“Los santos tímidos” * Roberto Velert


 

“Los santos tímidos” *

 Los santos son clandestinos. Ahora, aquí arriba evidentemente resplandecemos en la gloria. Pero cuando están en la tierra, pasan buena parte del tiempo modestamente.

02 DE FEBRERO DE 2014

No estoy en condiciones de establecer si la timidez es una virtud. Y menos aún si puede practicarse en grado heroico. Sin embargo, puedo afirmar que allí arriba viven muchos tímidos. De hecho… me fue imposible encontrarme con ellos; pero supe de su existencia porque dejaron en mi libreta de entrevistas, unas notas.

Leyéndolas, me di cuenta de que la palabra timidez es impropia. Es la modestia innata que nos hace capaces de vivir en armonía con otras criaturas y nuestros congéneres. Su lenguaje es franco, abierto, animoso, prudente, propio de quien cuando sale al descubierto, tiene claras las ideas y las expresa con claridad y respeto.

Por eso “Desde el Corazón” sea mejor hablar de discreción, modestia y un equilibrado concepto de uno mismo. Y éstas sí que son virtud.

Una de las notas me decía: “Hemos sabido que estás confeccionando unas entrevistas sobre la santidad. No pretendemos ser entrevistados. Y, por otra parte, no te será fácil encontrarnos. Pero queremos prestarte nuestra contribución, que aunque modesta, podamos facilitarte la faena.
Como no entra en nuestro estilo ofrecer respuestas rápidas, que tienen el peligro de ser golpes de efecto, nos hemos reunido para concretar una redacción de pocas páginas en las que esbozar a grandes líneas, un retrato de un santo. Y como toda entrevista que se precie debe ser corta, concreta y comprensible te señalamos algunos rasgos característicos.

Los santos son clandestinos. Ahora, aquí arriba evidentemente resplandecemos en la gloria. Pero cuando están en la tierra, pasan buena parte del tiempo modestamente, no se imponen a la atención descaradamente, no buscan el espectáculo de la prepotencia, ni se ofrecen con orgullo espiritual a la admiración. Suelen actuar sin molestar a nadie, para hacer un poco de limpieza a este mundo, para volver a dar credibilidad a la Iglesia, para revalorizar las cotizaciones de un cristianismo a la baja. Son indispensables porque no juegan el papel de protagonistas, pero sí tratan de hacer el milagro, raro de “vivir ejemplarmente”. Una madre, uno que trabaja en el campo, uno que repara electrodomésticos, un paleta, uno que ha sabido perdonar, un sirviente, un profesor de geografía, un funcionario, un médico que al caer la tarde se quita cansado la bata blanca pensando en las personas y no en los números, un camarero, un mecánico, y que hacen su trabajo como para honrar a Dios. Os deis cuenta o no, dependemos mucho de ellos, de su fe, sus ejemplos, de sus oraciones. Dependemos de su “ser” en un modo en el que tantos desean tener un nombre, se proponen llegar a ser famosos, es hermoso poder proclamar: “Bienaventurados los anónimos”, ¡qué bendición que exista alguien que quiera ser él mismo!

Los santos son unos separados, de hecho la santidad significa separación. Son unos que se marginan de los apetitos, de las costumbres aceptadas sin discutir, a las maneras de razonar y de actuar de la mayoría. Quedando claro, que la santidad es la normalidad de la vida cristiana, no la búsqueda de una especialización temporal de hacer empresas asombrosas; sí el cultivar con asiduidad, tanto en el mundo como en la Iglesia, la virtud de la modestia, del servicio, de la generosidad, la solidaridad, el amor a todos, juntamente con la discreción, el comedimiento, la vida interior privada. Aprendiendo “Desde el Corazón” que se puede ser testigo sin pretender asombrar. Se puede ayudar a buscar la verdad, incluso facilitando alguna incertidumbre. Se puede ser caritativo, interesarse por el prójimo, sin ser dominante.

Se puede ser animoso aun reconociendo los propios límites. Se puede (más bien se debe) amar, respetando. Se puede difundir (se debe) el Evangelio, caminando como de puntillas (y bajando la voz) viviendo cada día el ejemplo de la fe.

Quisiéramos que los lectores y oyentes se dieran cuenta de que no es absolutamente deshonroso sentir en ocasiones y particularmente en las muchas pruebas, un poco de inseguridad respecto a las propias certezas, y con todo, un santo es un hombre que no tiene miedo. Uno que no se contenta con lo posible, que humildemente ama el riesgo del más allá. Y prefiere ser prisionero del sueño, antes que permanecer encadenado en la necesidad de ser, pensar y hacer como todos. No hay duda, las notas en mi libreta han realizado realmente la entrevista a  LOS SANTOS TIMIDOS.

*De la serie de unas imaginadas entrevistas a los santos de “Allá arriba” que irán apareciendo.

Autores: Roberto Velert
©Protestante Digital 2014

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