LA DANZA DE LA REALIDAD: Alejandro Jodoroswsky


Alejandro Jodorowsky presenta La danza de la realidad 

22.10.2013 – Hochgeladen von panikocl

Alejandro Jodorowsky presenta La danza de la realidad. panikocl·391 videos .

 
 
http://www.laterceratv.cl/index.php?m=video&v=30190
 
 
 

EL ÁRBOL GENEALÓGICO Y LOS NIVELES DE CONCIENCIA


https://www.youtube.com/watch?v=xGKxFkvmRqs

Alejandro Jodorowsky: Psicomagia 1


 

61% en el 5218 de 8.485 Segundos

SI BUSCAMOS A JESÚS.



“Tres mujeres admirables que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Lo siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez escondidos. El mensaje, que escuchan al llegar, es de una importancia excepcional. El evangelio más antiguo dice así: “¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Es un error buscar a Jesús en el mundo de la muerte. Está vivo para siempre. Nunca lo podremos encontrar donde la vida está muerta.
No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no lo hemos de buscar en una religión muerta, reducida al cumplimiento externo de preceptos y ritos rutinarios, o en una fe apagada, que se sostiene en tópicos y fórmulas gastadas, vacías de amor vivo a Jesús”.
(José Antonio Pagola)

“La belleza salvará al mundo”: Dostoyevski nos dice cómo


Leonardo Boff, teólogo y escritor
may022014

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Aprendimos de los griegos, y luego pasó a través de todos los siglos, que todo ser por diferente que sea tiene tres características trascendentales (están siempre presentes poco importa la situación, el lugar y el tiempo): es unum, verum et bonum, es decir, goza de una unidad interna que lo mantiene en la existencia, es verdadero, porque se muestra así como es en realidad, y es bueno porque desempeña bien su papel junto los demás seres ayudándolos a existir y coexistir.

Los maestros franciscanos medievales, como Alexandre de Hales y especialmente San Buenaventura fueron los que, prolongando una tradición venida de Dionisio Aeropagita y de san Agustín, añadieron al ser otra característica transcendental: lo pulchrum, es decir, lo bello. Basados seguramente en la experiencia personal de san Francisco que era un poeta y un esteta de calidad excepcional, que “en lo bello de las criaturas veía lo Bellísimo,” enriquecieron nuestra comprensión del ser con la dimensión de la belleza. Todos los seres, incluso aquellos que nos parecen repugnantes, si los miramos con afecto, en los detalles y en el todo, presentan, cada cual a su modo una belleza singular, si no en la forma, en el modo en que todo viene articulado en ellos con un equilibrio y armonía sorprendentes.

Uno de los grandes apreciadores de la belleza fue Fiodor Dostoyevski. La belleza era tan central en su vida, nos cuenta Anselm Grün, monje benedictino y gran espiritualista, en su último libro Belleza: una nueva espiritualidad de la alegría de vivir (Vier Türme Verlag 2014) que el gran novelista ruso iba todos los años a contemplar la hermosa Madonna Sixtina de Rafael. Permanecía largo rato en contemplación delante de esa espléndida obra. Tal hecho es sorprendente, pues sus novelas penetraron en las zonas más oscuras e incluso perversas del alma humana, pero lo que en verdad lo movía era la búsqueda de la belleza. Nos legó esta famosa frase: “La belleza salvará al mundo”, escrita en su libro El idiota. ´

En la novela Los hermanos Karamazov profundiza la cuestión. Un ateo, Ippolit, pregunta al príncipe Mischkin: “¿cómo “salvaría la belleza al mundo?” El príncipe no dice nada pero va junto a un joven de 18 años que está agonizando. Y se queda allí lleno de compasión y amor hasta que muere. Con eso quiso decir que belleza es lo que nos lleva al amor compartido con el dolor; el mundo será salvado hoy y siempre mientras ese gesto exista. ¡Y que falta nos hace hoy!

Para Dostoyevski la contemplación de la Madonna de Rafael era su terapia personal, pues sin ella habría desesperado de los hombres y de sí mismo, ante tantos problemas como veía. En sus escritos describió a personas malas y destructivas y otras que se asomaban a los abismos de la desesperación. Pero su mirada, que rimaba amor con dolor compartido, conseguía ver belleza en el alma de los personajes más perversos. Para él, lo contrario de lo bello no era lo feo sino el utilitarismo, el espíritu de usar a los otros y así robarles la dignidad.

“Seguramente no podemos vivir sin pan, pero también es imposible existir sin belleza”, repetía. Belleza es más que estética; posee una dimensión ética y religiosa. Veía en Jesús un sembrador de belleza. “Él fue un ejemplo de belleza y la implantó en el alma de las personas para que a través de la belleza todos se hiciesen hermanos entre sí”. Dostoyevski no se refiere al amor al prójimo; al contrario: es la belleza la que suscita el amor y nos hacer ver en el otro un prójimo al que amar.

Nuestra cultura dominada por el marketing ve la belleza como una construcción del cuerpo y no de la totalidad de la persona. Entonces surgen métodos y más métodos de plásticas y botoxs para hacer a las personas más “bellas”. Por ser una belleza construida, no tiene alma. Y si lo miramos bien, estas bellezas fabricadas hacen emerger personas con una belleza fría y con un aura de artificialidad, incapaz de irradiar. Ahí irrumpe la vanidad, no el amor, pues belleza tiene que ver con amor y comunicación. Dostoyevski en Los hermanos Karamazov observa que un rostro es bello cuando se percibe que en él litigan Dios y el Diablo en torno del bien y del mal. Cuando percibe que ha vencido el bien irrumpe la belleza expresiva, suave, natural e irradiante. ¿Qué belleza es mayor, la del rostro frío de una top model o el rostro arrugado y lleno de irradiación de la Hermana Dulce de Salvador de Bahía o de la Madre Teresa de Calcuta? La belleza es irradiación del ser. En las dos hermanas la irradiación es manifiesta, en la top model no tiene fuerza.

 

http://www.redescristianas.net/2014/05/02/la-belleza-salvara-al-mundo-dostoyevski-nos-dice-comoleonardo-boff-teologo-y-escritor/#more-55220

El Papa Francisco ha dado especial importancia en la transmisión de la fe cristiana a la via pulchritudinis (la vía de la belleza). No basta que el mensaje sea bueno y justo. Tiene que ser bello, pues solo así llega al corazón de las personas y suscita el amor que atrae (Exhortación La alegría del Evangelio, n 167). La Iglesia no busca el proselitismo sino la atracción que viene de la belleza y del amor cuya característica es el esplendor.

La belleza es un valor en sí mismo. No es utilitarista. Es como la flor que florece por florecer, poco importa si la miran o no, como dice el místico Angelus Silesius. ¿Pero quién no se deja fascinar por una flor que sonríe gratuitamente al universo? Así debemos vivir la belleza en medio de un mundo de intereses, trueques y mercancías. Entonces ella hace realidad su origen sanscrito Bet-El-Za que quiere decir: “el lugar donde Dios brilla”. Brilla por todo y nos hace también brillar por lo bello.

Leonardo Boff escribió La fuerza de la ternura, Editorial Mar de Idéias, Rio 2011.

Traducción de MJ Gavito Milano

¿PRIMAVERA EN LA IGLESIA?


Juan José Tamayo
Adital

Pocos días después de la elección de Francisco comenzaron las comparaciones del papa argentino con Benedicto XVI y Juan XXIII: con el primero, destacando las diferencias; con el segundo, los parecidos, que han vuelto a manifestarse con motivo de la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II el 27 de abril. Se refieren a la cálida y espontánea corriente de comunicación de ambos con el público. La campechanía de Juan XXIII rompía con el hieratismo de su predecesor Pío XII. La sencillez de Francisco contrasta con el gusto por el protocolo de Benedicto XVI.

El parecido se aprecia también en la avanzada edad en el momento de la elección papal de ambos: 77 años, que, no obstante, se disimulan por la vitalidad, la creatividad y los gestos llenos de humanidad poco acordes con los títulos que ostentan: Sumo Pontífice de la Iglesia universal, Vicario de Cristo, Santo Padre, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, etc. A ello hay que sumar su permanente capacidad de sorpresa. En la Navidad de 1958, Juan XXIII, recién elegido papa, visitó el hospital del Niño Jesús para niños con poliomielitis y la cárcel Regina Coeli, junto al Tíber, donde abrazó a un preso condenado por asesinato que antes le había preguntado si había perdón para él. Se reunió con un grupo de personas discapacitadas y con otro grupo de chicos de un orfanato. Luego se encontró con el arzobispo de Canterbury Geoffrey F. Fissher y recibió a Rada Kruchev, hija del presidente de la URSS, y a su esposo.

Francisco no ha dejado de sorprender desde que abandonó su Buenos Aires querido y fue elegido papa con gestos significativos: renuncia a vivir en el Vaticano; cese de obispos por llevar una vida escandalosamente anti-evangélica; auditoría externa para investigar la corrupción del Banco Vaticano; disponibilidad a revisar la normativa sobre la exclusión de la comunión eucarística a los católicos divorciados y vueltos a casar; viaje a Lampedusa y grito indignado de “¡Vergüenza!” como denuncia por los cientos de inmigrantes muertos y desaparecidos ante la indiferencia de Europa; respeto a las diversas identidades sexuales, etc. Recientemente nos ha vuelto a sorprender al celebrar el día del “Amor fraterno” en un centro de personas discapacitadas de diferentes continentes, religiones, culturas y etnias, donde se ha arrodillado y lavado los pies a doce de ellas. El ejemplo no es baladí, queda fijado primero en la retina, luego en la mente y debe traducirse en una práctica compasiva y solidaria, si no quiere convertirse en rutina.

Pero, a mi juicio, las semejanzas entre Juan XXIII y Francisco van más allá de su talante y de sus gestos. La sintonía se manifiesta en su espíritu reformador del cristianismo con la mirada puesta en el Evangelio desde la opción por el mundo de la exclusión y el compromiso por la liberación de los empobrecidos. Juan XXIII y Francisco coinciden en la necesidad de construir una “Iglesia de los pobres”. El papa Roncalli fue el primero en utilizar esta expresión en un mensaje radiofónico el 11 de setiembre de 1962: “De cara a los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta como es y quiere ser: la Iglesia de todos, y, particularmente, la Iglesia de los pobres”. La idea apenas tuvo eco en el aula conciliar, pero se hizo realidad en las decenas de miles comunidades eclesiales de base que surgieron en América Latina y otros continentes, y en la teología de la liberación, que la convirtió en santo y seña del cristianismo liberador.

Francisco expresó el mismo deseo en una rueda de prensa multitudinaria con periodistas que habían seguido el cónclave, a quienes contó algunas interioridades del mismo. Cuando hubo logrado los dos tercios de los votos, el cardenal Claudio Humes, arzobispo emérito de São Paulo le abrazó, le besó y le dijo: “No te olvides de los pobres”. Tras esta confesión y en un arranque de sinceridad, les dijo a los periodistas: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”. Adquiría así públicamente un compromiso que le obligaba a hacer realidad aquel deseo. ¿Lo hará?

Juan XXIII era consciente de que la humanidad estaba viviendo un cambio de era y la Iglesia católica no podía volver a perder el tren de la historia, sino que debía caminar al ritmo de los tiempos. Era necesario poner en marcha un proceso de transformación de la Iglesia universal en sintonía con las transformaciones que se sucedían en la esfera internacional. Francisco es igualmente consciente de estar viviendo un tiempo nuevo, lo que le exige dejar atrás los últimos cuarenta años de involución eclesial que pesan como una losa y activar una nueva primavera en la Iglesia en sintonía con las primaveras que vive hoy el mundo: la Primavera árabe, el movimiento de los Indignados, los Foros Sociales Mundiales, etc. Bergoglio tiene un compromiso con la Historia que no puede eludir: ¡Primavera eclesial ya! ¿Lo cumplirá?

Juan José Tamayo-Acosta es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la universidad Carlos III de Madrid, y autor de Invitación a la utopía (Trotta, 2102) y Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, 2013).

 

http://site.adital.com.br/site/noticia.php?boletim=1&lang=ES&cod=80432

    El infierno, ¿existe todavía?


BY  · 02/05/2014
En la audiencia papal del miércoles 28 de julio de 1999, el entonces papa Juan Pablo II (ahora San Juan Pablo II) habló del Infierno. Recuerdo las polémicas que provocaron sus palabras. Los medios de comunicación, tan afectos al sensacionalismo, incluso los especializados en asuntos religiosos, anunciaron a los cuatro vientos titulares como: «¡El infierno no existe y, si existe, estaría vacío!». De esto hace ya quince años; lo recuerdo bien porque en ese entonces era Rector del Seminario Teológico Bautista Internacional, de Cali, Colombia (hoyFundación Bautista Universitaria) y los estudiantes, ávidos de polémicas, hicieron de la noticia el tema de obligada discusión en cada clase.
¿Qué fue lo que dijo el Papa? El tema de su alocución había sido «El infierno como rechazo definitivo de Dios». Habló acerca de la realidad del infierno y dijo que no era un lugar físico. Explicó que es un estado que el pecador se construye de forma progresiva y definitiva por su aversión a Dios y su menosprecio al prójimo. Dijo que: «El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios»[1]. La noticia era, por lo menos para los que no somos católicos, muy positiva (disculpen la ironía), si tenemos en cuenta que hasta el Concilio Vaticano II la Iglesia católica defendía la doctrina según la cual todo el que estuviere «fuera de la iglesia católica… caerá en el fuego eterno, que está preparado para el demonio y sus ángeles»[2] ¡Díganme, entonces, si no era buena noticia para nosotros los protestantes!
La algarabía por las declaraciones papales giró en torno al concepto teológico del infierno como un estado y no como un lugar específico. Un estado de separación eterna del Dios amoroso. Similar inquietud causaron las declaraciones del conocido teólogo evangélico, John R. W. Stott, cuando afirmó algo semejante. Stott, junto con otro autor inglés, David Edwards, escribió un libro titulado “Evangelical Essentials:A liberal-Evangelical Dialogue”; texto escrito en 1988. Los dos autores dedicaron las últimas seis páginas de su libro para hablar acerca de la naturaleza del infierno. Concluyeron que los incrédulos seríananiquilados por completo en su destino final y así no experimentarían un castigo eterno  como se había enseñado durante años en lo que ellos llamaron posiciones tradicionalistas.
Y es que, en los Evangelios, el infierno (la Ghenna), más que significar un lugar físico, simboliza la exclusión de la presencia de Dios. En algunas ocasiones, el símbolo es el fuego (Marcos 9: 43), en otras las tinieblas (Mateo 8: 12), en otras el Abismo (Apocalípsis 9: 2,3), pero lo que se destaca no es la descripción física del lugar (por cierto, no es posible un lugar de fuego literal y al mismo tiempo de tinieblas), sino el principio espiritual de la exclusión de la presencia divina. E. Y. Mullins, reconocido teólogo evangélico de comienzos del siglo XX, enseñaba acerca de estas afirmaciones bíblicas que «En su mayor parte son expresiones figurativas y simbólicas y deben interpretarse así»[3]. Son figuras que representan el espantoso destino de quienes contradicen los principios del Reino de Dios y su justicia. ¡Porque la injusticia no será eterna!
Entonces, sí hay infierno, pero no el de las llamaradas de fuego con ánimassedientas en medio del calor. «El sufrimiento físico no sería un castigo adecuado para pecados espirituales… (porque) infligir un dolor puramente físico en el pecador, no sería adaptar su castigo a la naturaleza (espiritual) de sus pecados», dice el teólogo bautista de viejo corte tradicional, Walter T. Conner.[4]
He citado hasta ahora sólo autores evangélicos, ceñidos a la ortodoxia tradicional, porque bien conocido es que en las filas de la teología progresista quedan pocos autores, si es que quedan algunos, que sostengan la existencia de un infierno literal, dantesco, donde los pecadores a causa de la ira de Dios arden en un lugar de fuego que no cesa. Para estos, el infierno es una realidad expresada en lenguaje metafórico; una realidad que apela a la libertad del ser humano y a la indudable existencia del mal (a la que Dios pone fin). Creen en el infierno como estado, pero no como lugar.
Entre los teólogos latinoamericanos más ilustres está el ya fallecido Juan Luis Segundo. Segundo escribió un texto acerca del infierno en diálogo con la teología de Karl Rahner. Decía el teólogo uruguayo, tratando de interpretar a Rahner, que el infierno es «una actitud de alejamiento de Dios» que comienza «con esta existencia del hombre y que Dios respetaba en la futura»; así, «el infierno no es más ni menos que el dolor con que afectamos a otros, o el que, pudiendo evitar, no lo hacemos por temor, pereza o costumbre. En una palabra, por egoísmo»[5]. Es el ser humano quien se condena a sí mismo por su propio pecado y, cuando muere, su condenación, así como su terco alejamiento de Dios, se convierte en definitivo.
Por su parte, Juan Stam, querido teólogo y exégeta evangélico, dice que «mucho del lenguaje descriptivo del infierno tiene que ser figurado. Lo del gusano que no muere, no es para sacar una doctrina de la inmortalidad de los gusanos. Fuego y tinieblas son símbolos contradictorios, si se toman al pie de la letra, pero el ardor del fuego y el temor de la oscuridad son simbolismos. Un abismo sin fondo, como nos pasa a veces en las pesadillas, o el encontrarse fuera de un banquete, son otros de los muchas figuras que describen un juicio final y un veredicto de muerte».[6]
Pero, pese a lo que diga la teología, la imagen de un infierno con ardientes llamas y gobernado por un diablo con cuernos, tridente y cola, se resiste a desaparecer. La imaginería popular, católica y evangélica, seguirá construyendo sus «verdades» sobre el principio de que lo que se ha enseñado se seguirá enseñando y lo que se ha leído se seguirá leyendo de la misma manera y con el mismo sentido, por los siglos de los siglos. ¡Cómo si la fidelidad espiritual fuera sinónimo de terquedad teológica!
De todas maneras, no hay por qué dejar de seguir buscando una fe cristiana que tenga el amor como principio movilizador de las buenas acciones (el amor y no el miedo) y a Jesús como paradigma de vida y de servicio. Solo así lograremos comprender que la noción del infierno es una parte integrante de la propuesta humanizadora del Evangelio que entre símbolos y metáforas señala el triste destino de nuestras acciones cuando no tienen en cuenta el valor del ser humano.
El reto pastoral −¡y en esto que nos auxilien los biblistas y teólogos!- es cómo redescubrir la riqueza del lenguaje simbólico-metafórico de la Biblia para desarrollar una cosmovisión cristiana que nos ayude a interpretar la Historia, el acontecer humano y la vida en sus múltiples expresiones; que nos de esperanza, que aliente la solidaridad y profundice la confianza en medio de tanto terror, injusticia y dolor como el que vive nuestro mundo. Ni el diablo de cuernos y cola, ni el Dios anciano de barbas blancas, ni el infierno de Dante, ni el cielo de los conquistadores españoles nos ayudan en este propósito. Son literalismos que con el prurito de ser fieles al texto bíblico, lo traicionan.
El infierno, siguiendo las ideas de Juan Luis Segundo, debe ser presentado como «un elemento responsabilizador y animante que oriente el ejercicio de la libertad del creyente hacia la realización de sus valores más hondos».[7] Entonces, ¡el infierno existe todavía, pero no como lo imaginábamos! El infierno de llamas encendidas avivadas por los arpones del demonio y donde se consumen los impíos no es que haya dejado de existir; simplemente nunca existió.
[1] Juan Pablo II, en:  Lo que el Papa ha dicho sobre…, San Pablo,  Santiago de Chile, 1999, p. 33, 34.
[2] Citado por Hans Kung, en: El credo, Trotta, Madrid, 1995, pp. 172-173.
[3] E. Y. Mullins, La religión cristiana en su expresión doctrinal, Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, Texas, 1980 (4ª. Ed. Corregida). P. 497.
[4] Walter T. Conner, Doctrina cristiana, Casa Bautista de Publicaciones,  El Paso, Texas, 1969 (2ª ed.) p. 384.
[5] Juan Luis Segundo, El infierno. Un diálogo con Karl Rahner, Lohlé-Lumen, Ediciones Trilce, Buenos Aires 1998, p. 179.
[7] Juan Luis Segundo, Op. Cit., contraportada.

Anteriores Entradas antiguas

A %d blogueros les gusta esto: