LA SUEGRA DE PEDRO, UNA MUJER QUE SE PONE EN PIE (Mc 1, 29-31)


-Emma Martínez Ocaña-

Quiero presentarme, pues apenas me conoces.
Soy otra mujer “sin nombre” del Nuevo
Testamento. Una vez más los redactores de los
evangelios me niegan identidad, y sólo soy un
de en relación a un varón importante: “suegra
de Pedro”. Quizá no te sorprendas, seas varón

o mujer, pues estamos todos tan
acostumbrados a que así sea que nos parece
lo más natural; hija de, hermana de, esposa de,
pareja de, madre de, viuda de… ¿A que hoy
sigue siendo también así? ¿No crees que ya ha
llegado la hora de que eso deje de ser como
es?
Algunos varones querrán convenceros de que
éste es un dato que no tiene importancia,
aunque eso lo dicen ellos, que siempre son los
nombrados, no sólo por su nombre sino que su
sexo identifica al género humano. Todos y
todas somos hombres porque ellos han
decidido que ése es un nombre genérico… Eso
sí, ellos nos dirán lo importante que es, en la
Biblia, dar nombre, llamar por el nombre, poner
nombre… ¿Sólo es importante para los varones

o cuando lo hacen ellos?

¿Por qué tantas mujeres renuncian a su
apellido cuando se casan? ¿Por qué hemos
aceptado pasivamente durante siglos el hecho
de que para nuestros hijos nuestro apellido sea
el segundo y no el primero? Os invito a
rebelaros contra esta forma de negarnos
identidad. Porque es verdad que nombrar es
dar identidad, y que lo que no se nombra se
hace invisible y termina por parecer inexistente,
aunque nosotras existimos y construimos la
historia igual que ellos.

Nosotras, las mujeres, también construimos la
Iglesia primitiva y eso es lo que quiero contar al
hablarte de mí.

El evangelista Marcos se refiere a mí en estos
términos: “Jesús salió de la sinagoga y se fue
con Santiago y Juan a casa de Simón y
Andrés. La suegra de Simón estaba en la cama
con fiebre” (v.29-30).

Estar en la cama con fiebre expresa bien mi
situación de mujer. Estoy tumbada, separada
de la comunidad, sin nada que decidir ni hacer
en casa deSimón y Andrés. La casa, sabes
bien, es símbolo de la comunidad donde los
varones se sienten dueños. Además tengo
fiebre… Es otra forma de expresar mi condición
de excluida, de estar impura, dominada por
malos espíritus. Estoy postrada, no de pie, y
por tanto humillada, pasiva y, además, soy
impura, estoy sometida a Satanás.

Soy el símbolo de las mujeres de Israel, en ese
tiempo, y desgraciadamente de tantas mujeres
aún hoy. Es expresivo el dicho que corre por
ahí: “Mujer de mesa y cama” o ¿quizá sólo
para la cama y la mesa?

¿Cuáles son las “camas” y las “fiebres” que aún hoy
nos mantienen a las mujeres excluidas de los lugares
de decisión, no reconocidas como sujetos de derechos
en igualdad con los varones, postradas, demonizadas
de tantas maneras?

Seas varón o mujer quien me estás leyendo, no
dejes de responder a la pregunta anterior. Y si
no tienes fuerzas para más, al menos haz lo
que los varones de la narración de Marcos
hicieron: “Enseguida le hablaron de ella”.
Arriésgate a hacerlo porque eso supondría que
al menos te has dado cuenta de que la
situación debe cambiar. Háblale a Jesús de
ello, quizá por ahí puedas encontrar luz para
saber cuál es su verdadero proyecto sobre el
mundo en general y las fuerzas para colaborarcon Él en ese sueño.

Mi curación hay que leerla en la necesidad de
una profunda “metanoia” que viene precedida
de otro gesto simbólico. Inmediatamente
después de la llamada a seguirle, Marcos dice:
“Y fueron a Cafarnaún (1, 21). Era sábado,
Jesús entró con ellos en la sinagoga y dejó
asombrados a los oyentes porque “les
enseñaba como quien tiene autoridad, no como
los letrados” (v.22). en este momento introduce
el evangelista el primer signo liberador de
Jesús. “Estaba en aquella sinagoga un hombre
poseído por un espíritu inmundo e
inmediatamente empezó a gritar: ¿qué tienes tú
contra nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido
a destruirnos? Jesús le conminó: Cállate la
boca y sal de él” (23-25). Jesús dice con los
hechos que ha venido a destruir el dominio del
mal, a luchar contra el poder de todos “los
espíritus inmundos”.

No sólo nosotras, las mujeres, estamos
dominadas por demonios sino también vosotros
los varones. Todos y todas estamos hoy
contaminados por fiebres y demonios
excluyentes e injustos que sólo cuando los
podamos nombrar y exponer a la luz, nos
permitirán dejarnos ayudar y salir de esta
esclavitud.

Seguir a Jesús requiere una profunda
conversión. Necesitamos redefinirnuestras
identidades sin falsos estereotipos de género,
que nos dividen y nos empobrecen. A nosotras
negándonos nuestro poder y nuestra fuerza, y
encadenándonos a roles, cualidades y
funciones que no hacen justicia a nuestra
verdad. A los varones postrándolos bajo el
peso de falsas identidades masculinas,
despojándolos de la ternura, sentimientos,
receptividad, intuición, pasión y cuidado por la
vida. Empobrecidos por identificar la
masculinidad con dominar, mandar, ser
prepotentes, pretender ser superiores…
Vosotros y nosotras necesitamos manos
tendidas para salir de esta situación,
necesitamos liberarnos de demonios y
ponernos en pie como expresión de la nueva
identidad que confiere la fe en Jesús.

En este contexto, introduce Marcos el episodio
donde narra lo que Jesús hizo conmigo,
expresándolo así: “El se acercó, la cogió de la
mano y la levantó” (v. 31).

No te olvides de un dato muy importante: es
sábado, por tanto Jesús está, de nuevo,
transgrediendo un precepto sagrado, porque Él
sólo considera sagrado lo que agrada a su
Dios: la vida, la calidad de la vida para todos y
todo.

En la construcción de su nueva comunidad, en
esa “casa de Pedro y Andrés”, quiere poner de
relieve, lo mismo que lo que acababa de hacer
en la sinagoga, que no es posible una religión
que, en nombre de Dios, mantenga a las
personas sometidas, tumbadas, como seres de
segunda categoría, sin sentirse miembros
activos de la comunidad, con capacidad para
decidir, en igualdad de derechos y deberes.

SE ACERCÓ A MÍ. No sabes cuánto agradecí
ese gesto de cercanía; era su modo de
decirme: “estoy contigo”, a tu lado, conozco tu
sufrimiento y no me es ajeno. Aunque no
siempre logres reconocer mi presencia yo
estoy contigo en tu lucha por ponerte en pie.
No creas a quienes se escandalizan de ello,
quienes me critiquen o te critiquen por hacer
algo prohibido en nombre de Dios. Ese Dios no
es en el que yo creo, no es el que me envió a
revelaros su sueño: un mundo de hijos e hijas y
de hermanos y hermanas.

ME COGIÓ DE LA MANO. Me tocó y de nuevo
transgredió la ley tocando a una mujer enferma.

Ese contacto sanador era el que me iba a
posibilitar la curación. Coger de la mano es un
gesto lleno de ternura, es un gesto sencillo y
cotidiano con el que Jesús no sólo me iba a
sanar de la fiebre sino que me estaba
mostrando un modo nuevo de hacer
comunidad, de ir por la vida tendiendo la mano
para ayudar a levantar a cualquier persona
tumbada en el camino de la vida esperando
que alguien le eche una mano y pueda también
ponerse en pie. ¿Te animas a hacer tuyo ese
gesto?

ME LEVANTÓ. El verbo tiene una enorme
carga simbólica. “Levantarse” es el símbolo de
la dignidad. El hombre y la mujer vivos se
ponen de pie, experimentan la plenitud (Sal 20,
9) y desde esa posición pueden actuar, hablar,
cantar. Pasar de la postración a levantarse esla experiencia del Éxodo; fue Yahvé quien los
salvó, quien los puso de pie y por lo que
pudieron pasar de la esclavitud a la libertad.

Pasar de la postración a estar en pie resume
bien la experiencia de salvación que Jesús
proclama.

Cuando Jesús me dio su mano para
levantarme sentí que era una mujer nueva.
Comprendí muy bien que estaba pasando algo
muy revolucionario, aunque Marcos lo sintetice
en una breve frase: “La fiebre la dejó y ella se
puso a servirles” (v.31).

LA FIEBRE ME DEJÓ. Fue la fuerza de Jesús
la que hizo posible que la fiebre me dejara. Fue
necesario un gesto activo, una acción directa
contra “la fiebre” porque no basta lamentarse
por las situaciones sin hacer nada; no era
suficiente rezar por mí (Lc 4, 38).

Los discípulos eran testigos de que Jesús
luchaba activamente contra el mal,
desenmascarando así todos los mecanismos
encubridores y justificadores de actitudes
acríticas y pasivas ante las circunstancias que
nos pedían estar en pie, en situación de
igualdad. Una comunidad que no luche contra
ello no puede sentirse fiel a Jesús.

ME PUSE A SERVIR. Claro, eso es lo que nos
toca a las mujeres: ponernos el delantal y servir
la mesa a los varones, sobreponernos a
nuestras enfermedades para servir… ¿Y si el
texto no dijese eso “tan obvio”?

Te recuerdo algunos detalles significativos. En
el texto griego del Nuevo Testamente “servir”
(diakonein) es un verbo técnico que describe la
actitud característica del seguidor o seguidora
de Jesús y que significa ayudar, colaborar,
adhesión personal. En definitiva, hacer verdad
el seguimiento.

Jesús hizo de este término un lugar de
identificación de su vida y misión: “Yo estoy en
medio de vosotros como el que sirve”, “no he
venido a ser servido sino a servir” (Mc 10, 45).
Expresiones que tienen su última interpretación
en el gesto insólito de Jesús lavando los pies a
sus discípulos y reprochando con una enorme
dureza a Pedro diciéndole que si no entiende
así su vida, no podrá ser discípulo suyo, notendrá nada que ver con Él.

¿Qué fue lo que realmente pasó en mi vida en
este momento? Que Jesús me integró en su
grupo de seguidores y pude “servir”
construyendo la comunidad de iguales que
Jesús quería, rompiendo con la tradición judía y
la mentalidad patriarcal, realizando en mí otro
gesto aún más trasgresor que el anterior, que
fue pórtico para una ruptura mucho más
revolucionaria, tanto que después de veintiún
siglos seguimos sin asumirlo en toda su
novedad.

Gracias a muchas personas que se dejaron
“tomar de la mano” por Jesús, “levantarse” y
“servir”, el cristianismo primitivo se fue viviendo
en pequeñas comunidades domésticas,
reunidas en nuestras casas, donde muchas
mujeres asumimos funciones eclesiales como
misioneras itinerantes o como matronas de las
iglesias domésticas donde presidíamos la
oración y la fracción del pan.

Quizá esto te resulte extraño, incluso increíble.
Pero hay muchas investigaciones, realizadas
sobre todo por mujeres biblistas, que desde
hace años han puesto de relieve esta realidad
ignorada y silenciada aún por muchos teólogos.

Pero la verdad se irá imponiendo cada vez más
y quizá algún día podamos celebrar que hemos
abandonado nuestras “camas” y “fiebres” para
sentarnos juntos a la mesa de la fraternidad en
igualdad de condiciones. Entonces estaremos
haciendo verdad la comunidad de Jesús. Entra
tanto yo os invito a hacer lo que hizo Jesús
conmigo: acercarse a los lugares donde están
las personas postradas, tomarlas de la mano y
ayudar a que se levanten. Entonces todos nos
pondremos a servir, tejeremos el manto de la
solidaridad social y eclesial desde la
cotidianidad y seremos testigos creíbles en una
sociedad cansada de palabras y necesitada de
experiencias que se hagan verdad histórica.
Con mi afecto, yo, una mujer puesta en pie.
Que pasé de la postración a la construcción de
la comunidad, como deseo que te pase a ti.

Remitido por Juan Cejudo

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Ana Peña
    Sep 04, 2013 @ 11:14:36

    Muy buen comentario. Como llena a uno de fuerza. Una iglesia activa no pasiva. Asi debe ser la mujer

    Responder

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