Dedicación de la Basílica de Letrán 9 noviembre 2014 Evangelio de Juan 2, 13-22: Enrique Martinez Lozano


 

 

Como ya estaba próxima la fiesta judía de la pascua, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

¾ Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”.

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

¾ ¿Qué signos nos muestras para obrar así?

Jesús contestó:

¾ Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

Los judíos replicaron:

¾ Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús.

 

*****

LA RELIGIÓN Y LA NOVEDAD DE JESÚS

 

Así como los evangelios sinópticos hablan de una única subida de Jesús a la Pascua –en la que será entregado y ejecutado-, Juan menciona tres. Tiene cuidado de nombrarlas como “fiestas judías” –es decir, ajenas a su propia comunidad-, siempre dentro de aquel conflicto que mantenían con la autoridad judía.

Lo que parece claro, en todo caso, es que esta actuación de Jesús tuvo mucho que ver con su muerte. De hecho, en el juicio ante el Sumo Sacerdote Caifás, constituirá una de las acusaciones más graves contra él: “Nosotros le hemos oído decir: «Yo derribaré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres»” (Mc 14,58). Incluso será un tema que aparezca como insulto dirigido al crucificado: “Tú, que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz” (Mt 27,40).

La historicidad del relato –que se narra en los cuatro evangelios que han llegado hasta nosotros- parece innegable. Sin embargo, los tres sinópticos lo sitúan al final de la vida de Jesús, mientras que Juan lo coloca prácticamente al inicio mismo de su actividad.

Históricamente, parece más acorde con los hechos la primera de esas opciones. En un conflicto –entre Jesús y las autoridades religiosas- que fue in crescendo, el episodio del templo aparece como la gota que colma el vaso, haciendo de detonante que precipita la decisión que habría de acabar en la detención, condena y muerte del maestro de Nazaret.

El motivo por el que Juan lo coloca al inicio de su relato parece ser el siguiente: el autor del cuarto evangelio muestra una particular insistencia por subrayar la novedad que Jesús aporta. Por eso, empieza por mostrarlo como el que realiza la nueva alianza (bodas de Caná) y el nuevo culto (episodio del templo y diálogo con la samaritana), asentando con rotundidad la necesidad de “nacer de nuevo” (diálogo con Nicodemo) para poder comprender y vivir su propuesta.

 

Para entender la acción de Jesús hay que verla como un gesto profético, en la línea de los grandes profetas de Israel. Y así es como lo percibieron tanto la autoridad como los testigos que se hallaban presentes. Para aquella tradición, un “gesto profético” es una acción simbólica que busca transmitir, dramatizándolo, un mensaje de hondo calado. En cierto modo, podría decirse que se trata de una “parábola en acción”. En esta ocasión, el gran contador de parábolas que era Jesús recurre a la acción para escenificar una parábola más.

Por eso, la comprensión adecuada del gesto nos viene dada por la palabra del mismo Jesús: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Se refería –añade el autor del evangelio- al templo de su cuerpo. Se trata, lisa y llanamente, de una sustitución: el viejo templo de la religión ha de dejar paso al nuevo templo, la persona de Jesús. Y, por extensión, el ser humano y el conjunto de lo real.

La religión –por el propio nivel mítico de consciencia en que aparece- pretende encerrar a Dios en espacios separados (templo) y en fórmulas delimitadas (creencias), bajo la supervisión de una autoridad inapelable (jerarquía). Pero es precisamente esa religión la que constituirá el objeto de la crítica de Jesús. Una lectura desapasionada del evangelio conduce al lector imparcial a una conclusión evidente: Jesús es un crítico de la religión y de la autoridad religiosa, dando lugar, con ello, a un conflicto creciente que acabará con su vida.

Posteriormente, la imagen de Jesús sería más o menos “domesticada”, hasta convertirlo en un ser sumiso y obediente, primer garante de la propia religión. Con lo que se ha llegado a paradojas graves.

En cualquier caso, la postura de Jesús queda magníficamente reflejada en otro texto de este mismo cuarto evangelio. En el diálogo con la samaritana, a la pregunta de esta sobre las discusiones religiosas entre judíos y samaritanos, Jesús responderá: “Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte [Garizim] ni ir a Jerusalén… Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo adoren en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,21-24).

www.enriquemartinezlozano.com

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