Falleció Clelia Luro, viuda del ex obispo Jerónimo Podestá y luchadora por el celibato optativo


TENÍA 86 AÑOS

La viuda del ex obispo de Avellaneda, del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, murió a los 86 años, en los que organizó junto a su compañero la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados.

Luro estaba internada en el sanatorio Güemes de la Ciudad de Buenos Aires y recientemente había hecho llegar al papa Francisco y al consejo de ocho cardenales que lo asesora su libro “Relatos de viajes. Caminos en la diáspora”, en el que rescata la lucha de más de 40 años junto a Podestá por el celibato optativo.

El teólogo brasileño Leonardo Boff confirmó esta madrugada a través de su cuenta de la red social Twitter: “Acaba de morir Clelia Luro con quien el papa Francisco hablaba todas las semanas. Comprometida con las reformas de la Iglesia, amiga entrañable”.

“Francisco estará triste como yo. Era una mujer comprometida y fuerte”, agregó Boff.

Luro, quien estaba internada por una infección, murió tras pasar “el sábado articulando un movimiento, `Misionando`, de apoyo a las reformas del papa Francisco. Tendría un carácter mundial. Seguirá”, dijo Boff en otro tuit.

Luego agregó: “Clelia Luro era exesposa del obispo profético Jerónimo Podestá. Bergoglio los acompañó y era amigo de ella. La escuchaba mucho”.

El premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel escribió en su red social que “Clelia Luro junto al querido J. Podestá fueron ejemplo de fe, compromiso y amor a favor de la iglesia. La extrañaremos”.

“El celibato no es un dogma, fue una decisión del Concilio de Trento que ha dañado mucho a la Iglesia. Y como decisión, puede ser revertida”, dijo Pérez Esquivel respecto de uno de los ejes de la lucha de Luro.

Otros mensajes en las redes sociales dan cuenta en distintos idiomas del impacto de su fallecimiento, recordándola como “referente del movimiento de curas casados” o “viuda del ex obispo Jerónimo Podestá”.

“Hoy partió Clelia Luro… Que su encuentro celestial con Jerónimo Podestá nos ilumine”. “Gracias por tu inmenso testimonio de amor, saludos a Jerónimo”. “A mí me bautizó Podestá, por eso siempre fui rebelde”, la recuerdan algunos mensajes.

Luro había nacido en una familia adinerada del barrio porteño de Recoleta, y quiso ser monja pero tenía “una visión muy fuerte del Evangelio, del mensaje de Jesús, que no compaginaba en mí con la institución Iglesia”, explicó en un reportaje.

Luro quiso ser monja, pero tenía “una visión muy fuerte del Evangelio, del mensaje de Jesús, que no compaginaba en mí con la institución Iglesia”

Vivió diez años en un ingenio azucarero de la familia Patrón Costas y en ese lugar, con la presencia de una realidad brutal, alcanzó un grado de compromiso definitivo: “Me había concientizado allí”, contó.

De aquella experiencia, Clelia relató: “De Santa Fe y Callao, de pronto me casé y me fui a vivir al ingenio en Salta y empecé a vivir la realidad de los indígenas, la realidad del país. Era de una familia de clase media alta y no había tenido la oportunidad de vivir el drama de la gente”.

“Había tomado cursos de medicina preventiva en la Cruz Roja, entonces agarraba el caballo y me iba a las chozas de la zafra en Orán, a enseñar a alimentar a los niños, hacía prevención, porque los chicos allí morían como moscas”, recordó de aquellos primeros años de lucha.

En 1966, nuevamente en Buenos Aires, siendo ya una mujer separada de 39 años y con seis hijos, conoció a Jerónimo Podestá, de 45 y obispo de Avellaneda que en 1967 renunciaría a su cargo para unirse a ella y encarar la presidencia de la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados, hasta su muerte a los 79 años, en 2000.

Al recordar esa época, contó: “Jerónimo era un líder en el país, era el obispo de los obreros, cualquier problema, huelgas, paros, él estaba con ellos”.

Apenas hace unos meses, en mayo de 2013, Clelia fue recibida por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en su despacho de la Casa de Gobierno, donde conversaron de una época de efervescencia política y el devenir histórico que tuvo en Luro, hasta el último instante, a una protagonista inclaudicable de su tiempo.

http://www.telam.com.ar/notas/201311/39378-fallecio-clelia-luro-viuda-del-ex-obispo-jeronimo-podesta.html

Domingo XXXII Tiempo Ordinario 10 noviembre 2013 Evangelio de Lucas 20, 27-38


 

 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron:

― Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.

Jesús les contestó:

― En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios porque participan de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.

 

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LA MUERTE, UN AMANECER

 

Los saduceos conformaban la élite económica, social y religiosa de la sociedad judía en tiempos de Jesús. Colaboracionistas con los romanos y estrictamente conservadores en lo religioso, únicamente aceptaban, como Libro Sagrado, el Pentateuco, los cinco grandes libros de la Torá.

En los relatos evangélicos apenas se narran encuentros de los saduceos con Jesús, lo cual no sorprende si tenemos en cuenta que se movían en dos ámbitos radicalmente diferentes: el del poder y el de la marginalidad. Aparecerán al final, decidiendo la condena de Jesús.

A diferencia de los fariseos, este grupo no creía en la resurrección. Quizás porque, como decía aquel chiste, no podían imaginar que existiera una vida mejor de la que llevaban.

El caso es que, según el presente relato –que recogen los tres evangelios sinópticos-, un grupo de saduceos se acercan a Jesús, ironizando precisamente sobre el tema de la resurrección. Así, le plantean un caso hipotético de varios hermanos que, sucesivamente, y de acuerdo con la ley del levirato (Deut 25,5-6), van desposando a la misma mujer.

Con ese caso, queda claro que su intención es llevar el debate sobre la resurrección al absurdo.

Parecen no ver que el absurdo consiste precisamente en imaginar el más allá de la muerte con las categorías que ahora nos son habituales. Sería algo similar a querer imaginar la vida de vigilia mientras estamos dormidos.

A eso mismo parecen apuntar las palabras de Jesús: por un lado, las cosas no son como las vivimos aquí; por otro, la afirmación básica recalca que Dios es Vida.

A partir de ahí, el modo quizás menos inadecuado de percibir la muerte es verla como un despertar. Así como, al salir del sueño, emerge una nueva identidad, muy distinta al sujeto onírico, al morir amanecemos a nuestra identidad más profunda, en la que el ego encuentra también su final. No porque muera, sino porque se descubre que nunca había existido, salvo en nuestra propia mente.

Quienes han vivido una “experiencia cercana a la muerte” (ECM) hablan, aunque los matices sean diferentes, de una “expansión de la conciencia”, en un estado en el que todo se percibe de un modo radicalmente nuevo. Nuestras ideas mentales del tiempo, del espacio, de la separación y la dualidad parece que se desvanecen por completo. Se percibe la existencia como una representación que, vista desde esa perspectiva, sucede admirablemente: todo tiene su porqué y todo, al final, termina bien.

Al referirse a la muerte, Jesús habla de “sueño” o de “paso”. En la misma línea, los místicos sufíes han enseñado que mientras vivimos, estamos dormidos, y cuando morimos, despertamos.

¿Hacia dónde es el “paso”? ¿A qué “despertamos”? Indudablemente a la Vida: a lo que siempre hemos sido y somos, aunque no lo hubiéramos visto antes. Por eso precisamente no se trata de “lograr” nada que no tuviéramos, sino de caer en la cuenta –otro modo de nombrar el despertar- de lo que somos.

Morir es el proceso por el que nos “reintegramos” en la Vida que siempre hemos sido. Con el término Vida, aludimos a la misma Realidad que las religiones nombran como “Dios”. Si quitamos las proyecciones antropomórficas que nuestra mente tiende a hacer, bien puede decirse que todos morimos hacia el interior de Dios.

Pero sin ninguna dualidad. No hay ningún dios separado. La Vida –Dios- no es sino la cara invisible de toda esta realidad manifiesta. Mientras permanecemos reducidos a la mente, hemos de ver todo forzosamente separado, proyectando un cielo a medida de nuestras experiencias, y un dios a medida de nuestras ideas sobre las personas.

Al despertar, descubrimos lo que siempre habíamos sido –uno con todo- y que habíamos olvidado. Podemos decir, con razón, tomando prestado el título de uno de los libros de Elisabeth Kübler-Ross, que “la muerte es un amanecer”.

 

http://www.enriquemartinezlozano.com

 

“Donde hay indígenas hay organización comunal, que se fortalece para defender a la Madre Tierra”


 

Servindi, 5 de noviembre, 2013.- Compartimos un breve testimonio de don Hugo Blanco Galdós, director del periódico Lucha Indígena, activista y líder histórico de las luchas campesinas en el Perú, recogido por DesInformémonos durante la Cátedra Juan Chávez Alonso, celebrada en San Cristóbal de las Casas, los días 17 y 18 de agosto de 2013.

Otras noticias:

 

http://servindi.org/actualidad/95840?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Servindi+%28Servicio+de+Informaci%C3%B3n+Indigena%29

HOMENAJE A CLELIA LURO


Clelia Luro junto a su marido, años atrás. Foto gentileza ClarínClelia Luro junto a su marido, años atrás. Foto gentileza Clarín

Murió Clelia Luro, viuda del ex obispo Jerónimo Podestá

16:03Fue una gran luchadora por el celibato optativo en la Iglesia Católica. Tenía 86 años.

Clelia Luro, viuda del ex obispo de Avellaneda Jerónimo Podestá, del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, murió hoy a los 86 años, en los que organizó junto a su compañero la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados, desde la que lucharon por que la iglesia católica acepte el celibato optativo.

Luro estaba internada en el sanatorio Güemes de la Ciudad de Buenos Aires y recientemente había hecho llegar al papa Francisco y al consejo de ocho cardenales que lo asesora su libro “Relatos de viajes. Caminos en la diáspora”, en el que rescata la lucha de más de 40 años junto a Podestá por el celibato optativo.

 

 

El teólogo brasileño Leonardo Boff confirmó esta madrugada a través de su cuenta de la red social Twitter: “Acaba de morir Clelia Luro con quien el papa Francisco hablaba todas las semanas. Comprometida con las reformas de la Iglesia, amiga entrañable”.

“Francisco estará triste como yo. Era una mujer comprometida y fuerte”, agregó Boff.

Luro, quien estaba internada por una infección, murió tras pasar “el sábado articulando un movimiento, `Misionando`, de apoyo a las reformas del papa Francisco. Tendría un carácter mundial. Seguirá”, dijo Boff en otro tuit.

Luego agregó: “Clelia Luro era exesposa del obispo profético Jerónimo Podestá. Bergoglio los acompañó y era amigo de ella. La escuchaba mucho”.

 

 

El premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel escribió en su red social que “Clelia Luro junto al querido J. Podestá fueron ejemplo de fe, compromiso y amor a favor de la iglesia. La extrañaremos”.

“El celibato no es un dogma, fue una decisión del Concilio de Trento que ha dañado mucho a la Iglesia. Y como decisión, puede ser revertida”, dijo Pérez Esquivel respecto de uno de los ejes de la lucha de Luro.

 

 

Otros mensajes en las redes sociales dan cuenta en distintos idiomas del impacto de su fallecimiento, recordándola como “referente del movimiento de curas casados” o “viuda del ex obispo Jerónimo Podestá”.

“Hoy partió Clelia Luro… Que su encuentro celestial con Jerónimo Podestá nos ilumine”. “Gracias por tu inmenso testimonio de amor, saludos a Jerónimo”. “A mí me bautizó Podestá, por eso siempre fui rebelde”, la recuerdan algunos mensajes.

 

 

Luro había nacido en una familia adinerada del barrio porteño de Recoleta, y quiso ser monja pero tenía “una visión muy fuerte del Evangelio, del mensaje de Jesús, que no compaginaba en mí con la institución Iglesia”, explicó en un reportaje.

Vivió diez años en un ingenio azucarero de la familia Patrón Costas y en ese lugar, con la presencia de una realidad brutal, alcanzó un grado de compromiso definitivo: “Me había concientizado allí”, contó.

De aquella experiencia, Clelia relató: “De Santa Fe y Callao, de pronto me casé y me fui a vivir al ingenio en Salta y empecé a vivir la realidad de los indígenas, la realidad del país. Era de una familia de clase media alta y no había tenido la oportunidad de vivir el drama de la gente”.

“Había tomado cursos de medicina preventiva en la Cruz Roja, entonces agarraba el caballo y me iba a las chozas de la zafra en Orán, a enseñar a alimentar a los niños, hacía prevención, porque los chicos allí morían como moscas”, recordó de aquellos primeros años de lucha.

En 1966, nuevamente en Buenos Aires, siendo ya una mujer separada de 39 años y con seis hijos, conoció a Jerónimo Podestá, de 45 y obispo de Avellaneda que en 1967 renunciaría a su cargo para unirse a ella y encarar la presidencia de la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados, hasta su muerte a los 79 años, en 2000.

 

 

Al recordar esa época, contó: “Jerónimo era un líder en el país, era el obispo de los obreros, cualquier problema, huelgas, paros, él estaba con ellos”.

Apenas hace unos meses, en mayo de 2013, Clelia fue recibida por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en su despacho de la Casa de Gobierno, donde conversaron de una época de efervescencia política y el devenir histórico que tuvo en Luro, hasta el último instante, a una protagonista inclaudicable de su tiempo.- (Télam)

 

http://www.rionegro.com.ar/diario/murio-clelia-luro-viuda-del-ex-obispo-jeronimo-podesta-1370712-9574-nota.aspx

Bergoglio no pretende clericalizar laicos y mujeres


Alejandro Palafox B. para Alianzatex
Publicada: Noviembre 05, 2013

Papa Francisco. ARCHIVO

Texcoco, México.- (Texcoco Press).- Después de que se escuchara, duro y dale, el rumor (y en Facebook incluso algunos comenzaron a compilar listas con las posibles candidatas), el domingo pasado el diario británico “The Sunday Times” lanza otra candidatura para la púrpura femenina: la teóloga irlandesa Linda Higan, de 49 años, casada y profesora en el Trinity College de Dublín.

En tiempos de Pablo VI se hablaba sobre cardenales laicos, y se llegó a atribuir al Pontífice de Brescia la intención de crear cardenal al filósofo francés Jacques Maritain. A Juan Pablo II se le atribuyó la idea de elevar al cardenalato a su portavoz Joaquín Navarro Valls y a la Madre Teresa de Calcuta (Wojtyla, de hecho, fue más allá con su beatificación). La petición de las “mujeres cardenal” resonó por primera vez en el Aula del Sínodo por primera vez en 1994; ante Juan Pablo II, el obispo jesuita congoleño Ernest Kombo afirmó: “Pido que las mujeres puedan acceder a los puestos más altos de las jerarquías de la Iglesia, que puedan ser nombradas cardenales”.

Es cierto que el estado cardenalicio no pertenece a la que se conoce como la “constitución divina” de la Iglesia, por lo que nada prohibiría abolir el colegio cardenalicio o reformarlo radicalmente para transformarlo en algo muy diferente con respecto a lo que es en el presente. Pero en nuestros días parece verdaderamente difícil afirmar que la púrpura es solo un título honorífico.

El cardenalato, según lo que explican muchos expertos, es un título jurisdiccional, porque implica una colaboración de los purpurados con el Papa, como individuos o como colegio, en el gobierno de la Iglesia. El nuevo Código de Derecho Canónico promulgado en 1983 es bastante claro y dice en el canon 351: “Para ser promovidos a Cardenales, el Romano Pontífice elige libremente entre aquellos varones que hayan recibido al menos el presbiterado y que destaquen notablemente por su doctrina, costumbres, piedad y prudencia en la gestión de asuntos; pero los que aún no son Obispos deben recibir la consagración episcopal”.

El antecedente que normalmente se recuerda del último cardenal no ordenado es el de Teodolfo Mertel, hijo de un panadero bávaro que trabajó en el Estado Pontificio. Insigne jurista, maestro del futuro cardenal Secretario de Estado Pietro Gasparri, escribió en una sola noche el Estatuto promulgado por Pío IX en 1848; Papa Mastai no corrigió ni una coma. Mertel, ingresó al estado clerical en 1843 y recibió la púrpura del mismo Pío IX en marzo de 1858. Cuando fue creado cardenal no tenía todavía una de las órdenes mayores (diaconato, presbiterato, episcopado). Nombrado cardenal diácono de Sant’Esutachio, recibió la ordenación diaconal en mayo del mismo año de las manos del Papa. Caso contemporáneamente a la entrega del anillo cardenalicio, pues, se conviritó en diácono. Cuando murió en 1899, era el último de los purpurados que no podía celebrar misa, porque era diácono y no sacerdote. Desde el Pontificado de Juan XXIII, los cardenales tienen que ser obispos, aunque, a partir de los Consistorios de Juan Pablo I, el Papa ha concedido una excepción a la norma para los neo-purpurados que sean muy viejos y pidan la dispensa de la ordenación episcopal.

La idea de las mujeres cardenal, que algunos consideran una posibilidad concreta bajo el Pontificado de Papa Francisco (hace un mes la saludaba en las páginas del periódico italiano “Il Messaggero” la editorialista de “L’Osservatore Romano” Lucetta Scaraffia), no parece en sintonía con las enseñanzas del Pontífice argentino. Como arzobispo de Buenos Aires y ahora como Papa, sigue indicando como una de las enfermedades que afligen a la Iglesia el clericalismo.

El Papa quiere que los obispos y sacerdotes sean menos clericales, no pretende clericalizar a los laicos y a las mujeres. A pesar de haber afirmado en más de una ocasión, y con claridad, la necesidad de resaltar a las mujeres en la Iglesia, Francisco, en la entrevista con el director de “La Civiltà Cattolica”, declara: “Temo la solución del machismo en faldita… Y en cambio, los discursos que escucho sobre el papel de la mujer están a menudo inspirados por una ideología machista”.

 

http://www.alianzatex.com/nota.php?nota=N0026584

 

La Iglesia y sus reformas


por Consejo de redacción

Es oportuno recuperar en la historia de la Iglesia católica los motivos que llevaron a un gran centralismo y a la exaltación de la figura papal para encontrar, en este tiempo, nuevos caminos hacia una mayor comunión.

Pocas veces, después del Concilio Vaticano II, se habló tanto de la necesidad de reformas en la Iglesia como desde la elección del papa Francisco. Pero quien observa su organización actual y las dinámicas de ejercicio del poder que la rigen podría suponer que nunca han existido otras. Esas formas y dinámicas son en parte el resultado de medidas tomadas a lo largo del último siglo y medio. Tales decisiones, lejos de haber sido pacíficamente aceptadas por la Iglesia en su conjunto, fueron a menudo objeto de fuertes polémicas internas, cuya resolución en determinada orientación dejó de lado otras posibles formas organizativas.

La situación actual de la Iglesia aconseja no perder de vista estas consideraciones, no porque haya que recuperar opciones que fueron concebidas en contextos históricos muy diferentes del nuestro, sino porque la implementación de las reformas que distintos sectores reclaman sólo será posible en la medida en que tomemos conciencia del carácter históricamente determinado, contingente, de esas formas y dinámicas en vigencia. Conviene, en consecuencia, echar un vistazo al pasado.

Dejando de lado ciertos episodios que resultaría excesivo rememorar, puede decirse que la centralización eclesiástica es fruto de un proceso que reconoce dos etapas fundamentales de aceleración: el Concilio de Trento (1545-1562) y el siglo XIX. Trento fue en buena medida la respuesta al desafío de la reforma iniciada por Lutero que, con postulados como el sacerdocio común de los fieles, la libre interpretación de las Sagradas Escrituras y la justificación sólo por la fe, puso en entredicho el lugar mediador del sacerdocio en general y del papado en particular. La respuesta a la amenaza luterana, que elaboró en parte aquel Concilio y en parte fue fruto de decisiones durante los decenios sucesivos, se orientó en buena medida a reforzar el poder cuestionado, a controlar la circulación de ideas y los debates teológicos y a homogeneizar las prácticas religiosas. Pueden citarse como ejemplos la confección de un índice de libros prohibidos (Índex), la redacción de una confesión de fe que incluía una promesa de obediencia a la Santa Sede, la redacción de un catecismo, de un breviario y de un misal comunes, así como la decisión de confiar la aplicación de las orientaciones conciliares a los nuncios que, al transformarse en legados permanentes del Papa, adquirieron el carácter de embajadores, dotados además de decisivas prerrogativas frente a las autoridades eclesiásticas locales.

La Iglesia católica, sin embargo, fue durante siglos un mosaico de comunidades locales más que una organización piramidal, en parte a causa de las distancias y la precariedad de las comunicaciones, pero también debido a que hasta el siglo XIX las mismas monarquías eran conjuntos complejos de ordenamientos jurídicos y de unidades políticas diferentes. Un ejemplo es el peso de la costumbre en el ámbito de la jurisprudencia civil y en el derecho canónico: tenía tanta fuerza como la ley escrita, lo que volvía imposible la homogeneización de la legislación.

Las condiciones variaron a partir del siglo XVIII, con las revoluciones norteamericana y francesa. El Código Napoleónico, primero en su tipo, uniformó la ley para todo el imperio. En el plano político, la revolución avanzó en la centralización que con menos éxito habían intentado imponer los monarcas dieciochescos, dando así un paso decisivo en el trayecto –de más largo plazo– hacia la formación de Estados nacionales, que no alcanzó su plena realización hasta la caída de los últimos imperios multinacionales tras la Primera Guerra Mundial.

La tendencia a la centralización eclesiástica se vio obstaculizada por esa paralela concentración política que condujo en el largo plazo a la conformación de los Estados nacionales. En la medida en que se avanzaba hacia una idea de soberanía que excluía por principio cualquier injerencia externa, las monarquías católicas de Antiguo Régimen primero y los Estados nacionales católicos más tarde buscaron limitar las prerrogativas romanas y reforzar sus Iglesias nacionales, sus episcopados y sus sínodos. El caso paradigmático es nuevamente Francia, que en 1682 impuso serios límites a las intervenciones romanas con la promulgación de los cuatro “Artículos de la Iglesia Galicana”. De hecho, hasta el siglo XIX, Roma seguía teniendo escasa incidencia en cuestiones tan delicadas como la elección de los obispos, procedimiento que en la mayor parte de los casos requería de la intervención de los monarcas o de otras autoridades eclesiásticas, como los metropolitanos o los cabildos catedralicios.

Pero en el siglo XIX la centralización eclesiástica logró derribar los antiguos obstáculos que se oponían a su desarrollo y el catolicismo adquirió muchos rasgos de su fisonomía actual, particularmente tras la finalización del ciclo revolucionario francés con la Restauración en 1814-1815. A través de una novedosa política concordataria, complementada con una decidida oposición a la idea de que el patronato constituía una prerrogativa inherente al ejercicio de la soberanía, Roma fue tomando en sus manos los destinos de las Iglesias locales, asumiendo como propia la elección de los obispos, garantizando su libre comunicación con la Santa Sede, intensificando las intervenciones papales por medio de los nuncios, regularizando las visitas ad limina de los obispos y multiplicando las orientaciones en materia dogmática y moral que obligaban a toda la Iglesia.

La centralización se reforzó ante la presencia de una nueva amenaza: el secularismo. Roma reforzó las instancias de control que garantizaran la ortodoxia, noción que se fue transformando paulatinamente en sinónimo de las directivas pontificias. Complementariamente los católicos, enfrentados a un mundo que no sólo les resultaba hostil sino que incluso les costaba comprender, se aferraron a la seguridad que les proporcionaba la figura del Papa, que iba adquiriendo mayor peso y nuevas connotaciones a partir de su oposición a las tendencias secularizadoras.

En efecto, tampoco el Papa era una figura tan presente en la vida de la Iglesia antes del siglo XIX. Se trataba desde luego del Vicario de Cristo y en tal sentido era venerado en todo el orbe católico, pero algunos teólogos de los siglos XVI al XVIII afirmaban que tal autoridad debía considerarse más espiritual que jurisdiccional.

Por su parte, el común de los fieles apenas si conocía el nombre del pontífice reinante de escucharlo en el canon de la misa. A que la figura del Papa adquiriese relevancia en el siglo XIX coadyuvaron nuevamente diversos factores. Uno fue la incertidumbre de los católicos frente a la secularización social ya señalada. Autores como Joseph De Maistre y Louis De Bonald habían sostenido en el siglo XVIII la idea de que la defensa del sistema de jerarquías que garantiza el orden del mundo no podía sino descansar en la autoridad del Papa, que no derivaba de los hombres sino de Dios. Por otra parte, el desarrollo de las comunicaciones –ferrocarriles, barcos, imprentas a vapor, telégrafos– ayudó a difundir las orientaciones papales por medio de periódicos y sueltos, y permitió que los fieles no sólo conocieran el nombre sino incluso la fisonomía del Papa, merced a la multiplicación al infinito de sus retratos.

Con la pérdida de los Estados Pontificios en 1870, el Papa se convirtió en una figura todavía más popular entre los católicos, que se movilizaron para defenderlo. Las Iglesias locales se comprometieron económicamente con el sostenimiento del Vaticano mediante la recolección del óbolo de San Pedro. Para reivindicar su figura se generalizaron las “fiestas del Papa” en conmemoración de su proclamación al solio pontificio, y empezaron a celebrarse también otros aniversarios, como el de su ordenación sacerdotal. El Concilio Vaticano I (1869-1870) proclamó solemnemente la infalibilidad ex cathedra del Papa en materias dogmáticas y morales. En tanto, la prensa católica, que había crecido enormemente, empezaba a llevar hasta los hogares sus alocuciones, sus breves y sus encíclicas.

A partir de las guerras mundiales que marcaron a fuego la primera mitad del siglo XX, la figura del Papa ganó además un peso creciente en la opinión pública internacional. La Santa Sede, minúsculo Estado independiente desde los acuerdos firmados en Letrán en 1929, se convirtió en una voz más en el concierto de las naciones, con lo que las tomas de posición de la Iglesia adquirieron connotaciones inéditas, en buena medida a causa de la autoridad moral que se reconocía al Papa en un mundo que había abandonado su fe ciega en la razón y en el progreso indefinido. A ello hay que sumar, nuevamente, el decisivo salto cualitativo que experimentaron las comunicaciones, con el desarrollo del cinematógrafo y de  la radio primero, y de la televisión después. Los fieles, que ya se habían acostumbrado a que el nombre y la fisonomía del Papa les resultara familiar, pudieron empezar a escucharlo en todo el mundo.

A pesar de los intentos de descentralización del Concilio Vaticano II (1962-1965), la situación actual de la Iglesia no difiere demasiado, en este plano, de las condiciones previas a su celebración. En buena parte es fruto de esa historia, pero también del restablecimiento de las tendencias centralizadoras durante los pontificados de Juan Pablo II y, en parte, de Benedicto XVI. Paralelamente, el vacío de liderazgo que caracteriza al mundo actual, sumado al carisma extraordinario del papa Francisco, a su autoridad moral y al consenso que merecieron las medidas de reforma que ha ido delineando, tienden a fortalecer el protagonismo del Sumo Pontífice en la vida de la Iglesia y en la opinión pública mundial. Un fenómeno que desde luego presenta muchos aspectos positivos, pero cuyas derivaciones para el ejercicio de la colegialidad podrían no serlo en igual medida. De lo que se trata es de tomar conciencia del carácter histórico y contingente de las actuales formas de organización y dinámicas de ejercicio del poder, y de garantizarle al Pueblo de Dios la libertad necesaria para concebir soluciones nuevas, acordes con las necesidades del mundo de hoy. Por ejemplo, alentar una mayor participación de las comunidades en la elección de las autoridades eclesiales, redefinir el papel de la mujer, debatir el celibato obligatorio del clero secular, encontrar nuevas formas de administración económica y de toma de decisiones tanto en las parroquias como en las diócesis, en las distintas comunidades religiosas e instituciones. Al mismo tiempo, reconsiderar el espacio de los teólogos y otros expertos a la hora de definir posiciones doctrinarias, porque no puede pensarse en un Papado docto en todas las disciplinas.

En su homilía del 19 de mayo pasado, en ocasión de Pentecostés, Francisco decía: “La novedad nos da siempre un poco de miedo porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Ye esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos”. Estas palabras y también algunas otras señales alientan la esperanza: desde el trabajo del Consejo de cardenales para ayudar al Papa en su gobierno hasta la reciente convocatoria a un Sínodo extraordinario sobre la familia.

http://www.revistacriterio.com.ar/nota-tapa/editorial-la-iglesia-y-sus-reformas/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+RevistaCriterio+%28Revista+Criterio%29

Tres mujeres que pueden cambiar la historia del Vaticano


En febrero el papa Francisco reunirá a su primer Consistorio y nombrará a los primeros cardenales de su papado. Ya se especula con la primera mujer.
por Gabriel Conte@ConteGabriel4 de Noviembre de 2013 | 17:47Opiná

“Hoy por hoy, no es una hipótesis realista”. Con esa respuesta, el vocero del Vaticano, Federico Lombardi, trató de desterrar la idea planteada por los medios europeos en torno a la posibilidad de que una mujer, la primera en la historia y rompiendo con 2000 años de normas herméticas, sea nombrada cardenal por el papa Francisco.

Lombardi fue más allá: sostuvo que esa especulación, lanzada al ruedo, en principio, por el diario español El País, no fue otra cosa que una demostración de que los periodistas de ese diario pueden leer la mente del líder de la iglesia católica.

El portal ACI (Agencia Católica de Informaciones) tituló, sin vueltas: “No es cierto que el papa vaya a hacer cardenal a una mujer”.

Pero Jorge Bergoglio, tan revolucionario para el canon católico que deja descolocados a quienes podrían transformarse en sus detractores y no les alcanza el tiempo para complotar, debido al avance contínuo del “pontífice del fin del mundo”, podría dejar también en off side a su propio (y heredado de la “gestión Benedicto XVI”) vocero.

La trilogía de las mujeres de una nueva iglesia

Hay un nombre que se ubica primero en la lista de las candidatas a ese rol histórico y se trata de la teóloga irlandesa Linda Hogan (foto)

, profesora de ecumenismo en el Trinity College de Dublín y una de las más destacadas teólogas feministas del mundo.

Hay coincidencias en “acusar” a un sacerdote por lanzar su nombre al ruedo: se trata de James Keenan, un jesuita del Boston College de Nueva York, quien -se acusa- habría sugerido a Hogan vía Facebook.

Tiene 49 años y está casada. Se graduó en la universidad de San Patricio en Maynooth en 1993 y, además de en el Triity College, ha sido docente de la Universidad de Leeds y en el Instituto Milltown de Dublín, dirigida por los jesuitas, grupo de donde surgió Bergoglio.

Hasta aquí, mucha información en contra para la tradición vaticana. Pero mucho, también, a su favor a la hora de ponerla en la balanza de los cambios que parece estar impulsando (y ya se verá si con éxito o no) el papa argentino.

Este lunes, el diario irlandés Irish Central cita fuentes de “España y Washington”, concretamente, los diarios El País y The Washington Post, para ubicar a su crédito local a la cabeza de las preferencias para convertirse en la espada del “papa bisagra”.

El Sunday Times, en tanto, informó el domingo sobre Francisco que “el cónclave que lo eligió papa en febrero pasado fue muy criticado por la ausencia de mujeres, salvo las que les sirven la comida a los cardenales”.

Pero no es la única mujer irlandesa en la lista. Probablemente, el ímpetu religioso católico y su eterna disputa con el protestantismo, es lo que elevan a categorías impensadas en 2000 años a dos damas del mismo origen. La segunda en la lista es la ex presidenta de Irlanda, Mary MacAleese (foto), una de las mayores entusiastas del papa Francisco y defensora del retorno a los principios del Concilio Vaticano II.

Pero unas declaraciones suyas, católica y rebelde, fanática pero disconforme, podrían dejar en el aire a la ex mandataria. Los medios recuerdan hoy -como lo hace The Irish Times en su país- las declaraciones altisonantes realizadas por ella al Massachusetts’ Worcester Telegram & Gazette: dijo que el Vaticano es uno de los pocos lugares en donde las mujeres todavía no pueden votar y que “es muy ofensivo que las mujeres no estén, todavía, incluidas en la toma de decisiones” de la Ciudad Estado.

Y la tercera opción es Cecile Kyenge (foto), la oftalmóloga y política italiana nacida en el Congo que ha sufrido (y sufre todavía) la discriminación por pertenecer a la raza negra. Es ministra de Integración  en Italia y en el fragor de la descalificación política la compararon con un orangután. Pero en una reciente cumbre de Mandatarios Afro realizada en Cartagena, Colombia, fue considerada un ícono.

Allí, Oscar Gamboa, asesor de la presidencia colombiana para las comunidades afro, declaró:  “Hoy no tenemos a Martin Luther King, ni a Malcom X, tampoco pudo venir Nelson Mandela: pero tenemos a Cécile”.

La ilusión le juega una pulseada a las probabilidades

A esta altura, la ilusión es más fuerte que la lista de probabilidades, habida cuenta de que, puestos un puñado de medios -aunque se trate de bien informados (y a El País todavía le pesa en contra aquella publicación de la falsa foto de Hugo Chávez entubado)- en una balanza con la milenaria historia del Vaticano, su poder imperial y su extensión religiosa, las posibilidades de ver a una mujer cardenal son pocas.

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