Sacerdote, ¿para qué?


 

23.06.14 | 22:36. Carlos Alberto Alvarado

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Llevo unos días preguntándome por el papel de mi dimensión sacerdotal hoy en día. Las respuestas son muchas: algunas de altas autoridades eclesiásticas, en cuanto que las exhortaciones pontificias, episcopales y demás no dejan de hacer hincapié en todo esto del sentido del sacerdocio en el S. XXI; otras, de personas cercanas que te dicen sobre lo que debes hacer como cura y sobre aquello que limita tu rol y tu ser sacerdotal; y algunas más de gente lejana, dada esa tendencia que tiene el ser humano a hacer comentarios incluso de lo más nimio de cada persona. Sin embargo, la respuesta no deja expresarse en forma de una petición continua de las personas con las que me encuentro día a día. Pero, ¿qué he notado que piden? Estas son solo algunas respuestas
Humanidad: no dejo de pensar en que en muchos casos puede que la unica forma en que la liturgia, las palabras, las exhortaciones, los consejos, y todo aquello que desde posiciones eclesiásticas damos por importante, adquiera sentido es mostrándonos realmente tal y como somos, con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, como seres humanos capaces de sonreír pero también de sufrir por aquellos a los que queremos. ¿Cuantas veces escondemos este gesto de humanidad creyendo que así tendremos mayor autoridad? o ¿cuantas veces preferimos expresar un consejo sin siquiera comprender lo que la otra persona está sufriendo? Yo creo que la cercanía pasa por el gran gesto de reconocer nuestra humanidad al completo, sin el miedo deplorable a mostrar nuestras propias debilidades.Una humanidad que muchas veces se ve necesitada más de un «estoy contigo» que de un «tienes que hacer esto».

 

Cercanía: da la impresión de una cierta propensión a construir muros y barreras entre nuestra realidad, muchas veces acomodada, y la situación concreta de personas que sufren o que ahnelan algo mejor. Ese mismo muro es el que tantas veces nos permite elaborar discursos persecutorios, contar historias rancias y aspirar a la conversión forzada de muchas personas (me pregunto a qué).Yo creo que es tiempo, como hacen muchos hermanos religiosos y sacerdotes así como tantas religiosas que se desviven diariamente por los demás, de bajar a la realidad concreta de los que nos rodean: conocer sus sufrimientos, aprender de sus dolores, caminar a su lado, y ofrecer un gesto cercano y amable, compasivo y misericordioso que acoja todas las dimensiones de la persona concreta que se acerca. Puede que no cueste, si cabe utilizar esta palabra, más que un abrazo, un toque en el hombro; en definitiva, algo simbólico pero real que exprese ese sentir empático con los demás.

Evangelio: pero hablamos de una «Buena Nueva» que hable de amor en lugar de persecución; que exprese acogida en vez de intolerancia; que sea abierto en lugar de estrechamiento doctrinal. Un Evangelio que hable de Cristo Vivo y presente entre nosotros, en lugar de la misma historia repetitiva y a veces aburrida de alguien que vivió hace 2000 años. Es decir, «una PALABRA DE DIOS viva y eficaz, tajante como espada de doble filo», capaz de desconcertarnos cuando tenemos todas las seguridades, pero habilidosa para construirnos desde un Cristo que se hace real.

 

El problema: todo esto necesita testimonio de vida, conviccion creyente, sabiduría compartida y esos espacios de encuentro para compartir nuestra vida. ¿alguna vez nuestros espacios eclesiales lo serán? ¿alguna vez seremos capaces de generar nuevamente esa capacidad de cercanía?

 

En definitiva: compasión y empatía. Juntos podemos.

 

http://amerindiaenlared.org/biblioteca/5780/sacerdote-para-que

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