Reparando una Iglesia global


febrero 27, 2012
Estando en Prato, Italia, observé a alegres inmigrantes chinos, trabajando turnos de 14 horas, como le cosían los vuelos a unas blusas y me acordé de una blusa con vuelos que recién me había comprado. Un correo electrónico me había sugerido comprarla a través de Internet, con “un descuento especial del 50%, válido sólo hoy desde las 12 a las 13 horas”. Me imaginé a otras 300 mujeres conectándose a la hora de almuerzo, produciendo un rápido aumento de pedidos para el fabricante. Cuando el cargamento de blusas sin terminar llegó a Prato a las 2 am, un subcontratista llamó a estos trabajadores chinos para que vinieran a coserle los vuelos. Sin embargo, el ruido y las luces molestaron el descanso de los vecinos italianos de esa área no zonificada de modo que la policía de Prato se hizo presente para investigar. Me pregunté si los vuelos de mi blusa habrían causado tensión. El mundo real está marcado por la globalización y la migración, no sólo diversión y jolgorio.

Me dirigí al sacerdote parado a mi lado en esa fábrica de Prato, bajo las imágenes del Inmaculado Corazón de María y el papa Benedicto XVI. Valientemente, el reverendo Francesco Wang se había introducido en un microcosmos de globalización, una fuerza que el papa Benedicto advirtió:

“Puede causar daños sin precedentes y crear nuevas divisiones en la familia humana”(Caritas in veritate, Nº 33).

Nacido en Jilin, China, en 2003 el padre Wang había sido enviado por la Diócesis de Qiqihar en la Provincia de Heilongijang a estudiar en la Pontificia Universidad Urbaniana durante tres años, después de los cuales regresó a China. En 2009, se le solicitó al sacerdote de 36 años que regresara a Italia para que fuera ministro de la comunidad china de la Parroquia de la Ascensión en Prato. La comunidad china de la parroquia estaba teniendo “algunos problemas”,le dijeron al sacerdote, una vaguedad que él ahora recuerda con una risa.

Textiles y tensiones

Prato se encuentra a 15 millas de Florencia, y desde la Edad Media había reinada como la capital textil de Europa. El héroe local de mediados del siglo 13, Francesco Datini, parece haber sido un precoz modelo del empresario global. Según el Museo Textil de Prato, el próspero negocio de Datini no aportó innovaciones a la industria textil, pero implementó nuevas ideas para la obtención de materia prima del “extranjero”, lo que significaba España, Inglaterra, la Provence y Europa del Este. Desde la década del 50 del siglo 19 hasta los ‘80s del siglo pasado, Prato fue el centro mundial de géneros para la moda.

Cuando la creciente industria textil de Prato necesitó mano de obra barata en los ‘80s, los italianos supieron dónde buscarla, porque habían establecido relaciones de outsourcing con Wenzhou, en la región china de Zhejiang. A muchos inmigrantes de Wenzhou se les dieron visas y aprendieron el oficio en largas jornadas laborales. Luego, cuando las centenarias empresas controladas por familias de Prato cayeron en bancarrota por su inhabilidad para competir con las multinacionales, fueron compradas por humildes inmigrantes chinos que introdujeron innovaciones y las hicieron rentables nuevamente. Desde esa transición, no se acogieron nuevos inmigrantes –oficialmente-. No obstante, los chinos siguen llegando a Prato en masa. De la población de 186.000 habitantes, 11.500 son inmigrantes chinos legales y otros 25.000 ilegales.

Como único sacerdote católico chino que trabaja con estos inmigrantes, el padre Wang ha visto los efectos de lo que el Papa llama el impresionante “fenómeno de la migración… por sus grandes dimensiones, por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que suscita y por los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades nacionales y a la comunidad internacional” (Caritas in veritate, Nº 62). Los inescrupulosos miembros de las mafias chinas cobran hasta US$ 23.000 por traer a un trabajador a la ciudad, donde él o ella ganará aproximadamente US$ 700 al mes; US$ 8.400 al año.

En 2009 Prato eligió como alcalde a Roberto Cenni, cuya campaña prometía impedir la“invasión china”. Aunque el alcalde Cenni es el ex presidente y actual socio de un holding de Prato cuyas compañías han trasladado mucha de su producción a China durante la última década, su director municipal de seguridad afirma con orgullo que las redadas durante la administración de Cenni han cuadruplicado el número de cierres de industrias. El padre Wang nunca se ha juntado con el alcalde Cenni, pero ha visto los helicópteros de la ciudad bajar en picada sobre los trabajadores que arrancan por las puertas traseras cuando se producen las redadas en las industrias.

“Xenófobo”, fue el término que usó el vicario parroquial de inmigración, Monseñor Santino Brunetti, para describir a la administración de Prato en una entrevista con un medio local en octubre de 2010. Cuando Monseñor Brunetti recibió amenazas en respuesta a su declaración, el obispo de Prato Gastone Simoni rápidamente defendió el deber de la Iglesia de recordarles a todas las personas su común humanidad, sin importar lo controversial de la situación.

En un mensaje dirigido a los líderes políticos italianos el 20 de marzo del 2011, el papa Benedicto recordó a los administradores locales, como el alcalde de Prato, su “especial dedicación… en ser promotores de la colaboración, la solidaridad y la humanidad”. El Papa también se refirió a la necesidad de que las organizaciones eclesiásticas “apoyen la humanización y socialización, dedicada especialmente a los marginados y a los grupos más desposeídos”, y dijo que sus actividades siempre debieran ser “adecuadamente apreciadas y apoyadas, incluso en términos económicos”.

La perspectiva desde la parroquia

El padre Wang raramente recibe peticiones de ayuda material de parte de los chinos, una de cuyas características es la independencia. Lo que sí le piden con frecuencia es que actúe como intérprete. En la liturgia dominical en chino a la que asistí, una monja italiana hizo un llamado después de la Comunión para que los parroquianos se unieran a ella en sus esfuerzos evangelizadores, haciendo visitas puerta a puerta en la comunidad china el sábado siguiente. El padre Wang hizo la traducción para los 50 chinos presentes. La parroquia también imparte clases de italiano durante los meses de julio y agosto, que son los de baja actividad en Europa.

El P. Wang reflexiona con calmada determinación:

“Creo que revelaría falta de visión ignorar los enormes resultados que podría obtenerse si la Iglesia profundiza su inversión de evangelización en Prato”.

Hay sólo unos 120 chinos católicos en la parroquia, pero hay cientos de miles en la ciudad. Dado que los niños van a colegios italianos y están creciendo en un país que es nominalmente 90% católico, el padre ha sido exitoso en capturar su imaginación religiosa.“Siento la necesidad de darle a estos jóvenes líderes una visión de la Iglesia global, más allá de Prato”, dice. Desgraciadamente, sus esfuerzos por obtener fondos de la diócesis para enviar a cinco adultos jóvenes a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid no fueron exitosos.

Católico chinoLa liturgia dominical en la parroquia china irradia un sentimiento comunitario vibrante. En mi trayecto a la iglesia, un parroquiano gentilmente me indicó el camino y me dijo que la misa de las 3:30 estaba destinada a trabajadores del turno nocturno. El P. Wang admite que “al principio la parroquia era bastante tribal, porque los inmigrantes venían de distintas provincias chinas, pero abordé el problema insistiendo que en la iglesia sólo hablaríamos mandarín y no otros dialectos chinos”.

Cuando la diócesis ignoró el llamado del padre Wang para que el período de catequesis italiano de dos años fuese abreviado para los trabajadores inmigrantes, decidió hacer que los aun no-bautizados se sintieran acogidos, a su manera. En la misa dominical, los asistentes se ponen en fila para recibir ya sea la Eucaristía o una bendición.

Todos los fines de semana otro sacerdote chino, el padre Huang, hace el viaje de cuatro horas por tren a Roma para ayudar en el ministerio del hospital y la prisión. El padre Huang me contó que un sábado había visitado alrededor de 40 inmigrantes chinos que estaban presos por entrada ilegal al país. También me presentó a un abogado italiano que había venido a la iglesia para convocar a una reunión del ayuntamiento donde el padre Huang sería parte de un diálogo que trataría sobre la tensión en la comunidad.

Parroquias católicas vecinas tienen opiniones diversas sobre el apoyo de la Iglesia a los inmigrantes chinos. En la Parroquia Santa María de la Humildad en Chiesanuova, el reverendo Romeo Serafino dice:

“Hay mucha gente desempleada que, comprensiblemente, tiene problemas con la presencia de trabajadores chinos en estos tiempos de problemas económicos”.

El padre Serafino relata que el obispo Simoni ha dicho que todos los dueños de negocios tienen que respetar la ley de Prato, pero el padre Serafino sonríe abiertamente cuando hace referencia a la reputación que tienen algunos locales por evadir impuestos. Sabe que algunos italianos reclaman que los chinos son ruidosos, pero agrega:

“Mis propios padres vivieron en Alemania durante mis primeros 10 años de vida y trabajaban horas extenuantes para poder ahorrar dinero. Los alemanes se quejaban que los italianos eran muy ruidosos”.

Cuando el padre Serafino tuvo que enfrentar el servicio militar para cumplir con su deber cívico, optó en vez de ello por ingresar a Caritas. Empezó trabajando con inmigrantes chinos junto con Margaret Sin, monja canossiana. Hace pocos años, el empresario textil que empleaba a la hermana del padre Serafino cayó en bancarrota. La empresa fue adquirida por residentes chinos de Prato y hasta hoy ella trabaja en estampado de géneros y recibe los generosos beneficios de la ley italiana. El P. Serafino está orgulloso de que su diócesis esté enfrentando los desafíos de la inmigración del siglo XXI, realizando misas en polaco, rumano, albano, ucraniano, cingalés, español, paquistaní, nigeriano, filipino y, por supuesto, chino mandarín.

Evangelización en una economía global

Junto con los inmigrantes, llegan las remesas que se envían a casa. Hay auditorías que muestran que los montos enviados diariamente a China desde Prato llegan a los US$ 1,5 millones. Los administradores locales sostienen que los chinos están socavando la economía del lugar, pero el P. Wang y los empresarios chinos dicen que la arriesgada innovación de los chinos salvó la industria textil de la zona y que contribuyen a diario con la economía italiana con sus compras locales. Ningún economista de ese país ha estimado el monto de la contribución de los inmigrantes chinos a la economía local. Como escribió el papa Benedicto:

“Los trabajadores extranjeros, no obstante las dificultades inherentes a su integración, contribuyen de manera significativa al desarrollo económico del país que los acoge mediante su trabajo, así como a su país de origen a través de las remesas de dinero”(Caritas in veritate, Nº 62).

Con todo, el año pasado, la hostilidad cultural quedó en evidencia en un importante evento religioso y secular que se llevó a cabo en Prato. En cinco oportunidades en el año, la catedral atrae a peregrinos que vienen a ver el “cinturón sagrado” de María, que se mantiene bajo llave en un relicario de bronce dorado. La leyenda, que se remonta al siglo VI sostiene que María le dio el cinturón a Tomás al momento de su ascensión. Posteriormente, el cinturón llegó a Prato en el siglo XII a través de Michele Dagomari, un residente de la ciudad que había peregrinado a Tierra Santa. El 8 de septiembre de 2010, para la fiesta de la natividad de la Virgen María, la ciudad de Prato se negó a que la bandera china fuera parte de la procesión religiosa que se dirigía a la catedral, a la exposición del cinturón sagrado, rompiendo con una tradición que ha incluido las banderas nacionales de todas las ciudades-hermanas de Prato.

Me preguntaba qué pensaría la Virgen María de estas tensiones, producidas por un pedazo de su vestimenta. Luego pensé en mi blusa con vuelos y el impacto negativo de mi propio estilo de vida de consumidor, que contribuye con la demanda por el bajo precio de los bienes. ¿Cómo puede la globalización convertirse en una fuerza positiva en la vida de personas en ciudades como Prato?. ¿Qué podemos hacer los católicos para acrecentar la justicia económica y la comunidad cristiana en estos lugares?. El Papa ofrece su consejo en Caritas in veritate (Nº 78):

“Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia”.

Jean M. Li

 http://teologialibre.wordpress.com/2012/02/27/jean-m-li-reparando-una-iglesia-global/

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