Un sacerdocio para el siglo XXI


Charla-debate

por varios autores ·

Publicamos la desgrabación de la charla-debate organizada por esta revista en la que se habló de los sacerdotes en perspectiva de futuro.Participaron como panelistas María Marcela Mazzini (laica, doctora en Teología y profesora e investigadora en la Facultad de Teología de la UCA. Realiza tareas de asesoramiento pastoral y teológico en el obispado de San Isidro y forma parte del Comité Científico en el proyecto Teologando); Jorge Alejandro Scampini (doctor en Teología, regente de estudios de la provincia dominicana argentina, profesor de Teología dogmática en el Centro de Estudios de Filosofía y Teología de la Orden de Predicadores, profesor titular de Sacramentos en la Facultad de Teología de la UCA y presidente de la Sociedad Argentina de Teología); y Carlos White (sacerdote desde hace 20 años y párroco de San Ildefonso, en Buenos Aires). Fue el último encuentro del ciclo organizado por Criterio en 2012 a propósito de los 50 años del Concilio Vaticano II, con la coordinación de la periodista Luisa Valmaggia.

¿Qué lugar le confiere al sacerdocio el Concilio Vaticano II?

Jorge Scampini: Se suele decir que en la enseñanza del Concilio Vaticano II, los presbíteros ocuparon un lugar muy reducido, ya que el Concilio se detuvo ante todo en la consideración del episcopado. De hecho algunas crisis posteriores fueron interpretadas por algunos como una consecuencia de que el Concilio no hubiera definido más claramente la identidad del presbítero. En realidad, la gran preocupación del Concilio fue más profunda: repensar la misma Iglesia desde una perspectiva no institucional sino eminentemente teológica, completando la obra inconclusa del Vaticano I -que había terminado abruptamente por la situación político-militar de la península itálica-. En ese marco, Vaticano II definió al episcopado como un sacramento y señaló que en él se da la plenitud del sacramento del orden. En la visión conciliar, todos los ministerios se dan en el seno de una Iglesia que se concibe como pueblo de Dios, pueblo sacerdotal, fundado en la realidad del Bautismo. Al referirse a los ‘sacerdotes’, los documentos conciliares jamás utilizan ese término, sino que hablan de ‘presbíteros’, y siempre en plural. ¿Por qué? Porque el Concilio ha visto a los presbíteros en una relación directa con el obispo, participando del sacramento del orden que en los obispos se da en plenitud y, al mismo tiempo, y como una consecuencia, formando parte del presbiterio -una realidad que tenía mucho valor en la Iglesia primitiva-. Estos elementos ayudan a redescubrir al presbítero bajo una luz nueva, no de modo aislado, sino formando un cuerpo, junto su obispo, en el seno de la Iglesia diocesana. Quizás para algunos, y retomamos lo anterior, la figura del ‘sacerdote-presbítero’ no aparece suficientemente definida en los textos conciliares de manera ‘absoluta’. Esto pudo haber contribuido, según esa opinión, a las crisis de identidad sacerdotal conocidas en la segunda mitad de los años ’60 y los ’70. Pero sacar una consecuencia semejante me parece que no resiste a una lectura seria de los textos conciliares. Tal vez sea bueno recordar en este contexto que el Magisterio de la Iglesia inició a partir del Sínodo extraordinario de 1985 -cuando se señaló que la eclesiología del Concilio es una eclesiología de comunión- un proceso de reflexión acerca de lo que es propio de cada vocación y ministerio en la Iglesia. En esa línea, el Sínodo de los obispos de 1990 abordó el tema de la formación y la identidad de los presbíteros.

–Si la Iglesia somos todos, ¿qué lugar tienen los laicos?

Marcela Mazzini: El Vaticano II no mira a la Iglesia desde una dicotomía o contraposición entre la jerarquía y los laicos sino que prevalece la idea de una Iglesia que es misterio y que hunde sus raíces en la Trinidad (primer capítulo de Lumen gentium), luego el pueblo de Dios y después las vocaciones en el pueblo en el Dios. En primer lugar, entonces, está la eclesiología de comunión, en la que prima la comunidad y no la jerarquía. Otra novedad fue la vocación universal a la santidad, entendida como la plenitud de la caridad, del amor. Este marco es muy importante para comprender a la Iglesia y para darnos cuenta de que a pesar de que han pasado 50 años, todavía no se ha puesto suficientemente en práctica el Concilio, en el sentido de que no estamos viviendo a fondo el cambio de paradigma hacia la comunión. Se trata de un largo camino por recorrer y un diálogo por construir, también en cuanto a cómo repensamos la Iglesia y a los laicos frente a la vida religiosa y al ministerio ordenado.

–Desde la práctica, ¿qué es ser sacerdote hoy?

Carlos White: Para mí es muy difícil hablar del sacerdocio en abstracto, porque cada uno es sacerdote desde el propio carisma. En estos años me tocó trabajar, por ejemplo, en un hospital, donde el sacerdocio era acompañar a los enfermos, escuchar, llevar una palabra… Como párroco, el desafío, por lo menos en mi caso, era lograr una comunidad con vida propia, donde cada persona pudiera dar su impronta. Y vi una gran riqueza en eso. Desde la predicación de la Palabra y la misión es un llamado a sostener la fe de la gente, sobre todo a los desanimados, a los que tienen en riesgo la fe por el escepticismo. Nunca me gustó verme como un funcionario; siempre intenté mantener el espíritu evangélico de mi opción. Además, la vocación sacerdotal, como la matrimonial, se va siempre renovando, porque está puesta a prueba y tenemos que volver a optar; y en esas instancias siempre estuvo la luz del Evangelio. En cuanto a la colegialidad, hace unos años, desde la Patagonia, pidieron ayuda a la arquidiócesis de Buenos Aires por la falta de curas. Trabajé un tiempo como párroco en Comodoro Rivadavia y siempre me gustó pensarme como un cura del clero porteño que estaba brindando una ayuda fraterna a una diócesis hermana, sin perder mi pertenencia al presbiterio de Buenos Aires.

–¿Cómo se abre la Iglesia a lo que sucede en el afuera?

Jorge Scampini: Antes de responder me surge una pregunta: ¿qué es la Iglesia? Si buscamos una respuesta en los Padres, san Isidoro de Sevilla hablaba de una Ecclesia congregans y una Ecclesia congregata, -en esa línea hoy algunos hablan de una Ecclesia Mater congregans y una Ecclesia fraternitas congregata-. La primera es aquella formada por los elementos que nos congregan como comunidad creyente: la Palabra de Dios, la fe, engendrada por esa Palabra cuando es acogida, los sacramentos, los ministerios eclesiales… Esas realidades vienen de lo alto, estamos llamados a acogerlas, y participando de ellas, nos convertimos en una fraternidad congregada. Esto nunca hay que perderlo de vista, porque la “apertura” de la Iglesia nunca podría significar una renuncia a los elementos que la constituyen. El desafío pasa por la Iglesia como “fraternidad congregada”, marcada por el tiempo que le toca vivir. Aquí hay desafíos y riesgos. Por una parte, la Iglesia puede correr el riesgo de convertirse en autosuficiente e impermeable al contexto en el marco de los cambios epocales de los que tanto se habla. Vemos a veces que las identidades tratan de preservarse en una actitud defensiva, replegándose, y esto se da en muchos grupos cristianos y en lo que sociológicamente se conoce como sectas, definidas en la sociología como una ‘contracultura’ ante un mundo que resulta agresivo. Pero otro riesgo puede ser tratar de asimilarse tanto al contexto que se termina diluyendo lo propio. Creo que cada generación de cristianos debe afrontar estos riesgos. En los primeros siglos los cristianos tuvieron que dar el testimonio en el mundo helénico de la originalidad de aquello en lo que creían, y que habían recibido en su cultura semita. Para ellos, en cierto modo, repetir no era suficiente, tuvieron que ser creativos para ser fieles a lo que habían recibido de una vez y para siempre. No fue un proceso fácil ni inmediato. A nosotros hoy no se nos ahorra ese desafío. El tema es si siempre tenemos respuesta a los cuestionamientos, y si la respuesta inmediata es la mejor. Ante los grandes cambios culturales, a veces deben pasar generaciones antes de encontrar las respuestas adecuadas.

–¿Cómo se prepara hoy un sacerdote para dialogar con todos estos cambios que son además más vertiginosos, más rápidos?

Carlos White: El riesgo mayor es abroquelarse en lo conocido y afirmar lo seguro ante el temor al cambio. Frente a las novedades, las respuestas no pasan solamente por lo individual sino por la comunidad de la Iglesia. Nadie tiene las respuestas, por eso es bueno abrirse al debate, y el manto que debe cubrir todo debe ser la caridad.

Marcela Mazzini: Nos sucede a todos como Iglesia y no sólo a los sacerdotes: en tiempos de cambio, muchos grupos se cierran por el deseo de seguridad. Ya entre los primeros cristianos hubo un gran debate en torno a las persecuciones: ¿hacemos el esfuerzo por dialogar con los paganos o sólo nos queda morir mártires y dar así testimonio de nuestra fe? Esta tensión se fue reciclando en veinte siglos de historia de la Iglesia. En el Vaticano II, que nos habla de los signos de los tiempos (cf. GS 4, 11), aparece el diálogo como un signo y no podemos desatenderlo. Se trata de un diálogo a distintos niveles: en el interior de la Iglesia, en nuestras comunidades, con las iglesias hermanas, las otras religiones y el mundo… Esto forma parte de esta comunidad de hermanos que nos enriquece y está profundamente presente en el proyecto de Jesús, como se desprende del Evangelio.

Jorge Scampini: Respecto del tema de la identidad, evidentemente no vivimos en un mundo que respira en cristiano. En el siglo XIX y primeras décadas del XX había corrientes de pensamiento o movimientos contrarios a la Iglesia; ahora estos pensamientos se respiran en personas que se consideran dentro de la Iglesia. Los sociólogos definen el fenómeno como belonging without believing: aquellos que sociológicamente pertenecen a la Iglesia y quizás no creen en su enseñanza en ámbito dogmático o ético, y por lo tanto seleccionan lo que creen o están dispuestos a adherir. Y para contradicción nuestra, se da también un believing without belonging, en aquellos que piensan como la Iglesia pero no se identifican con la institución. Esto genera grandes cuestionamientos, y en cuanto a la vida sacerdotal, la pregunta gira en torno a cómo se plantean los procesos vocacionales. Estamos acostumbrados a que un joven bueno crea que tiene vocación: la primera iniciativa parte de la persona y todo el proceso de formación parece estar destinado a discernir que la subjetividad de esa persona responda a lo objetivo –salud y capacidades naturales; recta intención; etc.-, hasta el momento en que los formadores consideran que se dan las condiciones para llegar a la ordenación. Hoy la subjetividad de las personas está en otra parte, y eso explica las crisis en las vocaciones, que no son distintas a las que se dan en los laicos en la vida familiar, porque se trata de una crisis de la cultura. Ahora bien, si el sacramento del orden es uno, la Iglesia reconoce caminos diferentes para llegar a la ordenación: Para el presbiterado, es el joven que descubre su vocación y, a partir de allí, se discierne; en cambio, para el episcopado no es así. ¡Si el vicario general de una diócesis considerara que tiene vocación episcopal e hiciera todo para llegar a ser obispo, se consideraría que es un ambicioso! Para el episcopado siempre es la Iglesia la que llama. ¿No habrá llegado el tiempo de volver, como en los primeros siglos, a un ejercicio más activo de esa llamada al ministerio por parte de la Iglesia, invitando a aquellos hombres de los cuales se tiene necesidad? Esto ayudaría a hacer más manifiesto cómo todo ministerio pertenece a la Iglesia, no es una dignidad que se suma al curriculum de una persona, algo privado, sino un servicio encomendado.

Marcela Mazzini: Creo que debe darse una combinación de lo que dice san Agustín, “no te buscaría, Señor, si no me hubieras encontrado”, y los ministerios en la Iglesia entendidos como servicio, que es una idea profundamente evangélica en la que tenemos que reflexionar más y vivir en el seno de la comunidad como servidores unos de otros por amor a Dios, y para vivir lo que Él nos pide, experimentando nuestra propia realización, lo cual es un signo profético frente al mundo. Me interrogo sobre lo difícil que es ser hoy sacerdote, en el sentido de esta figura que estaba tan clara para otras generaciones, que era prestigiosa, y que hoy está desdibujada y cuestionada, como también sucede con todo lo religioso.

Carlos White: En el momento de la ordenación los superiores nos transmitían la idea de que en última instancia no era una decisión nuestra sino que era la Iglesia la que nos estaba llamando, que veía en nosotros condiciones, después de siete años de formación. Recuerdo que en ese momento me dio una cierta tranquilidad interior que desde afuera me trasmitieran ese llamado. Por otro lado, creo que uno de los mayores peligros tiene que ver con que lo institucional pueda apagar la mística cristiana: cuando nos convertimos en burócratas y hablamos de moral y no de Jesús, cuando dejamos de hablar del misterio de Dios y hablamos sólo desde una perspectiva intelectual o ideológica.

–¿La Iglesia forma parte de los cambios, sólo los acompaña o ambas cosas al mismo tiempo?

Marcela Mazzini: Somos “un pueblo en medio de los pueblos”, formamos parte de la realidad, tenemos una perspectiva de acompañarnos unos a otros y de servir al mundo, y en ese sentido, viviendo nosotros mismos los cambios, tenemos que ir acompañándolos. Debemos salir de un esquema de cristiandad donde nosotros tenemos todo claro y los demás no entienden nada, y comprender que somos parte de la cultura y de los cambios profundos de nuestro tiempo que  nos cuestionan profundamente a todos.

–¿Qué elementos conspiran contra las vocaciones religiosas en particular? ¿Cuánto pesa el celibato sacerdotal?

Jorge Scampini: Lo primero es el gran cambio cultural: la vocación en la Iglesia se ve profundamente marcada por la dimensión comunional, y el cambio cultural nos ha ido empujando en un ritmo vertiginoso hacia un creciente individualismo. La persona está cada vez más replegada sobre sí misma y la antropología que subyace a las nuevas tecnologías ejerce su influencia. Tenemos personas conectadas, no necesariamente comunicadas, y menos aún generando una comunión. Esto en cierto modo atenta contra la base humana con la cual desearíamos contar para generar una comunidad eclesial. Y en una cultura tremendamente permisiva en cuanto a lo sexual –y una vez que se vencen determinados umbrales no es tan fácil retroceder-, el celibato es un elemento importante. Ahora bien la pregunta pasa por si debe suprimirse el celibato o, por el contrario, redescubrirlo como una opción de entrega total de la vida. En los religiosos, como es mi caso, es una opción positiva, de modo que sin ella mi vocación no tendría sentido, pero creo que el tema es complejo y no pasa por la disyuntiva demasiado simplemente formulada de “celibato sí, celibato no”.

Carlos White: Estoy de acuerdo en que las crisis de las vocaciones responden a una cultura y que lo religioso está en crisis. Veo una cultura muy material y en ella una opción de vida religiosa es poco común. No es sencillo lograr una comunicación sobre temas espirituales, especialmente con los jóvenes. Por lo tanto una opción de vida totalizante es como dialogar en otro idioma. Por eso tenemos que aprender a hablar de Dios en una cultura alejada de él, y la crisis de las vocaciones es una consecuencia.

Marcela Mazzini: Vivimos en una sociedad en la cual se huye de los compromisos, se valora el vínculo de pareja pero no el matrimonio como institución. Nosotros creemos que lo que tenemos para ofrecer como discípulos de Jesús es sumamente valioso, le da sentido a nuestra vida y nos da gran felicidad, pero la transmisión es la que no estamos sabiendo lograr. Y el celibato, como todo lo que  se viva como límite, difícilmente pueda ser valorado en la sociedad actual.

–¿Por qué no el sacerdocio para las mujeres?

Marcela Mazzini: Es un tema muy cuestionado, sobre todo en el diálogo con otras iglesias cristianas, y tiene profundas raíces. Ya en el siglo XX hay dos declaraciones papales que nos dicen lo que el Magisterio opina. Una es la declaración Inter Insigniores, de 1976, de Pablo VI,  que dice que Jesucristo no llamó a ninguna mujer para formar parte del grupo de los doce apóstoles, por lo tanto la Iglesia no puede llamar mujeres para el ministerio jerárquico. Y Juan Pablo II en 1994, en el número 4 del documento Ordenatio sacerdotalis, dijo que “la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. Sin embargo, cabe mencionar que, los argumentos de la Escritura  no parecen ser tan concluyentes. Y los teólogos se interrogan por qué Jesús llamó sólo a varones. ¿Por una voluntad expresa de conservar este símbolo o porque en la cultura del tiempo de Jesús no cabía otra posibilidad? En este sentido, la elección de los doce estuvo centrada  en la constitución del nuevo pueblo, donde ellos representan las doce tribus de Israel. Por otro lado, la tradición de ordenar varones aparentemente empieza en la última parte del siglo II, porque en la Sagrada Escritura, san Pablo y otros documentos muy antiguos nos refieren la presencia de ministerios de mujeres (Cf. Rom 16). Creo que también tendríamos que interrogarnos, en este contexto de eclesiología de comunión, todas las cosas a las que el Magisterio impulsa a participar a las mujeres, que en la época de Jesús eran consideradas inhábiles para cualquier acto civil. En el interior de la Iglesia, el lugar de la mujer ha sido bastante invisible durante siglos, por eso es un momento en el que hay que tomar la palabra, aunque pueda resultar incómodo. Creo que es responsabilidad de las mujeres en particular y de todos los laicos en general tomar el lugar al que nos impulsa el Vaticano II. En esta tarea de mayor compromiso va a haber tensiones, pero no hay crecimiento sin tensión. Lo que hoy las mujeres reclamamos es que si bien somos la gran mayoría en las comunidades, no tomamos  decisiones en la Iglesia.

Jorge Scampini: Creo que el tema es aún más complejo. Sin duda que parte de la reivindicación surge en un contexto cultural en el cual se ha replanteado el lugar de la mujer en la sociedad. Pero hay que tener claro cuál es el ámbito propio de las respuestas teológicas. Hace más de 15 años, alguien concursaba una cátedra en una Facultad de Teología europea. Entre quienes debían juzgar al candidato estaban claramente divididos los que eran más progresistas y los más conservadores. Alguien quiso poner en aprietos al candidato considerado conservador y le preguntó su opinión sobre el sacerdocio de la mujer. Si decía que no estaba a favor, el voto podía ser negativo; si decía que sí, seguramente no iba a recibir el mandatum. Él respondió que estamos acostumbrados a decir que el sacerdocio reservado al varón es la ‘voluntad de Cristo’, pero eso no invalida la pregunta acerca de cuál fue la ‘inteligencia’ de Cristo al determinarlo de ese modo, y ese es el trabajo de la teología. El Magisterio se ha expresado ya con claridad, y de modo vinculante, pero siempre hay espacio para la inteligencia de la fe. Una fe que busca comprender el porqué.  Es cierto que el planteo viene también de parte de las otras iglesias, pero excepto las Iglesias orientales, que siguen reservando el ministerio a los varones, las demás iglesias no tienen la misma noción del ministerio que nosotros. Es más, en ellas el ministerio no es un sacramento, y lo que realiza el ministro podría hacerlo la mujer en la Iglesia católica. El tema es qué entendemos cuando afirmamos que el ministerio ordenado reservado al varón es de tradición, ya que ese es en última instancia el único argumento al que se remite Juan Pablo II en su carta Ordinatio sacerdotalis, dejando de lado la interpretación simbólica tomada de la Escritura, es decir, el varón es cabeza de la mujer, como Cristo lo es de la Iglesia. En esa carta, Juan Pablo II reconoce que la Tradición -con mayúscula-, es interpretativa del mensaje de Jesús de modo vinculante, llegando a decir “yo estoy bajo la Tradición; no tengo autoridad para modificarla”. No era una situación fácil para él. Debía enseñar con claridad, pero no era conveniente que ‘definiera dogmáticamente’ el tema ya que si lo hacía los ortodoxos señalarían un grave problema eclesiológico: fuera de un concilio no es posible definir algo como de fe. Por eso, si bien en esa carta no hay una definición, se sostiene que la enseñanza contenida en ella debe tenerse como definitiva. Agrego otro elemento: el drama ha sido la comunión anglicana. Este tema no se había tratado en la comisión bilateral de diálogo teológico cuando se estudió el ministerio y sobre el que se alcanzó un notable consenso. Años más tarde, por la evolución vivida en la Comunión Anglicana, resultó que aquello que para los católicos era cuestión de fe, para los anglicanos era sólo disciplinar. Es cierto que a lo largo de los años, a medida que el tema avanzaba, hubo un interesantísimo intercambio de cartas entre los sucesivos primados de la Iglesia de Inglaterra y los papas Pablo VI y Juan Pablo II, presentando los argumentos esgrimidos por ambas partes. Además, y quizá valga la pena recordarlo, llama la atención que el primer éxodo de anglicanos a la Iglesia católica en los años ‘90 no se dio por el hecho de que la mujer hubiera sido admitida al ministerio ordenado sino porque dudaban de que la catolicidad de la Iglesia se realizara en su iglesia, ya que ésta había tomado una decisión semejante sin contar con el consenso de la Iglesia de Roma y de las iglesias orientales.

Carlos White: Desde mi experiencia puedo decir que en la base de las comunidades están las mujeres; cuando uno va a distintas parroquias y capillas, ellas están mayoritariamente presentes y a medida que se va ascendiendo en la escala jerárquica, menos se las ve. Me parece que es una pobreza. Evidentemente la Iglesia jerárquica es de varones y de varones mayores. Tendríamos que poder dialogar más respecto del lugar de la mujer en la Iglesia como así también del tema del celibato.

Marcela Mazzini: Recomiendo, para una visión panorámica del tema, un artículo que se llama “Sacerdocio de la Mujer: ¿Telón cerrado, cuestión abierta?”, de Wolfgang Beinertporque es inevitable que se siga pensando en el tema, por lo menos entre los teólogos y teólogas. Es más, me parece que no seríamos fieles con lo que la Iglesia nos pide si no lo pensáramos; este servicio es propio de la teología. Coincido en que el núcleo del problema está en la Tradición, y que la unidad de la Iglesia es una de las razones de peso para no tomar una decisión que eventualmente por otros motivos se podría tomar.

Jorge Scampini: Quizás sin alcanzar a tocar el núcleo de lo sacramental, sin duda lo que hay que repensar es la configuración de la comunidad cristiana, porque gran parte de lo que viene de exigencia y reivindicación se debe al problema de making decisions y por esa palabra que traducimos en castellano -y suena horrible- ‘empoderamiento’ (empowerment). El diagnóstico es que todas las decisiones y todo el poder en una Iglesia configurada demasiado piramidalmente se han ido concentrando en el ministro ordenado y hay cantidad de cosas que han sido respuesta a fenómenos culturales, sin ser por ello esenciales al ministerio ordenado. Hay que repensar el ministerio en el seno de una Iglesia que toda ella se concibe como pueblo sacerdotal. Y vuelvo al juego de las palabras: Lumen gentium dice que hay una diferencia no sólo de grado sino esencial entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial que está a su servicio. Se habla de sacerdocio ministerial donde el sustantivo es ‘sacerdocio’ y el adjetivo ‘ministerial’. En documentos posteriores al Concilio, como en el ritual de ordenación, no se habla de ‘sacerdocio ministerial’ sino de ‘ministerio sacerdotal’, poniendo el acento en el servicio que tiene una función sacerdotal, y es quizás desde allí desde donde hay que repensar los ministerios en la Iglesia.

http://www.revistacriterio.com.ar/nota-tapa/charla-debate-un-sacerdocio-para-el-siglo-xxi/

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