PERÚ: Los sacerdotes que se negaron a la prédica de la muerte


Camino a su beatificación.

La hermana Virginia junto a las madres que acompañaron al padre Sandro en la parroquia Señor Crucificado. Rezan para que se haga realidad su beatificación.
La hermana Virginia junto a las madres que acompañaron al padre Sandro en la parroquia Señor Crucificado. Rezan para que se haga realidad su beatificación.
Tres frailes, dos polacos y un italiano, murieron asesinados por Sendero Luminoso en 1991, solo por oponerse a su campaña de terror y muerte. En febrero, el Vaticano decidirá si Michael Tomaszek, Zbigniew Strzalkowski y Alessandro Dordi cumplen las condiciones para ser los beatos que los pueblos de Santa y Pariacoto piden desde hace casi 20 años.

Carlos Contreras Chipana
Enviado especial a Santa y Pariacoto, en la región Áncash
A inicios de 1991, los poblados y caseríos de la costa y sierra de Áncash, al igual que muchas otras regiones, eran golpeados por la violencia de Sendero Luminoso. La agrupación terrorista estaba dispuesta a desaparecer a quienes representasen al Estado. Autoridades locales fueron obligadas a dejar sus funciones o asesinadas en las calles. Los representantes de la Iglesia no eran la excepción.
El obispo de Chimbote, monseñor Luis Bambarén Gastelumendi, también había recibido el ultimátum senderista. Casi semanalmente recibía escritos y en su andar por la ciudad pesquera observaba pintas rojas en las paredes de las casas. Sabía del inminente riesgo para él y los sacerdotes que predicaban su fe en diferentes puntos de la región. Hasta que una amenaza más llegó, pero esta vez mucho más específica: “Si no renuncia mataremos dos sacerdotes por semana”, decía un mensaje escrito a mano que incluía otras tantas frases de odio que caracterizaba a Sendero Luminoso.
Ante esta nueva arremetida, monseñor Bambarén, presuroso, no dudó en convocar a los padres de todas las parroquias bajo su influencia para informarles y advertirles de las amenazas. “Les doy libertad para que puedan alejarse de sus zonas: pueden retirarse a Lima o a sus países”, recuerda haber dicho en una reunión con los sacerdotes. Presentes estaban los padres polacos Michael Tomaszek y Zbigniew Strzalkowski y el italiano Alessandro Dordi. Aquella vez , los dos primeros que trabajaban en el poblado andino de Pariacoto y el último en Santa manifestaron su intención de no mudarse. Estaban contentos de vivir allí y de la labor pastoral que realizaban sin nada a cambio.
Apenas semanas después de esa reunión, el viernes 9 de agosto de 1991, los dos frailes franciscanos fueron interceptados por un grupo guerrillero y luego ejecutados cobardemente delante de sus fieles. Sendero empezaba a cumplir su amenaza. El padre Alessandro Dordi, o padre Sandro, como lo llaman hasta hoy, también había recibido amenazas directas de los subversivos. Todo parecía indicar que él podía ser una de las siguientes víctimas.
Las amenazas eran constantes contra el sacerdote italiano de la Comunidad Misionera El Paradiso, formada por diocesanos. Días antes de su muerte aparecieron pintas en la calurosa Santa, en las que se podían leer frases como “Yankees Go Home”, o “El Perú será tu tumba”. El padre italiano estaba intimidado como todos los pobladores que vivían en ese distrito soportando apagones o atentados criminales contra autoridades. No comentaba a nadie de sus temores, pero las personas más cercanas podían notar su preocupación. “Padrecito, ¿por qué no se va si está recibiendo amenazas?, le preguntó Eulogio Gamboa Nacarino (69), un día antes de su asesinato, mientras restauraban las bancas de la parroquia Señor Crucificado de Santa.
“No, hijo, yo no me voy. No he hecho nada malo para hacerlo”, le respondió el sacerdote.
“Nosotras le pedimos que se quedara en Lima, pero no nos hizo caso”, cuenta hoy Virginia Piu, una hermana que conversó con él en un almuerzo realizado en Lima, un mes antes. Ella recuerda que el padre Sandro era una persona decidida y desde su llegada a Perú, en enero de 1980, había iniciado una cercana relación con “la gente que merecía conocer la palabra de Dios”.
“¡Yo no voy a abandonar a mi pueblo, me quedo con ellos!”, fue la respuesta antes de su viaje de regreso a Santa.
La mañana del domingo 25 de agosto de 1991, el padre Sandro celebró su misa en Santa como cualquier domingo. Algunos de sus fieles recuerdan que les llamó la atención cuando este se despidió de ellos. “Ese día lo sentimos diferente, en su rostro se reflejaba nostalgia, no era de despedirse”, revela Donet Miñano, hoy conductor de la radioemisora que funciona desde la parroquia que el padre Sandro ayudó a reconstruir. “Yo debí acompañarlo a sus misas, pero llegué cuatro minutos tarde”, cuenta Giovanni Sabogal Osorio (38), quien en ese entonces era solo acólito y que ahora es sacerdote. Tras celebrar una misa por la tarde en la comunidad de Vinzos, el párroco italiano abordó una camioneta junto con los seminaristas Gilberto Ávalos Tolentino y Orlando Orué Pantoja de regreso al distrito de Santa. En el camino encontraron a una mujer con un bebé en brazos. Los recogieron y no interrumpieron su ruta hasta que llegaron a la zona de Pampas Vinzos: unas grandes piedras bloqueaban la vía.
Cuando el padre Sandro descendió del vehículo para intentar saber, en medio de la penumbra, qué había sucedido, fue interceptado por dos sujetos encapuchados. Uno portaba una escopeta y el otro una pistola. Los seminaristas Tolentino y Orué recuerdan que el padre les pidió a los senderistas no tomar acciones contra sus acompañantes. Estos solo se limitaron a coger al sacerdote italiano y lo internaron entre la vegetación. Tras unos eternos segundos en medio de la oscuridad, el silencio fue interrumpido por tres disparos. El sacerdote no saldría vivo de aquel lugar.
año mortal
Según la Comisión de la Verdad y Reconciliación, 1991 fue el año con más atentados contra miembros de la Iglesia. La prédica senderista acusaba a los sacerdotes de “adormecer la conciencia revolucionaria del pueblo por sus buenas acciones y sus gestos de solidaridad”. Con esas discutidas acusaciones condenaron a muerte a los frailes polacos Michael Tomaszek y Zbigniew Strzalkowski en el pueblo de Pariacoto, una zona que se ubica entre la sierra y costa de Áncash.
Los restos de los dos sacerdotes franciscanos reposan hoy en la parroquia Señor de Mayo, donde en vida evangelizaron a niños, mujeres y hombres. También realizaban labor social en favor de los pobladores de menos recursos. Para ellos, estos jóvenes padres polacos son ahora los “beatos” de Pariacoto.
Sus tumbas, ubicadas en los lados laterales del templo, se han vuelto rincones venerados por la población. En la zona de Pueblo Viejo, lugar en el que los dos fueron asesinados, se ha construido una ermita a la cual acuden fieles a ponerles flores y pedirles ayuda para reordenar sus vidas.
Cuando en agosto de 1989, el padre Michael Tomaszek pisó Pariacoto, optó por españolizar su nombre y así se convirtió en el padre Miguel. No hablaba bien el español al inicio, pero mostraba su voluntad por superarse cada día. “Cuando llegó a hablarlo, me pidió que le enseñe quechua, porque en las alturas tenía problemas de comunicación con los campesinos. Era chistoso y alegre; me comunicaba sus ideas cantando”, cuenta Norma Rodríguez, quien fuera la catequista que los acompañaba cuando les tocaba trabajar con los niños y jóvenes de las comunidades alejadas.
En los dos años que vivió en el poblado, el padre Zbigniew Strzalkowski en Pariacoto, no encontró a nadie que pronunciara su nombre correctamente. Desde que llegó a la parroquia se convirtió en el sacerdote “sanador y viajero”.
Cada semana se turnaba con el padre Miguel para visitar las otras capillas de las localidades de Yaután, Cochabamba y Pampas Grande. “La misión no solo era evangelizar, también llevaban comida, educaban y, sobre todo, el padre ‘Zbiñes’ llegaba a curar a los pobladores de las zonas altas”, explica Ana María Colonia, otra catequista que los acompañaba en sus viajes. “Ellos habían sido amenazados a través de pintas”, afirma el profesor Amaranto Trinidad López, entonces catequista que seguía los coros en las actividades oficiadas por los franciscanos.
El día de los asesinatos, los asistentes a su misa se retiraban uno por uno del lugar. “Ingresó a la Iglesia una persona conocida, le hablaba al oído al que escuchaba las palabras de Dios y se retiraban en silencio”, recuerda Rumaldo Loli Paredes. Afuera, en la plaza, todos hablaban de la presencia senderista. Los feligreses cerraron las puertas. El padre Zbigniew curaba a dos pequeñas y el padre Miguel estaba con los jóvenes cuando los senderistas los sacaron a rastras y se los llevaron a un lugar desconocido.
Monseñor Bambarén confiesa que el mismo Abimael Guzmán aceptó que fue él quien ordenó la muerte de los tres.
Para los fieles de Áncash, la muerte de estos predicadores europeos no fue en vano. Este 3 de febrero del 2015, los obispos y cardenales del Vaticano analizarán el tema de su beatificación por martirio, cuyo proceso empezó en 1995. De ser positivo, será el papa Francisco quien tendrá que publicar un decreto. En Santa y Pariacoto, los creyentes esperan tener sus primeros beatos. “Se lo merecen por la labor que hicieron en Perú. Son nuestros héroes de la Iglesia”, afirman.
Sendero acabó con sus vidas, pero sus obras siguen vivas en el recuerdo de los peruanos.❧

 

http://www.larepublica.pe/23-11-2014/los-sacerdotes-que-se-negaron-a-la-predica-de-la-muerte

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: