¿LIBERTAD RELIGIOSA?


Rodolfo Echeverría Ruiz

Las teorías vaticanas en torno de la “libertad religiosa” y acerca del “laicismo positivo” integran una manipulación política urdida con el propósito de obtener mayores privilegios para la Iglesia católica en México. Así se demostró, una y otra vez, durante la reciente visita del papa Benedicto XVI.

Por un lado, el Pontífice repartía bendiciones pastorales, manifestaba su tristeza ante la violencia delincuencial que asuela al país y rezaba, piadosamente, por los más de 50 millones de mexicanos pobres, aunque no destinó ni un minuto de su tiempo para oír y consolar con solidaridad cristiana a algunas de las víctimas del prototípico pederasta Maciel.

Por el otro lado, Tarcisio Bertone, secretario de Estado y hombre de las íntimas confianzas papales, hacía política, mucha política, al más puro estilo vaticano: con un tono de voz sosegado en apariencia, pero rebosante de ánimo injerencista y movido por la idea de la revancha histórica, presionaba al Estado y al gobierno —hablaba con el dirigente mayor del PAN, no se olvide— para desfigurar el concepto mexicano de laicidad y conferir mayores dosis de poder político a la alta jerarquía católica a través de la reforma del artículo 24 constitucional. Por fortuna el tiro les salió por la culata.

El anterior, y su apoyo a la campaña electoral del PAN, fue el verdadero objetivo del viaje de Ratzinger a las tierras en donde tuvo lugar el alzamiento armado cristero —en la cuna misma del fascismo sinarquista— contra la Constitución de la República.

El secretario de Estado se empecinó en politizar la agenda moral del Vaticano. Intentó llevar al terreno de la política activa su maniqueo catálogo de dogmas y fobias, con el propósito de influir no sólo en las boletas electorales del próximo julio: también estuvo movido por la obsesiva idea de convertir en normas vigentes del derecho mexicano las prioridades dogmáticas de la alta jerarquía católica, apostólica y romana.

Dijo Bertone: “Es de desear que en México la libertad religiosa se afiance cada vez más, conscientes de que este derecho va más allá de la mera libertad de culto”. De ese modo se expresó el secretario de Estado vaticano y se entrometió —a ciencia y paciencia de Felipe Calderón— en nuestra política interna al aludir a las reformas de los artículos 24 y 40 de la Constitución.

Antes, el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Aguiar Retes, dijo: “Benedicto XVI está empeñado en que la libertad religiosa se garantice” y sostuvo que la Iglesia considera que “un Estado laico es aquel que no solamente reconoce la libertad religiosa, sino que la difunde y la protege”.

¿Es misión del Estado laico “difundir” y “proteger” a la “libertad religiosa”, como anhelan tan encumbrados clérigos? A eso llama el Vaticano “laicidad positiva”: nuevo intento destinado a conseguir que el Estado dé prioridad, arrope, estimule y financie a la Iglesia católica.

A sabiendas de que no tienen el mismo significado jurídico ni cultural ni filosófico crean una confusión deliberada entre los conceptos de “libertad religiosa” y “libertad de religión”. Aunque parezcan lo mismo no es así. El primero exige nuevos beneficios, privilegios y fueros para la corporación, para la Iglesia católica, y, desde luego, para sus cúpulas episcopales y arrincona a las otras iglesias o confesiones hacia segundos y terceros planos, cuando, como se sabe, el Estado laico está obligado a conducirse de manera neutral ante todos los cultos, tengan la magnitud numérica que tengan, y no debe ni puede dar trato preferencial a ninguno de ellos.

El segundo concepto, la “libertad de religión”, se inscribe en el catálogo universal de los derechos humanos y en la rica lista de libertades ejercibles en todo momento por los individuos creyentes. Así lo establece la legislación laica mexicana.

Calderón quería que Benedicto XVI viniera a nuestro país para insistir en el tema vaticano favorito: el de la “libertad religiosa”. El Presidente sabía que el Papa y su secretario de Estado se entrometerían en la política nacional. Lo sabía. No sólo lo consintió: lo fomentó. Calderón concibió la visita papal a partir de una óptica estrictamente política diseñada para favorecer a un PAN alicaído.

El Universal
30 de marzo de 2012

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