Confidencias de un cura jubilado (I)


Sacerdote jubilado

 

El «sueldo» oficial del sacerdote por su entrega total es muy reducido

«Soy sacerdote y, al cumplir los 75 años, me han jubilado. ¿Contento? – Pues no»

Antonio Aradillas, 03 de marzo de 2014 a las 11:13

 Algunos colegas míos están ya allí residenciados, lamentando todos que a los señores obispos y asesores curiales, no se les hubiera ocurrido antes construir una Casa Sacerdotal

Curas ancianos de Badajoz/>

Curas ancianos de Badajoz

(Antonio Aradillas).- Pese a mis latines y estudios semánticos, la relación entre «jubilación» – «cese de trabajo»- y «júbilo»- «alegría y regocijo»-, ni es técnicamente clara, y menos sociológica y personalmente satisfactoria.

Pero este no es hoy el tema de mi confidencia. Soy sacerdote y, al cumplir los 75 años, me han jubilado. ¿Contento? – Pues no. ¿Por qué? – Pues por causas diversas… ¿Pero no puede ahora dedicarse con mayor intensidad a la reflexión, a la meditación y al estudio? – Sí, pero ni tanto ni todo el tiempo del que ahora dispongo. Todo el «santo» día y la «santa» noche no es posible dedicarse a estas tareas, por nobles que sean y por necesitados de ellas que estemos los curas.

¿Algún problema económico? -Sí, precisamente este es parte importante del meollo de mi queja. De todos es conocido que la institución eclesiástica, y quienes jerárquicamente la encarnan, y la representan, laboral y socialmente no tienen fama de ser buenos «patronos». La razón de ello radica con seguridad en lo del dicho popular de que «una cosa es predicar y otra dar trigo».

El «sueldo» oficial del sacerdote por su entrega total día y noche a su actividad pastoral, es muy reducido. La pensión es, por tanto, la mínima, siendo justo reseñar que la «Caja Diocesana», o como se llame, eleva tal cantidad hasta donde cree preciso. Entre otras cosas, esto significa, por ejemplo, que durante todo el tiempo que nos quede de vida, los sacerdotes hemos de estar eternamente «agradecidos» a la liberalidad diocesana.

Yo viví siempre en casas parroquiales, en compañía de alguno de mis familiares, los aranceles eran los que eran «por esos pueblos de Dios», las demandas de la caridad y de las obras sociales fueron prácticamente ilimitadas y tan solo me fue posible, y me limité, a arreglar la casa de mis padres en el pueblo, para cuando me llegara la hora de la jubilación.

Tal y como están ahora las cosas en la Iglesia, si en el pueblo alguien decide encargar misas por sus fieles difuntos, es explicable que el estipendio se lo entregue al párroco, que para eso es el párroco, y, en el caso que este recabe mi colaboración pastoral, apenas si yo se la puedo prestar, dado que si, por ejemplo, se tratara de confesar, los penitentes son menos cada día, y además y por la misericordia divina, por aquello de que «para lo que hay que oír», mis limitaciones auditivas exigirían alzar la voz desmedidamente, hasta que el llamado sigilo sacramental llegara a resentirse.

De momento me defiendo en mi casa con mis propios medios, pero con el presentimiento de que cualquier día tengan que llevarme al Asilo de las «Hermanitas de los Ancianos Desamparados» de la capital de la diócesis, para ser atendido por ellas.

Algunos colegas míos están ya allí residenciados, lamentando todos que a los señores obispos y asesores curiales, no se les hubiera ocurrido antes construir una Casa Sacerdotal. Algunos de estos colegas apuntan que la solución podría haberse encontrado en el reacondicionamiento de alguna parte del inmenso edificio del Seminario Conciliar Diocesano, hoy «vacante» a consecuencia de la falta tan generalizada de vocaciones para el sacerdocio, y sin que las perspectivas sean óptimas en un futuro próximo, o remoto.

De lo referido se deduce que, si el futuro de los jubilados en general está como quien dice, en el aire, -por lo que de «júbilo» nada de nada-, el de los sacerdotes es así mismo, sombrío y contribulado.

Por cierto que, para completar esta mi primera «confidencia», refiero que en el cementerio de mi pueblo, con eso de que su propiedad es parroquial y no municipal, a los sacerdotes se les reserva una especie de panteón para que en el mismo reposen un día sus restos…

Como los privilegios acompañaron de por vida a los clérigos, y nos separaron del resto del pueblo de Dios, al menos en la muerte, y en el «descanso eterno«, prefiero que mis cenizas se confundan con las de mis familiares y amigos, y que los sufragios alcancen por igual a todos, con inclusión de los que reposan en el «corralillo», o cementerio civil, de tan inhóspitos y despiadados recuerdos en nuestras visitas infantiles, con apesadumbrados sueños de condenación eterna para los suicidas, los pecadores públicos y los «ateos», cuyos cuerpos, sin cruces, ni signo religioso alguno, habían sido depositados en el mismo, entre hierbazales y alguna que otra blasfemia.

 

Nota: Los sacerdotes jubilados (o que sin estarlo conozcan casos y situaciones de curas jubilados) que quieren contarnos sus experiencias, pueden hacerlo enviándonos sus escritos al siguiente email: director@religiondigital.com

 

http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2014/03/03/confidencias-de-un-cura-jubilado-i-religion-iglesia-aradillas.shtml

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