres como Monseñor marcaron la vida de muchas comunidades en momentos muy difíciles, por eso hay que levantar las banderas y gritos, porque el pensamiento de “Moncho” sigue vivo y vigente. Incluso porque aún hoy, luego de 40 años de su trágica muerte en un avión que cayó sobre las montañas limítrofes de Antioquia y Chocó, siguen las dudas sobre las causas del “accidente” el 21 de enero de 1972. Para el oficialismo no fue más que un accidente aéreo, pero para un sacerdote y un grupo de campesinos que se encargaron de desmentir los conceptos oficiales, y  escalaron a pie la montaña para rescatar el cadáver del obispo, obligando al gobierno a rescatar luego los demás cuerpos, no fue un accidente sino, como todo parece indicar, el resultado de un “atentado”, como asegura el padre Javier Giraldo en “Aquellas muertes que hicieron resplandecer la vida”. En todo caso las causas reales de su muerte nunca se sabrán porque el gobierno de entonces hizo todo por borrarlas, pero las causas de su vida siguen vivas en nuestras luchas.
Entendiendo el inhumano contexto colombiano, Monseñor llevó mensajes a los sindicalistas, líderes y sacerdotes a lo largo y ancho del país, insistiendo en que cada uno de ellos debía entender la pobreza más allá de ser un simple problema de satisfacción de necesidades materiales, como la mayor injusticia entre los hombres y mujeres de una nación, y es ante esto, que el sacerdote no debe, según predicaba Monseñor Valencia, hacerse el ciego ni estar desligado de lo político; ya bien lo parafraseaba en uno de sus mensajes “el sacerdote          debe ser por vocación la levadura para el cambio que esperamos y su palabra y su acción valientemente evangélica tiene que ser la luz para los marginados y sirena de alarma para sus dirigentes”.
El “hermano mayor” o “Moncho”, como se le conocía, hizo efectivo el amor al prójimo promoviendo la organización de las comunidades en torno a la defensa de los derechos y a la construcción del Reino de Dios en la tierra. Como todo buen compañero de la Teología de la Liberación denunció y enfrentó en muchas ocasiones al Estado y a los militares, que subyugaban lo que se denominaba comunidades de base. Junto con estas comunidades ejecutaba acciones de protesta en contra de desalojos, muertes, desapariciones y cualquier otra injusticia de esas que siguen sometiendo aún nuestras comunidades. Era en estas acciones donde su calificativo de Revolucionario se hacía eficiente, considerando incluso a la revolución como una necesidad, como en la época antigua, donde Jesús también tuvo el valor de convertirse en un Revolucionario por el bienestar de su pueblo.
Monseñor Valencia no sólo creó las parroquias de los pobres, fue uno de los principales impulsores de la educación, la cual entendía como un pilar fundamental en los procesos de resistencia del pueblo pacífico y como herramienta para realizar una enorme labor social tan necesaria para las comunidades. Incluso la reivindicó desde una visión de un socialismo latinoamericano “que uniera al negro, al indio, al blanco, en una sola raza de color latinoamericano, que comprendiera que nuestros ríos y montañas no son líneas de separación sino lazos que estrechan la unión”.
Para ese entonces Buenaventura se perfilaba como el principal puerto del país, movilizando un sin número de mercancías que ingresaban a nuestro territorio, lo cual, igual que hoy, no se traducía en progreso para la ciudad, pues el retorno de las ganancias era ínfimo. El resultado fue una desigual expansión de la ciudad que, a pesar de toda la riqueza que movilizaba, seguía careciendo de servicios públicos, llena de hacinamientos causados por los cercamientos de las familias pudientes. Esto estaba muy claro para Monseñor, quien con su convicción ayudó a sembrar la semilla de la libertad en todo el pueblo pacífico; razón por la cual llegó a ser llamado por las elites el “obispo rojo”, “cura rebelde”, y demás calificativos relacionados,  por el simple hecho de haber decidido una vida al lado de los pobres, y haber reconocido además que pensadores/as como Martí, Marx, Zalamea, Bolívar, Policarpa, entre otros/as, no estuvieron errados cuando invitaron a los proletarios, pobres, desarrapados a liberarse de la opresión.
Las graves condiciones inhumanas e indignas conocidas por Monseñor a lo largo de su apostolado hicieron de su convicción transformadora la principal fuente de motivación para el cambio en las comunidades pobres; sus eucaristías y reuniones con las comunidades estaban ligadas por una vida de servicio y entrega a los demás, enarbolando orgullosamente la consigna: “Bajo nuestros harapos hay un poder liberador invencible que echará por tierra el sueño de los avaros”.
Con una visión teológica desde el ideal de la liberación, Monseñor dedicó su vida a los más necesitados, principalmente a la comunidad afrocolombiana de Buenaventura; desde allí, y como todo buen profeta, su vida y sus mensajes se volvieron incómodos para toda la oligarquía colombiana. Por ser uno de los principales firmantes y defensores del documento de Golconda, (documento construido y firmado en 1968 y que recogía el sentir de 50 sacerdotes de todo el país en torno a la problemática social de nuestro país y el papel de la acción pastoral) fue muchas veces perseguido por las comunidades eclesiásticas y militares, quienes, como perros de caza, perseguían y encarcelaban a los sacerdotes y misioneros/as que simpatizaban con un movimiento diferente, un movimiento que no dependía de las instituciones eclesiales conservadoras, sino que se infundía directamente en las comunidades necesitadas. Estos religiosos colombianos, emparentados ideológicamente con un movimiento similar en toda América Latina, hacían énfasis en la necesidad de una “iglesia para los pobres” y un mundo más justo para todos/as, sin miseria ni opresión. Este era el movimiento denominado Teología de la Liberación.
http://gusqui.blogspot.com/2012_01_21_archive.html

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