“Que las mujeres sigan luchando por su dignidad en la iglesia”


 

Entrevista a Amparo Lerín Cruz, recientemente ordenada al ministerio pastoral

Leopoldo Cervantes-Ortiz
Ciudad de México, viernes, 9 de noviembre de 2012

1. Amparo, comadre, luego de tus estudios teológicos, ¿cómo se desarrolló tu trabajo en la iglesia?

Hola, compadre. Tengo 16 años de haber egresado del Seminario Teológico Presbiteriano de México, son muchos años de haber vivido dificultades. El principal lugar donde he tenido que vencer muchos obstáculos por el hecho de ser mujer es en el seno de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM). Cuando pertenecí al Presbiterio de la Ciudad de México, obtuve la licencia para predicar en 1998. En ese presbiterio tenía voz y voto, privilegio que se perdió con el paso de los años. Al ver que mi permanencia allí ya no podría prosperar más y que los derechos alcanzados se estaban perdiendo, decidí salir y por algún tiempo estuve sin presbiterio. En cuanto al trabajo en la iglesia, en alguna ocasión pude trabajar a la par, como pastores adjuntos, con Rubén Montelongo, mi esposo; ambos nos coordinamos bien en el trabajo pastoral, pero la iglesia no, la iglesia seguía viendo a Rubén como el pastor y a mí como “la esposa del pastor”. Muchos y muchas quisieron etiquetarme como eso mismo, pero yo no acepté ese papel, pues yo estaba llamada a ser pastora y hacia eso me enfoqué.

Como seminarista no tuve mayor problema en obtener una congregación donde pastorear, aunque siempre bajo el auspicio de un Consistorio o pastor oficiante, sin embargo, como egresada era difícil obtener una iglesia para pastorear, dado que las iglesias querían siempre un pastor varón, y sobre todo alguien que estuviera ordenado y para su desilusión yo no era ninguna de las dos cosas. Entonces, en un inicio me dediqué a trabajar en algunos ministerios dentro de las iglesias que pastoreaba mi esposo como son: la enseñanza de niños, ministerios juveniles y femeniles, la visitación, consejería a mujeres, enseñanza en la escuela dominical, predicación, etcétera. A la par estuve predicando en distintas iglesias donde se me requería para cubrir cultos especiales o cuando no hubiera quien predicara. Empecé también a impulsar con un grupo de mujeres y varones el sacerdocio universal de los y las creyentes. Cuando llegué al Presbiterio Juan Calvino empecé a salir nuevamente comisionada para predicar en sus diversas iglesias.

Hasta hace un año, la situación cambió porque la Iglesia El Shadday me llamó a colaborar con ellos como pastora. En esta iglesia creen firmemente que con Cristo no hay distinción de personas, creen en la igualdad de género y sobre todo me han dado todo el apoyo y respeto como pastora. Aquí he podido desarrollar plenamente el ministerio al cual el Señor me ha llamado, he podido servir y acompañar a la iglesia en las diferentes situaciones que han vivido, esta ha sido una experiencia muy gratificante.

Quiero señalar que a pesar de que la INPM me discriminó, me negó la ordenación y me excluyó, estoy registrada ante la Secretaría de Gobernación como Ministra de Culto, con el registro SGAR/126:38/94, por parte del Presbiterio de la Ciudad de México. Esto se puede constatar en la página 471 del sitio: http://es.scribd.com/doc/79243438/Publicacion-de-Ministros-de-Culto-Por-SGAR. Y quiero mencionarlo porque cuando se tramitó una queja por discriminación ante la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), Danny Ramírez, el actual moderador de la Asamblea, declaró que no había discriminación ya que no había mujeres ordenadas en la iglesia. Pues ahí aparece el registro de dos ministras de culto: Eva Domínguez Sosa y yo.

2. ¿Cómo viviste el proceso que desembocó en tu ordenación al pastorado?
Creo que la clave de este proceso fue haber tomado siempre la iniciativa, correr el riesgo de ser rechazada, señalada, juzgada o que se me cerraran las puertas; he sido insistente, persistente, a veces hasta molesta. Siempre tomé la iniciativa en un inicio de dejar el Presbiterio de la Ciudad de México, aunque eso me dejara por un tiempo sin el cobijo de institución alguna, después, decidí que no podía continuar así y que tenía que tocar otras puertas, intentarlo nuevamente, así que solicité mi ingreso al Presbiterio Juan Calvino, que en ese entonces era el único a favor de la ordenación de las mujeres. Un año después tomé la iniciativa de solicitar que se iniciara el proceso de exámenes para mi ordenación y hace pocos meses decidí que habiendo terminado este proceso era tiempo de definir si me ordenarían o no, así que, ya estando en la Comunión Mexicana de Iglesias Reformadas y Presbiterianas (CMIRP) solicité la fecha para la ordenación y aquí está el resultado.

El proceso de exámenes fue un tortuoso, muy largo, al principio complicado. Los exámenes que se me aplicaron desde un inicio fueron de nivel teológico alto, pues hasta la fecha no he visto que un varón presente exámenes para la ordenación de este tipo y no he visto que un proceso sea tan largo. Incluso he visto ordenaciones de varones ¡cuyo proceso dura sólo un día! Y todavía más: he visto a quienes se les exonera o “dispensa” algún trámite. El mío inició en febrero de 2010 y concluyó en septiembre de este año, de modo que duró casi tres años y no se me dispensó nada, lo cual creo que estuvo bien, ya que así se cubrían todos y cada uno de los procesos para que no hubiera lugar a dudas o se presentaran objeciones.

Me pusieron muchas trabas en el camino; al principio tan sólo para continuar con los exámenes de ordenación me pedían que una Iglesia me hiciera un llamamiento de cinco años como pastora, a sabiendas de que en el presbiterio no había iglesias desocupadas y que todas tenían pastor, y cuando hubo algunas congregaciones sin pastor comisionaron a varones antes que a mí, y yo seguía sin iglesia, con los exámenes de ordenación detenidos. En algunas ocasiones se cancelaron sin razón alguna. A pesar de ser titulada de la Maestría en Divinidades por el STPM me examinaron según la Constitución de la INPM en seis materias: Teología sistemática, Liturgia, Homilética, Teología pastoral, Teología bíblica y Jurisprudencia, y todas las presenté y aprobé satisfactoriamente.

Como lo mencioné antes, por la gracia de Dios hace un año la Iglesia El Shadday me llamó a colaborar en el pastorado, con lo que ya no habría pretexto para no continuar con los exámenes, sin embargo, me pusieron otro más: debía demostrar “vocación”. Este proceso y estos obstáculos no me impidieron afirmar mi vocación e insistir y perseverar hasta ver este sueño hecho realidad. Hay que saber esperar y resistir. Te repito, tomé la iniciativa cuando se tuvo que tomar, persistí y resistí. El camino que abrí con esfuerzos, con servicio, con paciencia, con perseverancia, con resistencia hoy lo disfrutan otras mujeres como Gloria González Esquivel, lo cual me da mucho gusto y espero que lo sigan disfrutando muchas mujeres más.

Agradezco mucho en este proceso el acompañamiento, apoyo y oraciones de mis hijos Vania Sofía y Hésed Zabdiel, de mi esposo, Rubén Montelongo, de mis padres, Mario S. Lerín Gómez y Sarahí Cruz Gaytán, de mis hermanos, Sarahí, Azalea y Mario, de la Iglesia El Shadday, de las mujeres y varones presbiterianos y de otras confesiones que siempre me animaron a seguir adelante.

3. Ahora que eres ordenada, ¿cuál será tu perspectiva acerca del trabajo de las mujeres en la iglesia?

Creo que nada cambiará al ser ordenada con respecto al trabajo con las mujeres en la iglesia, pues sigo teniendo el mismo compromiso con ellas, y no por haber logrado ya la ordenación dejaré de trabajar por ellas. Mi compromiso es seguir recuperando la conciencia y dignidad de las mujeres. El trabajo es exhaustivo, desgastante, pero antes como ahora mi compromiso será no descansar hasta que cada niña, casa muchacha, cada mujer llamada por el Señor para ejercer algún ministerio tenga la certeza de que si Dios la llama puede ejercerlo con plenitud y libertad. La educación de niños y niñas será uno de mis compromisos, no quiero que los niños crezcan pensando que son mejores o más que las niñas, y tampoco quiero que las niñas crean esas ideas, específicamente, de que por ser mujeres, Dios no las llama a servir. Las mujeres hemos sufrido violencia durante siglos, por lo que seguiré trabajando en la prevención de esta violencia y en la pastoral con las mujeres violentadas.

4. ¿Qué teólogas o pensadoras te han acompañado durante estos años de búsqueda, reflexión y servicio?

Las mujeres que me han influido con su pensamiento son, entre otras, las biblistas y teólogas Elsa Tamez, Irene Foulkes, Ivone Gevara, Elisabeth Schüssler-Fiorenza, María José Arana, María van Doren, Carolyn Osiek, y algunas filósofas como Graciela Hierro y Marcela Lagarde.

5. ¿Cuál es tu visión de la situación que vive actualmente la INPM? ¿Qué podrías decir a las mujeres que continúan en su seno?

La situación actual para las mujeres de la INPM es complicada. La INPM es una institución jerarquizada, estructurada solamente por varones, por lo mismo, las mujeres nunca han tenido ningún tipo de representación ni de poder dentro de la INPM. La desigualdad que viven las mujeres en la INPM atenta contra la dignidad humana, contra sus derechos como mujeres, pero sobre todo contra la soberanía de Dios.

Cuando las mujeres despierten, la INPM cambiará, no hay que olvidar que muchas veces las mismas mujeres dentro de la INPM han estado en contra de la ordenación femenina, pues como dice Marcela Lagarde: “Hay cautivas felices”. Pero aun así recordemos que siempre que las mujeres se lo proponen pueden modificar la visión de la iglesia sobre sí misma, sobre sus estructuras; las mujeres no se deben conformar al sistema si éste se opone al Reino de Dios, pues les corresponde a las mujeres obedecer a Dios antes que a los hombres. Tienen mucho trabajo, no están solas, las acompañamos y apoyamos en todo, el Espíritu Santo está con ellas, tienen que estar comprometidas a trabajar por la justicia, se deben arriesgar incluso a la excomunión. No deben perder la fe, no deben perder la esperanza, pero deben propiciar un cambio, deben oponerse a las injusticias ante todo aquello que vaya en contra del Reino de Dios, no deben dejar de trabajar por él, pero siempre con dignidad. Deben exigir ser reconocidas y remuneradas en el servicio al cual Dios las ha llamado y, si esto no es posible, creo que, como nosotros deben salir de esta pseudo-iglesia, porque no se es Iglesia cuando se va en contra de las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.

6. ¿Hasta qué punto las orientaciones de las organizaciones reformadas y ecuménicas (AIPRAL, CLAI, CMIR, CMI) acerca de los ministerios femeninos ordenados han contribuido a transformar las mentalidades eclesiásticas?

Todos estos organismos apoyan los ministerios ordenados de las mujeres y la INPM siendo miembro de algunos de ellos no acata estas disposiciones. Es contradictorio que perteneciendo a estos organismos al mismo tiempo se oponga a ordenar mujeres; la INPM maneja una doble moral, ante el extranjero da una cara de apertura y hacia el interior es represiva. Sin embargo, estos organismos han contribuido a transformar las mentalidades en las bases, no en las cúpulas de poder, pero sí en el pueblo.

7. ¿Cuál piensas que será tu aportación a la naciente Comunión Mexicana de Iglesias Reformadas y Presbiterianas?

Ahora somos pioneros, con la esperanza en las manos tenemos la responsabilidad de llevar la justicia a toda la iglesia. Mi compromiso no es haber llegado, sino apenas partir, partir hacia un nuevo comienzo. Este evento marca la vida de las iglesias que iniciamos un nuevo camino, estamos preparando el presente y el futuro de nuestras comunidades, no somos como humanos la panacea a los vicios de las iglesias: ¡Dios nos guarde de serlo! “Maldito el hombre que confía en el hombre”, pero sí podemos dejarnos usar por el Espíritu que sopla fuerte, ser agentes de cambio al dejarnos usar con sabiduría por su voluntad. Mi aportación será seguir trabajando para que otras mujeres, que vienen detrás de mí, niñas, jóvenes, adultas que han sido llamadas por el Señor a los distintos ministerios logren el sueño que hoy yo veo realizado y puedan obedecer a este llamado sirviéndole plenamente.

8. ¿Consideras que era necesario el surgimiento de un nuevo organismo eclesiástico?

¡Claro! Era necesario desde hace décadas, pero nadie tomaba la iniciativa, por fin se ha roto con el cautiverio de la INPM, se rompió el odre viejo y ahora podemos guardar vino nuevo en odres nuevos, ha llegado el kairós a nuestra iglesia, hemos sido seducidos por el Evangelio del Reino de Dios. ¿Qué podríamos hacer en una iglesia que no lo vive? Como dice Joachim Jeremías: “El Espíritu de Jehová se ha extinguido” en la INPM, porque una iglesia que discrimina y que excluye no es la Iglesia del Señor, y Jesucristo no excluye a nadie. Tuvo que presentarse la crisis de la excomunión de mis compañeros para que se diera esta transformación, pero los resultados fueron buenos: Ahora formamos una nueva iglesia, una iglesia igualitaria, una iglesia donde cabremos todas y todos.

9. ¿Qué opinan tus hijos y tu esposo de la ordenación? ¿Qué te han dicho ahora?

Una de las muchas razones por la que me he esforzado en este tiempo es porque las niñas como mi hija Vania Sofía y las siguientes generaciones de mujeres puedan participar plenamente de sus ministerios y ver a su mismo género gozando la igualdad. Mis hijos Vania y Hésed están muy contentos, están emocionados, esto es algo que de alguna manera afirma su confianza en el futuro, su fe en un Dios que puede obrar milagros, mover corazones y cambiar el rumbo de la historia, porque Él es el Señor de la historia.

Como lo mencioné antes, mis hijos y mi esposo me han acompañado con mucha paciencia durante este proceso ¡Imagínate! Vania tenía 4 años cuando inicié el proceso de exámenes. Ellos me han visto llorar, orar, luchar, levantar la cabeza, resistir y persistir. Han orado conmigo, me han animado cuando pensaba claudicar, y de alguna manera ven este logro como un triunfo propio. Están convencidos de la igualdad entre hombre y mujer en la iglesia. Rubén ha defendido desde siempre los ministerios de las mujeres, él fue uno de los primeros que ordenó diaconisas en la Iglesia Peniel en enero de 1995. Por supuesto que él es de los más felices y contentos por este evento. Ha luchado conmigo para lograr esta ordenación, ha tratado de que sea justa y sobre todo ha sabido ser un compañero fiel en todo este tiempo, me ha apoyado, ha compartido mis cargas y me ha sostenido en la flaqueza, ha compartido la vida y ha cumplido sus tareas de padre y aun las mías para que yo pudiera estudiar y sacar adelante mis exámenes. Agradezco mucho a Dios por su gran amor y ternura.

10. ¿Qué mensaje darías a las mujeres que, como tú, estudiaron teología y no tenían la posibilidad de recibir la ordenación?

Otra iglesia es posible, nada hay imposible para Dios y para las que confiamos en él tampoco. Las puertas de esta nueva Comunión de Iglesias están abiertas para las que quieran ejercer su ministerio con dignidad. Las mujeres tenemos que tomar la iniciativa, correr riesgos, no conformarnos. Ante los cambios no podemos ser solamente observadoras, pues ahora quedará en ellas el dilema de seguir en una iglesia que no las valora, que las discrimina o moverse, hacer cambios, arriesgarse para lograr ejercer sus ministerios con plenitud. La ordenación de ministras que se llevará a cabo este domingo 28 de octubre les debe mostrar que su esfuerzo académico, sus sueños y anhelos, su vocación con la ayuda del Dios Padre y Madre se logran. Las animo a seguir luchando, a que no se dejen vencer por la tristeza y la desesperanza, a que insistan, resistan y actúen. Aquí las esperamos con los brazos abiertos.

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Teología y ordenación de las mujeres en la Iglesia: tradición, conversión y cambio


Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce discípulos y les dijo: “Si alguno de ustedes quiere ser el más importante, deberá ocupar el último lugar y ser el servidor de todos los demás”.[1]

Marcos 9.35, Traducción en Lenguaje Actual

La historia de la Iglesia, desde el primer siglo apostólico hasta nuestros días, muestra un doble y constante movimiento: por un lado, las tentativas de las mujeres por participar en la difusión del mensaje evangélico y, en sentido opuesto, los esfuerzos de los hombres por impedírselo.[2]

Suzanne Tunc

1. Un mea culpa necesario, forzoso, de conciencia…

Pocas cosas hay más tradicionales en el ámbito de la espiritualidad cristiana que la confesión. Ciertamente, en el espectro protestante, no dirigida a nadie sino a Dios y, por lo tanto, confinada al espacio privado, aunque litúrgicamente sea también una práctica colectiva, ya sea en la forma del mea culpa o de otras variantes como el salmo 51. Como ha dicho la teóloga Uta Ranke- Heinemann: “De los innumerables pecados cometidos a lo largo de su historia, de ningún otro deberían de arrepentirse tanto las Iglesias como del pecado cometido contra la mujer”.[3] Y nada más necesario, ciertamente, a la hora de acercarnos a un asunto tan sensible como el del rechazo oficial en el seno de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) a la ordenación de las mujeres, en nombre, nada menos, que de la voluntad divina consignada en las Sagradas Escrituras.

Porque la actitud espiritual que debe presidir estas reflexiones, discusiones y debates es justamente la del arrepentimiento y la conversión por el estado que guarda en este momento la persistente cerrazón al respecto por parte de la minoría masculina de la INPM, gracias al poder que ejerce desde los inicios históricos de la misma.

Y es que si echamos una mirada a la historia sin dejarnos guiar por un “criterio de género”, la pregunta sobre quién ha sido, hasta el momento, la figura con mayor proyección teológica a nivel mundial que ha surgido de dicha iglesia en este país, tendríamos que responder que esa persona es mujer, que no estudió sus bases en un aula del Seminario de la INPM, ni se postuló nunca para ser pastora a sabiendas de que no se aceptaría su solicitud ni se reconocería su vocación o llamamiento. Tampoco donde ha vivido la mayor parte de su vida y adonde llegó a ser rectora de la institución que la vio desarrollarse ha ejercido las labores pastorales, lo cual no le ha impedido ser una de las voces teológicas latinoamericanas de primera línea. Con todo esto en mente, no hay que olvidar que en septiembre de 1975 participó en el Primer Congreso de Teología Reformada, apenas un año después de haber dado a la luz pública el primero de los frutos de su formación académica, un diccionario del griego del Nuevo Testamento. En aquella ocasión habló precisamente como pionera que fue de la reflexión teológica femenina, de los caminos que se abrían en este terreno y de sus posibilidades para la Iglesia de la época.[4] En octubre de 1979, también en México, D.F., haría lo mismo en otro foro adonde estuvo presente la cubana Ofelia Ortega, primera pastora presbiteriana ordenada en América Latina.[5]

Evidentemente, me estoy refiriendo a la doctora Elsa Tamez Luna. Invito a escuchar su testimonio acerca de esos años formativos, donde se mezclan sentimientos y recuerdos encontrados:

Si hoy me dedico a la educación y producción teológica, mucho tiene que ver la iglesia en la cual crecí. Una iglesia presbiteriana, pequeña. […] A pesar de ser ideológicamente conservadora, allí aprendí a ser persona con palabra, a ser líder, y sobre todo a estar muy cerca de Dios. La iglesia era como un segundo hogar en donde se aprendía mucho pero también se jugaba todo el tiempo. Ahora, como teóloga, me doy cuenta de tantas concepciones erróneas que escuché. Caigo en la cuenta, por ejemplo, de que ese Dios cercano era intimista e imparcial. […]

Muy joven, a los 18 años, ingresé a estudiar Teología en el Seminario Bíblico Latinoamericano, ubicado en Costa Rica. Ni pude estudiar en México simplemente porque en la iglesia presbiteriana las mujeres no teníamos acceso a los estudios superiores de teología, sólo los varones.[6]

Si hacemos caso a estas palabras, se abre toda una veta para alimentar nuestra confesión al pensar en el rostro de Dios que transmitimos al impedir que muchas de sus hijas lo representen oficialmente en la Iglesia… Algunos datos históricos vienen en nuestro auxilio, no tanto para hacer menos doloroso el mea culpa, sino para tratar de abrir los ojos ante las realidades cambiantes que nos han tocado de cerca en México y América Latina. Hace varios años, el doctor Eliseo Pérez Álvarez, como parte de un recuento de mujeres en la historia de la Iglesia, rescató el nombre de la primera alumna egresada del Seminario Teológico Presbiteriano de México (STPM), Eunice Amador de Acle, en 1951, dos años antes de que se otorgara el voto a las mujeres en México.[7]

Y qué decir de Evangelina Corona Cadena, ex costurera y diputada federal entre 1991 y 1994, cuyo testimonio acerca de la ordenación al ancianato sacude conciencias cada vez que lo presenta y da fe de su prolongada militancia cristiana.[8] La Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA) ordenó en 2007 a Rosa Blanca González, otra egresada del STPM, como Ministra de la Palabra y de los Sacramentos como parte de un proceso de integración a los ministerios hispanos, exteriormente, pero también para culminar un desarrollo personal que no necesariamente contemplaba de haber seguido militando en la INPM.[9]

Hace pocos días escuché de viva voz, hace unos días, el testimonio de una egresada del Seminario que fue recientemente ordenada como pastora en una iglesia hermana de la Península Ibérica y a quien había entrevistado a larga distancia para una publicación virtual. Allí, expresó también sus sentimientos y aspiraciones y la forma en que fueron canalizadas con su traslado a otro país e iglesia.[10] Me refiero a Eva Domínguez Sosa, quien ha transitado todos los caminos exigidos por la INPM en los ámbitos femenil, misionero, musical y teológico. Otros nombres de egresadas del STPM se suman también a esta lista: Amparo Lerín Cruz, quien está en medio del proceso que eventualmente desembocará en su ordenación; Luisa Guzmán, quien desde el Centro de Estudios Ecuménicos colabora con diversos movimientos sociales; y Verónica Domínguez, quien ha asumido una sólida labor pastoral en el campo juvenil.

De modo que, ante estos casos relevantes y con aspectos ambiguos debido a la forma en que estas mujeres han asimilado su llamado divino, pero quizá más ante los anónimos y distantes, producto del silencio a que han sido condenadas muchas siervas auténticas del Señor Jesucristo, los hombres de la INPM debemos inclinar la cabeza ante Dios y ante ellas en una actitud de confesión, arrepentimiento y conversión.

2. Fortalezas y debilidades de una postura tradicional

El supuesto problema eclesiástico de la ordenación de las mujeres a los ministerios debería remitirnos, con toda claridad espiritual, psicológica y sociológica al verdadero problema: la forma en que las feminidades y masculinidades (en plural) se experimentan en contacto con las realidades propiciadas e iluminadas por la fe, a fin de que se vivan de maneras saludables, no patológicas. El rechazo sistémico (y sistemático) a este proceso como algo “normal” o formal en la INPM sería así, un signo o síntoma de una patología eclesiástica relacionada con el uso del poder en la iglesia, pues como bien señala Hugo Cáceres en un trabajo sobre la masculinidad de Jesús: “…el golpe más duro que recibió el patriarcado fue la auto-revelación de Dios en la fragilidad de la encarnación y la crucifixión que puso de lado el poder y dominio que han caracterizado a la masculinidad occidental”.[11] Este punto de partida, que va más allá del esquema clero-laicado e implica la forma en que debe entenderse antropológicamente la salvación, descubre varios énfasis que ubican la ordenación en el plano de la indefinida resolución de las luchas de poder entre personas del mismo sexo, pues como agrega Cáceres:

Género, poder y sexualidad están definidos inseparablemente en la sociedad. No se puede postular que el asunto de género no tiene nada que ver con el poder en las instituciones; tal como es percibido el género (fuerte, débil, cerebral, afectivo) tiene su repercusión en las estructuras de poder. Igualmente la sexualidad (activa, pasiva, arriba, abajo) es manifestación clara de dominio en las relaciones. La autoridad fundamenta su poder en principios de género para desarrollar una racionalidad que la sostenga.[12]

La masculinidad de los varones de la Iglesia, quienes nos asumimos como los únicos con derecho a ser portadores del mensaje evangélico de manera oficial, se asimila al sistema patriarcal dominante, el cual, lo mismo que en la época de Pablo y de Jesús, no consideraba de ningún modo la posibilidad de compartir el poder que detentaba. Jesús mismo, como varón que se confrontó en diversas ocasiones con la otredad representada por mujeres que cuestionaron, así fuera tímidamente, su papel como representante de Dios, practicó un modelo alternativo de masculinidad que no se ha querido ver como parte prioritaria de su mensaje y acción:

…el modelo de masculinidad que personificó y enseñó Jesús estaba en abierta contradicción con los valores de masculinidad dominantes en el imperio romano. Su propuesta fue sorprendentemente novedosa y desafiaba los patrones de conducta establecidos para un varón aceptable en el mundo mediterráneo antiguo. Al mismo tiempo hace hincapié en el modo cómo en pocas décadas después de iniciado el movimiento de Jesús, el modelo de masculinidad y la consecuente organización social que proponía la ortodoxia cristiana —como en Ef y 1 Tim— se adaptó decididamente a los modelos socialmente aceptables en el imperio y pasó de ser una novedosa propuesta social a convertirse en una defensora de principios de género ajenos a la predicación y actuación del Maestro galileo.[13]

Estaríamos hablando, entonces, de una “masculinidad tóxica” que ha enfermado la praxis cristiana, deformándola especialmente en lo relacionado con la representación, los oficios o ministerios autorizados, debido a que habiéndose hecho del poder desde los inicios del cristianismo y practicado una progresiva “invisibilización” y “borramiento” de la labor de las mujeres al servicio del Evangelio, como han demostrado Suzanne Tunc y Diana Rocco Tedesco, entre otras autoras.[14] La primera escribe al respecto:

Lo primero que aparece es la eliminación progresiva de las mujeres, desde el final del periodo post-apostólico, de los “ministerios” en vías de formación. Efectivamente, poco a poco la “secta” judía nueva tuvo que adoptar los modos y costumbres de la sociedad patriarcal en que vivía. […]

Las excepciones que hemos encontrado, debidas a la iniciativa de las mujeres en la evangelización, sólo fueron posibles gracias a la amplitud de horizontes que tuvo Pablo.Las mujeres tenían que desaparecer. En consecuencia, textos sucesivos irán encargándose rápidamente de volver a poner las cosas en orden. Son los llamados “Códigos de moral doméstica” y, luego, las Pastorales, donde sólo aparecerán las “viudas” y los “diáconos”.[15]

Así se puede apreciar que uno de los frentes históricos de este penoso proceso es el de la redacción y canonización del Nuevo Testamento, en donde una interpretación sesgada del nombre de una apóstola como Junia, no ha vacilado ¡en cambiarla de sexo! para tratar de demostrar que las mujeres no habrían alcanzado el espacio de los ministerios formales mientras vivió el apóstol Pablo, un hombre que tuvo que luchar a brazo partido contra otros hombres (a quienes denominó “súper-apóstoles”) a fin de que le reconocieran la legitimidad de su ministerio. Cristina Conti ha demostrado cómo se llevó a cabo este acto ideológico de “transexuación” en contra de una mujer plenamente identificada como tal en el ámbito cristiano antiguo:

Al final de su carta a los romanos, el apóstol Pablo envía sus saludos a unos parientes suyos, Andrónico y Junia, agregando que son “ilustres entre los apóstoles” (Rom 16:7). Muchos traductores vierten el nombre de la persona que acompañaba a Andrónico como Junias, un nombre masculino. Sin embargo, el nombre Junias no existe en la onomástica griega, en cambio el nombre femenino Junia aparece frecuentemente en la literatura y en las inscripciones. Cuando estudiaba en el seminario, tuve el privilegio de tomar un curso con Bruce Metzger como profesor invitado. El Dr. Metzger es miembro del comité editor del Nuevo Testamento Griego. Recuerdo que un día le pregunté sobre el tema de Junia y él me dijo que efectivamente se trataba de una mujer y que su nombre era Junia, porque el nombre masculino Junias simplemente no existe. ¿Por qué, entonces, se ha traducido ese nombre como si fuera un nombre masculino? Y lo que es tal vez peor, ¿por qué el Nuevo Testamento Griego, incluso en su última edición (NTG27) sigue apegado a la forma masculina Iouniân, el acusativo del masculino Junias (un nombre que no existe)? […]

En la Iglesia Ortodoxa Griega, se tiene en gran estima a Andrónico y a su esposa Junia. Se cree que ambos recorrieron el mundo llevando el evangelio y fundando iglesias. Santa Junia es celebrada el 17 de mayo.[16]

Si en verdad quisiéramos apegarnos a la llamada “tradición reformada” y prestar atención seriamente a autoridades tan importantes dentro de la misma como el propio Juan Calvino y Jean-Jacques von Allmen, por sólo citar dos nombres, deberíamos reafirmar algunas de sus apreciaciones sobre la presencia y acción de las mujeres en la Iglesia y negarles la ordenación a los ministerios, especialmente el pastoral. ¿Por qué? Porque los ímpetus de la inclusión y la exclusión siempre han convivido, no siempre conflictivamente, en el seno de las iglesias cristianas de todas las épocas. En el caso del protestantismo, como bien ha demostrado el sociólogo Jean Paul Willaime, la doctrina tan invocada del “sacerdocio universal de los creyentes” ha disputado la supremacía ideológica y cultural con las tendencias hacia el fundamentalismo (clericalismo) escondidas en el principio de la Sola Scriptura.[17] Jane Dempsey Douglass ha demostrado que, a pesar de todo, Calvino abrió la puerta hacia la inclusión de las mujeres en los ministerios a causa de las derivaciones de su visión sobre el ministerio cristiano.[18] Von Allmen, en los años 60 del siglo XX, aun oponiéndose a la ordenación femenina, aportó una perspectiva sólida y autocrítica en términos de la presencia de la gracia:

Se aborda muy mal el problema tratándolo desde el ángulo de los derechos que se reivindican. Nadie, ni hombre ni mujer, tienen el derecho de ser pastor. Esto es siempre una gracia, y si esta gracia confiere a quien la recibe algunos derechos, sólo es para que pueda ejercerse en condiciones convenientes. […]

No pertenece a la Iglesia apoderarse de la gracia como de una presa para administrarla después a su gusto; se trata, más bien, de que ella sepa que puede devolver gracia por gracia recibida, y para que ésta no se altere, es la gracia recibida la que debe devolver.[19]

La interpretación autoritativa (y con demasiada frecuencia, autoritaria) ha creado y desplegado con el paso de los siglos una tradición bastante cuestionable que por supuesto se niega a ceder espacios a quienes ha relegado al silencio y la marginación. No se advierte con ello, desde una óptica derivada del vaciamiento de Cristo (kénosis) que la renuncia al poder en todas sus manifestaciones forma parte de una opción evangélica advertida incluso por los estudiosos de la masculinidad, como Walter Riso, quien señala. “La liberación masculina no es una lucha para obtener el poder de los medios de producción, sino para desprenderse de ellos. La verdadera revolución del varón, más que política es psicológica y afectiva. Es la conquista de la libertad interior y el desprendimiento de las antiguas señales ficticias de seguridad”.[20] Habría que aprovechar la reconstrucción de aquellas tradiciones sobre ordenación de mujeres de las cuales dan fe varios libros “apócrifos” y que en otros tiempos fueron confinadas a las “iglesias heréticas” de los primeros siglos.[21] En este sentido, es fundamental el trabajo realizado por Kevin Madigan y Carfolyn Osiek en su volumen Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva,[22] que documenta muy bien nombres y registros de diversas iglesias institucionales en el mundo grecorromano. Muchos de esos movimientos fueron espacios de resistencia, como destaca Tunc, pues las mujeres lucharon contra las prohibiciones y la marginación en su afán por servir al Señor.

3. ¿Reivindicación, conversión o cambio?: el dilema de una Iglesia hiper-masculinizada

Las diversas motivaciones que puede tener la Iglesia para cambiar su perspectiva en cuanto a la ordenación de las mujeres atraviesan diversos niveles de comprensión de la creencia calvinista en la acción de Dios en la Iglesia y la sociedad, pues aunque se afirma que “el mundo es el escenario de la gloria de Dios”, paradójicamente no se acepta que la influencia de los cambios acontecidos en “el mundo”, así sean muy positivos, deba aplicarse automáticamente como muestra de que Dios desea transformar ambos espacios. Se insiste en creer que la Iglesia debe ser el motor de cambio para el mundo, pero no lo contrario, lo cual contradice claramente la visión reformada de una acción divina encaminada a establecer el Reino de Dios en el mundo. Pero, en ese esquema ideal (e idealizante) sólo la Iglesia puede ser vanguardia del Reino de Dios, por lo que la ruptura entre ambos espacios debe mantenerse como condición para hacer visible, en las prácticas religiosas y espirituales de la Iglesia, los valores del Reino.

El desarrollo contemporáneo de la teología reformada, eclesial y académicamente, ha llevado este tema hasta el punto en que, con base en algunos antecedentes, coloca la definición sobre las ordenaciones femeninas en el terreno de las decisiones locales (basta con revisar el reciente documento sobre la ordenación de la Federación de Iglesias Protestantes Suizas[23]) pero también ha anunciado, en el portal de la nueva Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), que la determinación de las iglesias miembros al respecto puede llegar a ser un factor vinculante para dicha membresía en el futuro. Uno de sus documentos básicos se refiere explícitamente al asunto y habla de que este organismo promoverá abiertamente la ordenación femenina entre aquellas  iglesias que aún no la llevan a cabo. Para la CMIR, como debería ser para nosotros también, esto se llama justicia de género.[24]

Además, en continuidad a su antecedente, la Alianza Reformada Mundial (ARM), ha lanzado un material de estudio, ahora para hombres, que busca contribuir a la concientización de las iglesias no sólo en el tema de la ordenación sino en la necesidad de equiparse eclesialmente (convertirse) hacia una nueva etapa de relaciones entre hombres y mujeres en la iglesia.[25] Previamente a la 24ª Asamblea General de Accra, Ghana, en 2004, la ARM publicó el material Celebrando la esperanza de la plenitud de vida: desafíos para la Iglesia, en donde se recogen testimonios de mujeres de diversas regiones del mundo. Esto se suma a los esfuerzos previos de promoción lanzados en 1993 y 1999, dos recopilaciones de ponencias de autores de diversas partes del mundo, entre las que destacan las de Elsa Tamez y Salatiel Palomino, por México.[26]

En síntesis, que el llamado a la conversión llega desde diferentes lugares y con diversos tonos y matices, y no habría que esperar a que nuestra iglesia entre a una situación deProcessus confessionis, es decir, de reconocimiento progresivo, educación y confesión, que la pondría en entredicho hasta que decida vincularse al proceso de reconocimiento de los ministerios ordenados de las mujeres, tal como ya lo han hecho la mayoría de las iglesias, como sucedió con algunas iglesias reformadas sudafricanas en relación con la segregación racial en los años 80 y con la convocatoria para discutir el tema de la destrucción de la creación en 1997. Parecería que el propio Dios está colocando en muchos lugares sus señales de advertencia para la integración de sus hijas al servicio formal en la Iglesia y que nos llama, a hombres y mujeres por igual, a convertirnos, no a una moda más o a un tema de actualidad, sino como lo hizo con el apóstol Pedro en el libro de los Hechos, a una serie de conversiones que implican, para el caso de las mujeres, a una conversión hacia sí mismas, y para los varones, a convertirnos a la otredad para descubrir un rostro de Dios más humano, cercano y solidario.

Curso: Ministerio y ordenación de la mujer, Presbiterio del Estado de México
Iglesia San Pablo, Zaragoza 55, col. Pilares, Toluca, Estado de México

15 de enero de 2011


[1] Cf. la Biblia Isha, edición de la TLA con notas referidas a la mujer, un esfuerzo notable por acercar a los y las lectoras a una reflexión histórica, crítica y contextual.

[2] S. Tunc, También las mujeres seguían a Jesús. 2ª ed. Santander, Sal Terrae, 1999 (Presencia teológica, 98), p. 109.

[3] Cit. por J.G. Bedoya, “Ella como pecado”, en El País, Madrid, 3 de septiembre de 2010, http://www.elpais.com/articulo/sociedad/pecado/elpepisoc/20100903elpepisoc_1/Tes

[4] El libro que recogió las ponencias (Cecilio Lajara, comp., Un pueblo con mentalidad teológica. México, El Faro, 1976) no incluye su participación.

[5] Cf. Varias autoras, Mujer latinoamericana. Iglesia y teología. México, Mujeres para el Diálogo, 1981. Cf. el testimonio de O. Ortega en J.J. Tamayo y J. Bosch, eds., Panorama de la teología latinoamericana. Estella, Verbo Divino, 2000, pp.

[6] E. Tamez, “Descubriendo rostros distintos de Dios”, en J.J. Tamayo y J. Bosch, op. cit., Estella, Verbo Divino, 2000, pp. 647-648. Énfasis agregado.

[7] Cf. E. Pérez-Álvarez, “Teología de la faena; un asomo a los ministerios cristianos desde la Iglesia Apostólica hasta la Iglesia Imperial”, en Tiempo de hablar. Reflexiones sobre los ministerios femeninos. MéxicoPresbyterian Women-Ediciones STPM, 1997, p. .

[8] E. Corona Cadena, Contar las cosas como fueron. México, Documentación y Estudios de Mujeres, 2007.

[9] Cf. Mary Giunca, “La esposa de un pastor presbiteriano mexicano será ordenada en la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos”, en Boletín Informativo del Centro Basilea de Investigación y Apoyo, núm. 26, abril-junio de 2007, p. 28, http://issuu.com/centrobasilea/docs/bol26-abr-jun2007.

[10] Cf. L. Cervantes-Ortiz, “Entrevista con Eva Domínguez Sosa, recientemente ordenada por la Iglesia Evangélica española”, en Lupa Protestante, 6 de marzo de 2010,http://www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2097.

[11] H. Cáceres, “La masculinidad de Jesús. Recuperando un aspecto olvidado del seguimiento de Cristo”, p. 181, en http://www.clar.org/clar/index.php?module=Contenido&type=file&func=get&tid=3&fid=descarga&pid=50.

[12] Ibid., p. 190.

[13] Ibid., p. 182.

[14] Cf. D. Rocco Tedesco, Mujeres, ¿el sexo débil? Bilbao, Desclée de Brouwer, 2008 (En clave de mujer…).

[15] S. Tunc, op. cit., pp. 109-110. Énfasis agregado. Cf. E. Tamez, “Visibilidad, exclusión y control de las mujeres en la Primera carta a Timoteo”, en RIBLA, núm. 55,http://www.claiweb.org/ribla/ribla55/visibilidad.html.

[16] C. Conti, “Junia, la apóstol transexuada”, en Lupa Protestante, 15 de noviembre de 2010, www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2266:junia-la-apostol-transexuada-rom-167&catid=13&Itemid=129Cf. Eldon Jay Epp, Junia: the first woman apostle. Minneapolis, Fortress Press, 2005.

[17] Cf. J.-P. Willaime, La precarité protestante. Sociologie du protestantisme contemporain. Ginebra, Labor et Fides, 1992; e Idem, “Del protestantismo como objeto sociológico”,en Religiones y Sociedad, México, Secretaría de Gobernación, núm. 3, 1998, pp. 124-134.

[18] J. Dempsey Douglass, Women, freedom and Calvin. Filadelfia, The Westminster Press, 1985. Cf. Idem, “Glimpses of reformed women leaders from our history”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, eds., “Walk, my sister”. The ordination of women: reformed perspectives. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 1993 (Estudios, 18), pp. 101-110.

[19] J.-J. von Allmen, Ministerio sagrado. Salamanca, Sígueme, 1968, pp. 139-140.

[20] W. Riso, Intimidades masculinas. Lo que toda mujer debe saber acerca de los hombres. Bogotá, Norma, 1998, p. 18. Énfasis original.

[21] S. Tunc, op. cit., pp. 110, 121-126.

[22] K. Madigan y C. Osiek, eds., Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aleteheia, 2).

[23] Cf. Ordination from the perspective of the Reformed Church. Berna, Federación de Iglesias Protestantes Suizas, 2009 (IFSCPC, 10).

[24] “Gender Justice and Partnership”, en http://www.wcrc.ch/node/487.

[25] Cf. Patricia Sheerattan-Bisnauth y Philip Vinod Peacock, eds., Created in God’s image. From hegemony to partnership. A Church manual on men as partners. Ginebra, CMIR-CMI, 2010, www.wcrc.ch/sites/default/files/PositiveMasculinitiesGenderManual_0.pdfUn primer volumen fue: Created in God’s image. From hierarchy to partnership. A Church manual for gender awareness and leadership development. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 2003.

[26] Cf. E. Tamez, “No longer silent: a Bible study on 1 Corinthians 14.34-35 and Galatians 3.28”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, op. cit., pp. 52-62; y S. Palomino López, “En busca de aceptación y reconocimiento: las luchas de las mujeres en el ministerio”, en Mundo Reformado, núms. 1-2, marzo-junio de 1999, pp. 51-66.

Leopoldo Cervantes Ortiz, México

Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce discípulos y les dijo: “Si alguno de ustedes quiere ser el más importante, deberá ocupar el último lugar y ser el servidor de todos los demás”.[1]

Marcos 9.35, Traducción en Lenguaje Actual

La historia de la Iglesia, desde el primer siglo apostólico hasta nuestros días, muestra un doble y constante movimiento: por un lado, las tentativas de las mujeres por participar en la difusión del mensaje evangélico y, en sentido opuesto, los esfuerzos de los hombres por impedírselo.[2]

Suzanne Tunc

1. Un mea culpa necesario, forzoso, de conciencia…

Pocas cosas hay más tradicionales en el ámbito de la espiritualidad cristiana que la confesión. Ciertamente, en el espectro protestante, no dirigida a nadie sino a Dios y, por lo tanto, confinada al espacio privado, aunque litúrgicamente sea también una práctica colectiva, ya sea en la forma del mea culpa o de otras variantes como el salmo 51. Como ha dicho la teóloga Uta Ranke- Heinemann: “De los innumerables pecados cometidos a lo largo de su historia, de ningún otro deberían de arrepentirse tanto las Iglesias como del pecado cometido contra la mujer”.[3] Y nada más necesario, ciertamente, a la hora de acercarnos a un asunto tan sensible como el del rechazo oficial en el seno de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) a la ordenación de las mujeres, en nombre, nada menos, que de la voluntad divina consignada en las Sagradas Escrituras.

Porque la actitud espiritual que debe presidir estas reflexiones, discusiones y debates es justamente la del arrepentimiento y la conversión por el estado que guarda en este momento la persistente cerrazón al respecto por parte de la minoría masculina de la INPM, gracias al poder que ejerce desde los inicios históricos de la misma.

Y es que si echamos una mirada a la historia sin dejarnos guiar por un “criterio de género”, la pregunta sobre quién ha sido, hasta el momento, la figura con mayor proyección teológica a nivel mundial que ha surgido de dicha iglesia en este país, tendríamos que responder que esa persona es mujer, que no estudió sus bases en un aula del Seminario de la INPM, ni se postuló nunca para ser pastora a sabiendas de que no se aceptaría su solicitud ni se reconocería su vocación o llamamiento. Tampoco donde ha vivido la mayor parte de su vida y adonde llegó a ser rectora de la institución que la vio desarrollarse ha ejercido las labores pastorales, lo cual no le ha impedido ser una de las voces teológicas latinoamericanas de primera línea. Con todo esto en mente, no hay que olvidar que en septiembre de 1975 participó en el Primer Congreso de Teología Reformada, apenas un año después de haber dado a la luz pública el primero de los frutos de su formación académica, un diccionario del griego del Nuevo Testamento. En aquella ocasión habló precisamente como pionera que fue de la reflexión teológica femenina, de los caminos que se abrían en este terreno y de sus posibilidades para la Iglesia de la época.[4]En octubre de 1979, también en México, D.F., haría lo mismo en otro foro adonde estuvo presente la cubana Ofelia Ortega, primera pastora presbiteriana ordenada en América Latina.[5]

Evidentemente, me estoy refiriendo a la doctora Elsa Tamez Luna. Invito a escuchar su testimonio acerca de esos años formativos, donde se mezclan sentimientos y recuerdos encontrados:

Si hoy me dedico a la educación y producción teológica, mucho tiene que ver la iglesia en la cual crecí. Una iglesia presbiteriana, pequeña. […] A pesar de ser ideológicamente conservadora, allí aprendí a ser persona con palabra, a ser líder, y sobre todo a estar muy cerca de Dios. La iglesia era como un segundo hogar en donde se aprendía mucho pero también se jugaba todo el tiempo. Ahora, como teóloga, me doy cuenta de tantas concepciones erróneas que escuché. Caigo en la cuenta, por ejemplo, de que ese Dios cercano era intimista e imparcial. […]

Muy joven, a los 18 años, ingresé a estudiar Teología en el Seminario Bíblico Latinoamericano, ubicado en Costa Rica. Ni pude estudiar en México simplemente porque en la iglesia presbiteriana las mujeres no teníamos acceso a los estudios superiores de teología, sólo los varones.[6]

Si hacemos caso a estas palabras, se abre toda una veta para alimentar nuestra confesión al pensar en el rostro de Dios que transmitimos al impedir que muchas de sus hijas lo representen oficialmente en la Iglesia… Algunos datos históricos vienen en nuestro auxilio, no tanto para hacer menos doloroso el mea culpa, sino para tratar de abrir los ojos ante las realidades cambiantes que nos han tocado de cerca en México y América Latina. Hace varios años, el doctor Eliseo Pérez Álvarez, como parte de un recuento de mujeres en la historia de la Iglesia, rescató el nombre de la primera alumna egresada del Seminario Teológico Presbiteriano de México (STPM), Eunice Amador de Acle, en 1951, dos años antes de que se otorgara el voto a las mujeres en México.[7]

Y qué decir de Evangelina Corona Cadena, ex costurera y diputada federal entre 1991 y 1994, cuyo testimonio acerca de la ordenación al ancianato sacude conciencias cada vez que lo presenta y da fe de su prolongada militancia cristiana.[8] La Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA) ordenó en 2007 a Rosa Blanca González, otra egresada del STPM, como Ministra de la Palabra y de los Sacramentos como parte de un proceso de integración a los ministerios hispanos, exteriormente, pero también para culminar un desarrollo personal que no necesariamente contemplaba de haber seguido militando en la INPM.[9]

Hace pocos días escuché de viva voz, hace unos días, el testimonio de una egresada del Seminario que fue recientemente ordenada como pastora en una iglesia hermana de la Península Ibérica y a quien había entrevistado a larga distancia para una publicación virtual. Allí, expresó también sus sentimientos y aspiraciones y la forma en que fueron canalizadas con su traslado a otro país e iglesia.[10] Me refiero a Eva Domínguez Sosa, quien ha transitado todos los caminos exigidos por la INPM en los ámbitos femenil, misionero, musical y teológico. Otros nombres de egresadas del STPM se suman también a esta lista: Amparo Lerín Cruz, quien está en medio del proceso que eventualmente desembocará en su ordenación; Luisa Guzmán, quien desde el Centro de Estudios Ecuménicos colabora con diversos movimientos sociales; y Verónica Domínguez, quien ha asumido una sólida labor pastoral en el campo juvenil.

De modo que, ante estos casos relevantes y con aspectos ambiguos debido a la forma en que estas mujeres han asimilado su llamado divino, pero quizá más ante los anónimos y distantes, producto del silencio a que han sido condenadas muchas siervas auténticas del Señor Jesucristo, los hombres de la INPM debemos inclinar la cabeza ante Dios y ante ellas en una actitud de confesión, arrepentimiento y conversión.

2. Fortalezas y debilidades de una postura tradicional

El supuesto problema eclesiástico de la ordenación de las mujeres a los ministerios debería remitirnos, con toda claridad espiritual, psicológica y sociológica al verdadero problema: la forma en que las feminidades y masculinidades (en plural) se experimentan en contacto con las realidades propiciadas e iluminadas por la fe, a fin de que se vivan de maneras saludables, no patológicas. El rechazo sistémico (y sistemático) a este proceso como algo “normal” o formal en la INPM sería así, un signo o síntoma de una patología eclesiástica relacionada con el uso del poder en la iglesia, pues como bien señala Hugo Cáceres en un trabajo sobre la masculinidad de Jesús: “…el golpe más duro que recibió el patriarcado fue la auto-revelación de Dios en la fragilidad de la encarnación y la crucifixión que puso de lado el poder y dominio que han caracterizado a la masculinidad occidental”.[11] Este punto de partida, que va más allá del esquema clero-laicado e implica la forma en que debe entenderse antropológicamente la salvación, descubre varios énfasis que ubican la ordenación en el plano de la indefinida resolución de las luchas de poder entre personas del mismo sexo, pues como agrega Cáceres:

Género, poder y sexualidad están definidos inseparablemente en la sociedad. No se puede postular que el asunto de género no tiene nada que ver con el poder en las instituciones; tal como es percibido el género (fuerte, débil, cerebral, afectivo) tiene su repercusión en las estructuras de poder. Igualmente la sexualidad (activa, pasiva, arriba, abajo) es manifestación clara de dominio en las relaciones. La autoridad fundamenta su poder en principios de género para desarrollar una racionalidad que la sostenga.[12]

La masculinidad de los varones de la Iglesia, quienes nos asumimos como los únicos con derecho a ser portadores del mensaje evangélico de manera oficial, se asimila al sistema patriarcal dominante, el cual, lo mismo que en la época de Pablo y de Jesús, no consideraba de ningún modo la posibilidad de compartir el poder que detentaba. Jesús mismo, como varón que se confrontó en diversas ocasiones con la otredad representada por mujeres que cuestionaron, así fuera tímidamente, su papel como representante de Dios, practicó un modelo alternativo de masculinidad que no se ha querido ver como parte prioritaria de su mensaje y acción:

…el modelo de masculinidad que personificó y enseñó Jesús estaba en abierta contradicción con los valores de masculinidad dominantes en el imperio romano. Su propuesta fue sorprendentemente novedosa y desafiaba los patrones de conducta establecidos para un varón aceptable en el mundo mediterráneo antiguo. Al mismo tiempo hace hincapié en el modo cómo en pocas décadas después de iniciado el movimiento de Jesús, el modelo de masculinidad y la consecuente organización social que proponía la ortodoxia cristiana —como en Ef y 1 Tim— se adaptó decididamente a los modelos socialmente aceptables en el imperio y pasó de ser una novedosa propuesta social a convertirse en una defensora de principios de género ajenos a la predicación y actuación del Maestro galileo.[13]

Estaríamos hablando, entonces, de una “masculinidad tóxica” que ha enfermado la praxis cristiana, deformándola especialmente en lo relacionado con la representación, los oficios o ministerios autorizados, debido a que habiéndose hecho del poder desde los inicios del cristianismo y practicado una progresiva “invisibilización” y “borramiento” de la labor de las mujeres al servicio del Evangelio, como han demostrado Suzanne Tunc y Diana Rocco Tedesco, entre otras autoras.[14] La primera escribe al respecto:

Lo primero que aparece es la eliminación progresiva de las mujeres, desde el final del periodo post-apostólico, de los “ministerios” en vías de formación. Efectivamente, poco a poco la “secta” judía nueva tuvo que adoptar los modos y costumbres de la sociedad patriarcal en que vivía. […]

Las excepciones que hemos encontrado, debidas a la iniciativa de las mujeres en la evangelización, sólo fueron posibles gracias a la amplitud de horizontes que tuvo Pablo.Las mujeres tenían que desaparecer. En consecuencia, textos sucesivos irán encargándose rápidamente de volver a poner las cosas en orden. Son los llamados “Códigos de moral doméstica” y, luego, las Pastorales, donde sólo aparecerán las “viudas” y los “diáconos”.[15]

Así se puede apreciar que uno de los frentes históricos de este penoso proceso es el de la redacción y canonización del Nuevo Testamento, en donde una interpretación sesgada del nombre de una apóstola como Junia, no ha vacilado ¡en cambiarla de sexo! para tratar de demostrar que las mujeres no habrían alcanzado el espacio de los ministerios formales mientras vivió el apóstol Pablo, un hombre que tuvo que luchar a brazo partido contra otros hombres (a quienes denominó “súper-apóstoles”) a fin de que le reconocieran la legitimidad de su ministerio. Cristina Conti ha demostrado cómo se llevó a cabo este acto ideológico de “transexuación” en contra de una mujer plenamente identificada como tal en el ámbito cristiano antiguo:

Al final de su carta a los romanos, el apóstol Pablo envía sus saludos a unos parientes suyos, Andrónico y Junia, agregando que son “ilustres entre los apóstoles” (Rom 16:7). Muchos traductores vierten el nombre de la persona que acompañaba a Andrónico como Junias, un nombre masculino. Sin embargo, el nombre Junias no existe en la onomástica griega, en cambio el nombre femenino Junia aparece frecuentemente en la literatura y en las inscripciones. Cuando estudiaba en el seminario, tuve el privilegio de tomar un curso con Bruce Metzger como profesor invitado. El Dr. Metzger es miembro del comité editor del Nuevo Testamento Griego. Recuerdo que un día le pregunté sobre el tema de Junia y él me dijo que efectivamente se trataba de una mujer y que su nombre era Junia, porque el nombre masculino Junias simplemente no existe. ¿Por qué, entonces, se ha traducido ese nombre como si fuera un nombre masculino? Y lo que es tal vez peor, ¿por qué el Nuevo Testamento Griego, incluso en su última edición (NTG27) sigue apegado a la forma masculina Iouniân, el acusativo del masculino Junias (un nombre que no existe)? […]

En la Iglesia Ortodoxa Griega, se tiene en gran estima a Andrónico y a su esposa Junia. Se cree que ambos recorrieron el mundo llevando el evangelio y fundando iglesias. Santa Junia es celebrada el 17 de mayo.[16]

Si en verdad quisiéramos apegarnos a la llamada “tradición reformada” y prestar atención seriamente a autoridades tan importantes dentro de la misma como el propio Juan Calvino y Jean-Jacques von Allmen, por sólo citar dos nombres, deberíamos reafirmar algunas de sus apreciaciones sobre la presencia y acción de las mujeres en la Iglesia y negarles la ordenación a los ministerios, especialmente el pastoral. ¿Por qué? Porque los ímpetus de la inclusión y la exclusión siempre han convivido, no siempre conflictivamente, en el seno de las iglesias cristianas de todas las épocas. En el caso del protestantismo, como bien ha demostrado el sociólogo Jean Paul Willaime, la doctrina tan invocada del “sacerdocio universal de los creyentes” ha disputado la supremacía ideológica y cultural con las tendencias hacia el fundamentalismo (clericalismo) escondidas en el principio de la Sola Scriptura.[17] Jane Dempsey Douglass ha demostrado que, a pesar de todo, Calvino abrió la puerta hacia la inclusión de las mujeres en los ministerios a causa de las derivaciones de su visión sobre el ministerio cristiano.[18] Von Allmen, en los años 60 del siglo XX, aun oponiéndose a la ordenación femenina, aportó una perspectiva sólida y autocrítica en términos de la presencia de la gracia:

Se aborda muy mal el problema tratándolo desde el ángulo de los derechos que se reivindican. Nadie, ni hombre ni mujer, tienen el derecho de ser pastor. Esto es siempre una gracia, y si esta gracia confiere a quien la recibe algunos derechos, sólo es para que pueda ejercerse en condiciones convenientes. […]

No pertenece a la Iglesia apoderarse de la gracia como de una presa para administrarla después a su gusto; se trata, más bien, de que ella sepa que puede devolver gracia por gracia recibida, y para que ésta no se altere, es la gracia recibida la que debe devolver.[19]

La interpretación autoritativa (y con demasiada frecuencia, autoritaria) ha creado y desplegado con el paso de los siglos una tradición bastante cuestionable que por supuesto se niega a ceder espacios a quienes ha relegado al silencio y la marginación. No se advierte con ello, desde una óptica derivada del vaciamiento de Cristo (kénosis) que la renuncia al poder en todas sus manifestaciones forma parte de una opción evangélica advertida incluso por los estudiosos de la masculinidad, como Walter Riso, quien señala. “La liberación masculina no es una lucha para obtener el poder de los medios de producción, sino para desprenderse de ellos. La verdadera revolución del varón, más que política es psicológica y afectiva. Es la conquista de la libertad interior y el desprendimiento de las antiguas señales ficticias de seguridad”.[20] Habría que aprovechar la reconstrucción de aquellas tradiciones sobre ordenación de mujeres de las cuales dan fe varios libros “apócrifos” y que en otros tiempos fueron confinadas a las “iglesias heréticas” de los primeros siglos.[21] En este sentido, es fundamental el trabajo realizado por Kevin Madigan y Carfolyn Osiek en su volumen Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva,[22] que documenta muy bien nombres y registros de diversas iglesias institucionales en el mundo grecorromano. Muchos de esos movimientos fueron espacios de resistencia, como destaca Tunc, pues las mujeres lucharon contra las prohibiciones y la marginación en su afán por servir al Señor.

3. ¿Reivindicación, conversión o cambio?: el dilema de una Iglesia hiper-masculinizada

Las diversas motivaciones que puede tener la Iglesia para cambiar su perspectiva en cuanto a la ordenación de las mujeres atraviesan diversos niveles de comprensión de la creencia calvinista en la acción de Dios en la Iglesia y la sociedad, pues aunque se afirma que “el mundo es el escenario de la gloria de Dios”, paradójicamente no se acepta que la influencia de los cambios acontecidos en “el mundo”, así sean muy positivos, deba aplicarse automáticamente como muestra de que Dios desea transformar ambos espacios. Se insiste en creer que la Iglesia debe ser el motor de cambio para el mundo, pero no lo contrario, lo cual contradice claramente la visión reformada de una acción divina encaminada a establecer el Reino de Dios en el mundo. Pero, en ese esquema ideal (e idealizante) sólo la Iglesia puede ser vanguardia del Reino de Dios, por lo que la ruptura entre ambos espacios debe mantenerse como condición para hacer visible, en las prácticas religiosas y espirituales de la Iglesia, los valores del Reino.

El desarrollo contemporáneo de la teología reformada, eclesial y académicamente, ha llevado este tema hasta el punto en que, con base en algunos antecedentes, coloca la definición sobre las ordenaciones femeninas en el terreno de las decisiones locales (basta con revisar el reciente documento sobre la ordenación de la Federación de Iglesias Protestantes Suizas[23]) pero también ha anunciado, en el portal de la nueva Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), que la determinación de las iglesias miembros al respecto puede llegar a ser un factor vinculante para dicha membresía en el futuro. Uno de sus documentos básicos se refiere explícitamente al asunto y habla de que este organismo promoverá abiertamente la ordenación femenina entre aquellas  iglesias que aún no la llevan a cabo. Para la CMIR, como debería ser para nosotros también, esto se llama justicia de género.[24]

Además, en continuidad a su antecedente, la Alianza Reformada Mundial (ARM), ha lanzado un material de estudio, ahora para hombres, que busca contribuir a la concientización de las iglesias no sólo en el tema de la ordenación sino en la necesidad de equiparse eclesialmente (convertirse) hacia una nueva etapa de relaciones entre hombres y mujeres en la iglesia.[25] Previamente a la 24ª Asamblea General de Accra, Ghana, en 2004, la ARM publicó el material Celebrando la esperanza de la plenitud de vida: desafíos para la Iglesia, en donde se recogen testimonios de mujeres de diversas regiones del mundo. Esto se suma a los esfuerzos previos de promoción lanzados en 1993 y 1999, dos recopilaciones de ponencias de autores de diversas partes del mundo, entre las que destacan las de Elsa Tamez y Salatiel Palomino, por México.[26]

En síntesis, que el llamado a la conversión llega desde diferentes lugares y con diversos tonos y matices, y no habría que esperar a que nuestra iglesia entre a una situación deProcessus confessionis, es decir, de reconocimiento progresivo, educación y confesión, que la pondría en entredicho hasta que decida vincularse al proceso de reconocimiento de los ministerios ordenados de las mujeres, tal como ya lo han hecho la mayoría de las iglesias, como sucedió con algunas iglesias reformadas sudafricanas en relación con la segregación racial en los años 80 y con la convocatoria para discutir el tema de la destrucción de la creación en 1997. Parecería que el propio Dios está colocando en muchos lugares sus señales de advertencia para la integración de sus hijas al servicio formal en la Iglesia y que nos llama, a hombres y mujeres por igual, a convertirnos, no a una moda más o a un tema de actualidad, sino como lo hizo con el apóstol Pedro en el libro de los Hechos, a una serie de conversiones que implican, para el caso de las mujeres, a una conversión hacia sí mismas, y para los varones, a convertirnos a la otredad para descubrir un rostro de Dios más humano, cercano y solidario.

Curso: Ministerio y ordenación de la mujer, Presbiterio del Estado de México
Iglesia San Pablo, Zaragoza 55, col. Pilares, Toluca, Estado de México

15 de enero de 2011


[1] Cf. la Biblia Isha, edición de la TLA con notas referidas a la mujer, un esfuerzo notable por acercar a los y las lectoras a una reflexión histórica, crítica y contextual.

[2] S. Tunc, También las mujeres seguían a Jesús. 2ª ed. Santander, Sal Terrae, 1999 (Presencia teológica, 98), p. 109.

[3] Cit. por J.G. Bedoya, “Ella como pecado”, en El País, Madrid, 3 de septiembre de 2010, http://www.elpais.com/articulo/sociedad/pecado/elpepisoc/20100903elpepisoc_1/Tes

[4] El libro que recogió las ponencias (Cecilio Lajara, comp., Un pueblo con mentalidad teológica. México, El Faro, 1976) no incluye su participación.

[5] Cf. Varias autoras, Mujer latinoamericana. Iglesia y teología. México, Mujeres para el Diálogo, 1981. Cf. el testimonio de O. Ortega en J.J. Tamayo y J. Bosch, eds., Panorama de la teología latinoamericana. Estella, Verbo Divino, 2000, pp.

[6] E. Tamez, “Descubriendo rostros distintos de Dios”, en J.J. Tamayo y J. Bosch, op. cit., Estella, Verbo Divino, 2000, pp. 647-648. Énfasis agregado.

[7] Cf. E. Pérez-Álvarez, “Teología de la faena; un asomo a los ministerios cristianos desde la Iglesia Apostólica hasta la Iglesia Imperial”, en Tiempo de hablar. Reflexiones sobre los ministerios femeninos. MéxicoPresbyterian Women-Ediciones STPM, 1997, p. .

[8] E. Corona Cadena, Contar las cosas como fueron. México, Documentación y Estudios de Mujeres, 2007.

[9] Cf. Mary Giunca, “La esposa de un pastor presbiteriano mexicano será ordenada en la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos”, en Boletín Informativo del Centro Basilea de Investigación y Apoyo, núm. 26, abril-junio de 2007, p. 28, http://issuu.com/centrobasilea/docs/bol26-abr-jun2007.

[10] Cf. L. Cervantes-Ortiz, “Entrevista con Eva Domínguez Sosa, recientemente ordenada por la Iglesia Evangélica española”, en Lupa Protestante, 6 de marzo de 2010,http://www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2097.

[11] H. Cáceres, “La masculinidad de Jesús. Recuperando un aspecto olvidado del seguimiento de Cristo”, p. 181, en http://www.clar.org/clar/index.php?module=Contenido&type=file&func=get&tid=3&fid=descarga&pid=50.

[12] Ibid., p. 190.

[13] Ibid., p. 182.

[14] Cf. D. Rocco Tedesco, Mujeres, ¿el sexo débil? Bilbao, Desclée de Brouwer, 2008 (En clave de mujer…).

[15] S. Tunc, op. cit., pp. 109-110. Énfasis agregado. Cf. E. Tamez, “Visibilidad, exclusión y control de las mujeres en la Primera carta a Timoteo”, en RIBLA, núm. 55,http://www.claiweb.org/ribla/ribla55/visibilidad.html.

[16] C. Conti, “Junia, la apóstol transexuada”, en Lupa Protestante, 15 de noviembre de 2010, www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2266:junia-la-apostol-transexuada-rom-167&catid=13&Itemid=129Cf. Eldon Jay Epp, Junia: the first woman apostle. Minneapolis, Fortress Press, 2005.

[17] Cf. J.-P. Willaime, La precarité protestante. Sociologie du protestantisme contemporain. Ginebra, Labor et Fides, 1992; e Idem, “Del protestantismo como objeto sociológico”en Religiones y Sociedad, México, Secretaría de Gobernación, núm. 3, 1998, pp. 124-134.

[18] J. Dempsey Douglass, Women, freedom and Calvin. Filadelfia, The Westminster Press, 1985. Cf. Idem, “Glimpses of reformed women leaders from our history”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, eds., “Walk, my sister”. The ordination of women: reformed perspectives. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 1993 (Estudios, 18), pp. 101-110.

[19] J.-J. von Allmen, Ministerio sagrado. Salamanca, Sígueme, 1968, pp. 139-140.

[20] W. Riso, Intimidades masculinas. Lo que toda mujer debe saber acerca de los hombres. Bogotá, Norma, 1998, p. 18. Énfasis original.

[21] S. Tunc, op. cit., pp. 110, 121-126.

[22] K. Madigan y C. Osiek, eds., Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aleteheia, 2).

[23] Cf. Ordination from the perspective of the Reformed Church. Berna, Federación de Iglesias Protestantes Suizas, 2009 (IFSCPC, 10).

[24] “Gender Justice and Partnership”, en http://www.wcrc.ch/node/487.

[25] Cf. Patricia Sheerattan-Bisnauth y Philip Vinod Peacock, eds., Created in God’s image. From hegemony to partnership. A Church manual on men as partners. Ginebra, CMIR-CMI, 2010, www.wcrc.ch/sites/default/files/PositiveMasculinitiesGenderManual_0.pdfUn primer volumen fue: Created in God’s image. From hierarchy to partnership. A Church manual for gender awareness and leadership development. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 2003.

[26] Cf. E. Tamez, “No longer silent: a Bible study on 1 Corinthians 14.34-35 and Galatians 3.28”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, op. cit., pp. 52-62; y S. Palomino López, “En busca de aceptación y reconocimiento: las luchas de las mujeres en el ministerio”, en Mundo Reformado, núms. 1-2, marzo-junio de 1999, pp. 51-66.

Leopoldo Cervantes Ortiz, México

Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce discípulos y les dijo: “Si alguno de ustedes quiere ser el más importante, deberá ocupar el último lugar y ser el servidor de todos los demás”.[1]

Marcos 9.35, Traducción en Lenguaje Actual

La historia de la Iglesia, desde el primer siglo apostólico hasta nuestros días, muestra un doble y constante movimiento: por un lado, las tentativas de las mujeres por participar en la difusión del mensaje evangélico y, en sentido opuesto, los esfuerzos de los hombres por impedírselo.[2]

Suzanne Tunc

1. Un mea culpa necesario, forzoso, de conciencia…

Pocas cosas hay más tradicionales en el ámbito de la espiritualidad cristiana que la confesión. Ciertamente, en el espectro protestante, no dirigida a nadie sino a Dios y, por lo tanto, confinada al espacio privado, aunque litúrgicamente sea también una práctica colectiva, ya sea en la forma del mea culpa o de otras variantes como el salmo 51. Como ha dicho la teóloga Uta Ranke- Heinemann: “De los innumerables pecados cometidos a lo largo de su historia, de ningún otro deberían de arrepentirse tanto las Iglesias como del pecado cometido contra la mujer”.[3] Y nada más necesario, ciertamente, a la hora de acercarnos a un asunto tan sensible como el del rechazo oficial en el seno de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) a la ordenación de las mujeres, en nombre, nada menos, que de la voluntad divina consignada en las Sagradas Escrituras.

Porque la actitud espiritual que debe presidir estas reflexiones, discusiones y debates es justamente la del arrepentimiento y la conversión por el estado que guarda en este momento la persistente cerrazón al respecto por parte de la minoría masculina de la INPM, gracias al poder que ejerce desde los inicios históricos de la misma.

Y es que si echamos una mirada a la historia sin dejarnos guiar por un “criterio de género”, la pregunta sobre quién ha sido, hasta el momento, la figura con mayor proyección teológica a nivel mundial que ha surgido de dicha iglesia en este país, tendríamos que responder que esa persona es mujer, que no estudió sus bases en un aula del Seminario de la INPM, ni se postuló nunca para ser pastora a sabiendas de que no se aceptaría su solicitud ni se reconocería su vocación o llamamiento. Tampoco donde ha vivido la mayor parte de su vida y adonde llegó a ser rectora de la institución que la vio desarrollarse ha ejercido las labores pastorales, lo cual no le ha impedido ser una de las voces teológicas latinoamericanas de primera línea. Con todo esto en mente, no hay que olvidar que en septiembre de 1975 participó en el Primer Congreso de Teología Reformada, apenas un año después de haber dado a la luz pública el primero de los frutos de su formación académica, un diccionario del griego del Nuevo Testamento. En aquella ocasión habló precisamente como pionera que fue de la reflexión teológica femenina, de los caminos que se abrían en este terreno y de sus posibilidades para la Iglesia de la época.[4]En octubre de 1979, también en México, D.F., haría lo mismo en otro foro adonde estuvo presente la cubana Ofelia Ortega, primera pastora presbiteriana ordenada en América Latina.[5]

Evidentemente, me estoy refiriendo a la doctora Elsa Tamez Luna. Invito a escuchar su testimonio acerca de esos años formativos, donde se mezclan sentimientos y recuerdos encontrados:

Si hoy me dedico a la educación y producción teológica, mucho tiene que ver la iglesia en la cual crecí. Una iglesia presbiteriana, pequeña. […] A pesar de ser ideológicamente conservadora, allí aprendí a ser persona con palabra, a ser líder, y sobre todo a estar muy cerca de Dios. La iglesia era como un segundo hogar en donde se aprendía mucho pero también se jugaba todo el tiempo. Ahora, como teóloga, me doy cuenta de tantas concepciones erróneas que escuché. Caigo en la cuenta, por ejemplo, de que ese Dios cercano era intimista e imparcial. […]

Muy joven, a los 18 años, ingresé a estudiar Teología en el Seminario Bíblico Latinoamericano, ubicado en Costa Rica. Ni pude estudiar en México simplemente porque en la iglesia presbiteriana las mujeres no teníamos acceso a los estudios superiores de teología, sólo los varones.[6]

Si hacemos caso a estas palabras, se abre toda una veta para alimentar nuestra confesión al pensar en el rostro de Dios que transmitimos al impedir que muchas de sus hijas lo representen oficialmente en la Iglesia… Algunos datos históricos vienen en nuestro auxilio, no tanto para hacer menos doloroso el mea culpa, sino para tratar de abrir los ojos ante las realidades cambiantes que nos han tocado de cerca en México y América Latina. Hace varios años, el doctor Eliseo Pérez Álvarez, como parte de un recuento de mujeres en la historia de la Iglesia, rescató el nombre de la primera alumna egresada del Seminario Teológico Presbiteriano de México (STPM), Eunice Amador de Acle, en 1951, dos años antes de que se otorgara el voto a las mujeres en México.[7]

Y qué decir de Evangelina Corona Cadena, ex costurera y diputada federal entre 1991 y 1994, cuyo testimonio acerca de la ordenación al ancianato sacude conciencias cada vez que lo presenta y da fe de su prolongada militancia cristiana.[8] La Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA) ordenó en 2007 a Rosa Blanca González, otra egresada del STPM, como Ministra de la Palabra y de los Sacramentos como parte de un proceso de integración a los ministerios hispanos, exteriormente, pero también para culminar un desarrollo personal que no necesariamente contemplaba de haber seguido militando en la INPM.[9]

Hace pocos días escuché de viva voz, hace unos días, el testimonio de una egresada del Seminario que fue recientemente ordenada como pastora en una iglesia hermana de la Península Ibérica y a quien había entrevistado a larga distancia para una publicación virtual. Allí, expresó también sus sentimientos y aspiraciones y la forma en que fueron canalizadas con su traslado a otro país e iglesia.[10] Me refiero a Eva Domínguez Sosa, quien ha transitado todos los caminos exigidos por la INPM en los ámbitos femenil, misionero, musical y teológico. Otros nombres de egresadas del STPM se suman también a esta lista: Amparo Lerín Cruz, quien está en medio del proceso que eventualmente desembocará en su ordenación; Luisa Guzmán, quien desde el Centro de Estudios Ecuménicos colabora con diversos movimientos sociales; y Verónica Domínguez, quien ha asumido una sólida labor pastoral en el campo juvenil.

De modo que, ante estos casos relevantes y con aspectos ambiguos debido a la forma en que estas mujeres han asimilado su llamado divino, pero quizá más ante los anónimos y distantes, producto del silencio a que han sido condenadas muchas siervas auténticas del Señor Jesucristo, los hombres de la INPM debemos inclinar la cabeza ante Dios y ante ellas en una actitud de confesión, arrepentimiento y conversión.

2. Fortalezas y debilidades de una postura tradicional

El supuesto problema eclesiástico de la ordenación de las mujeres a los ministerios debería remitirnos, con toda claridad espiritual, psicológica y sociológica al verdadero problema: la forma en que las feminidades y masculinidades (en plural) se experimentan en contacto con las realidades propiciadas e iluminadas por la fe, a fin de que se vivan de maneras saludables, no patológicas. El rechazo sistémico (y sistemático) a este proceso como algo “normal” o formal en la INPM sería así, un signo o síntoma de una patología eclesiástica relacionada con el uso del poder en la iglesia, pues como bien señala Hugo Cáceres en un trabajo sobre la masculinidad de Jesús: “…el golpe más duro que recibió el patriarcado fue la auto-revelación de Dios en la fragilidad de la encarnación y la crucifixión que puso de lado el poder y dominio que han caracterizado a la masculinidad occidental”.[11] Este punto de partida, que va más allá del esquema clero-laicado e implica la forma en que debe entenderse antropológicamente la salvación, descubre varios énfasis que ubican la ordenación en el plano de la indefinida resolución de las luchas de poder entre personas del mismo sexo, pues como agrega Cáceres:

Género, poder y sexualidad están definidos inseparablemente en la sociedad. No se puede postular que el asunto de género no tiene nada que ver con el poder en las instituciones; tal como es percibido el género (fuerte, débil, cerebral, afectivo) tiene su repercusión en las estructuras de poder. Igualmente la sexualidad (activa, pasiva, arriba, abajo) es manifestación clara de dominio en las relaciones. La autoridad fundamenta su poder en principios de género para desarrollar una racionalidad que la sostenga.[12]

La masculinidad de los varones de la Iglesia, quienes nos asumimos como los únicos con derecho a ser portadores del mensaje evangélico de manera oficial, se asimila al sistema patriarcal dominante, el cual, lo mismo que en la época de Pablo y de Jesús, no consideraba de ningún modo la posibilidad de compartir el poder que detentaba. Jesús mismo, como varón que se confrontó en diversas ocasiones con la otredad representada por mujeres que cuestionaron, así fuera tímidamente, su papel como representante de Dios, practicó un modelo alternativo de masculinidad que no se ha querido ver como parte prioritaria de su mensaje y acción:

…el modelo de masculinidad que personificó y enseñó Jesús estaba en abierta contradicción con los valores de masculinidad dominantes en el imperio romano. Su propuesta fue sorprendentemente novedosa y desafiaba los patrones de conducta establecidos para un varón aceptable en el mundo mediterráneo antiguo. Al mismo tiempo hace hincapié en el modo cómo en pocas décadas después de iniciado el movimiento de Jesús, el modelo de masculinidad y la consecuente organización social que proponía la ortodoxia cristiana —como en Ef y 1 Tim— se adaptó decididamente a los modelos socialmente aceptables en el imperio y pasó de ser una novedosa propuesta social a convertirse en una defensora de principios de género ajenos a la predicación y actuación del Maestro galileo.[13]

Estaríamos hablando, entonces, de una “masculinidad tóxica” que ha enfermado la praxis cristiana, deformándola especialmente en lo relacionado con la representación, los oficios o ministerios autorizados, debido a que habiéndose hecho del poder desde los inicios del cristianismo y practicado una progresiva “invisibilización” y “borramiento” de la labor de las mujeres al servicio del Evangelio, como han demostrado Suzanne Tunc y Diana Rocco Tedesco, entre otras autoras.[14] La primera escribe al respecto:

Lo primero que aparece es la eliminación progresiva de las mujeres, desde el final del periodo post-apostólico, de los “ministerios” en vías de formación. Efectivamente, poco a poco la “secta” judía nueva tuvo que adoptar los modos y costumbres de la sociedad patriarcal en que vivía. […]

Las excepciones que hemos encontrado, debidas a la iniciativa de las mujeres en la evangelización, sólo fueron posibles gracias a la amplitud de horizontes que tuvo Pablo.Las mujeres tenían que desaparecer. En consecuencia, textos sucesivos irán encargándose rápidamente de volver a poner las cosas en orden. Son los llamados “Códigos de moral doméstica” y, luego, las Pastorales, donde sólo aparecerán las “viudas” y los “diáconos”.[15]

Así se puede apreciar que uno de los frentes históricos de este penoso proceso es el de la redacción y canonización del Nuevo Testamento, en donde una interpretación sesgada del nombre de una apóstola como Junia, no ha vacilado ¡en cambiarla de sexo! para tratar de demostrar que las mujeres no habrían alcanzado el espacio de los ministerios formales mientras vivió el apóstol Pablo, un hombre que tuvo que luchar a brazo partido contra otros hombres (a quienes denominó “súper-apóstoles”) a fin de que le reconocieran la legitimidad de su ministerio. Cristina Conti ha demostrado cómo se llevó a cabo este acto ideológico de “transexuación” en contra de una mujer plenamente identificada como tal en el ámbito cristiano antiguo:

Al final de su carta a los romanos, el apóstol Pablo envía sus saludos a unos parientes suyos, Andrónico y Junia, agregando que son “ilustres entre los apóstoles” (Rom 16:7). Muchos traductores vierten el nombre de la persona que acompañaba a Andrónico como Junias, un nombre masculino. Sin embargo, el nombre Junias no existe en la onomástica griega, en cambio el nombre femenino Junia aparece frecuentemente en la literatura y en las inscripciones. Cuando estudiaba en el seminario, tuve el privilegio de tomar un curso con Bruce Metzger como profesor invitado. El Dr. Metzger es miembro del comité editor del Nuevo Testamento Griego. Recuerdo que un día le pregunté sobre el tema de Junia y él me dijo que efectivamente se trataba de una mujer y que su nombre era Junia, porque el nombre masculino Junias simplemente no existe. ¿Por qué, entonces, se ha traducido ese nombre como si fuera un nombre masculino? Y lo que es tal vez peor, ¿por qué el Nuevo Testamento Griego, incluso en su última edición (NTG27) sigue apegado a la forma masculina Iouniân, el acusativo del masculino Junias (un nombre que no existe)? […]

En la Iglesia Ortodoxa Griega, se tiene en gran estima a Andrónico y a su esposa Junia. Se cree que ambos recorrieron el mundo llevando el evangelio y fundando iglesias. Santa Junia es celebrada el 17 de mayo.[16]

Si en verdad quisiéramos apegarnos a la llamada “tradición reformada” y prestar atención seriamente a autoridades tan importantes dentro de la misma como el propio Juan Calvino y Jean-Jacques von Allmen, por sólo citar dos nombres, deberíamos reafirmar algunas de sus apreciaciones sobre la presencia y acción de las mujeres en la Iglesia y negarles la ordenación a los ministerios, especialmente el pastoral. ¿Por qué? Porque los ímpetus de la inclusión y la exclusión siempre han convivido, no siempre conflictivamente, en el seno de las iglesias cristianas de todas las épocas. En el caso del protestantismo, como bien ha demostrado el sociólogo Jean Paul Willaime, la doctrina tan invocada del “sacerdocio universal de los creyentes” ha disputado la supremacía ideológica y cultural con las tendencias hacia el fundamentalismo (clericalismo) escondidas en el principio de la Sola Scriptura.[17] Jane Dempsey Douglass ha demostrado que, a pesar de todo, Calvino abrió la puerta hacia la inclusión de las mujeres en los ministerios a causa de las derivaciones de su visión sobre el ministerio cristiano.[18] Von Allmen, en los años 60 del siglo XX, aun oponiéndose a la ordenación femenina, aportó una perspectiva sólida y autocrítica en términos de la presencia de la gracia:

Se aborda muy mal el problema tratándolo desde el ángulo de los derechos que se reivindican. Nadie, ni hombre ni mujer, tienen el derecho de ser pastor. Esto es siempre una gracia, y si esta gracia confiere a quien la recibe algunos derechos, sólo es para que pueda ejercerse en condiciones convenientes. […]

No pertenece a la Iglesia apoderarse de la gracia como de una presa para administrarla después a su gusto; se trata, más bien, de que ella sepa que puede devolver gracia por gracia recibida, y para que ésta no se altere, es la gracia recibida la que debe devolver.[19]

La interpretación autoritativa (y con demasiada frecuencia, autoritaria) ha creado y desplegado con el paso de los siglos una tradición bastante cuestionable que por supuesto se niega a ceder espacios a quienes ha relegado al silencio y la marginación. No se advierte con ello, desde una óptica derivada del vaciamiento de Cristo (kénosis) que la renuncia al poder en todas sus manifestaciones forma parte de una opción evangélica advertida incluso por los estudiosos de la masculinidad, como Walter Riso, quien señala. “La liberación masculina no es una lucha para obtener el poder de los medios de producción, sino para desprenderse de ellos. La verdadera revolución del varón, más que política es psicológica y afectiva. Es la conquista de la libertad interior y el desprendimiento de las antiguas señales ficticias de seguridad”.[20] Habría que aprovechar la reconstrucción de aquellas tradiciones sobre ordenación de mujeres de las cuales dan fe varios libros “apócrifos” y que en otros tiempos fueron confinadas a las “iglesias heréticas” de los primeros siglos.[21] En este sentido, es fundamental el trabajo realizado por Kevin Madigan y Carfolyn Osiek en su volumen Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva,[22] que documenta muy bien nombres y registros de diversas iglesias institucionales en el mundo grecorromano. Muchos de esos movimientos fueron espacios de resistencia, como destaca Tunc, pues las mujeres lucharon contra las prohibiciones y la marginación en su afán por servir al Señor.

3. ¿Reivindicación, conversión o cambio?: el dilema de una Iglesia hiper-masculinizada

Las diversas motivaciones que puede tener la Iglesia para cambiar su perspectiva en cuanto a la ordenación de las mujeres atraviesan diversos niveles de comprensión de la creencia calvinista en la acción de Dios en la Iglesia y la sociedad, pues aunque se afirma que “el mundo es el escenario de la gloria de Dios”, paradójicamente no se acepta que la influencia de los cambios acontecidos en “el mundo”, así sean muy positivos, deba aplicarse automáticamente como muestra de que Dios desea transformar ambos espacios. Se insiste en creer que la Iglesia debe ser el motor de cambio para el mundo, pero no lo contrario, lo cual contradice claramente la visión reformada de una acción divina encaminada a establecer el Reino de Dios en el mundo. Pero, en ese esquema ideal (e idealizante) sólo la Iglesia puede ser vanguardia del Reino de Dios, por lo que la ruptura entre ambos espacios debe mantenerse como condición para hacer visible, en las prácticas religiosas y espirituales de la Iglesia, los valores del Reino.

El desarrollo contemporáneo de la teología reformada, eclesial y académicamente, ha llevado este tema hasta el punto en que, con base en algunos antecedentes, coloca la definición sobre las ordenaciones femeninas en el terreno de las decisiones locales (basta con revisar el reciente documento sobre la ordenación de la Federación de Iglesias Protestantes Suizas[23]) pero también ha anunciado, en el portal de la nueva Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), que la determinación de las iglesias miembros al respecto puede llegar a ser un factor vinculante para dicha membresía en el futuro. Uno de sus documentos básicos se refiere explícitamente al asunto y habla de que este organismo promoverá abiertamente la ordenación femenina entre aquellas  iglesias que aún no la llevan a cabo. Para la CMIR, como debería ser para nosotros también, esto se llama justicia de género.[24]

Además, en continuidad a su antecedente, la Alianza Reformada Mundial (ARM), ha lanzado un material de estudio, ahora para hombres, que busca contribuir a la concientización de las iglesias no sólo en el tema de la ordenación sino en la necesidad de equiparse eclesialmente (convertirse) hacia una nueva etapa de relaciones entre hombres y mujeres en la iglesia.[25] Previamente a la 24ª Asamblea General de Accra, Ghana, en 2004, la ARM publicó el material Celebrando la esperanza de la plenitud de vida: desafíos para la Iglesia, en donde se recogen testimonios de mujeres de diversas regiones del mundo. Esto se suma a los esfuerzos previos de promoción lanzados en 1993 y 1999, dos recopilaciones de ponencias de autores de diversas partes del mundo, entre las que destacan las de Elsa Tamez y Salatiel Palomino, por México.[26]

En síntesis, que el llamado a la conversión llega desde diferentes lugares y con diversos tonos y matices, y no habría que esperar a que nuestra iglesia entre a una situación deProcessus confessionis, es decir, de reconocimiento progresivo, educación y confesión, que la pondría en entredicho hasta que decida vincularse al proceso de reconocimiento de los ministerios ordenados de las mujeres, tal como ya lo han hecho la mayoría de las iglesias, como sucedió con algunas iglesias reformadas sudafricanas en relación con la segregación racial en los años 80 y con la convocatoria para discutir el tema de la destrucción de la creación en 1997. Parecería que el propio Dios está colocando en muchos lugares sus señales de advertencia para la integración de sus hijas al servicio formal en la Iglesia y que nos llama, a hombres y mujeres por igual, a convertirnos, no a una moda más o a un tema de actualidad, sino como lo hizo con el apóstol Pedro en el libro de los Hechos, a una serie de conversiones que implican, para el caso de las mujeres, a una conversión hacia sí mismas, y para los varones, a convertirnos a la otredad para descubrir un rostro de Dios más humano, cercano y solidario.

Curso: Ministerio y ordenación de la mujer, Presbiterio del Estado de México
Iglesia San Pablo, Zaragoza 55, col. Pilares, Toluca, Estado de México

15 de enero de 2011


[1] Cf. la Biblia Isha, edición de la TLA con notas referidas a la mujer, un esfuerzo notable por acercar a los y las lectoras a una reflexión histórica, crítica y contextual.

[2] S. Tunc, También las mujeres seguían a Jesús. 2ª ed. Santander, Sal Terrae, 1999 (Presencia teológica, 98), p. 109.

[3] Cit. por J.G. Bedoya, “Ella como pecado”, en El País, Madrid, 3 de septiembre de 2010, http://www.elpais.com/articulo/sociedad/pecado/elpepisoc/20100903elpepisoc_1/Tes

[4] El libro que recogió las ponencias (Cecilio Lajara, comp., Un pueblo con mentalidad teológica. México, El Faro, 1976) no incluye su participación.

[5] Cf. Varias autoras, Mujer latinoamericana. Iglesia y teología. México, Mujeres para el Diálogo, 1981. Cf. el testimonio de O. Ortega en J.J. Tamayo y J. Bosch, eds., Panorama de la teología latinoamericana. Estella, Verbo Divino, 2000, pp.

[6] E. Tamez, “Descubriendo rostros distintos de Dios”, en J.J. Tamayo y J. Bosch, op. cit., Estella, Verbo Divino, 2000, pp. 647-648. Énfasis agregado.

[7] Cf. E. Pérez-Álvarez, “Teología de la faena; un asomo a los ministerios cristianos desde la Iglesia Apostólica hasta la Iglesia Imperial”, en Tiempo de hablar. Reflexiones sobre los ministerios femeninos. MéxicoPresbyterian Women-Ediciones STPM, 1997, p. .

[8] E. Corona Cadena, Contar las cosas como fueron. México, Documentación y Estudios de Mujeres, 2007.

[9] Cf. Mary Giunca, “La esposa de un pastor presbiteriano mexicano será ordenada en la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos”, en Boletín Informativo del Centro Basilea de Investigación y Apoyo, núm. 26, abril-junio de 2007, p. 28, http://issuu.com/centrobasilea/docs/bol26-abr-jun2007.

[10] Cf. L. Cervantes-Ortiz, “Entrevista con Eva Domínguez Sosa, recientemente ordenada por la Iglesia Evangélica española”, en Lupa Protestante, 6 de marzo de 2010,http://www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2097.

[11] H. Cáceres, “La masculinidad de Jesús. Recuperando un aspecto olvidado del seguimiento de Cristo”, p. 181, en http://www.clar.org/clar/index.php?module=Contenido&type=file&func=get&tid=3&fid=descarga&pid=50.

[12] Ibid., p. 190.

[13] Ibid., p. 182.

[14] Cf. D. Rocco Tedesco, Mujeres, ¿el sexo débil? Bilbao, Desclée de Brouwer, 2008 (En clave de mujer…).

[15] S. Tunc, op. cit., pp. 109-110. Énfasis agregado. Cf. E. Tamez, “Visibilidad, exclusión y control de las mujeres en la Primera carta a Timoteo”, en RIBLA, núm. 55,http://www.claiweb.org/ribla/ribla55/visibilidad.html.

[16] C. Conti, “Junia, la apóstol transexuada”, en Lupa Protestante, 15 de noviembre de 2010, www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2266:junia-la-apostol-transexuada-rom-167&catid=13&Itemid=129Cf. Eldon Jay Epp, Junia: the first woman apostle. Minneapolis, Fortress Press, 2005.

[17] Cf. J.-P. Willaime, La precarité protestante. Sociologie du protestantisme contemporain. Ginebra, Labor et Fides, 1992; e Idem, “Del protestantismo como objeto sociológico”en Religiones y Sociedad, México, Secretaría de Gobernación, núm. 3, 1998, pp. 124-134.

[18] J. Dempsey Douglass, Women, freedom and Calvin. Filadelfia, The Westminster Press, 1985. Cf. Idem, “Glimpses of reformed women leaders from our history”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, eds., “Walk, my sister”. The ordination of women: reformed perspectives. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 1993 (Estudios, 18), pp. 101-110.

[19] J.-J. von Allmen, Ministerio sagrado. Salamanca, Sígueme, 1968, pp. 139-140.

[20] W. Riso, Intimidades masculinas. Lo que toda mujer debe saber acerca de los hombres. Bogotá, Norma, 1998, p. 18. Énfasis original.

[21] S. Tunc, op. cit., pp. 110, 121-126.

[22] K. Madigan y C. Osiek, eds., Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aleteheia, 2).

[23] Cf. Ordination from the perspective of the Reformed Church. Berna, Federación de Iglesias Protestantes Suizas, 2009 (IFSCPC, 10).

[24] “Gender Justice and Partnership”, en http://www.wcrc.ch/node/487.

[25] Cf. Patricia Sheerattan-Bisnauth y Philip Vinod Peacock, eds., Created in God’s image. From hegemony to partnership. A Church manual on men as partners. Ginebra, CMIR-CMI, 2010, www.wcrc.ch/sites/default/files/PositiveMasculinitiesGenderManual_0.pdfUn primer volumen fue: Created in God’s image. From hierarchy to partnership. A Church manual for gender awareness and leadership development. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 2003.

[26] Cf. E. Tamez, “No longer silent: a Bible study on 1 Corinthians 14.34-35 and Galatians 3.28”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, op. cit., pp. 52-62; y S. Palomino López, “En busca de aceptación y reconocimiento: las luchas de las mujeres en el ministerio”, en Mundo Reformado, núms. 1-2, marzo-junio de 1999, pp. 51-66.

Leopoldo Cervantes Ortiz, México

Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce discípulos y les dijo: “Si alguno de ustedes quiere ser el más importante, deberá ocupar el último lugar y ser el servidor de todos los demás”.[1]

Marcos 9.35, Traducción en Lenguaje Actual

La historia de la Iglesia, desde el primer siglo apostólico hasta nuestros días, muestra un doble y constante movimiento: por un lado, las tentativas de las mujeres por participar en la difusión del mensaje evangélico y, en sentido opuesto, los esfuerzos de los hombres por impedírselo.[2]

Suzanne Tunc

1. Un mea culpa necesario, forzoso, de conciencia…

Pocas cosas hay más tradicionales en el ámbito de la espiritualidad cristiana que la confesión. Ciertamente, en el espectro protestante, no dirigida a nadie sino a Dios y, por lo tanto, confinada al espacio privado, aunque litúrgicamente sea también una práctica colectiva, ya sea en la forma del mea culpa o de otras variantes como el salmo 51. Como ha dicho la teóloga Uta Ranke- Heinemann: “De los innumerables pecados cometidos a lo largo de su historia, de ningún otro deberían de arrepentirse tanto las Iglesias como del pecado cometido contra la mujer”.[3] Y nada más necesario, ciertamente, a la hora de acercarnos a un asunto tan sensible como el del rechazo oficial en el seno de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) a la ordenación de las mujeres, en nombre, nada menos, que de la voluntad divina consignada en las Sagradas Escrituras.

Porque la actitud espiritual que debe presidir estas reflexiones, discusiones y debates es justamente la del arrepentimiento y la conversión por el estado que guarda en este momento la persistente cerrazón al respecto por parte de la minoría masculina de la INPM, gracias al poder que ejerce desde los inicios históricos de la misma.

Y es que si echamos una mirada a la historia sin dejarnos guiar por un “criterio de género”, la pregunta sobre quién ha sido, hasta el momento, la figura con mayor proyección teológica a nivel mundial que ha surgido de dicha iglesia en este país, tendríamos que responder que esa persona es mujer, que no estudió sus bases en un aula del Seminario de la INPM, ni se postuló nunca para ser pastora a sabiendas de que no se aceptaría su solicitud ni se reconocería su vocación o llamamiento. Tampoco donde ha vivido la mayor parte de su vida y adonde llegó a ser rectora de la institución que la vio desarrollarse ha ejercido las labores pastorales, lo cual no le ha impedido ser una de las voces teológicas latinoamericanas de primera línea. Con todo esto en mente, no hay que olvidar que en septiembre de 1975 participó en el Primer Congreso de Teología Reformada, apenas un año después de haber dado a la luz pública el primero de los frutos de su formación académica, un diccionario del griego del Nuevo Testamento. En aquella ocasión habló precisamente como pionera que fue de la reflexión teológica femenina, de los caminos que se abrían en este terreno y de sus posibilidades para la Iglesia de la época.[4]En octubre de 1979, también en México, D.F., haría lo mismo en otro foro adonde estuvo presente la cubana Ofelia Ortega, primera pastora presbiteriana ordenada en América Latina.[5]

Evidentemente, me estoy refiriendo a la doctora Elsa Tamez Luna. Invito a escuchar su testimonio acerca de esos años formativos, donde se mezclan sentimientos y recuerdos encontrados:

Si hoy me dedico a la educación y producción teológica, mucho tiene que ver la iglesia en la cual crecí. Una iglesia presbiteriana, pequeña. […] A pesar de ser ideológicamente conservadora, allí aprendí a ser persona con palabra, a ser líder, y sobre todo a estar muy cerca de Dios. La iglesia era como un segundo hogar en donde se aprendía mucho pero también se jugaba todo el tiempo. Ahora, como teóloga, me doy cuenta de tantas concepciones erróneas que escuché. Caigo en la cuenta, por ejemplo, de que ese Dios cercano era intimista e imparcial. […]

Muy joven, a los 18 años, ingresé a estudiar Teología en el Seminario Bíblico Latinoamericano, ubicado en Costa Rica. Ni pude estudiar en México simplemente porque en la iglesia presbiteriana las mujeres no teníamos acceso a los estudios superiores de teología, sólo los varones.[6]

Si hacemos caso a estas palabras, se abre toda una veta para alimentar nuestra confesión al pensar en el rostro de Dios que transmitimos al impedir que muchas de sus hijas lo representen oficialmente en la Iglesia… Algunos datos históricos vienen en nuestro auxilio, no tanto para hacer menos doloroso el mea culpa, sino para tratar de abrir los ojos ante las realidades cambiantes que nos han tocado de cerca en México y América Latina. Hace varios años, el doctor Eliseo Pérez Álvarez, como parte de un recuento de mujeres en la historia de la Iglesia, rescató el nombre de la primera alumna egresada del Seminario Teológico Presbiteriano de México (STPM), Eunice Amador de Acle, en 1951, dos años antes de que se otorgara el voto a las mujeres en México.[7]

Y qué decir de Evangelina Corona Cadena, ex costurera y diputada federal entre 1991 y 1994, cuyo testimonio acerca de la ordenación al ancianato sacude conciencias cada vez que lo presenta y da fe de su prolongada militancia cristiana.[8] La Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA) ordenó en 2007 a Rosa Blanca González, otra egresada del STPM, como Ministra de la Palabra y de los Sacramentos como parte de un proceso de integración a los ministerios hispanos, exteriormente, pero también para culminar un desarrollo personal que no necesariamente contemplaba de haber seguido militando en la INPM.[9]

Hace pocos días escuché de viva voz, hace unos días, el testimonio de una egresada del Seminario que fue recientemente ordenada como pastora en una iglesia hermana de la Península Ibérica y a quien había entrevistado a larga distancia para una publicación virtual. Allí, expresó también sus sentimientos y aspiraciones y la forma en que fueron canalizadas con su traslado a otro país e iglesia.[10] Me refiero a Eva Domínguez Sosa, quien ha transitado todos los caminos exigidos por la INPM en los ámbitos femenil, misionero, musical y teológico. Otros nombres de egresadas del STPM se suman también a esta lista: Amparo Lerín Cruz, quien está en medio del proceso que eventualmente desembocará en su ordenación; Luisa Guzmán, quien desde el Centro de Estudios Ecuménicos colabora con diversos movimientos sociales; y Verónica Domínguez, quien ha asumido una sólida labor pastoral en el campo juvenil.

De modo que, ante estos casos relevantes y con aspectos ambiguos debido a la forma en que estas mujeres han asimilado su llamado divino, pero quizá más ante los anónimos y distantes, producto del silencio a que han sido condenadas muchas siervas auténticas del Señor Jesucristo, los hombres de la INPM debemos inclinar la cabeza ante Dios y ante ellas en una actitud de confesión, arrepentimiento y conversión.

2. Fortalezas y debilidades de una postura tradicional

El supuesto problema eclesiástico de la ordenación de las mujeres a los ministerios debería remitirnos, con toda claridad espiritual, psicológica y sociológica al verdadero problema: la forma en que las feminidades y masculinidades (en plural) se experimentan en contacto con las realidades propiciadas e iluminadas por la fe, a fin de que se vivan de maneras saludables, no patológicas. El rechazo sistémico (y sistemático) a este proceso como algo “normal” o formal en la INPM sería así, un signo o síntoma de una patología eclesiástica relacionada con el uso del poder en la iglesia, pues como bien señala Hugo Cáceres en un trabajo sobre la masculinidad de Jesús: “…el golpe más duro que recibió el patriarcado fue la auto-revelación de Dios en la fragilidad de la encarnación y la crucifixión que puso de lado el poder y dominio que han caracterizado a la masculinidad occidental”.[11] Este punto de partida, que va más allá del esquema clero-laicado e implica la forma en que debe entenderse antropológicamente la salvación, descubre varios énfasis que ubican la ordenación en el plano de la indefinida resolución de las luchas de poder entre personas del mismo sexo, pues como agrega Cáceres:

Género, poder y sexualidad están definidos inseparablemente en la sociedad. No se puede postular que el asunto de género no tiene nada que ver con el poder en las instituciones; tal como es percibido el género (fuerte, débil, cerebral, afectivo) tiene su repercusión en las estructuras de poder. Igualmente la sexualidad (activa, pasiva, arriba, abajo) es manifestación clara de dominio en las relaciones. La autoridad fundamenta su poder en principios de género para desarrollar una racionalidad que la sostenga.[12]

La masculinidad de los varones de la Iglesia, quienes nos asumimos como los únicos con derecho a ser portadores del mensaje evangélico de manera oficial, se asimila al sistema patriarcal dominante, el cual, lo mismo que en la época de Pablo y de Jesús, no consideraba de ningún modo la posibilidad de compartir el poder que detentaba. Jesús mismo, como varón que se confrontó en diversas ocasiones con la otredad representada por mujeres que cuestionaron, así fuera tímidamente, su papel como representante de Dios, practicó un modelo alternativo de masculinidad que no se ha querido ver como parte prioritaria de su mensaje y acción:

…el modelo de masculinidad que personificó y enseñó Jesús estaba en abierta contradicción con los valores de masculinidad dominantes en el imperio romano. Su propuesta fue sorprendentemente novedosa y desafiaba los patrones de conducta establecidos para un varón aceptable en el mundo mediterráneo antiguo. Al mismo tiempo hace hincapié en el modo cómo en pocas décadas después de iniciado el movimiento de Jesús, el modelo de masculinidad y la consecuente organización social que proponía la ortodoxia cristiana —como en Ef y 1 Tim— se adaptó decididamente a los modelos socialmente aceptables en el imperio y pasó de ser una novedosa propuesta social a convertirse en una defensora de principios de género ajenos a la predicación y actuación del Maestro galileo.[13]

Estaríamos hablando, entonces, de una “masculinidad tóxica” que ha enfermado la praxis cristiana, deformándola especialmente en lo relacionado con la representación, los oficios o ministerios autorizados, debido a que habiéndose hecho del poder desde los inicios del cristianismo y practicado una progresiva “invisibilización” y “borramiento” de la labor de las mujeres al servicio del Evangelio, como han demostrado Suzanne Tunc y Diana Rocco Tedesco, entre otras autoras.[14] La primera escribe al respecto:

Lo primero que aparece es la eliminación progresiva de las mujeres, desde el final del periodo post-apostólico, de los “ministerios” en vías de formación. Efectivamente, poco a poco la “secta” judía nueva tuvo que adoptar los modos y costumbres de la sociedad patriarcal en que vivía. […]

Las excepciones que hemos encontrado, debidas a la iniciativa de las mujeres en la evangelización, sólo fueron posibles gracias a la amplitud de horizontes que tuvo Pablo.Las mujeres tenían que desaparecer. En consecuencia, textos sucesivos irán encargándose rápidamente de volver a poner las cosas en orden. Son los llamados “Códigos de moral doméstica” y, luego, las Pastorales, donde sólo aparecerán las “viudas” y los “diáconos”.[15]

Así se puede apreciar que uno de los frentes históricos de este penoso proceso es el de la redacción y canonización del Nuevo Testamento, en donde una interpretación sesgada del nombre de una apóstola como Junia, no ha vacilado ¡en cambiarla de sexo! para tratar de demostrar que las mujeres no habrían alcanzado el espacio de los ministerios formales mientras vivió el apóstol Pablo, un hombre que tuvo que luchar a brazo partido contra otros hombres (a quienes denominó “súper-apóstoles”) a fin de que le reconocieran la legitimidad de su ministerio. Cristina Conti ha demostrado cómo se llevó a cabo este acto ideológico de “transexuación” en contra de una mujer plenamente identificada como tal en el ámbito cristiano antiguo:

Al final de su carta a los romanos, el apóstol Pablo envía sus saludos a unos parientes suyos, Andrónico y Junia, agregando que son “ilustres entre los apóstoles” (Rom 16:7). Muchos traductores vierten el nombre de la persona que acompañaba a Andrónico como Junias, un nombre masculino. Sin embargo, el nombre Junias no existe en la onomástica griega, en cambio el nombre femenino Junia aparece frecuentemente en la literatura y en las inscripciones. Cuando estudiaba en el seminario, tuve el privilegio de tomar un curso con Bruce Metzger como profesor invitado. El Dr. Metzger es miembro del comité editor del Nuevo Testamento Griego. Recuerdo que un día le pregunté sobre el tema de Junia y él me dijo que efectivamente se trataba de una mujer y que su nombre era Junia, porque el nombre masculino Junias simplemente no existe. ¿Por qué, entonces, se ha traducido ese nombre como si fuera un nombre masculino? Y lo que es tal vez peor, ¿por qué el Nuevo Testamento Griego, incluso en su última edición (NTG27) sigue apegado a la forma masculina Iouniân, el acusativo del masculino Junias (un nombre que no existe)? […]

En la Iglesia Ortodoxa Griega, se tiene en gran estima a Andrónico y a su esposa Junia. Se cree que ambos recorrieron el mundo llevando el evangelio y fundando iglesias. Santa Junia es celebrada el 17 de mayo.[16]

Si en verdad quisiéramos apegarnos a la llamada “tradición reformada” y prestar atención seriamente a autoridades tan importantes dentro de la misma como el propio Juan Calvino y Jean-Jacques von Allmen, por sólo citar dos nombres, deberíamos reafirmar algunas de sus apreciaciones sobre la presencia y acción de las mujeres en la Iglesia y negarles la ordenación a los ministerios, especialmente el pastoral. ¿Por qué? Porque los ímpetus de la inclusión y la exclusión siempre han convivido, no siempre conflictivamente, en el seno de las iglesias cristianas de todas las épocas. En el caso del protestantismo, como bien ha demostrado el sociólogo Jean Paul Willaime, la doctrina tan invocada del “sacerdocio universal de los creyentes” ha disputado la supremacía ideológica y cultural con las tendencias hacia el fundamentalismo (clericalismo) escondidas en el principio de la Sola Scriptura.[17] Jane Dempsey Douglass ha demostrado que, a pesar de todo, Calvino abrió la puerta hacia la inclusión de las mujeres en los ministerios a causa de las derivaciones de su visión sobre el ministerio cristiano.[18] Von Allmen, en los años 60 del siglo XX, aun oponiéndose a la ordenación femenina, aportó una perspectiva sólida y autocrítica en términos de la presencia de la gracia:

Se aborda muy mal el problema tratándolo desde el ángulo de los derechos que se reivindican. Nadie, ni hombre ni mujer, tienen el derecho de ser pastor. Esto es siempre una gracia, y si esta gracia confiere a quien la recibe algunos derechos, sólo es para que pueda ejercerse en condiciones convenientes. […]

No pertenece a la Iglesia apoderarse de la gracia como de una presa para administrarla después a su gusto; se trata, más bien, de que ella sepa que puede devolver gracia por gracia recibida, y para que ésta no se altere, es la gracia recibida la que debe devolver.[19]

La interpretación autoritativa (y con demasiada frecuencia, autoritaria) ha creado y desplegado con el paso de los siglos una tradición bastante cuestionable que por supuesto se niega a ceder espacios a quienes ha relegado al silencio y la marginación. No se advierte con ello, desde una óptica derivada del vaciamiento de Cristo (kénosis) que la renuncia al poder en todas sus manifestaciones forma parte de una opción evangélica advertida incluso por los estudiosos de la masculinidad, como Walter Riso, quien señala. “La liberación masculina no es una lucha para obtener el poder de los medios de producción, sino para desprenderse de ellos. La verdadera revolución del varón, más que política es psicológica y afectiva. Es la conquista de la libertad interior y el desprendimiento de las antiguas señales ficticias de seguridad”.[20] Habría que aprovechar la reconstrucción de aquellas tradiciones sobre ordenación de mujeres de las cuales dan fe varios libros “apócrifos” y que en otros tiempos fueron confinadas a las “iglesias heréticas” de los primeros siglos.[21] En este sentido, es fundamental el trabajo realizado por Kevin Madigan y Carfolyn Osiek en su volumen Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva,[22] que documenta muy bien nombres y registros de diversas iglesias institucionales en el mundo grecorromano. Muchos de esos movimientos fueron espacios de resistencia, como destaca Tunc, pues las mujeres lucharon contra las prohibiciones y la marginación en su afán por servir al Señor.

3. ¿Reivindicación, conversión o cambio?: el dilema de una Iglesia hiper-masculinizada

Las diversas motivaciones que puede tener la Iglesia para cambiar su perspectiva en cuanto a la ordenación de las mujeres atraviesan diversos niveles de comprensión de la creencia calvinista en la acción de Dios en la Iglesia y la sociedad, pues aunque se afirma que “el mundo es el escenario de la gloria de Dios”, paradójicamente no se acepta que la influencia de los cambios acontecidos en “el mundo”, así sean muy positivos, deba aplicarse automáticamente como muestra de que Dios desea transformar ambos espacios. Se insiste en creer que la Iglesia debe ser el motor de cambio para el mundo, pero no lo contrario, lo cual contradice claramente la visión reformada de una acción divina encaminada a establecer el Reino de Dios en el mundo. Pero, en ese esquema ideal (e idealizante) sólo la Iglesia puede ser vanguardia del Reino de Dios, por lo que la ruptura entre ambos espacios debe mantenerse como condición para hacer visible, en las prácticas religiosas y espirituales de la Iglesia, los valores del Reino.

El desarrollo contemporáneo de la teología reformada, eclesial y académicamente, ha llevado este tema hasta el punto en que, con base en algunos antecedentes, coloca la definición sobre las ordenaciones femeninas en el terreno de las decisiones locales (basta con revisar el reciente documento sobre la ordenación de la Federación de Iglesias Protestantes Suizas[23]) pero también ha anunciado, en el portal de la nueva Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), que la determinación de las iglesias miembros al respecto puede llegar a ser un factor vinculante para dicha membresía en el futuro. Uno de sus documentos básicos se refiere explícitamente al asunto y habla de que este organismo promoverá abiertamente la ordenación femenina entre aquellas  iglesias que aún no la llevan a cabo. Para la CMIR, como debería ser para nosotros también, esto se llama justicia de género.[24]

Además, en continuidad a su antecedente, la Alianza Reformada Mundial (ARM), ha lanzado un material de estudio, ahora para hombres, que busca contribuir a la concientización de las iglesias no sólo en el tema de la ordenación sino en la necesidad de equiparse eclesialmente (convertirse) hacia una nueva etapa de relaciones entre hombres y mujeres en la iglesia.[25] Previamente a la 24ª Asamblea General de Accra, Ghana, en 2004, la ARM publicó el material Celebrando la esperanza de la plenitud de vida: desafíos para la Iglesia, en donde se recogen testimonios de mujeres de diversas regiones del mundo. Esto se suma a los esfuerzos previos de promoción lanzados en 1993 y 1999, dos recopilaciones de ponencias de autores de diversas partes del mundo, entre las que destacan las de Elsa Tamez y Salatiel Palomino, por México.[26]

En síntesis, que el llamado a la conversión llega desde diferentes lugares y con diversos tonos y matices, y no habría que esperar a que nuestra iglesia entre a una situación deProcessus confessionis, es decir, de reconocimiento progresivo, educación y confesión, que la pondría en entredicho hasta que decida vincularse al proceso de reconocimiento de los ministerios ordenados de las mujeres, tal como ya lo han hecho la mayoría de las iglesias, como sucedió con algunas iglesias reformadas sudafricanas en relación con la segregación racial en los años 80 y con la convocatoria para discutir el tema de la destrucción de la creación en 1997. Parecería que el propio Dios está colocando en muchos lugares sus señales de advertencia para la integración de sus hijas al servicio formal en la Iglesia y que nos llama, a hombres y mujeres por igual, a convertirnos, no a una moda más o a un tema de actualidad, sino como lo hizo con el apóstol Pedro en el libro de los Hechos, a una serie de conversiones que implican, para el caso de las mujeres, a una conversión hacia sí mismas, y para los varones, a convertirnos a la otredad para descubrir un rostro de Dios más humano, cercano y solidario.

Curso: Ministerio y ordenación de la mujer, Presbiterio del Estado de México
Iglesia San Pablo, Zaragoza 55, col. Pilares, Toluca, Estado de México

15 de enero de 2011


[1] Cf. la Biblia Isha, edición de la TLA con notas referidas a la mujer, un esfuerzo notable por acercar a los y las lectoras a una reflexión histórica, crítica y contextual.

[2] S. Tunc, También las mujeres seguían a Jesús. 2ª ed. Santander, Sal Terrae, 1999 (Presencia teológica, 98), p. 109.

[3] Cit. por J.G. Bedoya, “Ella como pecado”, en El País, Madrid, 3 de septiembre de 2010, http://www.elpais.com/articulo/sociedad/pecado/elpepisoc/20100903elpepisoc_1/Tes

[4] El libro que recogió las ponencias (Cecilio Lajara, comp., Un pueblo con mentalidad teológica. México, El Faro, 1976) no incluye su participación.

[5] Cf. Varias autoras, Mujer latinoamericana. Iglesia y teología. México, Mujeres para el Diálogo, 1981. Cf. el testimonio de O. Ortega en J.J. Tamayo y J. Bosch, eds., Panorama de la teología latinoamericana. Estella, Verbo Divino, 2000, pp.

[6] E. Tamez, “Descubriendo rostros distintos de Dios”, en J.J. Tamayo y J. Bosch, op. cit., Estella, Verbo Divino, 2000, pp. 647-648. Énfasis agregado.

[7] Cf. E. Pérez-Álvarez, “Teología de la faena; un asomo a los ministerios cristianos desde la Iglesia Apostólica hasta la Iglesia Imperial”, en Tiempo de hablar. Reflexiones sobre los ministerios femeninos. MéxicoPresbyterian Women-Ediciones STPM, 1997, p. .

[8] E. Corona Cadena, Contar las cosas como fueron. México, Documentación y Estudios de Mujeres, 2007.

[9] Cf. Mary Giunca, “La esposa de un pastor presbiteriano mexicano será ordenada en la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos”, en Boletín Informativo del Centro Basilea de Investigación y Apoyo, núm. 26, abril-junio de 2007, p. 28, http://issuu.com/centrobasilea/docs/bol26-abr-jun2007.

[10] Cf. L. Cervantes-Ortiz, “Entrevista con Eva Domínguez Sosa, recientemente ordenada por la Iglesia Evangélica española”, en Lupa Protestante, 6 de marzo de 2010,http://www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2097.

[11] H. Cáceres, “La masculinidad de Jesús. Recuperando un aspecto olvidado del seguimiento de Cristo”, p. 181, en http://www.clar.org/clar/index.php?module=Contenido&type=file&func=get&tid=3&fid=descarga&pid=50.

[12] Ibid., p. 190.

[13] Ibid., p. 182.

[14] Cf. D. Rocco Tedesco, Mujeres, ¿el sexo débil? Bilbao, Desclée de Brouwer, 2008 (En clave de mujer…).

[15] S. Tunc, op. cit., pp. 109-110. Énfasis agregado. Cf. E. Tamez, “Visibilidad, exclusión y control de las mujeres en la Primera carta a Timoteo”, en RIBLA, núm. 55,http://www.claiweb.org/ribla/ribla55/visibilidad.html.

[16] C. Conti, “Junia, la apóstol transexuada”, en Lupa Protestante, 15 de noviembre de 2010, www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2266:junia-la-apostol-transexuada-rom-167&catid=13&Itemid=129Cf. Eldon Jay Epp, Junia: the first woman apostle. Minneapolis, Fortress Press, 2005.

[17] Cf. J.-P. Willaime, La precarité protestante. Sociologie du protestantisme contemporain. Ginebra, Labor et Fides, 1992; e Idem, “Del protestantismo como objeto sociológico”en Religiones y Sociedad, México, Secretaría de Gobernación, núm. 3, 1998, pp. 124-134.

[18] J. Dempsey Douglass, Women, freedom and Calvin. Filadelfia, The Westminster Press, 1985. Cf. Idem, “Glimpses of reformed women leaders from our history”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, eds., “Walk, my sister”. The ordination of women: reformed perspectives. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 1993 (Estudios, 18), pp. 101-110.

[19] J.-J. von Allmen, Ministerio sagrado. Salamanca, Sígueme, 1968, pp. 139-140.

[20] W. Riso, Intimidades masculinas. Lo que toda mujer debe saber acerca de los hombres. Bogotá, Norma, 1998, p. 18. Énfasis original.

[21] S. Tunc, op. cit., pp. 110, 121-126.

[22] K. Madigan y C. Osiek, eds., Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aleteheia, 2).

[23] Cf. Ordination from the perspective of the Reformed Church. Berna, Federación de Iglesias Protestantes Suizas, 2009 (IFSCPC, 10).

[24] “Gender Justice and Partnership”, en http://www.wcrc.ch/node/487.

[25] Cf. Patricia Sheerattan-Bisnauth y Philip Vinod Peacock, eds., Created in God’s image. From hegemony to partnership. A Church manual on men as partners. Ginebra, CMIR-CMI, 2010, www.wcrc.ch/sites/default/files/PositiveMasculinitiesGenderManual_0.pdfUn primer volumen fue: Created in God’s image. From hierarchy to partnership. A Church manual for gender awareness and leadership development. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 2003.

[26] Cf. E. Tamez, “No longer silent: a Bible study on 1 Corinthians 14.34-35 and Galatians 3.28”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, op. cit., pp. 52-62; y S. Palomino López, “En busca de aceptación y reconocimiento: las luchas de las mujeres en el ministerio”, en Mundo Reformado, núms. 1-2, marzo-junio de 1999, pp. 51-66.

http://www.lupaprotestante.com/lp/blog/teologia-y-ordenacion-de-las-mujeres-en-la-iglesia-tradicion-conversion-y-cambio/

Caminando con las mujeres de la Pascua: DOLORES ALEIXANDRE


19ABR

las santas mujeres la mañana de pascua Codex Pray 1192
 

En la mañana del primer día de la semana, el miedo tenía encerrados a los discípulos en el cenáculo,  pero las mujeres que habían seguido a Jesús buscaron un camino alternativo al de la decepción y la huída, echaron a andar “todavía a oscuras” y se acercaron con perfumes al sepulcro para intentar arrebatar a la muerte algo de su victoria. “. (Lc 24,1)

Sabían que no podían mover la piedra, pero eso no las detuvo y el Señor Resucitado se les hizo el encontradizo y les confió la noticia que ellas corrieron a anunciar: “¡El Maestro vive!”(Lc 24,24).

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Día de la Madre


3MAY

madre 1Para muchos pueblos indígenas y tribales el concepto “madre” se refiere no solo a quien les da la vida, alimento, refugio y amor, sino también a aquella en la que viven, que es su hogar: madres son las selvas, praderas, desiertos y montañas que les proporcionan el sustento material y espiritual. Estos vínculos son muy potentes. Cuando los lazos se rompen a causa de la colonización, las expulsiones forzosas, la minería, la tala o “el desarrollo”, las consecuencias pueden ser devastadoras. Esta madre y su bebé pertenecen a la tribu más amenazada de la Tierra, los awás. Los awás dependen de su selva para sobrevivir. Sin embargo, están en peligro por las crecientes invasiones de su tierra por parte de madereros, ganaderos y colonos. “Si destruyes la selva, nos destruyes también a nosotros”, dijo esta madre awá al equipo de Survival International.

  • Foto:Domenico Pugliese/Survival

 

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DIACONISAS: ES UN DIACONADO “ESPECIAL” PORQUE NO ES UN DIACONADO (POLÉMICA: ARZOBISPO FRIBURGO-OBISPOS ALEMANES)


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La noticia inicial, vibrante y esperanzadora fue la siguiente (traduzco del alemán):

Noticia original en inglés: http://m.thelocal.de/society/20130429-49427.html

Noticia original en alemán: http://www.spiegel.de/panorama/erzbischof-zollitsch-will-frauen-als-diakone-a-897048.html

EL ARZOBISPO DE FRIBURGO QUIERE MUJERES DIÁCONOS

La Iglesia católica tiene un nuevo Papa, y podría cambiar: el arzobispo Zollitsch quiere permitir a las mujeres ser diáconos. También, según su punto de vista, deben mejorarse la situación de los católicos divorciados y la relación de la Iglesia con los homosexuales. Zollitsch es el presidente de la Conferencia Episcopal Alemana.

Friburgo.- La Iglesia católica, durante años criticada por sus inflexibles posturas, se muestra de repente dispuesta a la reforma: Robert Zollitsch, arzobispo de Friburgo y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, con motivo del cierre de la reunión diocesana en Friburgo ha invitado a la apertura de nuevas vías y anima a la Iglesia a promover un debate sobre ellas. “Estoy a favor de que los temas se pongan encima de la mesa y con ello se hagan presentes”, dijo. La Iglesia católica podría sólo mediante el cambio, recuperar credibilidad y fuerza.

Los primeros resultados deben ayudar. Tema central: la Iglesia católica admitirá pronto a las mujeres como diáconos. El diaconado de la mujer, que entre otros es uno de los temas largamente reclamados por el Comité Central de los Católicos alemanes, ya no es para Zollitsch un tabú. Para las mujeres debe crearse un ministerio especial como diaconisas.

Los diáconos se ocupan junto a los sacerdotes del cuidado espiritual, no tienen sin embargo una ordenación sacerdotal. Desde hace mucho tiempo sólo los hombres pueden ser diáconos. Éstos, sin embargo, deben diferenciarse de las diaconisas. De qué manera, no está claro. Lo que sí está claro, es que no será el mismo diaconado el de hombres y mujeres.

En relación a la situación de los católicos que están divorciados y casados de nuevo, ésta debe ser mejorada. Debe posibilitarse su acceso a los puestos de trabajo eclesiales, por ejemplo en las parroquias y diócesis. Hasta ahora, estos puestos están vetados para ellos. Para ellos habrá que revisar si pueden recibir el sacramento de la comunión o confesión.

Sobre la mesa: la relación de la Iglesia con los homosexuales

A mí me parece que, sin negar la indisolubilidad del matrimonio, estos hombres y mujeres deben ser tomados en serio en la Iglesia, y sentirse respetados y acogidos”, dijo Zollitsch.

Cómo se plasmará esto, no se sabe. Un plan concreto no existe. El tema ha sido largamente luchado en la Iglesia.

Se planea una reforma del derecho laboral. “Queremos que nuestro derecho laboral se adapte a las nuevas formas de vida de las personas”. Esto implica por ejemplo, la relación de la Iglesia y los homosexuales. En el futuro, deben poder también trabajar en las instituciones eclesiales los no-católicos. La razón que subyace es que, sobre todo en la Alemania del Este es cada vez más difícil, encontrar trabajadores que pertenezcan a la fe católica. Resultados concretos se esperan como pronto en los próximos tres años.

En el marco de estas reformas en la conferencia episcopal, espera Zollitsch encontrar el respaldo de Friburgo para tomar decisiones. Muestra todo su estímulo. “Queremos ser activos en la toma de decisiones y no tomarlas por obligación”, dijo el arzobispo, de 74 años de edad. Se trata también de una forma de “legado”: en menos de 1 año termina su mandato de 6 años al frente de la conferencia episcopal.

El arzobispo puede ahora reclamar, que la base eclesial hable”, dijo Thomas Berg, de la “Führungsakademie Baden-Württemberg”. “Él ha moderado la reunión”. “Nunca había visto un proceso de desarrollo de estrategias de tanta transparencia como éste.”

La noticia que ha salido hoy, que da lugar al titular es la siguiente:

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Noticia original en inglés: http://www.cathnews.com/article.aspx?aeid=36156

Los obispos alemanes niegan división en relación a las declaraciones sobre el diaconado de la mujer (se trata de un diaconado SIN CONSAGRACIÓN por lo que es compatible con la doctrina católica).

Un portavoz de la iglesia alemana ha negado que exista división entre los obispos católicos después de las controvertidas declaraciones del arzobispo Robert Zollitsch en las que abogaba por el diaconado femenino (según informa el Catholics News Service).

No hay hechos nuevos – el arzobispo Zollitsch se ha declarado a favor de un diaconado especial para la mujer, esto significa SIN ORDENACIÓN”. Dijo Robert Eberle, portavoz de la archidiócesis de Friburgo.

Los obispos quieren más mujeres en posiciones de responsabilidad en la iglesia en base a la doctrina católica. Por ello, no existe división sobre reformas como ésta”, Eberle dijo en su declaración del 8 de mayo.

El arzobispo Zollitsch hizo esta propuesta el 28 de abril al cierre de la asamblea diocesana sobre reformas en la iglesia, en la que 33 recomendaciones fueron debatidas por 300 participantes.

Dijo que apoyaba “una profundización del sacerdocio común de todos los bautizados” y que promoverían “una variedad de servicios y ministerios”. Dijo también que hombres y mujeres “deben ser respetados y tomados seriamente en la iglesia”, añadiendo que los puestos de trabajo deben ser ofrecidos a personas con “diferentes estilos de vida”.

El arzobispo añadió que él estaba también “comprometido con nuevos servicios eclesiales y ministerios abiertos a las mujeres”, incluyendo “un diaconado especial para las mujeres”.

Eberle dijo que el arzobispo Zollitsch hablaba sólo “en su capacidad como arzobispo local” y se refirió a una propuesta similar, del 20 de febrero, realizada por el Cardenal Walter Kasper, antiguo presidente del Consejo Pontificio para la promoción de la Unidad Cristiana, durante el pleno de los obispos alemanes en Trier.

La conferencia Episcopal alemana declina responder preguntas sobre las declaraciones del arzobispo Zollitsch.

http://mujeresacerdotesenlaiglesia.wordpress.com/

¿Primera sacerdote católica hispana en Estados Unidos?


Rosa Manríquez de 66 años ha tenido el sueño desde niña

NUEVA YORK._ Rosa Manríquez quiere convertirse en la primera mujer hispana de Estados Unidos en ser ordenada sacerdote católica. Y aunque el sueño lo abriga desde su niñez cuando vestía atuendos religiosos para hacer creer que lo era, los obstáculos y la radical oposición de su iglesia a permitir que las mujeres en vez de monjas, sean ordenadas como sacerdotes, se interpone entre sus esperanzas y el éxito.

Sin embargo tiene una opción y es la Asociación Independiente de Mujeres Sacerdotes de la Iglesia Católica que tuvo que surgir precisamente para enfrentar la oposición que incluye la del papa actual Benedicto XVI, quien siendo cardenal en el 2002, ex comulgó a siete de ellas ordenadas por un obispo argentino en una embarcación que estaba sobre el río Danubio tras formarse la entidad.

El grupo ha creado mucha controversia, pero para convertirse en sacerdote, le exige a las mujeres que lo deseen, cumplir con los mismos requisitos académicos y de preparación de un seminarista que quiere convertirse en cura.

Estudios universitarios y teológicos por lo menos de un año, elaboración de 10 ensayos filosóficos y conocimientos básicos sobre la historia y las posiciones sustanciales de la iglesia, les son requeridos a las que aspiran. Sin embargo, sobre los hombres sacerdotes, tienen una ventaja: la asociación no cree en el llamado celibato por lo que les permite casarse y hasta tener hijos.

La excepción, es que los votos de castidad no son reconocidos y ese es uno de los puntos que las enfrenta a las máximas autoridades católicas de Roma. En mayo de este año, la cúpula papal retomó el tema y publicó un documento en el que reafirma la postura de no permitir que las mujeres se ordenen como sacerdotes. “Tanto quien confiere la Orden Sagrada a una mujer como la mujer ordenada, incurren en la ex comunión latae sententiae (automática).

En un caso más reciente ocurrido en julio cuando la misma asociación ordenó a tres nuevas mujeres sacerdotes en una iglesia protestante de Boston, la arquidiócesis de esa ciudad emitió un comunicado reiterando los postulados de Roma contra las mujeres.

Pero a la señora Manríquez parece no importarle la posición de los prelados en Italia y sostiene que se mantendrá yendo detrás de conseguir la realización de su sueño más preciado desde que nación. Hace un año ella se enteró de la existencia de la asociación y de inmediato se puso en contacto con las dirigentes para orientarse.

A sus 66 años de edad, recuerda que un primo le decía que dejara de hacerse pasar por sacerdote, porque ese sueño nunca lo iba a convertir en realidad. Pero nunca descartó totalmente la posibilidad. Y aunque la asociación, fundada hace seis años en Alemania, no tiene sede en América Latina, ella sigue queriendo ser la primera mujer hispana en Estados Unidos en lograrlo. ¿Lo conseguirá?

 

http://www.diariolibre.com/noticias/2008/12/08/i180478_primera-sacerdote-catlica-hispana-estados-unidosa.html

MUJERES SACERDOTES CONTRA LA LEY ¿POR QUÉ?


Imagen

Libro: “Bischöfin römisch-katholisch”. Christine Mayr-Lumetzberger. Editorial Ueberreuter.

Traducción libre de Priscila.

Los años que siguieron al Concilio Vaticano II (1962-1965) estuvieron impregnados de apertura y reforma en la Iglesia Católica. Novedades, como los mayores derechos para los laicos en la Iglesia, se esperaban y se lograron parcialmente, como mediante el establecimiento de los consejos parroquiales. Las reformas en la liturgia alegraron a los sacerdotes y al pueblo. La lengua materna en la liturgia, el pueblo en el altar, la activa participación de la comunidad, revivieron los servicios religiosos e incrementaron la alegría en la religión. La supresión del celibato obligatorio y la igualdad de derechos de las mujeres en los ministerios eclesiales eran, como mínimo, esperables, mientras no sucediera nada distinto en el horizonte.

Sin embargo, con el pontificado del Papa Juan Pablo II, cambió el clima eclesial (…)

Austria

El escándalo del Cardenal Gröer en el año 1995 y los primeros debates abiertos sobre los abusos sexuales en la Iglesia, “levantaron la liebre”. Con el movimiento “Peticiones del Pueblo de la Iglesia” (“Kirchenvolks-Begehren”, “Petition of the People of the Church”), iniciado por Thomas Plankensteiner y sus compañeros, se abrió una puerta, ¡de nuevo se movía algo! También el clima interno eclesial cambió. Las personas parecían más conscientes y no querían dejar las cosas pasar, ésa era mi impresión.

En el primer sínodo europeo de mujeres en Gmunden, Austria, en el año 1996, sentí, en las abiertas y francas conversaciones con numerosas mujeres acerca de su llamada al sacerdocio, un nuevo aliento vital. Esta experiencia fue mi punto de partida en mi compromiso concreto por la ordenación de la mujer en la iglesia católica romana. Para aquel entonces había realizado una buena revisión de los fundamentos teóricos, que por un buen puñado de teólogos y teólogas, muy en particular por la minoría feminista, se habían elaborado al respecto. Tengo un gran respeto por esa tarea, pero personalmente no me siento inclinada hacia el trabajo teórico. Fue mi impresión que el trabajo de fundamentación había alcanzado un punto en el que sólo podía seguirle un paso práctico. Entonces me decidí a dejar de participar en el debate teórico, y a dedicarme al mundo de los hechos, dando un paso práctico.

El camino y la meta

Como no existía ninguna posibilidad legal de que una, como mujer, pudiera prepararse para el ministerio sacerdotal, empecé a tratar de desarrollar conceptualmente un programa de formación. No era sólo una cuestión de humildad, sino sobre todo, un mandato de la razón, el que participara en este proceso un gran número de personas de gran inteligencia y buena voluntad. En particular, las constructivas propuestas que me hicieron amigos sacerdotes, que veían que se accionaba un resorte que permitía ahora llenar un gran vacío. El resultado del proceso que duró tres años fue el programa de formación “seminario para mujeres en la iglesia católica-romana”. En 1999 este programa fue aprobado en la asamblea plenaria de la Plataforma “Somos Iglesia – Austria”, organizada en el movimiento “Peticiones del Pueblo de la Iglesia” (“Kirchenvolks-Begehren”, “Petition of the People of the Church”),por unanimidad.

En el año 2002 finalmente algunas de las mujeres participantes en el programa decidieron, junto a mí, aspirar a la consagración sacerdotal. Ésta era nuestra situación de partida: la meta estaba clara, pero nadie sabía el camino, ningún obispo nos apoyaría. Sin embargo, yo estaba segura de una cosa: si Dios quería sacerdotisas, entonces se preocuparía por ello. Nosotros sólo debíamos dejar el camino libre.” Así empezamos con la planificación y la organización de nuestra ordenación sacerdotal.

Todavía no

Como fecha deseada para nuestra ordenación como sacerdotisas tenía puesta la mirada en el 13 de mayo de 2001, en el día de la madre de ese año. Durante meses, mantuve ese día libre en mi agenda. No sabía cómo se realizaría la ordenación, pero tenía la sensación de que ese día estaba especialmente destinado a ello. Sin embargo, no fue así: las demás mujeres no pusieron ningún empeño e incluso no tenían disponibilidad para ese fin de semana. Eclesialmente tampoco aparecía ningún obispo a la vista, que pudiera oficiar la ordenación. Poco antes de ese día que para mí era mágico, telefoneó nuestro hijo Richard y nos avisó de su llegada junto a su grupo de amigos motoristas. El grupo quiso que sus motos fueran bendecidas. Así que compré unas plaquitas de San Cristóbal, preparé una barbacoa y me alegré de que los jóvenes quisieran pasar con nosotros el día de la madre. Algunos de sus amigos sin embargo, tenían otros compromisos el día de la madre, así que dejamos la bendición de las motos para otra ocasión. A los que vinieron, además de ofrecerles café, les eché un sermón maternal sobre la seguridad vial, el tráfico, y les despedí con un “no conduzcáis muy deprisa”. Esa fue la última visita de nuestro hijo. Tres días después, murió, de un accidente de moto. Sin duda, ese día no habría sido un buen día para la ordenación.

El punto de inflexión: ordenación diaconal

 Así sucede en la vida a veces con nuestras expectativas. Después de un tiempo de tristeza y también de parálisis, y gracias al apoyo de amigos y amigas, y sobre todo también de las mujeres que habían hecho el camino conmigo, de nuevo pusimos el ojo en la meta. Surgió la idea de realizar la ordenación en un barco en el Danubio. No sólo a causa de la bella imagen de un barco en movimiento, sino también por razones prácticas. Un barco tiene la infraestructura que uno necesita para un grupo grande de personas, también para almacenaje, algo que íbamos a necesitar. Personalmente asumí el riesgo financiero cuando reservé el barco, y siempre sin obispo a la vista.

En nuestro grupo de mujeres surgieron diversas posturas que cuestionaban si era realmente imprescindible la presencia de un obispo para poder ejercer el ministerio sacerdotal. Los primeros cristianos nos dejaron el modelo de iglesia doméstica, en el cual la consagración, tal y como hoy la conocemos, no existía. La encomendación de las funciones de acuerdo a los Hechos de los Apóstoles se realizaba mediante la imposición de las manos y la oración. Una ordenación comunitaria, esto es, una encomendación de una función por el deseo de toda una comunidad, se correspondería con nuestra actual visión democrática. Además, se podría ahorrar un buen enfado por parte de la iglesia oficial.

Sin embargo nos decidimos finalmente por la ordenación por parte de un obispo, tal y como está establecido por el Pontífice romano. Con ello queríamos integrarnos plenamente en la Tradición de nuestra iglesia. La Sucesión Apostólica, aún cuando históricamente pueda no llegar verdaderamente hasta los mismos apóstoles, pertenece a la tradición de nuestra iglesia y no teníamos intención de rechazarla. Queríamos cumplir totalmente con el Magisterio católico. Sólo en un punto deseábamos una modificación: en el Código de Derecho Canónico, dice el canon 1024: “las órdenes sagradas sólo serán válidamente recibidas por un varón bautizado”. Que sólo los hombres puedan ser ordenados, no es ningún dogma de fe, sino una ley eclesial y, por ello, modificable.

Debió ser verdaderamente ayuda divina: el obispo Romulo Braschi, un argentino de origen italiano, entró en contacto con nosotras y nos dijo, tras un intenso examen, que nos ordenaría. Se puso fecha para la ordenación diaconal: domingo de ramos de 2002. Poco tiempo antes de esa fecha nos llegó una llamada de otro obispo más, que se manifestó entonces también dispuesto.

El domingo de ramos de 2002, en el salón de nuestra casa, fuimos ordenadas diáconos por dos obispos. Algunos de nuestros amigos estuvieron allí. Un notario estuvo presente y dejó constancia protocolaria de todos los detalles. Para mí fue esta primera ordenación el verdadero punto de inflexión.

 Ordenación sacerdotal, agridulce

 El 29 de junio de 2002, fiesta de los apóstoles San Pedro y San Pablo, tuvo lugar la ordenación sacerdotal en un barco en el Danubio. En torno a este acontecimiento, que también tuvo una fuerte repercusión en los medios de comunicación, surgieron tantos problemas de organización, nos sentimos tan desbordadas, como en una ordenación oficial en una catedral. Los invitados tuvieron que ser acomodados, obispos, sacerdotes, hermanos y hermanas de otras confesiones tuvieron que ponerse de acuerdo y ser integrados en la liturgia, los periodistas nos acorralaban y solicitaban entrevistas (y no todos eran amistosos). Algunos datos debían permanecer en riguroso secreto, y esto en un grupo relativamente grande de personas.

El obispo Braschi cumplió estrictamente con el ritual pontificio, hasta tal punto que se dirigía a nosotras, mujeres, durante la ceremonia de ordenación con el término “hermanos”, ya que el “hermanas” no estaba previsto. El texto que habíamos preparado con tanto afecto, fue a la papelera de reciclaje, e incluso en lugar del Padre nuestro cantado por el coro, sonó el peruano “El Cóndor pasa”. Todo ello desde luego no estaba previsto por nosotras.

Muchas personas no entendieron por qué aceptamos la ordenación tal y como fue. Nosotras sin embargo acogimos la ordenación tal y como la dan los obispos: como un regalo. Además teníamos nosotras como candidatas a la ordenación pocas posibilidades, realmente ninguna capacidad para influir, para decir en voz alta: ¿la aceptamos tal y como es o no hay ordenación?

 Ordenación episcopal

 Poco tiempo después de nuestra ordenación como sacerdotisas, contactó con nosotras otro obispo y nos ofreció poner en nuestras manos, en manos femeninas, la plena capacidad de ordenar. Después de pensarlo largos meses y de un largo proceso de decisión, fuimos consagradas obispos Gisela Forster y yo. Así fue como se puso en nuestras manos el ministerio pastoral, al que nunca habíamos aspirado, con objeto de cumplir con nuestro principio fundamental: “si Dios quiere sacerdotisas, las tendrá. Nosotras sólo debemos dejar el camino libre”.

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