¿El milenio de la mujer? (en la Iglesia católica): POR TOMAS URIBEETXEBARRIA


«En cuanto a la ordenación de las mujeres, la Iglesia ha hablado  y dice no. Lo ha dicho Juan Pablo II, pero con una formulación definitiva. Esa puerta está cerrada.»  (Papa Francisco, rueda de prensa en el avión de vuelta de Brasil, 29 de julio de 2013).

 – Sábado, 14 de Junio de 2014 – Actualizado a las 05:47h

FUE en la celebración de la última vigilia pascual, en la lectura del evangelio de Mateo por el celebrante. Que Llegué a conmoverme cuando Jesús resucitado se presentó, antes que a nadie, a las mujeres que habían ido al sepulcro al despuntar del alba y ya volvían presurosas y contentas y, a la vez, inquietas. Las saludó y les dijo: «Alegraos. No tengáis miedo. Id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». En ese momento decidí retomar el problema que se infiere de las palabras del Papa que se citan en el encabezamiento, y que, quizá por prudencia, lo tenía aparcado. Considero que es un tema importante y apremiante, pues se han dado ya pasos no sé hasta qué punto irreversibles. Siento tener que iniciar estas reflexiones con una cita del Papa Francisco, en quien aprecio tanto sus gestos y decisiones y su firme voluntad de mejora efectiva de la Iglesia. Abrigaba cierta esperanza de que pudiera dejar un resquicio a la revisión de la doctrina sobre el sacerdocio de la mujer que han venido declarando los tres papas anteriores -salvado Juan Pablo I-, pero la negativa de Francisco a la pregunta de los periodistas es tajante: tres breves enunciados en progresión reafirmante.

Hasta hace muy poco, todo discurría con placidez en la ejecutiva eclesiástica y, aunque la mujer llevaba tiempo luchando por sus derechos y por integrarse en la vida social, la Iglesia no se daba por enterada. Los papas empezaron a inquietarse cuando las aspiraciones femeninas se manifestaron en la propia Iglesia. No se hubieran preocupado porque la mujer deseara participar en mayor grado en la vida activa de la Iglesia, más bien hubiera sido al contrario. La preocupación vino a consecuencia de que cualquier deseo de igualdad de género partía, precisamente, del derecho igual de hombres y mujeres al sacerdocio si no se quería que todo quedara en meras palabras.

Fue Pablo VI el primero en posicionarse con la Declaración Inter insignioresSobre la admisión de las mujeres a la ordenación sacerdotal (15/10/1976) de la Congregación para la doctrina de la Fe, que «Su Santidad aprobó, la confirmó y ordenó que se publicara». Le siguió Juan Pablo II, básicamente en la misma línea, aunque en un tono más firme: «Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia». Con esta declaración termina Juan Pablo II su Carta Apostólica4 sobre la ordenación sacerdotal reservada solo a los hombres, de 22 de mayo de 1994. Ambos papas endosan a Dios su propia responsabilidad y Juan Pablo II lo declara doctrina definitiva.

Cualquiera ve en los evangelios que Cristo trata a las mujeres sin hacer acepción ninguna, cosa poco habitual en la época. Así lo reconocen los textos pontificios, pero se sirven de ello de forma bastante especiosa. Sostienen que Cristo de ninguna manera se sintió obligado por la mentalidad de la sociedad en que vivía al elegir hombres para apóstoles, lo que sería matizable, puesto que Jesús era hombre de su tiempo y miembro de esa sociedad y nadie escapa totalmente a esa influencia. Sin embargo, concluyen sin más que Cristo, cuando los eligió, lo hizo libremente, lo que es bien cierto, y que excluyó deliberadamente a la mujer de la ordenación sacerdotal y, por tanto, de todos los cargos de poder consiguientes, lo que es un dislate histórico y una conclusión claramente injusta tanto para con Jesús como para con las mujeres. Jesús respondía al modelo social aceptado en su tiempo al elegir a hombres como discípulos, sin que ello pudiera suponer, ni directa ni implícitamente, que excluyera a la mujer bien sea del sacerdocio, bien de cualquier otra función en lo que fuera a ser la Iglesia.

 

Ahora bien, no se les excluye de las otras labores: «La presencia y el papel de la mujer en la vida y en la misión de la Iglesia, si bien no están ligados al sacerdocio ministerial, son, no obstante, totalmente necesarios e insustituibles» (Carta Apostólica 3). Es inevitable preguntarse cómo se logra discernir la función sacerdotal y todo lo que conlleva de la única misión que Cristo encomendó a todas y todos sus seguidores y atribuir aquella, pero no esta, solo a los hombres.

Para eso está la tradición, ese recurso versátil, al que, en este caso, los papas se acogen con firmeza. Se trata, según mantienen, de una tradición milenaria, jamás interrumpida ni cuestionada, del sacerdocio masculino: «La ordenación sacerdotal, mediante la cual se transmite la función confiada por Cristo a sus apóstoles, de enseñar, santificar y regir a los fieles, desde el principio ha sido reservada siempre en la Iglesia católica exclusivamente a los hombres. Esta tradición se ha mantenido también fielmente en las Iglesias Orientales» (Carta Apostólica 1). Pero no se advierte que se trata de una «tradición» de solo hombres: promovida por hombres y reservada para ellos. Y esto es así porque así era aquella sociedad y así ha seguido siendo la Iglesia. La argumentación evangélica, muy sesgada, además de tan reciente, ha llegado apremiada, igual que los tres primeros doctorados otorgados a mujeres: Teresa de Ávila y Catalina de Siena (Pablo VI, 1970), y Teresa de Lisieux (Juan Pablo II, 1997), e igual que esa paradójica propuesta de una teología de la mujer cuando la Iglesia lleva dos mil años haciendo teología.

También la declaración Inter insigniores empieza por «La Tradición», y solo en segundo lugar trata de «La actitud de Cristo». Es significativo lo que dice: «La tradición de la Iglesia respecto de este punto ha sido pues tan firme a lo largo de los siglos que el magisterio no ha sentido necesidad de intervenir para proclamar un principio que no era discutido o para defender una ley que no era controvertida». ¿Quién iba a discutirlo? Los hombres, no; y las mujeres aún hoy siguen sin opinión en la Iglesia. Y cuando han llamado a la puerta, se la han cerrado con un portazo. Se ha optado por atajar expeditivamente cualquier asomo de reclamación y aun de mero cuestionamiento. En fin, debiera darnos vergüenza, no digo invocar, siquiera mencionar una tradición que pone a la Iglesia tan en evidencia. Convertirla en tradición y querer mantenerla por los siglos de los siglos –doctrina definitive tenenda-, aparte de parecerme una grave equivocación, no tiene calificativos decorosos.

Los dictámenes papales no bastarán para acallar, ni ahora ni más adelante, el derecho a la igualdad en la Iglesia que reclaman las mujeres, y no cabe estar debatiéndolo por siglos. Más vale asumirlo sin ambages y afrontar sin miedo los cambios a que dará lugar. El proceso de normalización será lo suficientemente largo como para que vaya encajando todo sin traumas. Y para la Iglesia será beneficioso desde el primer día. Lo será por el hecho en sí y porque responde fielmente a la misión que Cristo nos encomendó a favor de los más necesitados. Además, teniendo en cuenta el peso moral de la Iglesia católica en el mundo, sería un gesto ejemplar y magnífico ante uno de los problemas ancestrales más graves de la humanidad

El momento es el idóneo para iniciar ese camino. La Iglesia debiera responder justo ahora, no a remolque de la sociedad dentro de cientos de años, a uno de los signos más clamorosos de nuestro tiempo y abrir una amplia reflexión conjunta sobre la plena integración de la mujer en la Iglesia. Sería la primera vez que hombres solos no deciden por ellas, incluso sobre asuntos que les atañen..

 

http://www.deia.com/2014/06/14/opinion/tribuna-abierta/el-milenio-de-la-mujer-en-la-iglesia-catolica-en-cuanto-a-la-ordenacion-de-las-mujeres-la-iglesia-ha-hablado-y-dice-no-lo-ha-dicho-juan-pablo-ii-pero-con-una-formulacion-definiti

4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. sofia arboleda caro
    Jun 14, 2014 @ 11:07:22

    Si Jesús se apareció por primera vez a las mujeres cuando Resucitó , es porque confiaba y confía más en la Mujer.

    Responder

  2. turibe
    Jun 17, 2014 @ 07:49:38

    En este texto, recogido por internet, faltan dos párrafos que sí aparecen en la edición del texto original del periódico publicado en papel. Uno va después del que termina:»…otra función de lo que fuera a ser la Iglesia». Y el otro después del que termina con «…calificativos decorosos».

    Responder

  3. turibe
    Jun 17, 2014 @ 07:52:34

    Lo siento, no he señalado el nombre del diario: DEIA, 14/06/2014, sección Tribuna abierta, pág.4-5.

    Responder

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