Zonas de Reserva Campesina: dos ‘colombias’ enfrentadas


Por: Geraldkurt / @Geraldkurt | Septiembre 23, 2014
Uno de los problemas constantes de la organización socioeconómica colombiana es el de la distribución de la tierra. Para solucionar esta problemática se han intentado varios modelos de reforma agraria (Foto: Tomado de Internet)
Uno de los problemas constantes de la organización socioeconómica colombiana es el de la distribución de la tierra. Para solucionar esta problemática se han intentado varios modelos de reforma agraria Foto: Tomado de Internet
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El pasado encuentro de Zonas de Reserva Campesina en el Catatumbo puso de presente el interés de vastos sectores campesinos en que esa figura sea extendida a lo largo y ancho del país. El de estas zonas es un tema que no carece de polémica e incertidumbre ya que son varios los detractores de esta iniciativa. Radiografía de ambas facciones.

Uno de los problemas constantes de la organización socioeconómica colombiana es el de la distribución de la tierra. Para solucionar esta problemática se han intentado varios modelos de reforma agraria, algunos mejor recibidos que otros. Sin embargo, el conflicto armado que vive el país, que se basa, en gran parte, en la concentración de la tierra y sus usos demuestra que hasta el momento no se ha logrado éxito en ese sentido.

 

En el mes de agosto de 1994 se sancionó la Ley 160 por la cual se intenta redistribuir la tierra. Este intento no se basa en la intervención estatal como sucedió en el pasado. En este nuevo modelo, basado en el “mercado asistido”, lo que se busca es que se puedan estimular los proyectos productivos al impactar directamente en el valor de las transacciones. Serían cerca de 9 millones de hectáreas, representados en más de 50 ZRC en todo el país.

 

Así, las Zonas de Reserva Campesina buscan fomentar las economía de los colonos, al igual que evitar la concentración de la propiedad. Además, se establece que las ZRC deben establecerse en áreas en donde la colonización es fuerte y en zonas de baldíos.

 

En 1996, en el marco de las marchas cocaleras del sur del país, el Decreto 1777 el gobierno pactó, a cambio de la desactivación de estas movilizaciones, el establecimiento de las primeras cuatro ZRC. Guaviare, El Pato (San Vicente del Caguán), Putumayo y Sur de Bolívar, fueron los primeros pasos en el establecimiento de este modelo en el país. Otra de las consecuencias de estas marchas fue que se amplió el alcance de estas zonas. Así, “las áreas geográficas cuyas características agroecológicas y socioeconómicas requieran la regulación, limitación y ordenamiento de la propiedad rural”, podrían ser incluidas en proyectos de Zonas de Reserva Campesina.

 

Esto trajo el rechazo de los gremios ya que supuso el establecimiento de Zonas de Reserva Campesina en territorios productivos que no cumplían las características de ser zonas de colonización ni baldíos. Además, generaba unas nuevas relaciones de aparcería en contraposición a las ya establecidas en el “Pacto de Chicoral”.

 

A esto se le sumaría, luego, el argumento de que estas zonas tendrían unas dinámicas diferentes, en cuanto a la propiedad, a las de las demás regiones del país, con lo cual se gestó el discurso de la “República Independiente”.

 

La experiencia vivida por el país a mediados de la década del 60, en la que las llamadas “Repúblicas Independientes” del Pato, Guayabero y Marquetalia, darían origen a lo que con el tiempo se convirtió en las Farc, ha dado argumentos para que ciertos sectores consideren que las Zonas de Reserva Campesina reproducirían esta experiencia con lo cual el país tendría en su territorio espacios ajenos al poder del Estado.

 

El debate, que parecía, zanjado con el preacuerdo logrado entre el Gobierno Nacional y las Farc en la mesa de diálogos de La Habana, en el que se consideró que este modelo de Zonas de Reserva Campesina es óptimo para el posconflicto en ciertas regiones del país; se reactivó esta semana por cuenta del IV Encuentro de Zonas de Reserva Campesina, llevado a cabo en Tibú por la Asociación Nacional de Zonas de Reserva Campesina (Anzorc). A esto se le debe sumar el hecho de declarar la ZRC de hecho del Catatumbo, ante la dilación del gobierno nacional en establecerla.

 

Son, pues vastos sectores del espectro político y académico quienes se encuentran a favor y en contra de este modelo de desarrollo agrario.

 

A favor de las ZRC

 

Alfredo Molano

El sociólogo y periodista es un ferviente defensor de este modelo. Su vasto conocimiento sobre la historia agraria colombiana y su relación con el conflicto armado y social que vive el país le ha permitido argumentar a favor de las Zonas de Reserva Campesina. Para Molano, los señalamientos en contra de las ZRC por considerarse “Repúblicas Independientes” o “Cuaguanes Chiquitos” es una tara que viene del acuerdo entre el gobierno y los sectores que animaron las marchas cocaleras, por considerar a estas últimas como un instrumentos de las Farc.

 

Miriam Villegas

La exgerente del Incoder, desde las épocas en que participó en el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio en la creación de la Zona de Reserva Campesina del Valle del Río Cimitarra, conoce a fondo la problemática de estas figuras y los mecanismos de implementación.

Su paso por el Incoder estuvo signado por el compromiso de reactivar el proceso de constitución de las ZRC. Para ello buscó impulsar las de Pato-Balsillas, Cabrera y Guaviare, entre otras. Estas iniciativas estuvieron en sintonía con el cambio de visión del Gobierno Santos en el sentido de reconocer a las víctimas y al conflicto social y armado que vive el país.

 

César Jerez

Jerez es el coordinador de Anzorc y como tal es el abanderado de este modelo desde la base. Este ingeniero de petróleos que se considera campesino, algo que reconocen los mismos miembros de las organizaciones de base que ha liderado y conformado, ha sido quien le ha plantado la cara a quienes cuestionan las ZRC. Los argumentos expuestos para justificar la necesidad inmediata de acelerar el proceso de constitución de estas Zonas de Reserva Campesina, pasan por la necesidad de frenar los proyectos megamineros y de monocultivo extensivo, hasta el de garantizar la soberanía alimentaria en estas Zonas y defender la biodiversidad y el medio ambiente. Su labor ha sido estigmatizada y se le acusó en 2013 de ser parte de las Farc, cuando se encontraba liderando el paro campesino del Catatumbo.

 

En contra de las ZRC

 

El senador Álvaro Uribe Vélez

El parlamentario durante sus dos periodos como presidente de la República, frenó la implementación del modelo de ZRC. En 2003, aduciendo conflictos sociales en la Zona de Reserva Campesina del Valle del Río Cimitarra, esta fue suspendida. Para Uribe estas zonas podrían convertirse en entes autónomos sin control estatal y por cuenta de ello servir de retaguardia para los reductos de las Farc y para que en ellas se desarrolle el narcotráfico sin mayor entorpecimiento. Además, ha señalado que este modelo no es rentable por cuenta de la imposibilidad de establecer proyectos agroextensivos, como los de palma africana. En su lugar, durante su gobierno la apuesta fue por el modelo de Zonas de Consolidación. En estas la fuerte presencia militar hacía las veces de presencia estatal y garantizaba que el orden llevara de la mano el desarrollo económico.

 

Edward Álvarez Vacca

Este economista solidario se convirtió en uno de los grandes contradictores de las Zonas de Reserva Campesina por cuenta de una demanda de inconstitucionalidad interpuesta por él. Esta demanda buscaba que se declararan inexequibles varios artículos de las Ley 160 de 1994. La controversia jurídica terminó con una sentencia de la Corte Constitucional que declaró exequibles dichos artículos pero que los supeditó a una consulta previa para proteger los derechos indígenas en esas zonas. El otro argumento de Álvarez es el de la posible vulneración que se estaría ejerciendo sobre el medio ambiente por cuenta de los colonos que allí se establezcan.

 

José Félix Lafaurie

El presidente de Fedegan ha sido uno de los más grandes críticos y contradictores de este modelo ya que considera que gran parte de los 9 millones de hectáreas que serían contempladas como ZRC serían sembrados con cultivos ilícitos, en detrimento de los cultivos y proyectos productivos. Además, considera que de constituirse estas zonas tendrían modelos de gobierno propios que dejarían la jurisdicción por fuera de ejercicios tan básicos como la administración de justicia. Para Lafaurie este tipo de modelos, como carta jugada en la mesa de diálogos de La Habana, le estaría dando poder y oxígeno a organizaciones como las Farc. También, considera que estaría afectándose la garantía de la propiedad privada en el campo colombiano.

 

Así las cosas, queda claro que el debate está abierto en torno a este modelo de desarrollo agrario. Sería menester medir en términos de productividad y protección del medio ambiente las experiencias de ZRC que ya existen en el país y contrastarlas con los argumentos a favor y en contra que han animado un debate que está cruzado por la necesidad de plantear un modelo de desarrollo agrario que funcione en un eventual posconflicto.

 

 

http://confidencialcolombia.com/es/1/900/14057

Teólogos ante la faz de un niño pobre


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Hen learns to count to seven (BWNToday) ¡Misericordia, misericordia!, sería la palabra base de su teología. DE PAR EN PAR AUTOR Juan Simarro 23 DE SEPTIEMBRE DE 2014 20:13 h Ignorado / Pablo Flores (flickr CC BY-NC-ND 2.0)

 

Si la teología se hiciera ante la faz de un niño hambriento, tendría menos palabras y buscaría mucho más la praxis cristiana que los largos razonamientos y discursos. El teólogo, probablemente rompería sus cuartillas y saldría corriendo en busca de pan convirtiendo su teología en acción liberadora. Ante el dolor, ante el hambre, ante la faz de un niño pobre, se queda corto todo discurso, se queda raquítica e inútil toda palabra que no sea la de clamar por justicia contra los empobrecidos del planeta tierra. Haríamos una teología pegada a la tierra, a la desazón de los estómagos vacíos. La teología se convertiría en una llamada a la misericordia y una reacción compasiva acompañada mucho más de palabras de amor, que largos razonamientos sobre Dios. Quizás, ante la faz de un niño pobre, el teólogo se sintiera impotente para expresar lo que Dios quiere decirnos ante el rostro infantil hambriento, y correría como un loco entre los creyentes siendo alarma viva de un escándalo humano que se refleja también en el rostro del Dios del que quieren hablar. ¿Qué podría decir un teólogo sobre Dios desde el acicate de lo que nos expresa el rostro de un niño empobrecido al que se le niega la participación en los bienes que la tierra produce para todos?   Si el teólogo ha llegado mínimamente a comprender quién es ese Dios del que quiere hablar, no le culparía a Él. Tendría que relacionar lo divino y lo humano para cargar más culpabilidad en el egoísmo del hombre que sobre Dios mismo. Simplemente porque al Dios del que quiere hablar se lo encontrará sufriendo. Se quedaría como sin voz para poder decir nada de Él y ese no poder decir o hablar sobre Dios ante el escándalo de un niño hambriento sería la base de su teología. Quizás los teólogos ante ese no poder decir, hablar o sentirse impotente para hablar de Dios ante la faz de un niño pobre, se levantarían y saldrían gritando buscando otros cristianos comprometidos en la acción, en la praxis, militantes por los valores del Reino o, en su caso, por los Derechos Humanos. Sería su base para iniciar un estudio y hacer una reflexión especial sobre Dios, el Dios sufriente.  Si un teólogo hablara de la conversión ante la faz de un niño pobre, la entendería como apertura amorosa frente al drama humano, apertura frente a la tragedia de esas criaturas de Dios, apertura frente al dolor y desesperanza de esos niños. Quizás tiraría por la borda sus razonamientos abstractos y se convertiría en un vocero que intentara llevar a otros a la praxis cristiana, el compromiso con el prójimo sufriente. La teología ante el rostro de un niño hambriento, debe ser una teología de la acción social cristiana. Quizás el teólogo serio, ante el rostro de un niño hambriento se quedara mudo, que no sordo, y sólo supiera hablar de Dios a través de sus acciones comprometidas, de sus gestos, de sus solidaridades, de su mano tendida para eliminar dolor y reducir la pobreza del mundo. Su meta sería acercar a los hombres a Dios, hacer al Ser Supremo cada vez más cercano al mundo para que pudiera ser purificado en la práctica de la justicia y de la humanidad en el amplio sentido de esta palabra. El teólogo perdería sus palabras, trabajaría en silencio y la única voz que debiera emitir sería la de justicia, justicia, justicia. Si Dios le volviera a dar palabra de nuevo al teólogo, sería para anunciar a la humanidad sus errores, sus insolidaridades, los objetivos no cumplidos por parte de la humanidad entera. Sería devolverle la voz para denunciar. El rostro del niño sobre su mente y sobre su corazón le llevaría a hablar de Dios a los hombres por vía negativa diciendo lo que no es Dios, lo que Dios aborrece, lo que aún necesita trabajar el hombre para acercar al mundo los valores del Reino. Un teólogo ante la faz de un niño pobre no se quedaría en la vía contemplativa como muchos filósofos o místicos, sino que su contemplación, su visión detenida del rostro de ese niño le llevaría a una contemplación que le lanzara al mundo de forma activa y su teología no le llevaría nunca al intentar gozarse en el ritual, sino a correr por el mundo lleno de santa furia y sana indignación indicando siempre con su dedo índice hacia rostro de ese niño. ¡Misericordia, misericordia!, sería la palabra base de su teología. Se convertiría en voz aniquiladora de injusticias, de escándalos como la desigual redistribución de bienes que nos vienen de parte de Dios para todos.  El teólogo ante la contemplación del rostro de un niño hambriento, se daría cuenta de que la teología no debe tender solamente a hablar sobre Dios, sino a unir la imagen de Dios con la del hombre y ver que el cristianismo tiene dos dimensiones en plan de semejanza: la que nos religa a Dios y la que nos une solidariamente al hombre que sufre. La dimensión de lo humano cobraría para él una trascendencia y una profundidad inimaginable. Se daría cuenta de que sólo se puede hablar de Dios desde el hombre. Lo otro es falsedad e idolatría.  La teología para este teólogo ante la faz de un niño pobre no sería nunca el plantear una ciencia sobre Dios, sino que plantearía directamente y junto a ello el problema del hombre. No se puede hablar de Dios olvidando el rostro del hombre sufriente. Para este teólogo enfrentado al rostro de un niño hambriento, su teología no partiría del Dios glorificado y sentado a la diestra del Padre, sino que, desde el acicate de ese rostro infantil, partiría de la teología de la cruz, del Dios sufriente, abandonado del Padre, del siervo sufriente, del experto o experimentado en quebranto. Sólo llegaría a la teología de la gloria, cuando ya estuviera roto de tanto recorrer caminos clamando por justicia en un mundo injusto y cruel.  Os dejo, pues, con este reto de hacer teología desde la contemplación de la faz de un niño hambriento. Pero quizás es la única forma de hacer teología con seriedad ante el rostro del Dios vivo que lleva sobre su faz el reflejo de los rostros de todos los sufrientes de la tierra.

Leer más: http://protestantedigital.com/blogs/33978/teologos_ante_la_faz_de_un_nino_pobre

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