Sobre la Resurrección de Jesús


      Todos estos extensos razonamientos [para probar la resurrección de Jesús], exhalan un profundo aroma a desesperación.  Sin duda, revelan mucho más sobre las personas que se consagran a ellos que acerca de lo que realmente sucedió. Convierte a los discípulos varones de Jesús en un puñado de intrigantes, y a las mujeres, en ingenuas víctimas que fueron embaucadas para creer que había habido una resurrección cuando sólo se había producido el robo de un cuerpo. Estas versiones consideran la resurrección como un histérico malentendido o como un fraude.
Es lo que sucede cuando leemos los Evangelios como si fuesen historia en vez de teología.  Rebajamos la grandeza de sus metáforas, y nos privamos del misterio supremo para quedarnos con una mediocre historia de detectives.
            Jamás sabremos exactamente qué ocurrió en la tumba, pero sí sabemos algo con certeza: solo las mujeres estaban allí, las mujeres y nada más que las mujeres. Todos los discípulos varones habían huido.
            Las mujeres colocaron a Jesús en la tumba, lo velaron, volvieron al tercer día, y anunciaron la resurrección. Ellas y sólo ellas, sabían lo que había ocurrido. Era su gnosis, su conocimiento secreto. Revelarían parte de él, al menos, a los discípulos varones, pero todos los demás han tenido que aceptar la resurrección según dictaba su fe… La resurrección es un asunto de mujeres.
      Naturalmente, la resurrección en sentido literal es imposible.  En eso radica justamente la grandeza de la idea.  Pero decir que definitivamente no ocurrió tiene tan poco sentido como decir que sí sucedió.  Porque lo importante de la resurrección no es su sentido literal, sino su sentido metafórico.  O, en otras palabras, no su dimensión física, sino metafísica.
      Es posible concebir que los discípulos de Jesús hayan hecho desaparecer secretamente su cuerpo en mitad de la noche.  Es posible incluso que los guardias del templo lo hayan robado para impedir que surgiera la leyenda de un mártir.  O quizá no haya desaparecido en los hechos, sino sólo en la leyenda. Todo esto es posible, y a la vez, en última instancia, irrelevante.  Para quienes insisten en los hechos, no puede haber una solución.  La resurrección sólo tiene sentido en otro nivel de conocimiento, un nivel que anula lo fáctico y llega a lo más profundo del alma y del corazón.
      Cuando los sacerdotes egipcios narraban que Isis había reunido todas las partes del cuerpo de Osiris y lo había devuelto a la vida, ninguno de sus adoradores tomaba esta historia de forma literal.  Instintivamente, captaban el poder de la metáfora.  Recibían el consuelo de saber que en la muerte hay un propósito;  el consuelo de pensar en la muerte como parte de la vida, parte del ciclo permanente de la existencia.  Pero, sobre todo, comprendían que el dolor tiene el poder de traer a los muertos a la vida.
      Como sabe todo aquel que haya perdido recientemente a un ser querido, la ausencia de la persona fallecida es tan poderosa como su presencia, o quizá más aún.  La persona física se ha ido, pero el vacío que dejó en el mundo tiene una presencia innegable, su inmensa ausencia, una consistencia casi material.  Y los supervivientes saben que, mientras ellos vivan, también vivirán los que han muerto.  Viven en la mente y en el corazón de quienes lloran su muerte. Sobreviven en el recuerdo.
      Maryam, María Magdalena y las “otras muchas mujeres” sabían que la esencia de la resurrección no estaba en la carne, sino en el espíritu: el espíritu humano. “Fue el amor lo que resucitó a Jesús”, declaró Ernest Renan, el gran historiador del cristianismo del siglo XIX, y en verdad así fue.  Lloramos más la muerte de aquellos que amamos más profundamente.  Ya fuese el amor materno de Maryam, el amor sensual de María Magdalena, o la amorosa fe de las otras mujeres, fue esta fuerza la que transformó el dolor en alegría, la desesperación en esperanza, el final en un principio.
      No fue en el dolor, entonces, como Maryam y las mujeres que estaban a su alrededor resucitaron el espíritu de su hijo, sino en el amor.  Así es como a partir de entonces conducirían sus vidas.  Ésta era su sabiduría.

Tomado de:

HAZLETON, LESLEY.  María,  una virgen de carne y hueso.   Madrid: Martínez Roca,  2005.

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