¡Bienvenida la excomunión!: JUAN CARLOS BOTERO


JUAN CARLOS BOTERO 11 SEP 2014 – 9:58 PM

Juan Carlos Botero

Llevo años (literalmente, más de 20), pidiendo que la Iglesia católica utilice uno de sus instrumentos más eficaces para combatir la corrupción, la violencia y los abusos sexuales: la excomunión.

  • Y desde entonces siempre escucho, de parte de prelados y creyentes, la misma disculpa y respuesta: el tema no es tan fácil y carece además de efectos tangibles. Dicho en breve: no sé de lo que estoy hablando.

Quizás. Pero no hay duda de que la Iglesia dispone de esa poderosa herramienta; un mecanismo para amonestar, reprender y repudiar, en forma pública, la conducta de quien, según la institución, ha obrado mal. No es un arma jurídica, y su efecto es más moral que práctico. Es una censura, una pena que aleja a la persona, de manera temporal o permanente, de la institución y de la vida de la Iglesia. Para un creyente el asunto es serio porque implica la pérdida de la gracia, y por eso es insólito que el Vaticano haya usado esta arma con tanta torpeza a lo largo de los siglos, y que la haya desaprovechado de igual forma.

Al comienzo sólo se excomulgaban figuras religiosas, y su objetivo era proteger la ortodoxia, apartar a quienes proponían filosofías o prácticas contrarias a la fe, y censurar a quienes se habían equivocado para impartir una lección pública. A partir del siglo X, la excomunión ya no es sólo un instrumento de castigo espiritual, sino un garrote de orden terrenal. Se empieza a excomulgar reyes, nobles y príncipes para que esos líderes (entre ellos Napoleón) no amenacen el poder de la Iglesia. Para el siglo XX, la excomunión cae a menudo en el ridículo: se excomulga a gente como Jacqueline Kennedy y Fidel Castro, entre muchos otros, y un arzobispo en Brasil, Jose Cardoso Sobrinho, excomulga a una mujer y a su hija de nueve años, quien había sido violada por su padrastro (y al equipo médico que autorizó el aborto), porque la vida de la menor corría peligro por ser demasiado joven para dar a luz.

Lo curioso, sin embargo, es que la Iglesia no utiliza la excomunión para castigar, moral y públicamente, a los asesinos en serie, los sacerdotes pedófilos, la mafia, los terroristas, la guerrilla en Colombia y los narcotraficantes. Claro: a la Iglesia no le incumbe encarcelar a los delincuentes. Esa tarea es de la autoridad civil. Pero la Iglesia es una entidad moral y espiritual, y debería hacer lo que puede para sentar una posición y condenar lo indefendible. Quizás alguien como Pablo Escobar se hubiera muerto de la risa al ser excomulgado por la Iglesia. Pero a la vez es diciente que alguien como Pablo Escobar haya muerto sin ser excomulgado. Y lo mismo se puede decir de tantos asesinos, narcos, violadores y terroristas. Eso vengo diciendo desde hace años. Y cada vez que escribo sobre el tema, los defensores de la Iglesia me fustigan, diciendo que, por una razón u otra, no se puede excomulgar a todos esos criminales.

No obstante, este año el papa Francisco, el jerarca más valiente de la Iglesia en siglos, VIAJÓ a Calabria y sin titubear excomulgó a toda la mafia italiana. Así de simple. Y así de admirable y eficaz. Cuando se quiere, por lo visto, se puede. Ahora sólo falta que lo siga haciendo con los curas pedófilos, y con todo aquel cuyos actos, según cualquier parámetro de civilización, justicia y decencia, es repugnante.

 

http://www.elespectador.com/opinion/bienvenida-excomunion-columna-516163

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