De todas las cosas que producen fastidio en la Iglesia católica, una en particular llama la atención: el machismo.


Nicolás Rodriguez

Monjas rebeldes

Por: Nicolás Rodriguez
Hoy por hoy se habla más de lo apetitosos que les resultan los niños a los curas que de su permanente agresividad hacia las que llaman “hermanas” (nótese que a cualquier aprendiz de monaguillo pronto se le dirá “padre”, no hermano). Y sin embargo, la pedofilia probablemente es tan antigua en la iglesia como la misoginia. Aun hoy, por ejemplo, la misa le está reservada al reverendísimo hombre. En sociedad, la mujer vota. Sin embargo, no tiene la palabra.

El tema volvió a sonar desde que el Vaticano, que no conoce pudor, regañó públicamente a un grupo grande de monjas gringas que se pasan por la faja sus preceptos. Se les ha visto con homosexuales y apoyando el uso del condón, lo que ya es suficiente gracia. Pero además, se sabe que las revoltosas monjas, que también han sido acusadas de «feminismo radical», tienen su propia agenda en materia de justicia social. Algo que por supuesto Roma no está dispuesta a tolerar, pues está en juego la base misma de su poderío patriarcal.

Que las monjas les acoliten esto y lo otro a los anormales, que es como insiste impunemente la curia en ver a los homosexuales, vaya y venga. Pero que se manejen a sí mismas y pretendan impactar en los demás, que tengan ideas, que discutan ideas, que tumben ideas, que se organicen, opinen y se movilicen, en fin, que hagan política, eso sí que no puede ocurrir. Qué insolencia, qué herejía y por sobre todo (pues ya de poco sirve gritar ¡pecado!), qué peligro.

Total que el Papa Benedicto XVI, quien sobre la posibilidad del sacerdosio femenino ya dijo que «la iglesia no ha recibido del Señor ninguna autoridad sobre esto”, les mandó lo mejor que tenía en el botiquín de incendios: puso al Cardenal William Levada, viejo amigo, fiel cancerbero, consagrado censurador de libros y ahora feliz dirigente de la inverosímil Congregación para la Doctrina de la Fe (de los mismos de la antigua Inquisición, que además llamaban “Sagrada”), a que les siguiera de cerca los hábitos.

El escándalo promete, pues si ya nadie quiere que la iglesia lleve de la mano hacia el cambio y son pocos, también, los que le jalan a las últimas andanzas del buen tipo que debió ser Camilo Torres, muchos sí le gastaríamos un avemaría a ver cómo las monjas revolucionan la iglesia.

nicolasidarraga@gmail.com

Fuente: http://www.elespectador.com

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