Hijo de arameos errantes. DOLORES ALEIXANDRE


Lunes 2 de junio de 2014
Publicado en alandar nº309

 

Cuando escribo esto no sé aún si la amenaza de los partidos xenófobos ha avanzado en Europa después de las elecciones, pero me temo que el resultado, por lo que toca a los migrantes, no haya mejorado mucho. Por eso no está de más que recordemos no ya las tan traídas y llevadas “raíces cristianas de Europa”, sino algo más radical aún y es que el Jesús en quien creemos participaba de esa condición en cuanto hijo de arameos errantes.

Escuchó en la sinagoga de Nazaret las palabras de la Escritura dirigidas a emigrantes y exilados, a gente que conocía por experiencia la dureza de ser extranjero o emigrante forzoso: “Conocéis la suerte del emigrante, porque emi¬grantes fuisteis vosotros en Egipto” (Ex 23,9). Como miembro de un pueblo que procedía de la emigración, se identificó con la narración de sus orígenes: “Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto…” (Dt 26,5) y rezó con salmos que ponían en sus labios estas palabras: “Soy huésped tuyo, forastero ante ti como lo fueron nuestros padres” (Sal 39,13).

Aprendió desde niño que la condición de su antepasados Abraham y Sara fue la de extranjeros perpetuos, carentes de tierra propia y establecidos de por vida en una sociedad a la que no pertenecían (Gen 23,4). Su historia era la de gente, en apariencia, desposeída de sus derechos pero, en la realidad, portadores de bendición (Gen 12,3). Oyó una y otra vez las narraciones sobre su pueblo en las que se recordaba que no habían conquistado la tierra prometida, sino que la habían recibido como don y debían compartirla con otras gentes con las que tenía sagrados deberes de hospitalidad: “No vejarás al emigrante” (Ex. 23, 9); “No lo oprimiréis” (Lev. 19, 34); “No lo explotaréis” (Dt. 23, 16); “No defraudarás el derecho del emigrante” (Dt. 24, 17); “Maldito quien defrauda de sus derechos al emigrante” (Dt. 27, 19).

Se familiarizó con unas leyes que iban más allá de las prohibiciones y proponían gestos de amor eficaz: “Cuando siegues la mies de tu campo y olvides en el suelo una gavilla, no vuelvas a recogerla, déjasela al emigrante, al huérfano y a la viuda” (Dt. 24, 17). Había que repartir los diezmos ofrecidos en el culto entre “el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda para que comieran hasta saciarse” (Dt. 26, 12).

Aprendió que a los extranjeros había que tratarlos como miembros de la comunidad: “Esta es la tierra que os repartiréis las doce tribus de Israel, os las repartiréis a suerte, como propiedad hereditaria, incluyendo a los emigrantes, residentes entre vosotros…” (Ez. 47, 21-22). “Al forastero que reside junto a vosotros, lo miraréis como a uno de vuestro pueblo y le amarás como a ti mismo” (Lev 19, 34).

Se alegró al escuchar en la lectura del Deuteronomio que “el Señor no hace acepción de personas, hace justicia al huérfano y a la viuda y ama al forastero dándole pan y vestido; amaréis, pues, al forastero…“(Dt 10,17-19), porque era así como él conocía al Padre. Heredó la convicción profética de la relación inseparable que existe entre el conocimiento de Dios y la actitud hacia los más desvalidos: “Defender la causa del pobre y del oprimido, ¿no consiste en eso conocerme?, oráculo de Yahvé” (Jer 22,16).

El evangelio de Mateo presenta su infancia bajo la experiencia dramática de una emigración forzosa (Mt 2,14-15) y el de Lucas narra su nacimiento fuera de la ciudad “porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7). Su vida estuvo marcada por el rechazo de los suyos que “no le recibieron” (Jn 1,12) y su muerte “fuera de los muros de la ciudad” (Heb 13,12) fue el testimonio de su amor “hasta el fin” (Jn 13,1) y de su identificación solidaria con los excluidos y rechazados de este mundo. Habló del Reino con rasgos de universalismo, lo anunció para todos sin exclusiones y, especialmente en las curaciones, se mostró compasivo con los paganos y extranjeros: la mujer sirofenicia (Mc 7,24-30), el centurión (Mt 8,5-10) o los samaritanos.

Y afirmó que el Hijo del hombre revelará en el juicio de las naciones esta identidad suya que nadie se hubiera atrevido nunca a sospechar: “Fui extranjero y me acogisteis“(Mat 25,35).

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