Obispo se disfraza de indigente para dar lección


  • Associated Press

Los integrantes de una congregación mormona en Estados Unidos encontraron a una persona que pensaban era un indigente al llegar a su iglesia. Pero lo que no sabían era que ese hombre era un obispo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

 

Al menos cinco personas le pidieron a David Musselman que se fuera de la propiedad eclesiástica ubicada en Taylorsville, un suburbio de Salt Lake City, algunos le dieron dinero y la mayoría fue indiferente.

El obispo dijo que se disfrazó de indigente para enseñar a su congregación una lección sobre la compasión. Para hacer su apariencia más convincente, contactó a una artista del maquillaje de Salt Lake City para que transformara su rostro en uno diferente que ni siquiera su familia lo reconociera.

«Lo que quería demostrar principalmente era que no necesitamos juzgar tan rápido», dijo Musselman a KUTV-TV (http://bit.ly/1gkeZMw ).

Hubo varias reacciones por su apariencia en la iglesia.

«Muchos en realidad desviaron su camino para desdeñarme a propósito y ni hablar de que hicieran contacto visual», dijo a Deseret News (http://bit.ly/1aYkBtP). «Me hubiera gustado acercarme y decirles ‘feliz Día de Acción de Gracias’. A muchos de ellos no les hubiera pedido comida o dinero, y su incapacidad para siquiera saludar fue muy sorprendente».

La reacción que sorprendió más a Musselman fue la de los niños.

«Estaba impresionado por los niños. Podía ver en sus ojos que querían hacer más», comentó.

El obispo, que sólo le dijo a su segundo consejero que se disfrazaría de indigente, caminó hacia el púlpito durante el servicio religioso y reveló su identidad, quitándose peluca, barba y anteojos.

Jaimi Larsen, que estaba en la congregación, se sorprendió. «Comencé a sentir vergüenza porque no saludé a este hombre… Estaba sucio, paralítico, viejo. Estaba murmurando para sí mismo», dijo.

Pero la intención no era avergonzar a los fieles, dijo el obispo, sino recordarles ser amables con todas las personas en los caminos de la vida, no sólo en los días festivos.

«Ser como Cristo, sólo hacerles saber que sé que están ahí», agregó.

 

 

http://noticias.terra.com.co/internacional/eeuu/obispo-se-disfraza-de-indigente-para-dar-leccion,a475433116492410VgnCLD2000000ec6eb0aRCRD.html

Cuando las mujeres eran sacerdotes


 10 JUL 2002

Durante los últimos meses han aparecido numerosos documentos y declaraciones de teólogos y teólogas, grupos de sacerdotes y religiosos, movimientos cristianos y organizaciones cívico-sociales, e incluso de obispos y cardenales de la Iglesia católica, pidiendo el acceso de las mujeres al sacerdocio. Todos ellos consideran la exclusión femenina del ministerio sacerdotal como una discriminación de género que es contraria a la actitud inclusiva de Jesús de Nazaret y del cristianismo primitivo, va en dirección opuesta a los movimientos de emancipación de la mujer y a las tendencias igualitarias en la sociedad, la política, la vida doméstica y la actividad laboral.

El alto magisterio eclesiástico responde negativamente a esa reivindicación, apoyándose en dos argumentos: uno teológico-bíblico y otro histórico, que pueden resumirse así: Cristo no llamó a ninguna mujer a formar parte del grupo de los apóstoles, y la tradición de la Iglesia ha sido fiel a esta exclusión, no ordenando sacerdotes a las mujeres a lo largo de los veinte siglos de historia del catolicismo. Esta práctica se interpreta como voluntad explícita de Cristo de conferir sólo a los varones, dentro de la comunidad cristiana, el triple poder sacerdotal de enseñar, santificar y gobernar. Sólo ellos, por su semejanza de sexo con Cristo, pueden representarlo y hacerlo presente en la eucaristía.

Estos argumentos vienen repitiéndose sin apenas cambios desde hace siglos y son expuestos en tres documentos de idéntico contenido, a los que apelan los obispos cada vez que los movimientos cristianos críticos se empeñan en reclamar el sacerdocio para las mujeres: la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Inter insigniores (15 de octubre de 1976) y dos cartas apostólicas de Juan Pablo II: Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988) y Ordinatio sacerdotalis. Sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres (22 de mayo de 1984). La más contundente de todas las declaraciones al respecto es esta última, que zanja la cuestión y cierra todas las puertas a cualquier cambio en el futuro: ‘Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia’.

Es verdad que la historia no es pródiga en narrar casos de mujeres sacerdotes. Esto no debe extrañar, ya que ha sido escrita por varones, en su mayoría clérigos, y su tendencia ha sido a ocultar el protagonismo de las mujeres en la historia del cristianismo. ‘Si las mujeres hubieran escrito los libros, estoy segura de que lo habrían hecho de otra manera, porque ellas saben que se les acusa en falso’. Esto escribía Cristina de Pisan, autora de La ciudad de las damas (1404). Sin embargo, importantes investigaciones históricas desmienten tan contundentes afirmaciones del magisterio, hasta invalidarlas y convertirlas en pura retórica al servicio de una institución patriarcal. Entre los estudios más relevantes al respecto cabe citar Mujeres en el altar, de Lavinia Byrne, religiosa expulsada de su congregación por publicar este libro; Cuando las mujeres eran sacerdotes, de Karen Jo Torjesen, catedrática de Estudios sobre la Mujer y la Religión en Claremont Graduate School, y los trabajos del historiador Giorgio Otranto, director del Instituto de Estudios Clásicos y Cristianos de la Universidad de Bari. En ellos se demuestra, mediante inscripciones en tumbas y mosaicos, cartas pontificias y otros textos, que las mujeres ejercieron el sacerdocio católico durante los 13 primeros siglos de la historia de la Iglesia. Veamos algunas de estas pruebas que quitan todo valor a los argumentos del magisterio eclesiástico.

Debajo del arco de una basílica romana aparece un fresco con cuatro mujeres. Dos de ellas son las santas Práxedes y Prudencia, a quienes está dedicada la iglesia. Otra es María, madre de Jesús de Nazaret. Sobre la cabeza de la cuarta hay una inscripción que dice: Theodora Episcopa (= Obispa). La ‘a’ de Theodora está raspada en el mosaico, no así la ‘a’ de Episcopa.

En el siglo pasado se descubrieron inscripciones que hablan a favor del ejercicio del sacerdocio de las mujeres en el cristianismo primitivo. En una tumba de Tropea (Calabria meridional, Italia) aparece la siguiente dedicatoria a ‘Leta Presbytera’, que data de mediados del siglo V: ‘Consagrada a su buena fama, Leta Presbytera vivió cuarenta años, ocho meses y nueve días, y su esposo le erigió este sepulcro. La precedió en paz la víspera de los Idus de Marzo’. Otras inscripciones de los siglos VI y VII atestiguan igualmente la existencia de mujeres sacerdotes en Salone (Dalmacia) (presbytera, sacerdota), Hipona, diócesis africana de la que fue obispo san Agustín cerca de cuarenta años (presbiterissa), en las cercanías de Poitires (Francia) (presbyteria),en Tracia (presbytera, en griego), etcétera.

En un tratado sobre la virtud de la virginidad, del siglo IV, atribuido a san Atanasio, se afirma que las mujeres consagradas pueden celebrar juntas la fracción del pan sin la presencia de un sacerdote varón: ‘La santas vírgenes pueden bendecir el pan tres veces con la señal de la cruz, pronunciar la acción de gracias y orar, pues el reino de los cielos no es ni masculino ni femenino. Todas las mujeres que fueron recibidas por el Señor alcanzaron la categoría de varones’ (De virginitate, PG 28, col. 263).

En una carta del papa Gelasio I (492-496) dirigida a los obispos del sur de Italia el año 494 les dice que se ha enterado, para gran pesar suyo, de que los asuntos de la Iglesia han llegado a un estado tan bajo que se anima a las mujeres a oficiar en los sagrados altares y a participar en todas las actividades del sexo masculino al que ellas no pertenecen. Los propios obispos de esa región italiana habían concedido el sacramento del orden a mujeres, y éstas ejercían las funciones sacerdotales con normalidad.

Un sacerdote llamado Ambrosio pregunta a Atón, obispo de Vercelli, que vivió entre los siglos IX y X y era buen conocedor de las disposiciones conciliares antiguas, qué sentido había que dar a los términos presbytera y diaconisa, que aparecían en los cánones antiguos. Atón le responde que las mujeres también recibían los ministerios ad adjumentum virorum, y cita la carta de san Pablo a los Romanos, donde puede leerse: ‘Os recomiendo a Febe, nuestra hermana y diaconisa en la Iglesia de Cencreas’. Fue el concilio de Laodicea, celebrado durante la segunda mitad del siglo IV, sigue diciendo en su contestación el obispo Aton, el que prohibió la ordenación sacerdotal de las mujeres. Por lo que se refiere al término presbytera, reconoce que en la Iglesia antigua también podía designar a la esposa del presbítero, pero él prefiere el significado de sacerdotisa ordenada que ejercía funciones de dirección, de enseñanza y de culto en la comunidad cristiana.

En contra de conceder la palabra a las mujeres se manifestaba el papa Honorio III (1216-1227) en una carta a los obispos de Burgos y Valencia, en la que les pedía que prohibieran hablar a las abadesas desde el púlpito, práctica habitual entonces. Éstas son sus palabras: ‘Las mujeres no deben hablar porque sus labios llevan el estigma de Eva, cuyas palabras han sellado el destino del hombre’.

Estos y otros muchos testimonios que podría aportar son rechazados por el magisterio papal y episcopal y por la teología de él dependiente, alegando que carecen de rigor científico. Pero ¿quién es la teología y quiénes son el papa, los cardenales y los obispos para juzgar sobre el valor de las investigaciones históricas? La verdadera razón de su rechazo son los planteamientos patriarcales en que están instalados. El reconocimiento de la autenticidad de esos testimonios les llevaría a revisar sus concepciones androcéntricas y a abandonar sus prácticas misóginas. Y a eso no parecen estar dispuestos. Prefieren ejercer el poder autoritariamente y en solitario encerrados en la torre de su ‘patriarquía’, a ejercerlo democráticamente y compartirlo con las mujeres creyentes, que hoy son mayoría en la Iglesia católica y, sin embargo, carecen de presencia en sus órganos directivos y se ven condenadas a la invisibilidad y al silencio.

Juan José Tamayo-Acosta es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de la Religión en la Universidad Carlos III de Madrid.

 

http://elpais.com/diario/2002/07/10/opinion/1026252008_850215.html

LO ULTIMO DEL PAPA FRANCISCO SOBRE LA MUJER


Maureen Fiedler  |  noviembre 27, 2013NCR Hoy
Me gusta mucho el Papa Francisco de todas maneras. Parece agradable, amable, verdaderamente humano, un hombre que experimenta la vida con alegría. Me encanta su estilo de vida más simple, su énfasis en los pobres del mundo y su predicación de la justicia social y la paz como pilares del mensaje del Evangelio.

Pero cuando se trata de mujeres , me dan ganas de llorar. Él simplemente no parece entenderlo.Él trata de ser agradable, para que sean complementarios y comprensión. Pero en casi cada frase, parece pensar de la mujer como una especie diferente de humano.

Su último documento, Evangelii Gaudium , no es la excepción. Él habla de la mujer «la sensibilidad, la intuición y otros distintivos conjuntos de habilidades que ellas, más que los hombres, tienden a poseer. » Menciona «la especial preocupación que las mujeres muestran a los demás, que encuentra una especial, aunque no exclusiva, de la expresión en la maternidad.» En otra sentencia, habla sobre el «genio femenino». Las mujeres pueden ser socializados en muchas de estas funciones y cualidades, pero que no tienen un rincón en ellos. He conocido a un montón de hombres que son sensibles, intuitivos y muestran una especial preocupación por los demás.Francisco mismo demuestra muchas de esas cualidades.

Pero hay muchas cualidades mujeres y los hombres comparten también que él no menciona: la inteligencia, habilidades de organización, habilidades de liderazgo , habilidad política, destreza física. Estos atributos son tanto de las mujeres como lo son los de los hombres.

Pero las palabras de Francisco se leen como si él piensa que las mujeres son de alguna manera una especie diferente. Son las criaturas con cualidades «blandas», no las cualidades estereotipada atribuidas a varones.

El verdadero problema es que estos sentimientos, junto con alguna extraña teología, parecen ser la base de su rechazo de cualquier discusión sobre la ordenación de mujeres. Sobre este punto, dice, «La reserva del sacerdocio a los varones, como signo de Cristo Esposo que da a sí mismo en la Eucaristía, no es una cuestión abierta a la discusión.»

Esto parece ser una nueva forma de decir que debido a que Jesús era un hombre, el sacerdote debe ser hombre. Ese argumento ha sido respondida tantas veces, parece redundante decirlo. Sin embargo, «la imagen de Jesús» no es una cuestión de género. Para hacer que la masculinidad de Jesús un elemento de control en él proyección de imagen es confundir a la masculinidad de Jesús, que es incidental, con su humanidad, que es fundamental para su papel redentor. Y las imágenes conyugal es sólo eso: las imágenes. Por otra parte, decir que sólo los machos de la imagen puede la masculinidad sacraliza Jesús.

El Papa Francisco tiene un punto digno de mención en una cosa: El sacerdocio es para el servicio, no por el poder. Con demasiada frecuencia, estos se enredan y confunden.

Pero eso no borra su visión anticuada de la mujer, ni reformar su teología del sacerdocio. Hasta que eso ocurra, muchas de sus otras metas valiosas – sobre todo atraer a los jóvenes a la iglesia – se mantendrá fuera de su alcance.

 

 

http://ncronline.org/blogs/ncr-today/latest-pope-francis-women

El significado de la ordenación y cómo las mujeres fueron gradualmente excluidas


marzo 9, 20130

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Publicado en National Catholic Reporter (NCR). Traducido por Priscila.

Artículo original: http://ncronline.org/news/women-religious/meaning-ordination-and-how-women-were-gradually-excluded

 

Nota delEditor: Tras el editorial “Corregir una injusticia: ordenar a las mujeres” (NCR, Dic 7-20), numerosos lectores solicitaron mayorinformación sobre algunas de las cuestiones que se derivaban de dicho editorial. Éste es el segundo de una serie de artículos que buscan cubrir dichas cuestiones. El primer artículo (NCR, enero 4-17) reflejó la historia de las mujeres en puestos dirigentes en el desarrollo de la iglesia primitiva hasta el s.V.(traducción al español en este mismo blog). Este artículo comienza en dicho s.V.

Las dos cuestiones más relevantes a tratar acerca del desarrollo de los puestos dirigentes en la iglesia en el período del s.V al XIII son las siguientes. En primer lugar, la definición de “ordenación” cambió radicalmente durante el s.XII. En segundo lugar, las mujeres fueron consideradas candidatas a la ordenación hasta el s.XIII. Dicho esto, es importante comprender qué significó la ordenación entre los siglos V-XII. Sólo entonces se puede entender qué significó ordenar a las mujeres en ese período.

Durante el primer milenio del Cristianismo, la ordenación significó la elección y dedicación de una persona para realizar una determinada función en la comunidad cristiana. No sólo obispos, sacerdotes, diáconos y subdiáconos, sino también guardas, lectores, exorcistas, acólitos, canónigos, abades, abadesas, reyes, reinas y emperatrices eran considerados igualmente ordenados. Es perfectamente comprensible: una ordo (orden) era un grupo en la iglesia (o en la sociedad) que tenía un particular trabajo o vocación. De hecho, cualquier trabajo o vocación era denominado una “orden”, y el proceso por el cual uno era elegido y designado para tal vocación era una “ordenación”.

Citando al Cardenal Yves Congar, teólogo dominico francés, que murió a los 91 años en 1995, “la ordenación incluía al mismo tiempo elección como punto de partida y consagración como final. Pero en lugar de significar, como sucedió desde comienzos del s.XII, la ceremonia en la cual un individuo recibe un poder que jamás puede perder, las palabras ordinareordinariordinatio significaban el hecho de ser designado y consagrado a ocupar un cierto lugar, mejor una determinada función, ordo, en la comunidad y para su servicio”. La ordenación no daba a la persona, por ejemplo, el irrevocable poder de consagrar el pan y el vino, o de dirigir la liturgia, sino que una comunidad en particular encargaba a una persona ocupar un puesto dirigente en esa comunidad (y sólo en esa comunidad) y él/ella dirigía la liturgia debido al puesto dirigente que ocupaba en la comunidad. Por tanto, se esperaba que cualquier líder de la comunidad dirigiera la liturgia.

Tal y como la cita de Congar indica, sólo en los s.XII y XIII teólogos y canonistas concibieron, después de largos debates, otra definición de ordenación. De acuerdo a esta definición – y es la definición con la que estamos más familiarizados hoy- la ordenación garantiza al receptor no una posición en una comunidad, sino un poder que esta persona puede ejercer en cualquier comunidad. El poder central que la ordenación garantiza es el poder de consagrar el pan y el vino en el altar, y así, con el tiempo, la ordenación fue considerada sólo para aquellas órdenes que servían en el altar, esto es, las órdenes del sacerdocio, diaconado y subdiaconado. Todo el resto de órdenes previas dejaron de ser consideradas órdenes.

Como parte de esta redefinición, las mujeres fueron excluidas de todas las órdenes incluidas el sacerdocio, el diaconado y subdiaconado. De hecho, se comenzó a enseñar y a creer, como todavía así se hace, que las mujeres nunca realizaron estas funciones ahora reducidas a las tres órdenes. Bajo la antigua definición de orden, sin embargo, las mujeres ocuparon diferentes puestos litúrgicos y administrativos ahora sólo reservados a sacerdotes, diáconos y obispos. La evidencia desde los siglos IV al XI indica que algunas mujeres dirigieron liturgias con la aprobación de al menos algunos obispos. El mejor ejemplo superviviente de esto es un memorial en piedra datado entre los siglos IV-VI encontrado cerca de Poitiers, Francia; conmemora a “Martia la sacerdote [presbytera] haciendo el ofertorio junto a Olibrio y Nepos”. Los investigadores que han estudiado el memorial están de acuerdo en que la inscripción se refiere a Martia como ministro, quien celebra la Eucaristía junto a dos hombres, Olibrio y Nepos. Que esta práctica continuó es testimoniado en la carta del Papa Gelasio I del 494 que aconseja a los obispos que confirmaban a las mujeres a servir en el altar. El Concilio de París del 829 deja extremadamente claro que eran los obispos los que permitían a las mujeres ejercer el ministerio en el altar. Las mujeres ciertamente distribuían la Comunión en los siglos X, XI y quizás XII. Textos de estos servicios existen en dos manuscritos del período.
Todo esto cambió completamente en un período de cien años entre finales del s.XI y comienzos del s.XIII. Debido a diferentes razones culturales, las mujeres fueron gradualmente excluidas de la ordenación. Primero, muchos puestos en la iglesia dejaron de ser considerados “ordenados”, los más importantes: abades y abadesas. Mujeres poderosas en sus órdenes religiosas pasaron de ser ordenadas a la laicidad. Segundo, los legisladores canónicos y después los teólogos, comenzaron a debatir si la mujer podría alguna vez ser ordenada al sacerdocio o diaconado. Algunos canonistas argumentaron que, por ejemplo, las mujeres habían sido en algún momento ordenadas al diaconado, pero ahora ya no lo eran. A finales del s.XII, los argumentos que se fueron sucediendo decían que las mujeres “realmente” nunca habían sido ordenadas, a pesar de las referencias de lo contrario en el derecho canónico. Finalmente, hacia comienzos del s.XIII, los canonistas y teólogos argumentaron que las mujeres nunca habían sido y nunca podrían ser ordenadas debido a que eran física, mental y espiritualmente inferiores al hombre. Un teólogo franciscano, Duns Scoto (1266-1308) adoptó una perspectiva distinta: las mujeres son iguales a los hombres en todo, pero como Jesús nunca ordenó a mujeres, la iglesia no puede hacerlo. Ésta es, por supuesto, la posición actual del Magisterio.

Poco ha cambiado, pues, en la teología de la ordenación desde el s.XIII, cuando la estuctura eclesiástica que hoy conocemos fue establecida por primera vez. La enseñanza oficial sobre la ordenación de las mujeres se data unos cien años después.
PARA LEER MÁS

The Hidden History of Women’s Ordination by Gary Macy (Oxford University Press, 2008)

Women Deacons: Past, Present and Future by Gary Macy, William Ditewig and Phyllis Zagano (Paulist Press, 2011)

Holy Saturday by Phyllis Zagano (Herder and Herder, 2000)

Previous: Early women leaders: from heads of house churches to presbyters

Next: What is the magisterium?

[Gary Macy is the John Nobili, SJ, Professor of Theology and chair of the Religious Studies Department of Santa Clara University, Santa Clara, Calif.]

 

http://mujeresacerdotesenlaiglesia.wordpress.com/2013/03/09/el-significado-de-la-ordenacion-y-como-las-mujeres-fueron-gradualmente-excluidas/

Controversial arribo de embajador homosexual a República Dominicana


28 de noviembre, 2013 19:34 – Internacional 0

Algunos miembros de la Iglesia Católica dominicana calificaron el hecho como «una falta de respeto» y «una burla de los Estados Unidos». 

El nuevo representante de Estados Unidos en República Dominicana, James Brewster,  llegó al país acompañado por su esposo, lo cual incendió las alarmas en el sector más conservador del país donde de inmediato manisfestaron su descontento .

Brewster es un empresario y activista por los derechos homosexuales y además ejerció un importante papel en la recolección de fondos en la última campaña electoral del presidente Obama.

«El sr. Brwester viene aquí como embajador, no como activista para la comunidad gay» indicó el Jefe de finanzas de la embajada de Estados Unidos, Daniel Foote.

Aún así, el rechazo al embajador se mantiene y la máxima autoridad dominicana señaló que EE UU quiere implementar el matrimonio gay en el país. De todos modos, la comunidad homosexual del país caribeño aseguró el apoyo al político.

 

 

http://cnnchile.com/noticia/2013/11/28/controversial-arribo-de-embajador-homosexual-a-republica-dominicana-

40.000 mujeres asesinadas en Brasil


Los feminicidios en Brasil alcanzan cifras comparables con una guerra civil. En los últimos 10 años fueron asesinadas en este país 40.000 mujeres “simplemente por ser mujeres”, denuncian activistas que abanderan la lucha contra la violencia de género.

28.11.2013 ·  · Fabíola Ortiz (Río de Janeiro)

Una madre de una joven asesinada en Pernambuco, cuando estaba embarazada, reivindica en una protesta el derecho de las brasileñas a vivir libres de violencia. (Emanuela Castro/IPS)

Cada año, entre el 25 de este mes y el 10 de diciembre, la comunidad internacional y las organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres impulsan 16 Días de Activismo contra la Violencia hacia las Mujeres.

Las dos semanas de lucha fueron una iniciativa del Centro para el Liderazgo Global de las Mujeres, que en 1991 pidió dedicar a este problema el intervalo entre el Día Mundial de la Lucha contra la Violencia hacia la Mujer y el Día Mundial de los Derechos Humanos.

Este año, en Brasil las jornadas adquieren mayor relevancia porque el 3 y 4 de diciembre se realizará en la sureña ciudad de Porto Alegre un encuentro para elaborar el Informe Alternativo de la Sociedad Civil para presentar ante el Comité de la Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw), que se reunirá en febrero en Ginebra.

El llamado “informe sombra” está destinado a apoyar el análisis del Comité de la Cedaw sobre las acciones del gobierno brasileño para enfrentar la trata y mejorar la salud de las mujeres.

“Estos días de activismo dan mayor visibilidad a las agendas de los derechos de género. La violencia contra las mujeres salió de debajo de la mesa, y la sociedad asume que es una realidad y no una invención”, dijo la coordinadora en Brasil del Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer (Cladem), Ingrid Leão.

Un estudio realizado por el Instituto Avante Brasil arrojó como resultado que entre 2001 y 2010 fueron asesinadas 40.000 mujeres. Solo en 2010 hubo un feminicidio cada una hora, 57 minutos y 43 segundos, lo que se tradujo en que ese año se cometieran 4,5 homicidios por cada 100.000 mujeres.

Para este año, la proyección en Brasil es de 4.717 feminicidios.

Se la conoce como la Ley Maria da Penha, en reconocimiento a esta farmacéutica maltratada por su marido, quien en 1983 intentó asesinarla dos veces, la primera con disparos que le causaron una paraplejia irreversible.

Con apoyo de Cladem, Penha interpuso una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que funciona en el marco de la Organización de Estados Americanos. Fue el primer caso de violencia de género tratado por esta instancia y concluyó en 2001 con el Estado brasileño responsabilizado de negligencia.

Además de la Cedaw, adoptada en 1979 por los miembros de la Organización de las Naciones Unidas, el país también suscribió en 1994 la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, conocida como la Convención de Belém do Pará, aprobada en esa ciudad amazónica brasileña.

“¿Cómo podemos convivir todavía con ese nivel de violencia contra las mujeres, pese a casi 40 años de denuncias?”, se preguntó la especialista Télia Negrão, de la Red Nacional Feminista de Salud, Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos.

A su juico, no es posible establecer un perfil de las mujeres maltratadas, porque el problema involucra a  todas las clases sociales, razas y edades. “Todas las mujeres, solo por su condición de género, son vulnerables y son objeto de violencia”, explicó.

Pero Negrão, también coordinadora del Colectivo Femenino Plural, destacó que el grado de vulnerabilidad aumenta cuando se suma la desigualdad social, la pobreza, la baja escolaridad, las menores oportunidades laborales, los bajos ingresos y la residencia  en zonas con elevada violencia.

“Esas mujeres tienen pocos instrumentos sociales a los que recurrir. Sin algún grado de autonomía, a la mujer le es más difícil salir de su situación de violencia”, admitió.

En agosto de 2013, la presidenta Dilma Rousseff sancionó una ley que penaliza la violencia sexual. La norma obliga a todos los centros de salud a atender a las víctimas y brindarles tratamiento contra las enfermedades de transmisión sexual y el virus de inmunodeficiencia humana.

También debe proveerse a las víctimas de la píldora anticonceptiva de emergencia y, en casos de embarazo, las víctimas tienen derecho a que se les realice un aborto.

“La ciudadanía es la realización de los derechos humanos. Logramos mucho, pero todavía es poco”, argumentó Negrão, quien desde 1985 participa en el monitoreo del cumplimiento brasileño de las convenciones internacionales.

En el informe sombra para la Cedaw, “incluiremos hechos concretos (de discriminación) que el Estado brasileño no va a incorporar, porque a ningún gobierno le interesa exponerse en el plano internacional”, comentó Negrão.

En su reunión de 2012, el Comité de la Cedaw hizo hincapié en dos puntos: la trata  de mujeres, para la que demandó medidas concretas, y la necesidad de una legislación unificada en cuanto a la salud de las mujeres.

En un balance divulgado a comienzos de octubre, la Secretaría de Políticas para las Mujeres de la Presidencia destacó que las denuncias de trata aumentaron en 1.547 por ciento durante el primer semestre del año, en comparación con el mismo periodo de 2012.

Entre enero y junio la línea 180 de atención a las víctimas recibió 263 denuncias, de las cuales 173 se refirieron a casos internacionales y el resto a locales. En 34 por ciento de ellos, había riesgo de muerte para la víctima.

“La velocidad de las medidas relacionadas con la trata son muy lentas y las respuestas también. No tenemos actualmente capacidad de medir la magnitud del problema”, denunció Negrão.

Estela Scandola, quien integra el Comité Nacional de Lucha contra la Trata de Personas como representante de la sociedad civil, dijo a IPS que el país no ha conseguido poner en práctica una política de Estado para enfrentar este delito.

“Contamos con una política del gobierno mediante un decreto. Necesitamos la presión externa. La trata de personas es en sí misma una denuncia sobre las fallas del proceso de desarrollo de un país”, afirmó.

A su juicio, la sociedad civil tiene el papel de “denunciar esas fracturas” del Estado brasileño en la instrumentación de políticas apropiadas contra el delito.

“La impresión es que hay lentitud para que las cosas pasen. La burocracia no tiene fin”, criticó al referirse a la demora en la implementación del Segundo Plan Nacional de Lucha contra la Trata de Personas y de la propia creación del Comité Nacional para atender el problema, estancada por falta de fondos.

Scandola adelantó que el informe que la sociedad civil presentará ante el Comité de la Cedaw señalará la ausencia de una política adecuada.

A su juicio, las autoridades tienen cómo anticiparse y prevenir la trata allá donde haya mayores posibilidades de que el delito se propague, como en las grandes obras de infraestructura que se desarrollan en el país y que atraen a grandes contingentes de trabajadores.

http://periodismohumano.com/mujer/40-000-mujeres-asesinadas-en-brasil.html

Bolivia lidera lucha contra desigualdad de género en Latinoamérica


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Actualizado:
28/11/2013 18:51 GMT
El Foro Mundial de las Mujeres Parlamentarias ha reconocido este jueves a Bolivia como el país latinoamericano que mejor lucha contra la desigualdad de género en la región.
El reconocimiento ha sido recibido por la presidenta del Senado de Bolivia, Lilly Gabriela Montaño, durante la reunión de la cumbre anual del Foro Mundial de las Mujeres Parlamentarias en Bruselas, capital austriaca.

Según los datos aportados por el Foro Económico Mundial (FEM), en los últimos siete años el país andino ha mejorado de forma constante en materia de reducción de la brecha de género, ya que esta diferencia se redujo un 73 % en 2013 frente al 63 % que lo hizo en 2006.

Además, los mayores avances que han logrado las mujeres bolivianas desde 2006 han sido en materia de salud, donde la brecha se ha reducido en un 97 por ciento; seguido de la educación (96 %), participación económica (63 %) y política (37 %), aunque a nivel global este último es el mejor posicionado, ocupando el puesto número 20.

«En Bolivia están cambiando muchas cosas de manera irreversible, y una de ellas es la participación de la mujer», ha explicado Montaño tras recibir el premio.

Por otra parte, el miembro del partido Movimiento al Socialismo, al dedicar el galardón al presidente boliviano, ha destacado que Evo Morales es «el hombre que ha hecho posible esta realidad a las mujeres de todo el país».

De acuerdo con el índice que elabora el Foro Económico Mundial, Bolivia se encuentra en el puesto número 30 de 135 países en materia de reducción de la brecha de género.

oma/rh/nal

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“La Iglesia ha humillado históricamente a la mujer”


El profesor y filósofo Jexusmari Mujika analiza las posibilidades y condiciones para que la Iglesia Católica se adapte a los avancesideológicos que ha conseguido la sociedad a pesar de que “respecto a la igualdad, la realidad es todavía sangrante”.

Participa en Donostia junto a especialistas mundiales en unas jornadas que abordan los retos de los derechos sexuales y reproductivos frente a los fundamentalismos.

“El sexo es un método de control impresionante del que se ha servido la Iglesia” para imponer un modelo de sociedad.

Patricia Burgo Muñoz 

28/11/2013 – 18:50h

Jexusmari Mujika se define como hijo de viuda, perdió a su padre cuando tenía cinco años, y confiesa que siempre le ha “dolido mucho la posición que tradicionalmente ha ocupado la Iglesia católica” por la que se subordina sistemáticamente a la mujer. Por eso aceptó participar en las jornadas organizadas por Medicus Mundi Gipuzkoa en las que destacados especialistas mundiales abordan los retos de los derechos sexuales y reproductivos frente a los fundamentalismos.

El profesor y filósofo guipuzcoano ha afrontado su ponencia consciente de las dificultades que supone que el catolicismo avance al ritmo de la sociedad, pero propone una charla “posibilista” que ahonde en las condiciones y posibilidades de que la iglesia oficial cambie de actitud. Porque para Mujika, la Iglesia es una “fuerza retrógrada que en vez de apoyar la lucha por la igualdad la entorpece” y se olvida de que a través de su mensaje “Jesús de Nazareth fue un revolucionario que trataba por igual a hombres y mujeres”.

Según defiende el intelectual, este cambio de actitud pasa por una serie de premisas: la primera es “considerar a la mujer como una persona mayor de edad que tiene capacidad y derecho a decidir su propio proyecto de vida”. Cambiar el concepto de tradición, hacer una relectura de la biblia de una forma no masculinizada, y hacer una revisión crítica de la historia de la Iglesia, son otros delos pasos que debe dar la institución eclesiástica según explica Mujika.

“La Iglesia tiene que estar más dispuesta a buscar la verdad que a proclamarla”, afirma Mujika, y para ello considera necesario “una apertura valiente, coherente y comprometida con la dignidad y el sufrimiento” porque “una religión moral y dogmática es exclusiva del pasado”, ha afirmado. En este sentido alaba la labor del nuevo pontífice, “yo creo que el Papa está dando pasos hacia los derechos de la mujer, a ver si le dejan continuar” apunta, e incluso va más allá, “no les va a quedar más remedio que aceptar el sacerdocio femenino, y si no la Iglesia se va a convertir en una secta insignificante” ha apostillado.

Pero a su juicio, la labor de la sociedad en este camino es también fundamental. “Hay que fomentar el espíritu crítico” pide Mujika, porque “el problema de la mujer atañe también al hombre, sé que va a costar mucho, pero nos tenemos que acostumbrar a tratar a la mujer de tú a tú en todos los campos”, y a este respecto reivindica “tener personalidad es mucho más difícil que no tenerla”.

Sexualidad, derecho reproductivo y aborto

“El sexo es un método de control impresionante” del que se ha servido la Iglesia para fomentar un modelo de sociedad único, según afirma el profesor, “no puede haber un solo tipo de matrimonio o de familia válido, en el que curiosamente la mujer ocupa un lugar muy determinado, el del cuidado y el cariño”. En este sentido considera que “el feminismo tiene que ser un paso hacia la racionalidad, porque el machismo nunca puede ser racional”. Respecto al aborto, Mujika reivindica la “autonomía y la responsabilidad de la mujer”.

Reconoce que no es “un método deseable”, pero hay que “trabajar para prevenir, no para castigar”, y en ningún caso “es la Iglesia la encargada de establecer una normativa, sino la sociedad”. En este sentido ha añadido “la ética no se puede expresar de espaldas a los avances ideológicos”.

 

 

http://www.eldiario.es/norte/euskadi/Iglesia-humillado-historicamente-mujer_0_201580535.html

¿Mujeres Sacerdotes en la Antigüedad?: Ma. JOSE ARANA


1. Orientación del problema

Es comúnmente admitido el hecho de que nunca han existido mujeres ordenadas en la Iglesia Católica, y que éste ha sido y es uno de los argumentos más poderosos para negar el acceso de las mujeres a las órdenes sagradas. Leemos en la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Inter Insignores: «Jamás la Iglesia Católica ha admitido que las mujeres pudieran recibir la ordenación presbiteral o episcopal. Algunas sectas heréticas de los primeros siglos, sobre todo gnósticas, quisieron hacer ejercer el ministerio sacerdotal a mujeres. Esta innovación…» (I. I. 1).

Pero habría que aceptar también el hecho de que durante mucho tiempo se ha venido ignorando a las mujeres diáconos o diaconisas o/y minimizando el alcance de su ordenación. Normalmente se les concedía la posibilidad de haber recibido «una bendición» y se trataba de evitar en ella cualquier referencia a una verdadera ordenación (1). Porque incluso se veía en ellas simplemente a la «mujer del diácono» o/y también a una «anciana» o «viuda», pero desde luego, despojándola de cualquier referencia que se pudiera relacionar con una posición verdaderamente «ordenada». Sin embargo, la investigación posterior está llevando no solamente a no dudar ya del carácter sacramental y estatus clerical de que gozaban las diaconisas, sino a considerarlo enormemente significativo e importante para la Iglesia de los primeros siglos. La documentación sobre ellas, especialmente en las Iglesias Orientales, es enormemente amplia (2). Estamos ya convencidos/as de lo que algunos autores medievales afirmaban: «realmente creemos que las diáconas fueron ministras. Pues llamamos Diácono al Ministro del cual vemos claramente que se deriva diácona» (Atto). O como dice Abelardo utilizando casi las mismas palabras: «las cuales también consta que están unidas por el nombre, estando claro que llamamos tanto diaconisas como diáconos» (Ep. VIII). Sin embargo, contemporáneos a estos autores, como por ejemplo Graciano, ya hemos visto que negaban a las mujeres también esta posibilidad: «Sin embargo las mujeres no sólo no podrían ser conducidas al sacerdocio, sino que tampoco al diaconado» (3). Y esta opinión ha dominado la práctica y los razonamientos en nuestra Iglesia, por mucho que en los comienzos del cristianismo no fuera así.

No menos ignorada, en su faceta clerical, ha sido la «viuda», «ordenada después de ser elegida» como se lee en el Testamento de Nuestro Señor Jesucristo. Las funciones de las viudas, en algunos lugares, especialmente en Oriente, eran muy similares a las de las diaconisas; en todo caso, las viudas eran también ordenadas, elegidas, y ostentaban un rango en la jerarquía eclesial. Pero la historia se ha encargado de olvidar y minimizar el alcance e importancia de ambas.

En mi opinión, algo muy semejante podría ocurrir con el término «presbítera», (e incluso con «epíscopas») traducido generalmente como «mujer del presbítero», «anciana» y también «diaconisa». Un ejemplo claro de esta utilización lo encontramos en Santo Tomás: «Presbitera autem dicitur viuda, quia presbitero idem est quod senior» (4); para este autor «presbitera» y «viuda» son sinónimos. Y por ejemplo ¿quién no conoce las dificultades de los traductores a la hora de identificar a la famosa Febe? ¿Qué contenido real tenía el término «presbítero/a»?; ¿podríamos llevarnos sorpresas en este sentido?

Creo que sí, y así lo manifiesta Giorgino de Otranto, que es absolutamente original en este sentido (5). Utiliza documentos que, aunque no han sido desconocidos para muchos estudiosos, sin embargo, han sido leídos en claves poco clarificadoras debido al peso de una especie de ceguera ancestral y, sobre todo, a la difícil tarea de pasar por encima de interpretaciones que iban en la línea del consenso ideológico y de una comprensión heredada. Además se han solido leer los textos antiguos referentes a las mujeres de Iglesia desde perspectivas de controversia contra las corrientes Montanistas, Gnósticas…, las cuales concedían a las mujeres una mayor significación y protagonismo, que la Iglesia oficial no aceptaba. De ahí que las prohibiciones eclesiásticas suelan interpretarse como una confrontación directa con estos movimientos «heterodoxos», sin lograr ver la posibilidad de que pudieran referirse también a situaciones producidas en el interior de la Iglesia misma.

Sin embargo, en Otranto se efectúa un cambio de horizonte que permite leer estos documentos en clave más directa y, a partir de ellos, llega a asomarnos a una realidad de enorme interés, sobre las mujeres en la Iglesia antigua.

Vayamos pues a leer directamente los textos, pero sin alejarnos demasiado del autor del artículo citado.

2. Algunos textos de particular relevancia

2.1. Atto de Vercelli

Ya finalizando el siglo X, un sacerdote llamado Ambrosio preguntó al obispo de Vercelli, Atto, sobre el significado de las palabras «presbítera» y «diácona» en los cánones antiguos, y el Obispo le responde haciendo una interesante y clara exposición de la comprensión y práctica antigua de estos términos.

Desde la palabra de Jesús «la mies es mucha y los obreros pocos», dice, podría entenderse que «para ayuda de los varones, también se ordenaba en la Iglesia a mujeres religiosas, tonsuradas» (6). En esta práctica, Atto no vería ninguna novedad, puesto que, según él, ya lo indicaba Pablo cuando hablaba de Febe «que está en el Ministerio de la Iglesia» (Rom. 16, 1), «de donde se entiende que entonces, no sólo los varones sino también las mujeres, presidían (estaban al frente de) las Iglesias, para gran utilidad». Esta práctica podría estar también relacionada con el hecho de que a menudo las mujeres que provenían del paganismo «habían estado formadas» en el ejercicio del ministerio en los cultos paganos. Atto ve el ocaso de estas auténticas ordenaciones en el Concilio de Laodicea, que en el capítulo 11 claramente prohibió la ordenación de las «Presbíteras» o «Presidentas» (7). También alude al Concilio de Calcedonia.

Seguidamente se refiere al significado de la palabra «Diaconisa»: «realmente creemos que las Diáconas fueron Ministras. Pues llamamos Diácono al Ministro del cual vemos claramente que se deriva Diácona…», y enumera sus funciones y características: No más joven de 40 años; formada debidamente para bautizar y enseñar «con palabras aptas y convenientes» a las mujeres y a los niños; de vida casta, etc. Y aquí establece una distinción importante: «Pues así como aquéllas que se llamaban Presbíteras habían recibido el oficio de predicar, de mandar o de enseñar, del mismo modo, sin duda, las Diaconisas habían recibido el oficio de servir o de bautizar…», «lo cual ahora ya se realiza lo menos posible». Curiosamente alude a funciones: «bautizar, mandar, enseñar…», que, como sabemos, estaban vedadas por los cánones a las mujeres en estas épocas y en las posteriores.

También añade que es verdad que se podría extender este Ministerio del bautismo a las viudas o a las monjas, cosa, según Atto, «que conviene mínimamente», o lo que es lo mismo, no conviene hacerlo así, pero, de todas formas, indica que «sean instruidas en su oficio». Previene la posible inexactitud al confundir los términos «abadesa» y «diácona» y aclara: «pero por Diácona no entendemos otra cosa que Ministra». Es decir, la Presbítera y la Diaconisa están muy próximas, como también lo estuvieron en la práctica de la Iglesia primitiva el Diácono y el Presbítero.

Por último alude al hecho de que «también podemos considerar presbíteras o diáconas a las que han estado unidas por unión conyugal a los presbíteros o a los diáconos antes de su ordenación», y es aquí donde el Obispo de Vercelli, celoso promotor de la reforma de la vida y costumbres del clero, se extiende largamente sobre la integridad de vida, celibato, etc., que debería exigirse a los varones de Iglesia, cuestión que es también de mucho interés pero que ya no está referida tan directamente a nuestro estudio. Es decir, hace alusión al significado de esposas de los «presbíteros», pero de ninguna manera lo absolutiza.

Éste es el contenido sustancial de la Epístola VIII de Atto en lo que a las «presbíteras» y «diaconisas» se refiere.

2.2. El decreto del Papa Gelasio

Pero el texto al que Otranto se refiere como fundamental para confirmar la existencia de mujeres «presbíteras», es el conocido Decreto del Papa Gelasio. El año 494 este Papa envió un documento muy interesante «a todos los obispos establecidos en Lucania, Bruttium (Calabria) y Sicilia sobre cuestiones de particular importancia para la Iglesia en general y estas regiones en particular».

Entre los decretos hay cuatro referidos a las mujeres en la Iglesia; uno a propósito de «la consagración de vírgenes», dos sobre «la prohibición de velar a las viudas» y otro, el de mayor interés para nuestro tema, sobre los problemas referentes a la ordenación de las mujeres (8). En él denuncia con dureza la existencia de «presbíteras», en ejercicio activo, en estas regiones del sur de Italia.

Se dice textualmente: «Hemos sabido con impaciencia que es tal el desprecio en que han caído las cosas divinas, que hasta se afirma que las mujeres ministran en los sagrados altares, y practican todas las cosas que fueron encargadas a los varones y que no corresponden a su sexo. Hemos probado que el castigo de todos estos delitos, que hemos tocado uno por uno, debe imponerse a aquellos sacerdotes que hacen semejantes cosas, o dan a entender que favorecen a quienes se permiten estos excesos, no publicándolos…» (9).

Después de un detallado análisis de las expresiones: «sacris altaribus ministrare» y «ut feminae sacris altaribus ministrare firmentur», Giorgino de Otranto llega a la conclusión de que hay que ver en ellas la clara referencia al servicio litúrgico y presbiteral, y en la expresión «servicio eclesiástico», un sinónimo de «ministerio clerical». Sale al paso de interpretaciones más débiles e indecisas de otros autores (l0), y concluye diciendo: «Por lo tanto, yo sostengo que Gelasio, en esta definición, tiene la intención de estigmatizar y condenar no sólo el ejercicio litúrgico femenino sino el abuso que le paració a él mucho más serio y es que verdaderas y aptas Presbíteras estaban realizando todas las tareas reservadas exclusivamente a los varones» (11).

La gravedad del caso estaba, según Gelasio, sobre todo, en el hecho de que los mismos Obispos estaban implicados en esta cuestión, bien por las reales ordenaciones que realizaban, bien por su silencio y omisión respecto al caso, lo que a los ojos del Pontífice no sólo desprestigiaba la Iglesia, sino que era «una gran ruina», «hieren mortalmente a todas las Iglesias» y «los que se han atrevido a hacer esto, y lo mismo los que sabiéndolo lo han callado, perderán su propio honor, si no se dan toda la prisa posible a sanar las heridas mortales con la adecuada medicina» (12).

Es necesario constatar que este Papa, para condenar tales prácticas, no se basa en argumentos escriturísticos ni teológicos, sino solamente en la «regula cristiana», en la «regula eclesiástica», en los «cánones», y porque, además, «no corresponde a su sexo». Afirma pero no razona ni prueba sus afirmaciones.

Otra vez me apoyo en las palabras de Otranto: «Podemos inferir del análisis de esta epístola de Gelasio que, a finales del siglo V, algunas mujeres habían sido ordenadas por los obispos y estaban ejerciendo un ministerio verdadera y realmente sacerdotal en una vasta área del sur de Italia, como, quizá, en otras regiones de Italia no mencionadas» (l3).

3. ¿Sólo en el sur de Italia?

Este autor piensa que se desarrollaron los ministerios presbiterales femeninos precisamente en esta zona de Italia por el contacto que existía entre ésta y las regiones griega y bizantina, en donde parece que las mujeres diáconos habían cobrado mayor importancia y se habían equiparado con los clérigos varones. Además estos lugares estaban influenciados por los ambientes gnósticos y montanistas de Oriente y Asia menor, en donde se ordenaba a mujeres para funciones presbiterales e incluso episcopales durante el siglo II, prácticas que fueron condenadas por la Iglesia en diversas ocasiones (l4).

En mi opinión, y sin excluir los argumentos anteriores, sin embargo, no sería extraño el hecho de que la práctica de estas ordenaciones de mujeres en las zonas citadas fuera además, simplemente, un «resto» tardío y casi anacrónico de una práctica mucho más generalizada en épocas anteriores que se hubiera mantenido en estas regiones por diversas causas, por ejemplo por una cierta tendencia a conservar tradiciones o por una desigual manera de evolucionar la legislación y la práctica en las distintas comunidades cristianas. ¿Por qué lo interpreto así? En primer lugar porque creo que éste no fue el único caso en la historia en el que se desarrollaron desigualmente, en espacio y tiempo, prácticas reales respecto a las mujeres eclesiásticas y otras cuestiones.

Un claro ejemplo lo vería en el País Vasco, en el que ya bien avanzado el siglo XVI, las seroras, sororas o freilas ejercían unas funciones y reflejaban un estatus socio-religioso que verdaderamente parecen restos de las antiguas diaconisas (l5); es decir, se vería en estas mujeres eclesiásticas a unas sucesoras directas de las diaconisas que, si bien ya muy «deterioradas», sin embargo poseían unas características difíciles de hallar en otros lugares en esta misma época. Estas mujeres entraban a formar parte de una especie de ministerio eclesial que les comprometía de manera estable; «entrar serora es como tomar estado» y lo hacían «para vivir y morir en la misma ermita (hospital o iglesia)». Existía un nombramiento civil corroborado por el eclesiástico. Pagaban dote de entrada… Según J. A. Lizarralde, «aunque nunca fueron sacerdotisas, gozaban de algún modo del fuero eclesiástico» (16).

Se les exigía condiciones de edad (40 años) y comportamiento intachable, como a las antiguas diaconisas, se les entregaban las llaves que, junto con el tañido de la campana y el encendido público de la lámpara, formaban parte de la ceremonia de toma de posesión. Tenían un amplio protagonismo y en los actos funerarios, bautizos, mantenimiento de la Iglesia, tocaban los vasos y ornamentos sagrados, subían al altar, se ocupaban de niños, enfermos, etc. Eran responsables del séquito de las mujeres y encabezaban el cortejo fúnebre, cantaban «endechas» y gozaban de gran protagonismo en múltiples cuestiones de los ritos funerarios y otros muchos aspectos litúrgicos e incluso sociales, porque además gozaban de tal reputación y prestigio social que se les permitía intervenir en asuntos públicos y privados de forma inusitada para las mujeres laicas (17). Ya a finales del siglo XVI el Obispo Manso mandó al cabildo de justicia que fueran echadas las freilas de las ermitas (18), y así los demás visitadores y obispos. No podemos extendernos en el desarrollo de este triste proceso de extinción de las seroras. Simplemente constataremos que, de una forma u otra, la legislación se fue implantando de esta forma: «Las seroras no toquen cossas sagradas ni pongan los altares. Otrosí atento que por los Sagrados Cánones está prohibido que las mujeres toquen los corporales y aras y sagrados vassos y aun que no lleguen a los altares en cuya compostura y adorno estando por su quenta hemos hallado osada a tratar ni tocar las cossas sobredichas y solo pueden labar la ropa blanca como y quando les es permitido barrer la Yglesia; y adereçar las lamparas y el adereçar los altares corresponde al sacristán…» (19).

A pesar de las quejas y resistencias por parte de las autoridades civiles y de la gente, las seroras o freiras fueron o bien suprimidas o bien puestas como «barrenderas o servidoras»; total, que la institución secular de las seroras o freiras en estos siglos quedó profundamente afectada. Es decir, en este País, por causas que nos alargaría mucho explicar aquí, las mujeres eclesiásticas evolucionaron más lentamente y habían conservado atribuciones, roles y formas que nos hablan de «residuos» de realidades anteriores. Incluso los documentos, cánones y legislaciones que tratan de eliminarlas en esta época recuerdan enormemente a los que dirigió la Iglesia a sus antecesoras en los momentos de su desaparición en los siglos que nos están ocupando actualmente (20).

Así pues, no parece nada extraño, en el caso de las «mujeres presbíteras» y de otras mujeres eclesiásticas, el hecho de que las normativas eclesiales no llegaran al unísono ni se impusieran con la misma eficacia en todos los rincones de la Iglesia; ni tampoco sería difícil que existieran zonas que, bien por su apego a las costumbres anteriores, bien por un cierto retraso socio-económico ycultural u otras causas, evolucionaran y aplicaran la legislación de diversa manera.

4. Otros rastros de mujeres presbíteras

Pero además, esto se ve apoyado también por otros factores y testimonios. En primer lugar, los documentos que hemos leído no son los únicos que nos desvelan la presencia de estas mujeres. E1 ya citado Otranto aporta otros textos escritos y lapidarios en los que «muestra la existencia de las mujeres cristianas sacerdotes» (21). Nombra a dos mujeres «presbíteras», también localizadas en Brutium y Salona de Dalmacia, durante los siglos V y VI, en cuya tumba, levantada por sus maridos no presbíteros, se lee que fueron verdaderas «presbíteras». Por ejemplo: «la presbítera Leta que vivió en los años…», y cuyo marido fue el que ordenó construir la tumba; otro monumento funerario es la de la «presbítera y santa matrona Flavia Vitela», que ejercía, según la inscripción de su tumba, trabajos que estaban reservados de hecho y derecho únicamente a los presbíteros, como lo era la yenta de oro líquido; la inscripción encontrada en Poitiers sobre «Martia presbítera…» (22).

Muy expresiva es la figura de Bitalia, recientemente reconocida e interpretada por mujeres de la WOC (23). Es una mujer que aparece pintada en un nicho «arcosolium» de la Catacumba de San Genaro de Nápoles. Ostenta vestiduras rojas, sostiene la Palabra de Dios y está en actitud celebrante ante una especie de altar. La pintura podría datar del siglo V; debió de ser una de las que tan poco gustaban al Papa Gelasio. Una inscripción funeraria la identifica: «Bitilia descansa en paz». Es un documento gráfico muy significativo de la presencia de mujeres presbíteras en el Sur de Italia. En la misma Catacumba existe otra pintura interesante: tres mujeres de aspecto alegórico están construyendo simbólicamente la iglesia con ladrillos y masa. Nada menos que en la Biblioteca Vaticana han sido halladas unas imágenes que también muestran a mujeres que parecen ser sacerdotes y obispos y que datan de los primeros siglos (24).

Todos estos documentos lapidarios e iconográficos nos están hablando con enorme elocuencia y apuntalando la idea de la presencia de verdaderas presbíteras en el cristianismo primitivo.

También podemos pensar en otros argumentos en sentido menos positivo, como por ejemplo las frecuentes protestas de Tertuliano y otros autores como Cipriano de Cartago, Ireneo, etc. contra las mujeres que ejercían actividades litúrgicas (25). Textos que corresponden a épocas contemporáneas, posteriores y por supuesto también anteriores a Gelasio. Estas reiteradas advertencias son también muy expresivas; ¿por qué si no tantas prohibiciones y tantas condenaciones, legislaciones y protestas?

Pero es el mismo Atto de Vercelli quien nos conduce hacia una pista también muy clara, pues si el Concilio de Laodicea, en la segunda mitad del siglo IV, supuso el final de estas «Presbíteras», al menos en la legislación, evidentemente, esto quiere decir que existían anteriormente. Por lo tanto, para la época de Gelasio, un siglo después, habría que pensar que ya era un problema superado, y sin embargo, en el sur de Italia, algunas mujeres continuaban ejerciendo funciones eclesiásticas; y aun después veremos cómo reaparece el problema. Los traductores de los concilios parece que sufren una especie de turbación ante el canon laodiceno y lo llenan de interpretaciones y aclaraciones marginales. El texto dice: «Que las que se dicen ‘presbutides’ o ‘presidentas’ no sean ordenadas en la Iglesia» (en. 11); o, según el texto atribuido falsamente a San Isidro: «Las mujeres llamadas por los griegos presbíteras y entre nosotros viudas, ancianas, vírgenes y mayordomas, no deben constituirse en la Iglesia como ordenadas»; y en el canon 44 se insiste: «No conviene que las mujeres entren en el altar» (26).

Estas expresiones son las más claras, aunque indudablemente existen en las actas de otros Concilios posteriores otras muchísimas advertencias, prohibiciones y puntualizaciones sobre éstos o parecidos ministerios; prohibiciones que no tendrían razón de ser si no se estuvieran dando en la práctica. Las mujeres cercanas al altar, para cualquier servicio o categoría, preocuparon a los Padres Conciliares de estos siglos y continuaron preocupando en los posteriores (27).

Existe otro texto, distante en el espacio y sobre todo en el tiempo del Concilio de Laodicea, pero que refleja con casi la misma nitidez toda esta problemática y en algunos aspectos parece casi calcado, en sus preocupaciones, del documento del papa Gelasio. También aquí los obispos aparecen como responsables de hechos absolutamente condenables. Nos estamos refiriendo a las actas del Concilio de París del año 829 en las que se lee: «Unos por el relato de varones verídicos, otros también por la vista, hemos conocido que las mujeres, en contra de la Ley Divina y de la Institución Canónica, se han metido por propia iniciativa en los sagrados altares, han tocado desvergonzadamente los vasos sagrados, y han administrado a los presbíteros las vestiduras sacerdotales, y lo que aún es más que esto, más indecente y más inconveniente: repartir el Cuerpo y la Sangre del Señor a la gente y ejercer cualquier otro servicio y otras cosas torpes. Cosa verdaderamente admirable es (saber) de dónde se introdujo furtivamente este uso ilícito en la Religión Católica, a saber, que lo que a los varones seculares es ilícito, las mujeres, a cuyo sexo no compete de ninguna manera, hayan podido hacerlo lícito contra la Ley Divina: porque a nadie ofrece duda de que ha provenido de la incuria (descuido) y negligencia de algunos obispos. Así pues, se ha de refrenar un hecho tan ilícito y que se aparta totalmente de la religión cristiana, para que no se haga en el futuro» (28). Aquí no se menciona la fórmula «sacris altaribus ministrare», sino otra mucho más vaga y sin el contenido litúrgico de aquélla: «sacris altaribus se ultro ingere», pero por lo demás demuestra también una «indisciplina» y una corrección muy similar.

En el siglo VI nos encontramos con la institución de las «conhospite». En Bretaña hubo que llamar la atención en este sentido; el obispo de Tours escribió una severa carta a los sacerdotes Lavocat y Catihern diciendo: «no cesáis de llevar a vuestros compatriotas, de cabaña en cabaña, ciertas mesas sobre las cuales celebráis el oficio de la misa, con la asistencia (ayuda) de mujeres a las cuales dais el nombre de conhóspitas. Mientras que distribuís la eucaristía, ellas toman el cáliz y administran al pueblo la sangre de Cristo. Ésta es una novedad, una superstición increíble. Estamos profundamente tristes de ver reaparecer en nuestro tiempo una secta abominable que jamás se había introducido en las Galias. Los padres de Oriente la llamaban ‘pepodistas’ del nombre de Pepundio, autor de este cisma que se atreve a asociar a las mujeres en el ministerio del altar» (29). Aquí, por el texto, no podemos deducir que llegaran a presidir los sagrados ministerios, pero sí que estaban demasiado implicadas en ellos.

Lo cierto es que este tipo de «escándalos» resurgía en diferentes tiempos y lugares. En Alemania, y ya en el siglo XIII, según Eckenstein, un cierto Berthod predicó contra las mujeres que se atrevían a subir al altar para oficiar en los divinos ministerios (30). No cabe duda de que al menos hay que constatar una fuerte resistencia, no sólo por parte de las mujeres, sino que incluso vemos que había obispos que se negaban a abandonar ciertas prácticas. Un tan severo y tenaz forcejeo, ¿no tendrá otras causas y raíces diferentes de las del simple desviacionismo accidental? Porque, a decir verdad, éste no ha sido un tema que haya interesado a los historiadores y cuando se han asomado a él lo han hecho desde la mentalidad y prejuicios que ya conocemos.

 

 

1. Por ejemplo TEJADA, R. J., o.c.; se puede confrontar esto en las notas y explicaciones que añade a los textos referentes a este tema, vrg. t. 1, pp. 383-84. E incluso el mismo MARTIMORT, en su valiosa obra, no les concede toda la categoría debida.

2. GRYSON, R. Le Ministère des femmes dans l’Eglise ancienne, Gemloux, Duculot, 1972, p. 9. TUNC, S., y otras muchas obras.

3. Caus. XV, quaest. 3.

4. IV sent, dist, 25. quaest. 2, art, 1, sol. 1 corp.

5. OTRANTO, G., Note sul Sacerdozio femminile nell’antichitá in margine a una testimonianza di Gelasio I, Vetera Chritianorum, 19, (1982), 341-360. ROSSI, M. A. Priesthood, precedent and prejudice. On Recovering the Women Priest of Early Christianity, Journal of Feminist Studies in Religion, 7 (1991) 73-93. Traduce y da a conocer el artículo del autor anterior.

6. ATTO DE VERCELLI, P. L., 134, pp. 113-115.

7. Ibidem., y hasta el final del apartado se cita directamente del texto de Atto.

8. Para el texto original y traducido de Gelasio ver en TEJADA RAMIRO, J. o.c. t. II, pp. 971 y ss. Pero no corresponden exactamente los números de los cánones con la edición que aporta Otranto.

9. Ibidem.

l0. OTRANTO, G. o.c. Se refiere a los autores de VAN DE MEER, GRYSON, y GALOT, oo.cc. y Bibliografía.

11. Ibidem, p. 82.

12. TEJADA, R. J. 1.c.

13. OTRANTO, G. o.c. p. 84

14. Ibidem, p. 84.

15. Sobre este asunto trato con bastante amplitud en el libro citado, ARANA, M. J., c. II. Cfr. LARRAMENDI, M., HENAO, G., Ambos autores son clásicos en la investigación vasca, s. XVIII, s. XVII, el segundo.

16. J. A. LIZARRALDE, Historia del Convento de la Purísima Concepción de Azpeitia, Santiago, 1921, p. 8.

17. Ver M. J. ARANA, La Clausura… o.c., p. 98 y ss., con bibliografía y documentación de archivos abundante.

18. Parroquia de Lequeitio. Libro de cuentas, n. 5, fol. 136. Archivo del obispado de Bilbao.

19. Libro de quentas de la Yglesia parroquial de N. Señora Sancta Maria de Albistur. Sig f. 122, n. 2, año 1610. Archivo Diocesano de Guipúzcoa.

20. Como ejemplo pueden servir los dos fragmentos citados en la pág. 1 de este libro.

21. G. OTRANTO, o.c. pp. 85-88.

22. Ibidem, pp. 87-89.

23. Los datos de esta catacumba están recogidos por las mujeres del movimiento Women’s Ordination Conference. Publicado en el periódico New Women, New Church, WOC. vol. 15-16, IX, 1992-1993.

24. New Women, New Church, octubre 1990, y también en el de 1993, p. 5.

25. Por ejemplo, ver los textos citados por R. GRYSON, o.c. pp. 47-48. AYNARD, L. La Bible au féminin, París 1990, pp. 270 y ss.

26. J. TEJADA RAMIRO, o.c. t. II. C. J. HEFELE, Histoire des conciles aprés les documents originaux, París 1907. T. 1, pp. 1003 y ss.

27. Es muy interesante ir confrontando estas dos obras y también los textos de MANSY, en relación con las mujeres en los concilios.

28. MANSY o.c. X1V, col. 565, can. 45.

29. L GOUGAUD, Les chréttentés celtiques, París 1911, pp. 95-96.

30. S. GINER SEMPERE, Potestad y orden, o.cp. 851.

 

http://www.womenpriests.org/sp/aran_sal/aran04.asp

 

¿Por qué renunció realmente Benedicto XVI?


  • BBCMundo.com

En febrero de este año, Benedicto XVI sorprendió al mundocuando se convirtió en el primer Papa en renunciar a la Iglesia Católica en casi 600 años. Pero la atención se dirigió rápidamente hacia la sucesión y el nombramiento de un nuevo pontífice. En medio de este drama, una pregunta nunca fue totalmente respondida: ¿por qué renunció Benedicto?

La respuesta oficial de Joseph Ratzinger ofrece como explicación el declive de sus capacidades físicas y mentales, pero ha persistido la sospecha de que había otras razones. Mis indagaciones han confirmado estas sospechas.

Comencé mi investigación visitando al cardenal nigeriano Francis Arinze en su apartamento ubicado en la vecindad de San Pedro. Él es una de las principales figuras de la Iglesia y conoce el Vaticano como la palma de su mano. Arinze fue incluso mencionado en marzo como uno de los posibles sucesores del papa que había dimitido y fue parte de la selecta comitiva que escuchó personalmente la noticia de la boca de Benedicto en el Palacio Apostólico.

Le pregunté sobre los escándalos que antecedieron la sorpresiva decisión del Papa, en particular el tema de los «Vatileaks» que protagonizó el mayordomo del pontífice, Paolo Gabriele, al filtrar documentos confidenciales que exponían las luchas de poder dentro de la Iglesia. ¿Puedo haber sido ése un factor detrás de la renuncia? Su renuncia fue inesperada.

«Es legítimo que cualquiera especule y diga ‘quizás’, porque algunos de esos documentos fueron sacados secretamente. Pudo haber sido una de las razones. Tal vez estaba muy afectado por el hecho de que su propio mayordomo filtrara tantas cartas que un periodista tuvo material suficiente para escribir un libro.

«No creo que haya disfrutado lo que ocurrió», me dijo el cardenal.

En el Vaticano, los miembros más jóvenes y ambiciosos de la Iglesia suelen recibir un consejo: «Escucha mucho, observa todo y no digas nada». El hecho de que una figura tan importante se permita esencialmente un desvío de la línea oficial es significativo.

Infierno

Básicamente, el Papa Benedicto XVI fue un papa maestro, un teólogo y un intelectual. «Para él, solo que lo mandaran a una semana de entrenamiento de habilidades gerenciales sería un infierno», me dijo una persona del interior del Vaticano.

Su mala fortuna fue acceder al papado en un momento en que existía un vacío de poder, en el que un número de mandos medios de la curia romana -los funcionarios de la Iglesia- se había convertido en «pequeños Borgias», como explicó otro clérigo.

Pero no es sólo mi palabra, esta evaluación viene de la fuente más importante, el actual líder de la Iglesia. Y el papa Francisco no suele ser tímido con sus palabras. «La corte es el leprosario del papado», ha dicho el sucesor de Benedicto. Él ha descrito a la curia como «narcisista» y «autoreferencial». Con eso tenía que lidiar Joseph Ratzinger.

Desde los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, el corazón de la sede eclesiástica ha estado dominado por camarillas enfrentadas. Eso es lo que quiso exponer, según sus propias palabras, Paolo Gabriele cuando fotocopió y filtró todos esos documentos.

Pero el exmayordomo también dijo que su relación con el papa Benedicto era como la de «un padre y su hijo». Entonces, ¿por qué actuó de una forma que iba a avergonzar inevitablemente a alguien tan cercano a él?

«Él manifestó que había visto muchas cosas horribles dentro del Vaticano y que, en determinado momento, no pudo soportarlo más», afirmó su abogada, Cristiana Arru, mientras movía las cuentas de su rosario y brindaba su segunda entrevista pública desde el escándalo.

«Y él buscó una salida. Según sus palabras, él había visto muchas mentiras y pensaba que el Papa había sido ignorado en temas clave», añadió Arru.

Gabriele fue encontrado culpable de «robo agravado» y pasó tres meses en custodia hasta que fue perdonado por el Papa. Pero eso no fue el final. El líder de la Iglesia comisionó una investigación para saber todo lo ocurrido alrededor de este tema.

Tres cardinales produjeron un informe de 300 páginas. Supuestamente iba a permanecer bajo llave pero un diario italiano dijo que había sido informado de sus principales contenidos. ¿El resultado? Más filtraciones embarazosas, esta vez con rumores sobre una red de sacerdotes homosexuales que ejercían «una influencia inapropiada» dentro del Vaticano.

La ruta del dinero

Los dolores de cabeza siguieron afectando al Papa alemán. En el ambiente periodístico se suele decir que «hay que seguir al dinero» para saber qué está ocurriendo realmente, y esto se aplica también al Vaticano.

Durante años, manejos económicos implicaban que el Vaticano terminara pagando tasas mucho más altas que las del mercado. Cuando un informante trató de reformar el sistema, funcionarios en la corte papal convencieron al desafortunado Benedicto XVI de promoverlo a un cargo a casi 6.500 kilómetros de Roma.

Absurdos similares ocurrieron en el Banco del Vaticano, por años una fuente de titulares de diarios poco beneficiosos para la Iglesia Católica. Fue creado para ayudar a las órdenes religiosas y agilizar la transferencia de dinero más que necesitado en regiones lejanas del planeta. Pero cuando una cuantiosa proporción de transacciones se realizan en efectivo y terminan en zonas inestables del globo, no es necesario ser un genio para ver qué puede estar saliendo mal.

Parece que funcionarios del banco tomaban decisiones clave sin informar constantemente al Papa. Cuando el directorio expulsó a su presidente reformista, Ettore Gotti Tedeschi (convenientemente el mismo día que la historia del arresto de Gabriele saturaba la cobertura noticiosa), el Papa no lo supo hasta que fue muy tarde.

Según las palabras de su secretario privado, Benedicto XVI estaba «muy sorprendido». Gotti Tedeschi era un miembro del Opus Dei y se creía que era muy cercano al Papa, pero al final esto no lo ayudó.

¿Fue todo esto demasiado para un anciano pontífice?

Examinemos las precisas palabras del vocero de prensa del pontífice, padre Federico Lombardi: «La Iglesia necesitaba alguien con mayor energía física y espiritual que pudiera enfrentar los problemas y desafíos de gobernar la Iglesia en este cambiante mundo moderno».

Quizás esto es lo más cerca que usted estará de escuchar de la boca de un alto funcionario eclesiástico que la Iglesia se había vuelto ingobernable y necesitaba alguien más en el timón para poner fin al deterioro.

Esta es una Iglesia que ahora tiene la enorme oportunidad de seguir adelante y enfrentar los desafíos del siglo XXI. Muchas veces visto como remoto, su liderazgo ahora busca escuchar las opiniones de los católicos en temas controvertidos como métodos anticonceptivos y matrimonio homosexual. La reforma vino tras el escándalo. Esto no pasa desapercibido para el cardenal Arinze.

«Lo que uno debe recordar es que Dios suele escribir recto en líneas torcidas».

 

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