Concilio de Nicea: un veinte de mayo


Héctor Rodríguez Fariña, 31-Enero-2012

Héctor –como Amenábar hizo en su película Ágora o Gaarder en su novela Vita Brevis– nos ofrecen datos reales del siglo IV –o V, recreándolos con ojos de hoy. Esto no es una traición a la historia. Es entender que nuestra historia pudo ser diferente. Es una ayuda muy importante para purificar la fe cristiana de viejas doctrinas que desde aquellos siglos la están esclerotizando y haciéndola impresentable a los hombres y a las mujeres de hoy. Este ir al meollo de la ética y la espiritualidad, desechando las adherencias con que se presenta en cualquier tradición religiosa, es un objetivo fundamental de ATRIO.

 

20 de Mayo, 325 AD.

La ciudad, protegida por recias murallas, se reflejaba orgullosa en las aguas  tranquilas del lago Ascani en aquel precioso día de primavera. Se acercaba ya el verano y mucha gente empezaba a agolparse a lo largo de las murallas para no perderse la entrada del Emperador.

Entre los concurrentes se destacaba un grupo que seguían de cerca los sucesos del día. “Mira, Cornelio, aquí están. El Emperador por delante, seguido de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos de la Iglesia enganchados a él”, dijo Lía, la esposa de Cornelio.

Sonaron las trompetas y empezaron a llegar los primeros jinetes de la escolta imperial.  Con el Emperador y en el mismo carruaje venían Osio Obispo de Córdoba, Alejandro Obispo de Alejandría y Eusebio Obispo de Cesarea. Les seguían los generales del Ejército y luego los representantes de la iglesia.

Eusebio, el Obispo de Nicomedia, el defensor del arrianismo y Teodosio, no se unieron a la pompa oficial para estar con sus amigos Cornelio, su esposa Lía y las dos acompañantes que habían venido de España con el Obispo Osio: Talita y Ruth.

“Fijaos en lo ornamentos sagrados de los obispos y las vestiduras de los generales”, señaló Talita, “más de los mismo”.

“Exacto”,  confirmó Troas, “más de los mismo. También ellos son generales de sus respectivos ejércitos… de fieles seguidores. Hasta en lo que creemos tenemos que vivir sometidos a la opresión de otros. ¿Para qué se nos dio la inteligencia? Nosotros, hombres y mujeres que no acertamos a encontrar a Dios dentro de nosotros buscamos la seguridad  sometiéndonos a otros hombres”.

El Obispo de Nicomedia intervino: “Algún día dirán que las circunstancias se apoderaron del Concilio y que no dejaron actuar a los obispos, pero como dijo Horacio ‘Lo que hace falta es someter las circunstancias, no someterse a ellas’.  ¿Qué están haciendo los obispos para librarse de las garras del emperador?  Muchos de ellos, y particularmente los de oriente, son filósofos y pensadores que encontraron refugio en la religión. Lo suyo ha sido hacer del mensaje sencillo del Nazareno un discurso ideológico, que según ellos dará esplendor a la religión. Piensan que el lenguaje discursivo la hará más sólida, comprensible y atractiva. Impresionará y atraerá a los mismos paganos. ¡Qué horror! Cómo me gustaría verles sentados alrededor del Nazareno oyendo y meditando su mensaje sencillo y directo como sus primeros seguidores”.

Teodosio añadió: “en su mayoría vienen de oriente y el norte de África. Los mil ochocientos que esperaba Constantino han quedado reducidos a esto. No obstante, si todo saliera como desean, terminarán diciendo que fue un Concilio Universal. Ya veis, excluyendo el laicado, que son la verdadera Iglesia”.

“Me asusta pensarlo”, añadió Talita, una de las acompañantes de Osio,  que vinieron con él para atenderle en su largo viaje. “Me asustan las guerras en las que mandan los emperadores y los generales, en las que nada tenemos que decir las madres que nos quedamos sin hijos y sin sus padres. Laicos como Troas y Cornelio y todos los que se quedan en sus casas tendrán que aguantar las lecciones de los poderosos sin poder decir nada”.

El  Cortejo ya había llegado al recinto que se permaneció casi vacío cuando entraron  los obispos, presbíteros y diáconos. De cada seis asientos cinco quedaban desocupados.  Constantino ocupó el estrado central rodeándose de tres Obispos: Osio, Eusebio y Alejandro. Saludó a los presentes, dándoles la bienvenida y afirmando que el Concilio había sido posible gracias a los sacrificios de todos.

“Tenéis en vuestras manos la oportunidad de acabar con las persecuciones de mis antecesores. La paz y la unidad que deseáis solo os la puede traer la generosidad de otro emperador. Poneos de acuerdo subsanando las diferencias que os separan y os prometo que el Imperio aceptará vuestra religión y vuestro Dios. Tendréis plena libertad para extender vuestras creencias. Con esto  cedo la palabra al Obispo Osio de Córdoba para que él lleve adelante las ordenanzas necesarias en mi ausencia”.

Constantino se retiró y Osio evitó los enfrentamientos ideológicos proponiendo asuntos de fácil solución. La Pascua debía celebrarse en una fecha común para todos: el domingo siguiente al primer plenilunio de primavera. Aquel año ese plenilunio había ocurrido el 21 de Marzo. Presentó asimismo las decisiones del Sínodo de Illiberis en España sobre el celibato obligatorio para los clérigos ordenados sin haber contraído matrimonio anteriormente.

La sesión de apertura terminó  para dejar las cuestiones teológicas para cuando Constantino pudiera estar presente.

Unos días más tarde Constantino volvió a tomar la tribuna y dirigió la palabra alegando que el Obispo de Roma le había insistido en la necesidad de unir la religión y el Imperio para evitar futuras persecuciones.  Osio agradeció al Emperador su generosidad y pidió al diácono  Atanasio que comenzara el tema del Credo.  Atanasio, joven diácono de unos veintisiete años, que acompañaba al Obispo de Alejandría, empezó afirmando que Arrio había sido presbítero  en Alejandría  y que se atrevió a contradecir a su Obispo. Este lo excomulgó sin más.  Por lo tanto  se podía pasar a la exposición de los credos de Alejandría y Palestina que eran la única  verdad revelada.

Constantino reaccionó como si se tratara de una  estrategia militar: “Para enfrentarse al enemigo hay que conocerle lo mejor posible. Dado que el arrianismo es hoy la fe de la mayoría de mis súbditos por todo el Imperio, no podemos  ignorar su vigencia y su fuerza. Tenemos que examinarlo de frente y oír lo que nos tengan que decir”.

Atanasio replicó: “Aceptamos tu sugerencia, señor, pero permítenos dejar por sentado que, si el Cristo no fuera verdaderamente Dios, no podría otorgar vida a los arrepentidos y liberarlos del pecado y la muerte.  Todos los herejes deben arrepentirse si no quieren morir en su pecado. Con tu venia permíteme pedir al Obispo de Nicomedia aquí presente que nos exponga las aberraciones de Arrio,  ya excomulgado”.

Eusebio de Nicea subió al estrado y comenzó explicando que Jesús fue un hombre como nosotros, que nos enseñó a vivir y a luchar por la libertad de hombres y mujeres de todas las clases, resistiendo someterse a la opresión de los  poderosos. “Así llegaría el Reino de Dios, Reino de Justicia y de paz donde sólo gobernaría el amor.  Este mensaje del Nazareno ha sido aceptado por los pueblos jóvenes que conviven con el Imperio romano gracias a la magnanimidad del Emperador. He logrado llevar este mensaje a miles de Suevos, Vándalos. Alanos y en estos últimos tiempos a los Godos, los pueblos que pasan por estas tierras dirigiéndose hacia el  oeste. Los romanos les llaman bárbaros porque no entienden sus costumbres y manera de vivir. Ellos  están sustituyendo sus costumbres paganas por la caridad cristiana y enseñándonos a cambiar las espadas por las rejas de los arados. Tendríamos que abrirnos  a ellos y hacerles un lugar entre nosotros. La opresión del Imperio es contraria al mensaje del Reino de Dios”.

Se oía un murmullo por todo el recinto…

Eusebio continuó… “Su manera de seguir al Nazareno no tiene nada que ver con dogmas incomprensibles.  Me temo que a las nuevas formas de religión, que afirman que  Dios se ha hecho hombre,  se sucederán otras que harán que los hombres que se hagan como  Dios. Esos hombres se subirán muy alto para gritar a los demás  por encima de sus cabezas haciéndoles sentir su poder.  La verdadera religión debería ser el encuentro de Dios dentro de cada uno, en nuestro ser, para encontrarle en el ser del universo. El Maestro dijo: ‘El Padre y yo somos una misma cosa’. Y estos señores Obispos tradujeron  ‘la naturaleza del Padre y su hijo son una sola cosa, la misma substancia’, ahí está el centro de su error”.

Se oyeron gritos de ¡Blasfemia!. Un Obispo cercano a Eusebio se arrojó sobre él y le arrancó de las manos los pergaminos de su tesis haciéndolos pedazos.

Pasaban los días, las semanas y los meses. La confrontación no cedía.  Hacia el 15 de julio Constantino pidió el consenso por una de las dos partes: “Quiero que se presente el credo compuesto por Eusebio de Cesarea y Atanasio y que se acerquen a firmarlo los que estén de acuerdo”. Trescientos diez Obispos añadieron sus firmas a las de los tres presbíteros representantes del  Papa Silvestre, y a las de Osio, Eusebio de Cesarea y  el Obispo de de Alejandría.  Solo 5 arrianos se negaron a firmar.

Y así Constantino pudo constatar que había ganado una batalla más decisiva que la del puente Milvio. No hubo derramamiento de sangre ni clamores de victoria… Siguieron las formalidades que se esperaban. Fue como la calma inexorable que sigue al final de una tormenta. Los Obispos salieron todos deprisa tras el Emperador. Allí comenzó la paz y la unidad de Nicea.

Sólo quedaron en el recinto Eusebio de Nicomedia y Teodosio.

Eusebio  comentó: “La gran perjudicada ha sido la verdad. Y hablando de vencidos, quienes más sufrirán son la generaciones venideras. Un arma peligrosa ha sido confiada a la Iglesia: cuando  los obispos y el papa perciban que no podrán equivocarse, llegarán tiempos en que serán ellos quienes declaren guerras,  organicen persecuciones, torturen a los que no crean hasta hacerles decir lo que creen ellos”.

“Se sienten dueños de la verdad”, añadió Teodosio, “impondrán todo tipo de creencias en nombre de Dios, seguirán diciendo que la tierra no es redonda. Definirán por decreto lo que es bueno y lo que es malo: Millones y millones de personas vivirán torturadas interiormente sintiendo que están haciendo mal, que se van a condenar.

“Presiento algo más”, dijo Eusebio, “Me asusta el poder que puede procurar esa arma tan peligrosa: un hombre dios ha venido a decirles que solo ellos poseen la verdad. El hombre dios le da a la iglesia sus poderes. ¿Pero cómo lo saben ellos? Te contestarán: ‘lo dicen las escrituras que contienen la verdad sobre el hombre-dios’. ¿Pero quién les dice a ellos que las escrituras son la verdad? ¿Lo has pensado alguna vez? Tiemblo cuando lo pienso: Los Obispos, la Iglesia, el Papa han decretado el dogma de que las escrituras son la verdad. Esto supone que ellos se dan la verdad a sí mismos”.

Ese fue el final del Primer Concilio de  Nicea.

FUENTE: http://www.atrio.org

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