Hipótesis Teológica



Por Susana Merino.
Buenos Aires.

¿Será demasiado audaz imaginar que el Creador no envió una sola y única vez a la tierra a su hijo bien amado sino que estuvo presente muchas veces bajo diversas manifestaciones humanas y a través de los siglos en diferentes y muy distantes comunidades del planeta?

He estado pensando en esta posibilidad  a partir de la convicción de que somos todos hijos de un mismo Padre, único e inmanente hacedor del Universo y que en consecuencia resultaría inexplicable y casi insostenible la  bíblica tradición judeo-cristiana de que hubiera elegido tan solo a un pequeño pueblo semítico como único destinatario de su paternal preocupación.

¿Acaso los demás pueblos de la tierra son hijos de otros dioses que han enviado a su vez a otros profetas para guiarlos, orientarlos y sostenerlos y hasta correr el riesgo de generar peligrosos enfrentamientos? Me parece que sería una teoría difícilmente sustentable. Imaginar en cambio que en algunos de ellos se ha encarnado  la voluntad de ese Padre para así tratar de encaminar a sus hijos, a todos sus hijos,  a seguir un camino de perfección, de superación colectiva y de amor fraterno a través de la palabra y del ejemplo de esos seres iluminados que han ido apareciendo esporádicamente a lo largo de la historia, podría no ser tan descabellado y sería sin duda la mayor revelación  del amor del Creador por sus criaturas.

Desde un punto de vista abarcativo, universal, omnisciente, podría tratarse de una teoría casi más racional, aunque tal vez bastante más  provocativa también para quienes hemos venido creyendo a pié juntillas en la idea del “pueblo elegido” y de que su pretendidamente innegable heredero sea el cristianismo.

Una primera, aunque fuere superficial aproximación a los contenidos  de algunas de las creencias más arraigadas y más difundidas en  el Medio y en el Lejano Oriente permite descubrir la existencia de grandes coincidencias de principios, de valores y de objetivos entre el confucionismo, el  budismo o hinduismo, el taoísmo, el islamismo y nuestros propias convicciones cristianas, por no citar más que  las cuatro o cinco religiones profesadas por la mayor cantidad de creyentes.

¿Quién fue Confucio? Confucio (551 a 479 A.C.) fue un sabio chino que comenzó su prédica a los cincuenta años recorriendo su país seguido por algunos discípulos. Para él las máximas virtudes eran la tolerancia, la bondad, la benevolencia, el amor al prójimo y el respeto a los mayores, la lealtad y la reciprocidad, valores todos imprescindibles en las relaciones humanas, sobre la base de una sujeción a la voluntad del Cielo (cabe aclarar que entre los chinos el Cielo es sinónimo de Dios) que es la realidad primera, fuente máxima de moralidad y de orden.

¿Y Lao Tsé? Fue también otro sabio chino que vivió entre los siglos IV y VI AC. (no hay precisiones) y cuya obra más conocida es el Tao Te Ching, que abarca desde la concepción del cosmos hasta la espiritualidad individual. Su filosofía rechaza la violencia y sostiene que el exceso de leyes y reglas dificultan la vida en sociedad porque restringen las libertades de los pueblos. Según Lao Tsé el Tao (traducido habitualmente como el Camino) es “la primordialidad esencial de todo”,  el principio generador del que nacen la tierra y el cielo como   manifestaciones de la Naturaleza cuya existencia  y mutaciones fueron dando origen  a todas las cosas. Lao Tsé rechaza también las reglas impuestas por mandatos jerárquicos y estima que el hombre debe liberarse de ataduras ficticias para poder desenvolverse armónicamente con la naturaleza y de esa forma alcanzar la prosperidad para su vida y el desarrollo del bien común.

Podríamos referirnos también brevemente a Buda, nacido Sidharta Gautama, en Nepal (alrededor del siglo V AC.). Su vida osciló entre una existencia de exacerbados placeres palaciegos  y el ascetismo extremo  hasta encontrar lo que consideró el “camino del medio” Para él no existen intermediarios entre lo humano y lo divino. El karma rige la existencia de los seres humanos según leyes  que dictan la compasión y el amor por la existencia como base de la felicidad de quiénes las ejercen. Su filosofía no es considerada una revelación divina sino tan solo un ejemplo, una guía para quienes deben recorrer la vida por su cuenta, lograr el despertar espiritual, alcanzar la verdad y  derrotar a la ignorancia.

Y para no extenderme demasiado mencionaré sintéticamente a Mahoma, otro de los grandes profetas posteriores a Cristo (alrededor del siglo VI DC) pero que en su vida de mercader  trashumante fue nutriéndose  de principios judíos y cristianos en las comunidades que encontraba a lo largo de sus viajes. Ese es probablemente el motivo por el que es considerado por el Islam como un continuador de sus predecesores Abraham, Moisés y Jesús. Mahoma reunió sus enseñanzas y la base de su doctrina en el Corán cuyos 114 capítulos o azoras le fueron transmitidos según la tradición por el arcángel Gabriel. En él establece las normas fundamentales  del Islamismo: el perdón de las injurias, la práctica de la misericordia, la prohibición del adulterio, del homicidio, del robo. En suma un conjunto de preceptos y de recomendaciones éticas y morales y ciertos preceptos relativos a la religión, el matrimonio, el divorcio o la herencia.

Esta brevísima y apretada síntesis de algunos de los rasgos más salientes de las religiones que, además del cristianismo, se han extendido por los cinco continentes trata de poner de relieve el carácter de guías o de recomendaciones tendientes a conseguir el perfeccionamiento de los seres humanos, de sus conductas, de su relación con sus coetáneos y con la naturaleza  para lograr lo que las poblaciones indoamericanas han llamado acertadamente “el buen vivir” y que no solo no son contradictorias entre sí, sino que podrían ser suscriptas por casi todos los creyentes de todas las religiones.

Estas conclusiones me remiten a pensar o a imaginar nuevamente que la presencia del Creador, de Dios o del Padre, se ha venido manifestando reiteradamente en la humanidad, de diversas maneras y a través de diferentes profetas, sabios, filósofos  o iluminados,   instalándose en las diferentes culturas de acuerdo con el sentir y el vivir de los hombres de cada época e inspirando normas de conducta, de convivencia, de superación individual y colectiva que ayuden a  sus hijos a constituir pueblos sanos, felices y dignos de habitar esta maravillosa obra de su creación. Es curioso destacar que ninguno de ellos fundó una religión, una iglesia, una secta, sino que enseñaron con el ejemplo y solo buscaron con profunda convicción e incansable prédica  honrar con su propia vida y hasta con la muerte los lineamientos espirituales que se sentían comprometidos a propagar.

¡Lástima que los seres humanos nos empeñemos  tan empecinadamente en no escucharlos! Y sin embargo… estoy convencida de que todas las utopías son alcanzables! +(PE)

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