Iglesia se rehúsa a enterrar anciana devota por no “mocharse” con el diezmo 


REDACCIÓN SDPNOTICIAS.COM

mié 26 nov 2014 17:26

Olivia Blair, una anciana de 93 años de edad, no fue enterrada en la Iglesia a la que asistió desde niña por un problema económico.

A pesar de que Olivia Blair duró enferma la última década de su vida y en coma los últimos dos años, la Cuarta Iglesia Misionaria Bautista de Houston, Texas, liderada por el Pastor Walter Houston, se negó a enterrarla en las criptas de la Iglesia.

Aunque Barbara Day, hija de la mujer fallecida, trató de explicar la enfermedad de su madre, el “piadoso” pastor se negó a entender razones.

“Fue como el último insulto”, señaló Day, señalando que la negativa del religioso a enterrar a su madre “en la iglesia en la que estuvo toda su vida, desde niña”, era el último deseo de su madre.

De acuerdo al pastor, no podía enterrar a la anciana en sus instalaciones “ya que no había sido un miembro ni apoyado económicamente a la iglesia durante los últimos 10 años”.

 

http://www.sdpnoticias.com/sorprendente/2014/11/26/iglesia-se-rehusa-a-enterrar-anciana-devota-por-no-mocharse-con-el-diezmo

Empoderar a las mujeres pueden conducir a soluciones para el hambre, la pobreza, según un informe


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WASHINGTON

En la lucha contra el hambre en el mundo y la pobreza, un nuevo informe encontró que cuando las mujeres tienen el poder, todo el mundo gana.

El Instituto Pan para el Mundo, que proporciona análisis de políticas sobre el hambre y ofrece estrategias para acabar con ella, presentó los resultados de su reciente informe sobre el hambre, “Cuando las mujeres Flourish … Erradicar el Hambre”, en una mesa redonda el lunes.

Los panelistas, entre ellos directores de varios grupos sin fines de lucro y otras organizaciones, hablaron sobre formas de apoyar a las mujeres en situación de pobreza y el hambre.

“Hemos hecho grandes progresos en la reducción del hambre y la pobreza en todo el mundo, sin embargo, las mujeres siguen siendo tratados como ciudadanos de segunda clase”, dijo el reverendo David Beckmann, presidente de Pan para el Mundo, lobby anti-hambre de los ciudadanos cristianos que incluye el instituto. “El progreso hacia la emancipación de la mujer ha sido lento debido a leyes discriminatorias, cuidar el trabajo no remunerado para la familia y las tradiciones que degradan su calidad de tomadores de decisiones.”

Las principales conclusiones del informe sobre el hambre indicaron que mediante el empoderamiento de las mujeres y niñas de todo el mundo, el hambre, la pobreza extrema y la desnutrición pueden ser disminuida. Afirmó que las mujeres se ven desproporcionadamente afectadas por estos problemas debido a la discriminación, especialmente en los países en desarrollo.

Victoria Stanley, un desarrollo y de la tierra rural especialista senior del Banco Mundial, destacó la importancia de apoyar a las mujeres que trabajan en la agricultura, un campo en el que muchas mujeres pobres y marginadas funcionan.

“No vamos a acabar con el hambre en este mundo si no buscar la manera de ser más productivos en el sector agrícola a nivel mundial”, dijo. “No podemos hacer eso sin la mujer, especialmente ya que son el 43 por ciento de la fuerza laboral agrícola.”

Stanley señaló, sin embargo, que “hay algunas desigualdades estructurales muy generalizados” que hacen que sea difícil para las mujeres tener éxito en la agricultura.

“Una de ellas es el acceso al crédito, que es un problema perenne para las mujeres (y) el acceso a los mercados, por lo que ser capaz de obtener su producto físicamente al mercado sino también para … obtener el mejor precio para lo que está produciendo” dijo Stanley. De acuerdo con el informe sobre el hambre, si las mujeres agricultoras tuvieran el mismo acceso a los recursos productivos como los agricultores varones, la producción agrícola en los países en desarrollo podría aumentar hasta en un cuatro por ciento.

Fuera de la fuerza laboral, los panelistas discutieron los temas sociales que prohíben a las mujeres de prosperar en sus comunidades y “conducen a la falta de inversión sistemática en su bienestar”, según el informe.

Fouzia Dahir, fundador de la Organización del Norte de Empoderamiento Social en Kenia, habló acerca de las estructuras culturales prominentes de su país de origen que limitan las oportunidades de las mujeres.

“De donde yo vengo mi papel debe ser … sentado en la cocina y el cuidado de los niños y cosas por el estilo, y hacer las tareas, que es el papel convencional de las mujeres”, dijo. “Estamos todavía inferiores a los hombres, y hasta hoy no podemos … voto a menos que su marido le dice que usted debe votar. Así que ni siquiera podemos tomar esas decisiones, por no hablar de cualquier otra decisión en el hogar.”

A medida que el informe sobre el hambre señaló, “cuando la norma es que las mujeres ser excluidos de la toma de decisiones, entonces van a tener poco que decir sobre la formación política que está en el mejor interés de todos.”

Gary Barker, fundador de Promundo, una organización que busca involucrar a los hombres en la promoción de la igualdad de género, dijo que los hombres juegan un papel importante en el cambio de las discrepancias de género, sobre todo cuando se trata de la salud de la mujer.

“Estamos … involucrar a los hombres en torno a conseguir que las mujeres tengan acceso a los servicios vitales que necesitan en términos de la salud materna”, tales como las visitas prenatales, dijo.”Lo que estamos viendo es cuando [un hombre] invitó en ese proceso, es más probable que sea de apoyo [y] que es más probable que obtenga los servicios que necesita.

Este tipo de iniciativas, dijo Barker, expanda sobre “lo que los hombres a sí mismos ya quieren.”

“A menudo quieren mejor para sus parejas y sus hijos”, dijo. “Así que estamos tratando de aprovechar eso para que eso sea posible.”

Asma Lateef, directora del Instituto Pan para el Mundo, dijo que no importa qué tema una organización aboga por, es esencial que han empoderamiento de las mujeres como el objetivo final.

“Si usted no tiene que como un objetivo que no vas a lograrlo”, dijo. “Por lo tanto, creo que, siendo muy claro … sobre el objetivo de empoderar a las mujeres es fundamental.”

 

http://ncronline.org/news/global/empowering-women-can-lead-solutions-hunger-poverty-report-says

Reclaman acciones de reparación a la mujer en Cali


Lideresas, que propusieron estatua, anunciaron actos en sitios donde han ocurrido agresiones.

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10:51 p.m. | 25 de noviembre de 2014

El llamado fue al unísono: las más de 9.000 de niñas y mujeres que cada año son objeto en Cali y en el Valle de agresiones y de ataques, que han llegado al punto de arrebatarles la vida, merecen actos de reparación y acciones de prevención.

Y una manera de iniciar estos procesos de sanación, en los que la ciudad está en deuda con estas víctimas golpeadas, heridas y asesinadas, es precisamente cuando la población, entre hombres y mujeres por igual, toma conciencia de erradicar las diferentes violencias que hacen que ellas sigan engrosando los registros de instituciones como la Fiscalía o el Instituto Nacional de Medicina Legal.

Así lo explicaron en la mañana de ayer en el Día Internacional de las No Violencias contra las Mujeres, decenas de funcionarios de estas entidades, además de la Policía, comisarías de familia, Procuraduría, Personería, Defensoría y de la Alcaldía a cuanto transeúnte se encontraban en más de una decena de estaciones del Masivo Integrado de Occidente (MIO) del oriente, del centro y del sur caleños.

También lo hicieron en los alrededores de la Plaza de Cayzedo y del mismo Parque de los Poetas, donde entregaron el folleto con la ruta de atención a las niñas y mujeres víctimas de las violencias hacia ellas.

No obstante, el personero Andrés Santamaría manifestó que el sistema debe ser más eficiente al momento de recibir las denuncias, pues “se ha convertido en un proceso tortuoso y poco a favor de ellas. Tomemos el ejemplo, de Rosa Dueñas (nombre cambiado), una mujer caleña que durante más de 20 años fue maltratada por su compañero sentimental. Ella decide poner en conocimiento su situación ante una comisaría de familia, después de una espera de varios días para hacer atendida.

Una vez logra su hazaña, el funcionario le pide que ella misma notifique a su propio victimario que lo ha denunciado y se presente para una supuesta conciliación y que fuera de lo anterior notifique a la Policía de su barrio, la situación para que logre encontrar protección si el enfurecido marido decide golpearla por haberlo denunciado”.

Liza Rodríguez, asesora de Equidad de Género de Cali, dijo que la campaña de ayer se lanzó con esa iniciativa de que no solo la comunidad denuncie, sino que las instituciones den respuestas y respondan efectivamente.

Horas después de la actividad en las estaciones del MIO, un grupo de lideresas se tomó el Parque de los Poetas, donde propusieron a viva voz que las estatuas de Jorge Isaacs, Ricardo Nieto, Carlos Villafañe, Antonio Llanos y Octavio Gamboa tengan una compañera: una poetisa.

Estas mujeres propusieron la escultura que la Alcaldía estaría evaluando en erigir como una reparación simbólica “por la deuda de la ciudad con la mujer por los pocos monumentos como tributo a su aporte a la sociedad caleña”. Solo se cuenta con el de Jovita en el Parque de los Estudiantes o la imagen de la doble medallista olímpica Jackeline Rentería hecha por habitantes de Siloé. Ni siquiera la Negra del Chontaduro, que ha estado deambulando de bodega en bodega en los últimos años, ha podido exhibirse por no tener un parque propio.

Pero en el caso de la poetisa, Adalgiza Charria y otras lideresas como Norma Lucía Bermúdez, Claudia Tasso, María Eugenia Betancur y Clara Charria resaltaron la importancia de la escultura por el legado a las letras y a la cultura misma de mujeres que no han recibido el homenaje que merecen. “Mujeres como las escritoras Mariela del Nilo, Margarita Gamboa o Amparo Marín, asesinada por su esposo”, comentaron.

Adalgiza Charria, de la Fundación Mujer, Arte y Vida (Mavi), dijo que esta semana las actividades por la mujer continuarán con reparaciones en sitios donde se han presentado lesiones, ataques contra ellas y hasta de tipo sexual. De allí, que las promotoras de la idea de la estatua planean un recorrido, por ejemplo, por la Univalle, donde una estudiante denunció haber sido atacada sexualmente y por cuyo caso, la rectoría exigió a las autoridades celeridad en el proceso para aclarar el caso.

Otra actividad programada es la campaña ‘Los hombres de Cali se comprometen a detener las violencias contra las mujeres’ para que salgan esta semana con carteles y fotografías, y sean ellos quienes “estén en los zapatos de ellas”, con el fin de decir no más violencias.

CALI

http://www.eltiempo.com/colombia/cali/violencia-contra-la-mujer-en-cali/14885922

 

COLOMBIA: ‘Cuando los paramilitares me arrancaron la inocencia’


Relato de una mujer que denunció la violación de la que fue víctima durante masacre de El Salado.

Por:   |

11:18 a.m. | 25 de noviembre de 2014

Durante la masacre de El Salado, en febrero de 2000, los paramilitares utilizaron como táctica de guerra el abuso sexual de menores de edad.

Foto: Cortesía Mateo Jaramillo Ortega

Durante la masacre de El Salado, en febrero de 2000, los paramilitares utilizaron como táctica de guerra el abuso sexual de menores de edad.

Durante los 30 días que siguieron al 18 de febrero del 2000, Jennifer Velásquez* no dijo una palabra.

La niña de Juan*, ebanista aplaudido de El Salado, estaba muda, aturdida por las imágenes de aquella mañana.

La agobiaba la gente, el ruido, la luz. Procuraba no encontrarse con nadie y una y otra vez se bañaba a totumazos, como si el agua limpiara la turbiedad del alma, como si el agua aliviara las penas, como si el agua se llevara las desgracias.

Los primos y tíos de El Carmen de Bolívar, donde se refugiaba con su familia, preguntaban por qué el letargo de la quinceañera, por qué la mirada perdida y el llanto en las noches. Por ella contestaba la madre, nerviosa, con un simple “es que extraña la casa”.

La casa

Todo el pueblo sabía que por el arroyo que baja detrás de la iglesia, estaba la casa de los Velásquez.

Era pequeña, de bareque y con paredes azules. Al frente había un campano gigante en el que Jennifer y sus dos hermanos mayores colgaron un lazo que servía de columpio. Día y noche habría que ver a Eliza*, su madre, pidiéndoles que se bajaran y a ellos obedeciendo a regañadientes.

En ese entonces, a principios de la década de los 90, la familia y El Salado solo eran armonía. A este corregimiento de El Carmen de Bolívar, tres horas al sur de Cartagena, lo llamaban “La tierra bendita”: de sus cerros salían el mejor tabaco, plátano y yuca de la región. Algunos dicen haber visto panteras entre los matorrales, había acueducto, energía y hubo intentos de explorar petróleo y gas. Todavía hoy, debajo del tierrero y la frondosidad, se esconden abundantes pozos de agua, un bien escaso donde la lluvia se recibe con gaitas, tamboras y aguardiente.

El Salado

La riqueza hídrica y agrícola de este poblado en el departamento de Bolívar atrajo a la guerrilla. Foto: Archivo particular.

Sin embargo, la paz y la bonanza durarían muy poco. Cualquier día llegó la Policía a custodiar las riquezas, y a estos les siguieron miembros de los frentes 35 y 37 de las Farc, quienes atraídos por la prosperidad y la cercanía al mar, hicieron de El Salado un reducto de sus fechorías.

Resultó ser que los segundos estaban mejor armados que los primeros, y en el 95, luego de múltiples victorias de la guerrilla, la organización ya era dueña y señora de este pueblo perdido entre los Montes de María.

Allí ocultaban a sus secuestrados y el ganado que se robaban, preparaban emboscadas contra militares y descansaban míticos jefes, como ‘Martín Caballero’, responsable del asesinato de 218 miembros de la Fuerza Pública, 419 civiles y de planear un atentado contra Álvaro Uribe y otro contra Bill Clinton en una de sus visitas a La Heroica.

Mientras tanto, el grupo se filtraba en las escuelas y empleaba tácticas de seducción para reclutar a ingenuas muchachas en sus filas.

Consciente del peligro, el señor Juan le decía a Jennifer: “A esa gente ni la mires”, pero como a muchas de sus amigas, le gustó un guerrillero: un muchacho apuesto, con ínfulas de macho y fusil al hombro.

Por suerte, a la niña le atraía más la libertad que el amor, pero Lady, su compañera de clase, le creyó el cuento a uno de ellos de que la vida en el monte sería linda a su lado. A ella y a otras tantas jamás las volvieron a ver.

La tranquilidad se perdió del todo en 1997. Jennifer tenía 12 años y, como todos, intuía que algo malo iba a suceder, que vivir en un pueblo guerrillero no sería gratuito.

“Va a venir el Ejército y nos va matar”, pensaba entonces. Pues bien, el 23 de marzo de ese año, un grupo armado, enviado al parecer por ganaderos de la zona, con lista en mano, asesinó en el parque de El Salado a Doris, la maestra de una vereda cercana; a Ender, un agricultor honesto; al padre de Ender, y a otros dos campesinos tachados de guerrilleros.

Jennifer, padre, madre, cinco hermanos y cerca de 7.000 saladeros tomaron lo poco que pudieron y salieron despavoridos.

Los Velásquez llegaron a la casa de una prima en El Carmen. Allí cohabitaban con otras 20 personas que también se habían desplazado, no había agua y nadie tenía trabajo. Las condiciones eran extremas para la familia, acostumbrada al bienestar que les daba su pueblo, pese a la zozobra de los grupos armados.

A los tres meses, en junio, la Armada Nacional envió a algunos hombres a El Salado. Se decía que había garantías para retornar. Con el anuncio, a Juan le volvió el aliento y regresó con Jennifer y otras cuatro familias, los únicos a quienes no los venció el miedo.

El pueblo estaba intacto. La casa de siempre, patas arriba, como la habían dejado. Por las calles no se oía ni el aullido de un perro.

El Salado

Entrada a El Salado. Foto: Yomaira Grandett/EL TIEMPO

La niña y su padre se acomodaron en una vivienda abandonada cerca del parque. Ella cocinaba y lavaba; él recuperaba un pueblo fantasma y buscaba qué comer. Así fue el día a día durante un año, hasta que medio Salado regresó y había maestros en las escuelas.

En el 98, la guerrilla irrumpió la calma aparente. Esta vez llegaron con fuerza, con el ego herido, con violencia, dispuestos a ser los reyes de El Salado, y así sería por otros dos años. Así sería hasta febrero de 2000.

Febrero de 2000

I

Era 13 de febrero de 2000. La mañana estaba soleada y la carretera fangosa. El señor Juan y Jennifer, con 15 años recién cumplidos, salían de El Salado en un Jeep Willys de los años 50, camino a una cita médica a El Carmen de Bolívar. Con ellos iban unas 10 o 12 personas, que al vaivén de las piedras y el pantano divisaban el verdor de las montañas, mientras un galponcito de gallinas y algunos racimos de plátano y bultos de ñame luchaban contra las curvas en la capota.

A eso de las 9 a. m., cinco hombres vestidos de militar se atravesaron y le hicieron señas al conductor de que parara. Los tripulantes se bajaron del vehículo y a petición de los uniformados, identificados como miembros del Ejército, entregaron sus documentos de identidad.

Jennifer, la única menor de edad, se excusó por no llevar papeles. Mientras tanto, uno de los hombres tomaba nota en un cuaderno escolar de los nombres, apellidos y números de cédula de los demás. El padre miró a su niña y le susurró: “Mami, esto no está bien”.

Aun nerviosa y bajo el sol inclemente, la jovencita no podía dejar de mirar a esos hombres grandes, fornidos y silenciosos que los custodiaron hasta las 6 de la tarde, hora en que pudieron regresar a El Salado, donde su madre y el pueblo ya habían recibido la noticia del retén y estaban en un mar de nervios.

Esta sería la antesala de un cuadro del horror que apenas comenzaba.

II

El 16 de febrero, el rumor de que los paramilitares estaban llegando a El Salado cargados de cilindros para cobrar la vida de quienes tenían relación con la guerrilla se hizo más certero.

En el camino, el mismo que tres días antes transitaba Jennifer, asesinaron a la señora Edith Cárdenas Ponce. El Jeep en el que iba para El Carmen fue retenido en un sector conocido como la Loma de las Vacas, donde hombres armados la acusaron de ser guerrillera por llevar marcas de sol en sus hombros, como si hubiera cargado equipos de campaña o utilizado armas. A esta ama de casa, que del miedo no supo qué responder, la apartaron al borde de la vía y la apuñalaron.

Los hechos espantaron a saladeros como Jennifer y su madre, quienes corrieron a esconderse a una finca de una vereda cercana. Con ellas se ocultaban otras 40 personas, entre las que estaban un comandante de la guerrilla y su familia.

III

Finalizaba la tarde del 17 de febrero y el comandante confirmó que se acercaban los paramilitares, así que tomó sus trastes, hijos, esposa y huyó. Las familias se quedaron inquietas, haciendo conjeturas, a la espera del primer bang bang, pero como la noche transcurrió serena, el temor cesó y en la mañana del 18 de febrero volvieron al pueblo.

IV

A las 8 a. m, en El Salado sólo cantaban las cigarras. No había un alma en las calles. En casa de los Velásquez, el señor Juan y su hijo mayor preparaban el desayuno. Yamile*, la hermana de Jennifer, lavaba un cerro de ropa sucia, mientras Jennifer y su madre se reponían del susto.

De pronto se escucharon unos 5 o 6 disparos. “Dios mío, ahora sí”, exclamó la señora Eliza, y salió corriendo con sus dos hijas hacia Barrio Arriba, sin tiempo para ver qué camino tomó su esposo.

Las mujeres de la familia Velásquez se metieron a la casa de una prima, donde ya había dos hombres y 20 mujeres, una de ellas con un par de mellizas recién nacidas. Afuera se escuchaban los gritos de los vecinos, más disparos y un helicóptero volando bajito.

A las dos horas parecía que volvía la calma. Entonces Ginna*, prima de Jennifer, le dijo que en un santiamén fueran a las casas por un par de zapatos y los documentos de identidad. La señora Eliza les imploró que se quedaran, pero si algo tienen claro los saladeros, dice Jennifer, es que la muerte no los puede sorprender descalzos y sin nombre.

A las jóvenes les alcanzó la osadía para ir a sus casas, sacar lo que necesitaban y volver. Sin embargo, cuando iban en el parque vieron que un helicóptero con insignias azules se acercaba, se acercaba demasiado. Todavía hoy Jennifer recuerda que le decía a su prima: “Ahí viene el Ejército, ahí viene a salvarnos Ginna”, e instantes después comenzaron a recibir disparos desde el aire.

Ambas corrieron tan rápido como fue posible, y justo en el billar de la esquina del parque, por donde se sale a El Carmen de Bolívar, se separaron. “Corre flaca, corre que nos van a matar”, le gritaba Ginna.

Jennifer esquivó el ataque y volvió sola a donde su madre. El helicóptero seguía disparando y afuera unos hombres decían:“Salgan guerrilleros que somos los paramilitares. Salgan que los vamos a matar”. La joven miró por la puerta y vio a un séquito de uniformados que aparecieron de la nada, o que con los nervios había ignorado mientras regresaba.

Nadie se atrevió a abrir. Fue el llanto de las mellizas el que delató que ahí estaban. Entonces otra voz dijo: “Tírenle una bomba a esta casa que ahí es donde está la guerrilla”, y enseguida otro hombre le lanzó una patada a la puerta hasta derribarla.

Jennifer salió despavorida y uno de los paramilitares le gritó: “No corras, porque si corres, te mato”. A ella no le importó, pero la madre la miraba con ojos de quédate quieta y decidió ocultarse donde estaba la mamá de Ginna, su hermana y otra tía.

De inmediato, un miembro del grupo de unos 18 años la vio. Llevaba puestas unas gafas sin lentes, solo con montura, que según se supo después, pertenecían a alguien que había torturado y esa era su forma de burlarse.

El joven la tomó por el pelo y le dijo “sales o te mato”. Ella respondió, a secas, no. “Sales o mato a tu mamá”, añadió. Entonces hizo caso y se unió a una fila de mujeres que caminaban hacia el parque con la mirada gacha, las manos en la cabeza y un fusil en el cuello.

V

Jennifer recuerda que en cuestión de minutos las calles de El Salado estaban llenas de camas, sillas, colchones, un reguero de agua por todas partes y un paramilitar en cada casa -450 en total, según reveló más adelante la Fiscalía-.

Sobre las 11 de la mañana, a las mujeres las enfilaron en la iglesia y les pidieron que se sentaran en los siete escalones del atrio. Los hombres, entre los que estaban su papá y sus dos hermanos, se quedaron en la cancha de microfútbol.

El hijo de un vecino de los Velásquez, que antes pertenecía a la guerrilla, llevaba puestos unos tenis color amarillo fluorescente que resaltaban entre un mar de botas negras. Como conocía a Jennifer, la saludó y le dijo: “tranquila, a usted no le va a pasar nada”, a lo que ella respondió: “o me pasa más, me matan más rápido”.

VI

Transcurrió un buen tiempo y llegó un paramilitar vestido de civil, posiblemente un jefe, porque era el único que se comunicaba con radioteléfono, y le preguntó a Jennifer: “¿Tú eres Neivis Arrieta?”.

A Jennifer siempre la habían confundido con Neivis Judith Arrieta. Tenían la misma edad, el pelo negro hasta la cintura y rasgos similares. Las diferenciaba que, al parecer, la otra andaba de amores con un guerrillero y, se decía, tenía dos meses de embarazo.

“Yo no soy, usted está confundido”, le respondió ella, y prefirió no delatar a la verdadera Neivis, que estaba sentada a su lado. “Pues si eres, hoy te vas a morir, hoy vas a conocer qué es ser mujer de un guerrillero”, le advirtió el jefe.

Minutos después, el mismo paramilitar llegó empujando a un guerrillero y le ordenó que dijera cuáles de las mujeres tenían romances con compañeros suyos. El joven, con lágrimas en los ojos, ni siquiera levantó la cabeza, ni siquiera miró a las mujeres, sino que con el dedo pulgar señaló al azar, justo en el sitio donde estaba sentada Rosmira Torres, de 46 años, madre comunitaria y mamá de Luis Pablo Redondo, un joven maestro a quien acababan de arrancarle las orejas en la cancha, frente a decenas de saladeros cuyo castigo era presenciar el macabro espectáculo.

A Rosmira la tomaron del pelo, la pasaron por encima de Jennifer, la arrastraron por el piso, hasta la calle que separa a la iglesia de la cancha, y allí la amarraron por el cuello con una cuerda que usualmente se usa para colgar hojas de tabaco. Uno a uno, un corrillo de paramilitares se iban pasando la cuerda, jalaban y jalaban para estrangularla, y cuando estaba sin aire, la soltaron, le infligieron dos puñaladas y con un tiro de gracia apagaron el soplo de vida que le quedaba.

Los paramilitares regresaron de la carnicería humana y el guerrillero señaló a la auténtica Neivis. Los uniformados decían que era la mujer de “Camacho”, un jefe guerrillero, aunque según las investigaciones posteriores, no era así.

A la joven, de tan solo 15 años, la llevaron a un árbol contiguo a la cancha de microfútbol, la acostaron boca abajo y la desnucaron frente a la multitud de campesinos. Así la vio por última vez Jennifer, su compañera de clase, aunque después de muerta no cesaría la barbarie.

El Salado

Este fue el escenario donde los paramilitares realizaron la masacre de 60 personas en febrero de 2000, en el Salado, Carmen de Bolívar. Foto: Federico Ríos/EL TIEMPO

Con la bestialidad de un sicópata, un paramilitar le quitó la falda a Neivis, le atravesó un palo por el cuerpo, desde los genitales hasta la cabeza, y con frialdad volvió al ruedo, a la cancha, en busca de otra víctima.

Mientras tanto, el hombre vestido de civil regresó a donde estaban las mujeres al borde del pánico, y le ordenó a Jennifer que se fuera con él, que tenía que preparar la comida de sus compañeros. La señora Eliza le imploró que se la llevara a ella, que la niña no sabía cocinar, pero el jefe tomó a la joven por el brazo y la condujo a una casa al lado de la iglesia, profanada por tanta sangre que corría a sus pies.

VII

Al llegar, Jennifer vio a uno de los paramilitares desangrándose en un colchón. En un susto, un campesino le había cortado la mano. “Mira lo que los tuyos hicieron con uno de los míos, pero a ustedes les va a ir peor”, le advirtió el jefe, y luego la tomó de la cabeza y la hizo acercarse a la herida del hombre.

En la casa había cerca de 20 paramilitares, algunos encapuchados. No había comida, por lo que la muchacha sospechó que no iba precisamente a cocinar. La duda la confirmó cuando por el radioteléfono un hombre le dijo al jefe: “suéltela que ya la comida está hecha”. Entonces, en un tono burlón, le dijo a Jennifer: “¿Tú sabes lo que te va a pasar muchacha?”, y ella, que con los nervios le da por hablar más de la cuenta, le respondió que ya se imaginaba, pero que por favor no la torturaran, que la mataran y listo.

Acto seguido, el hombre seleccionó a dedo a tres paramilitares y dio la orden a los demás de que salieran. Entre los que se quedaron estaba su vecino, el de los tenis amarillo fluorescente, que ahora se cubría la cara con una capucha.

El jefe le ordenó reiteradamente a Jennifer que se sentara, y ella se negaba. Le preguntó si El Salado era territorio de la guerrilla, y a secas ella respondió que sí, que por ahí pasaban las Farc. Indignado, le incriminó que ni siquiera era capaz de negarlo, y ella, en una actitud retadora, de dolor e indignación, que todavía no se explica, le respondió que para qué hacerlo si de todas formas la iban a matar.

La actitud de Jennifer enfureció al paramilitar, quien ahora subía el tono de voz y le pedía que se arrodillara, que pidiera perdón. De nuevo, con la mirada al frente, la joven dijo no. “¡Que te arrodilles, perra, malparida, guerrillera!”, le exigió iracundo. “Pues no me arrodillo, al menos me llevo ese honor”, respondió ella, misteriosamente serena. Entonces, el hombre la golpeó en las rodillas con su fusil y su paciencia se rebosó al ver que la víctima quedó de pie, sin flaquear ante el dolor y la violencia.

Lo que ocurrió después no tiene nombre.

Jennifer Velásquez, una virgen de 15 años, a quien el amor todavía no le había erizado la piel, ni revuelto el estómago, tomó a la fuerza un trago de la más monstruosa perversión, de una guerra entre esquizofrénicos en la que la victoria es del más cruel.

El jefe paramilitar arrastró a la muchacha hasta una habitación. Se bajó los pantalones y fue el primero en abusar de ella. Después de golpearla, le dijo a los demás que hicieran con ella lo que quisieran. El segundo en la fila fue el de los tenis color encendido. La joven procuró a tientas quitarle la capucha, pero la bestialidad de cuatro era más. Entre todos le cortaron el pelo, le pintaron el rostro como a un payaso, le tatuaron una cruz en su pierna derecha y le lanzaron insultos y burlas que ya no recuerda. Luego de ser violada por segunda vez sintió que se estaba desangrando y quedó inconsciente, aferrada a la imagen de su madre y al sueño de una familia y de una carrera para no morirse.

VIII

Caía la tarde de aquel viernes negro y afuera de la casa en la que yacía Jennifer las familias apenas podían llorar a sus muertos, a 65 muertos. La faena de sangre en la cancha se dio por terminada y los paramilitares dieron la orden de que todos se encerraran y no salieran hasta nueva orden.

A la joven, que la creían muerta, alguien le tomó el pulso y la despertó de la pesadilla. Era la señora Eliza y un primo, a quien le tocó saltar por encima de los cuerpos para llevar a Jennifer a una casa cerca al bachillerato.

Allí estaba don Juan, el único, aparte de la madre y el primo, que la vio en ese estado. Después, no había luz y los ánimos se concentraron en encontrar a Yamile, quien finalmente llegó a la media noche, deshidratada, porque se había escondido todo el día en un baño sin techo.

A los once días huyeron de El Salado. Atrás quedaba un pueblo sin alma. La casa de paredes azules la habían quemado y con ella se habían consumido los buenos recuerdos. En adelante comenzaría el éxodo.

Éxodo

La punzada del desplazamiento es casi tan amarga como la de la violencia. Por eso, los días en El Carmen de Bolívar, a donde llegaron cientos de saladeros sin casa ni oficio y con el lastre de una masacre a cuestas, aún son como trazos de un mal sueño para Jennifer.

De esa época recuerda que se bañaba hasta diez veces al día, que con su madre hacían cuanta peripecia fuese posible para que nadie se enterara de su violación, que extrañaba el monte y que el Estado solo apareció una vez con una docena de fotos para que identificara a sus agresores. Para ella, que todavía le dolían el cuerpo y el alma, contar su historia a cambio de una nimia esperanza de justicia, era como volver a vivirla.

Así las cosas, Jennifer prefirió tragarse el 18 de febrero del 2000, ante la ley, ante su familia y ante sí misma. Sin embargo, eludir la deshonra que le producía esa fecha y sus infamias sería difícil en una patria donde las mujeres son culpables de sus violaciones, la justicia pocas veces resuelve estos delitos y las “hembras” que lloran son frágiles.

Un mes después de la tragedia se bebió 30 pastillas de Complejo B. “Dios no quería que me fuera todavía”, dice, y por fortuna las vomitó intactas, pero el médico que la atendió le completó la dosis diciéndole que seguramente había intentado suicidarse porque la dejó el novio, sin siquiera elaborar un informe del caso.

A lo anterior se sumaba que en El Carmen de Bolívar, hasta su profesora de escuela se burlaba de los jóvenes saladeros: “Ahí vienen los desplazados”, decía. La situación la irritó y terminó por dejar de estudiar.

Luego, trabajando en Cartagena, un hombre la cautivó con sus cuentos. Para ella había llegado la oportunidad de ver cómo había quedado, de ver si después de tres años iba a ser capaz de amar. Resultó que no, que lo sucedido en la casa del lado de la Iglesia de El Salado aún la atormentaba. Entonces, con su verdad asfixiándola, decidió romper el silencio y contarle a ese hombre dulce y comprensivo que decía quererla. La respuesta, predecible. El cartagenero se fue argumentando que no quería estar con una mujer que fue violada por cuatro hombres. De la experiencia quedó el sinsabor y Viviana*, una niña con 12 años recién cumplidos y una madre que también hace de padre.

La historia, que a veces es irremediablemente cíclica, se repitió. Otro hombre, esta vez un maestro, la dejó embarazada de su segundo hijo, y luego partió, porque resultó ser casado.

La vida fuera de su pueblo se llenaba cada vez más de obstáculos. Por eso, y porque nunca ha podido sacarse a El Salado de las entrañas, regresó con un grupo de 186 personas que nunca dejaron de soñar con el retorno.

Retorno

Corría la mañana del 2 de noviembre de 2002. Lucho Torres, agricultor nacido y criado en la Tierra Bendita, se paró en la Plaza del Caucho, en El Carmen de Bolívar, y le dijo a los dueños de Jeeps y escaleras (también conocidas como chivas): “¡Queremos recuperar nuestro pueblo, necesitamos su ayuda!”. A las nueve cedieron los conductores y arrancaron atiborrados de gente, picos y palas.

El Salado

100 habitantes del corregimiento de El Salado, en Carmen de Bolívar, regresaron a su pueblo en 2002 tras la masacre de febrero del 2000. Foto: Archivo particular.

En la vereda San Pedrito tardaron tres horas abriendo la vía y fue solo hasta las cinco de la tarde que vieron, a la distancia, el rostro desfigurado de El Salado: Barrio Arriba, Barrio Abajo, Centro y La Loma, invadidos por la maleza; las paredes caídas; los aljibes rebosados de agua contaminada, y en algunas casas, bajo la loza, crecían árboles y matorrales.

El Salado

En 2002, los pobladores regresaron con la idea de volver a cultivar tabaco, principal industria del corregimiento. Foto: Archivo particular.

En su pueblo, Jennifer levantó a sus dos hijos y poco a poco fue cicatrizando las heridas del 18 de febrero. Sin embargo, siempre supo que una pieza no encajaba, que su tragedia no podía quedar flotando en la mente, arrebatándole más vida.

Entonces, por recomendación de su prima Ginna, que cuando se separó por la persecución del helicóptero también fue víctima de violencia sexual, Jennifer conoció a una organización llamada Sisma Mujer, la cual le mostró que con justicia y ayuda de profesionales ella iba a volver a respirar.

Y así fue. Hace cinco años, el día en que Jennifer contó por primera vez su historia ante un grupo de mujeres víctimas de la misma infamia, sintió que algo turbio salía de ella. Entendió que no era culpable por lo que le había pasado, que la vida se llenaba de motivos para salir adelante y que si cuatro hombres se propusieron acabar con su integridad, con su ser de mujer, ella tenía el valor para sobreponerse.

Desde entonces ha dado grandes pasos: Habló del pasado con su hija y con su familia, acompaña a otras cinco mujeres de su pueblo que decidieron romper el silencio, e incluso, al darse cuenta de que su vecino, el de los tenis amarillo fluorescente, había regresado a El Salado, le ha ayudado con víveres a la esposa y a los hijos, quienes pasan hambre por culpa de un padre vagabundo y borracho.

Su gran avance ocurrió el 25 de noviembre de 2010, hace exactamente cuatro años. Ese día, el Día de la No Violencia contra la Mujer, denunció la agresión de la que fue víctima ante una fiscal, quien curiosamente, y distinto al trato que suelen darle a estas valientes, la recibió con una rosa y lloró con su relato;porque cuando Jennifer cuenta su historia, con una fortaleza pasmosa, deja una mezcla de impotencia, esperanza y lágrimas en quien la escucha.

*Nombres y apellidos modificados por petición de las fuentes.
*La crónica hace parte del compendio de historias periodísticas “Sin armas ni nombre propio”, U. de La Sabana, octubre de 2014.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
EL TIEMPO.COM
marrol@eltiempo.com
@marianaesrol

http://www.eltiempo.com/politica/justicia/masacre-de-el-salado-historia-mujer-violada/14881155

SOA Watch se reúne para la vigilia en honor a 25 mártires de América Latina


  • Los miembros de los 25o de SOA Watch lugar vigilia cruces blancas anuales que llevan nombres de los mártires de América Latina en la valla que rodea el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad del domingo en Columbus, Ga. (Verónica O’Neill)
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COLUMBUS, GA.

En 2003, cuando era estudiante de la Universidad Xavier, Shannon Hughes hizo su primer viaje en autobús de 10 horas a la Escuela anual de la protesta Americas Watch fuera de las puertas de Fort Benning. Ahora de 29 años, Hughes estaba de vuelta en la protesta por el fin de semana para acompañante de un grupo de 10 estudiantes de licenciatura Xavier en un viaje similar autobús desde Cincinnati a esta fuertemente militarizada ciudad de Georgia del Sur, donde el Ejército de Estados Unidos entrena a soldados latinoamericanos, muchos de los cuales han sido implicados en abusos de derechos humanos en sus países de origen.

Mientras la multitud que marchaba en la procesión solemne funeral el domingo en Fort Benning Road fue mucho menor que la que Hughes era parte de una década atrás, el espíritu seguía siendo de gran alcance para las aproximadamente 2.000 personas que acudieron a la reunión anual 25. Se celebra en el aniversario del asesinato en El Salvador de seis sacerdotes jesuitas, su ama de llaves y su hija.Algunos de los implicados en los asesinatos eran graduados de la Escuela de las Américas, ahora conocido como el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad.

Hughes, quien es subdirectora de Dorothy Day Centro de Xavier para la Fe y la Justicia, dijo que la reunión de SOA Watch sigue ofreciendo su “energía y la gracia.”

“La primera vez que estuve aquí, se sentía tan pesado y triste”, dijo Hughes. “Yo no sabía qué esperar. Me acuerdo de las cosas pesadas, duras que estábamos aprendiendo.”

Al término de la procesión funeral, el estado de ánimo cambia y el fin de semana termina con un desfile de marionetas y la música de celebración, una tradición de SOA Watch.

La reunión, que honra a los miles de mártires de América Latina que han muerto, a menudo a manos de escuadrones de la muerte, también sigue siendo un lugar donde los amigos y familiares de los mártires vienen a llorar. El cortejo fúnebre, que se celebró durante un aguacero constante y truenos ominosas, incluido un pequeño grupo de hermanas Maryknoll y sacerdotes que procesan en memoria de Maryknoll Srs. Maura Clarke e Ita Ford, misionero laico Jean Donovan, y Ursulinas Hermana Dorothy Kazel, que fueron brutalmente asesinado por graduados de la SOA en El Salvador el 02 de diciembre 1980.

El llanto Adriana Portillo-Bartow, que perdió a siete miembros de la familia, incluyendo a su padre y dos de sus hijas, a los escuadrones de la muerte guatemaltecos, caminó lentamente mientras es abrazado por Jennifer Harbury, un abogado estadounidense cuyo marido guatemalteco, Efraín Bámaca, también fue asesinado por un escuadrón de la muerte. Ambas mujeres llevaban cruces blancas con los nombres de sus seres queridos inscritas en negro. Esos cruces y cientos más fueron colocados en la cerca de Fort Benning durante la procesión.

Dos manifestantes, Nashua Chantal, de 62 años, de Americus, Ga., Y Eva Tetaz, de 83 años, de Washington, DC, fueron arrestados por entrar a la propiedad Fort Benning. Los probables dos cara penas de prisión federal de hasta seis meses para la transgresión.

En una muestra de solidaridad con los inmigrantes, SOA Watch incluyó un viaje por carretera sábado por la mañana al Centro de Detención Stewart en Lumpkin, Ga., Situado a unos 30 minutos de Colón. El centro de detención es una instalación de 1.800 camas privada donde los inmigrantes indocumentados pueden ser encarcelados durante meses, a veces años, intentando evitar su expulsión.

Una multitud estimada en 1.000 personas marcharon a una milla y media del centro de Lumpkin al centro de detención. Cinco activistas fueron detenidos por cruzar a la propiedad del centro. El sheriff del condado de ellos acusado de allanamiento y los liberó en $ 250 cada bono.

Emily Guzmán, cuyo marido fue detenido anteriormente en Stewart, dijo a la multitud que el 20 de noviembre de inmigración decreto de reforma del presidente Barack Obama era sólo una medida temporal y no incluyó el cierre del centro de detención.

“Necesitamos un cambio permanente”, dijo. “Los inmigrantes no deben ser tratados como animales. Cerrarlo.”

El sábado por la noche, Roy Bourgeois, fundador de SOA Watch y apartado del sacerdocio sacerdote Maryknoll, se unió a un grupo de amigos de Maryknoll religiosos y otros para una reunión social. Hace dos años, Bourgeois, fue expulsado de Maryknoll por su negativa a renunciar a su apoyo a la ordenación de mujeres. “Tengo que lidiar con mucha rabia, mucha amargura y tristeza,”Bourgeois  dijo al grupo.

Mientras que algunos de sus amigos dijo: “Yo estoy contigo, hermano,”  Bourgeois  dijo que ninguno de su familia Maryknoll se pronunció en apoyo de la ordenación de las mujeres cuando se le ordenó que se retractara. “Nunca olvidaré el silencio de sus amigos”, dijo.

Maryknoll PP. Leo Shea y James Noonan aseguraron burguesa habían trabajado detrás de las escenas en un intento de presionar a los superiores Maryknoll para apoyar burguesa.

“Había algunos de nosotros que trabajamos muy duro para detener” la expulsión de Bourgeois, dijo Shea. “Jim [Noonan] estaba allí. Yo estaba allí. La amistad siempre estará ahí, Roy.”

Después de un abrazo de Shea y otros comentarios de apoyo de muchos en la sala, dijo Bourgeois  sonriendo, “Debo decir que estoy teniendo un ataque de alegría en la actualidad.”

Aunque la mayoría de los reunidos para el fin de semana SOA Watch eran de mediana edad o mayores, también hubo numerosos grupos de jóvenes entre la multitud.

Hughes, que ha hecho seis viajes a la reunión de SOA Watch, dijo que aquieta ve valor en traer a los estudiantes universitarios a la puerta de Fort Benning.

“Me alegro de que estoy aquí, y me alegro de que hay estudiantes de Xavier aquí”, dijo.

[Patrick O’Neill, un escritor freelance de Garner, Carolina del Norte, es un colaborador de toda la vida a  NCR .]

 

http://ncronline.org/news/faith-parish/soa-watch-gathers-25th-vigil-honoring-latin-american-martyrs

Este Libro cuenta la historia de 11 mujeres proféticas


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ss10102014p10pha.jpgLA HISTORIA DE LA FILADELFIA ONCE
Por Darlene O’Dell
Publicado por Seabury Libros, $ 28

Varios de los nuevos libros conmemoran este año el 40 aniversario de las ordenaciones de las primeras mujeres sacerdotes en la Iglesia Episcopal.

Dos de ellos son las barras laterales a la historia principal, aunque son ciertamente valiosas adiciones a nuestra comprensión de todo este asunto: Mirando hacia el futuro, Mirando hacia atrás: Cuarenta años de la ordenación de mujeres , editado por Fredrica Harris Thompsett, y El Espíritu del Señor está Sobre mí: Los Escritos de Suzanne Hiatt (Hiatt se acredita generalmente con ser el principal motor detrás de las ordenaciones), editado por Carter Heyward y Janine Lehane.

Pero para los lectores que desean una excelente narración y una narrativa que dibuja un profundo significado del movimiento que llevó a la Iglesia Episcopal para permitir la ordenación de mujeres sacerdotes, el libro a leer es la historia de la Philadelphia Once por Darlene O’Dell.

O’Dell, un hábil escritor que ha hecho su tarea de presentación de informes, se mueve fuera del camino de la historia y deja que se desarrolle de la manera sorprendente, pero implacable en que pasó durante ese tiempo inquietante de Watergate y los espasmos finales de la Guerra de Vietnam .

Ella nos pone en el servicio de ordenación de tres horas el 29 de julio de 1974, en un día demasiado caliente (y no sólo meteorológicamente) en la Iglesia del Abogado en Philadelphia. Allí, se llega a experimentar la ordenación renegado de 11 mujeres diáconos a ser sacerdotes (y, al año siguiente, la ordenación de las cuatro mujeres más en un Washington, DC, la iglesia). La jerarquía episcopal más tarde gobernó esas todas las ordenaciones a ser no sólo “irregular”, pero también “no válido”, antes de finalmente llegar a aceptar su validez, a continuación, pasar a “regularizar” esas ordenaciones y, finalmente, para permitir la ordenación de las mujeres dos años más tarde.

En cierto modo, se trata de una forma de un reloj de arena historia. Lo que quiere decir que a medida que comienza la historia aprendemos unos 11 geográficamente dispersos, vidas fascinantes que con el tiempo terminan juntos en el mismo tiempo y lugar en un servicio religioso historia de decisiones.Cuando termina ese acontecimiento central, que luego seguimos las mujeres hacia sus dispersos vidas después de la ordenación.

Este cuento de acoplamiento de las mujeres valientes dispuestos a enfrentar lo que sintieron al ser un sistema injusto en su comunidad de fe no es sólo cerca de 11 personas, sin embargo. Es también sobre el sistema patriarcal que resistieron y cerca de tres obispos que asumen riesgos que estaban dispuestos a forzar la situación mediante la realización de las ordenaciones.

Uno de ellos fue Edward Welles, que se había retirado recientemente como el obispo de West Missouri.Katrina Swanson, su hija, fue uno de los 11. Welles, que ha ido cambiando de opinión acerca de la posibilidad de participar, pero finalmente lo hizo, estuvo acompañado por Robert DeWitt, obispo emérito de Pennsylvania, y Daniel Corrigan, jubilado obispo sufragáneo de Colorado.

Ellos y otros hombres que apoyaron las mujeres tenían que reunir el valor para asumir su propia iglesia, y no tenían ninguna garantía de que la iglesia no tomaría represalias. O’Dell da a los lectores un montón de detalles interesantes acerca de cómo estos hombres llegaron a esa decisión.

Los lectores también llegar a leer de algunos de los documentos originales que ayudaron a crear esta tormenta de fuego eclesiástica.

Por ejemplo, las 11 mujeres escribieron una carta “Queridos amigos” antes de la ordenación, explicando sus razones para seguir adelante. Incluía estas palabras:. “Estamos seguros de que la Iglesia necesita a las mujeres en el sacerdocio para ser verdad a la comprensión del Evangelio de la unidad humana en Cristo … Podemos ya en conciencia no responder a nuestro llamado diciendo:” Con el tiempo – cuando el Iglesia, vuelve a nosotros aceptar. ” ”

A su vez, Corrigan, Welles y DeWitt liberados una carta abierta diciendo que ellos fueron movidos a actuar a causa de su “obediencia al señorío de Cristo, nuestra respuesta a la soberanía de su Espíritu para la Iglesia.”

O’Dell hace un buen trabajo de ser un narrador sin ser una animadora over-the-top en cada página.Claramente, ella tiene un gran respeto por el Philadelphia Once y el Washington Cuatro. Mientras se escribe al final del libro, lo que hicieron fue para empujar la iglesia “a un lugar donde los representantes del infinito no se limitan a unos pocos poderosos dentro de las estructuras elitistas de las instituciones religiosas.”

Así que este es un admirador – pero no ser empalagoso – mirar a las personas proféticas que fueron trasladados a cambiar el mundo en el que vivían, los cambios que siguen teniendo repercusiones mucho más allá de la Iglesia Episcopal. Cualquier persona que se preocupa por donde el tema de la ordenación de mujeres podría estar encabezada en otras tradiciones de fe va a querer entender cómo sucedió para los episcopales y por qué importa.

[Bill Tammeus, un anciano presbiteriano, escribe un ” Un pequeño c católica “de NCR . Su último libro es Woodstock: una historia de los estadounidenses Media .]

Esta historia apareció en el 10 a 23 octubre, 2014 edición impresa bajo el titular: libro cuenta la historia de 11 mujeres proféticas .
http://ncronline.org/books/2014/11/book-tells-story-11-prophetic-women

COLUMBUS GEORGIA:EN LA PROTESTA SOA. FOTOGRAFIA DE NASHUA CHANTAL CRUZANDO LA LINEA POR TERCERA VEZ


             Caption for the Final Picture of Nashua Chantal Crossing the Line for the Third Timeimg_6221

 

 

 

 

 

 

Las medidas adoptadas por Nashua Chantal en una tercera “cruce de la línea” -Hacer este año la acción de un supremo acto de desobediencia civil.

Para más información, consulte la información más completa a continuación:

Columbus, Georgia – El domingo 23 de noviembre, el defensor de 62 años de edad, los derechos humanos Nashua Chantal de Americus, GA, cruzó la meta en la Escuela de las Américas, por tercera vez. Anteriormente se desempeñó dos penas de prisión por su desobediencia civil, y ahora se enfrenta a otros seis meses.

A las 11:45 am del domingo, Nashua fue arrestado por la policía militar después de transportar una escalera hasta la valla que cerró Fort Benning Rd. y el acceso a la base militar donde WHINSEC se encuentra / la Escuela de las Américas.

En noviembre de 2004 cometió su primer acto de prevaricación en la instalación militar de Fort Benning, y regresó en 2012 para cruzar la línea de nuevo. Cumplió una pena de prisión de tres meses en 2005 y seis meses en 2013.

Nashua se ha ofrecido con el Corazón a Corazón programa de vivienda que proporciona a los pobres, cerámica y alfarería enseñado y trabajado con grupos internacionales de jóvenes. Él dice que es esta obra que le anima a ser lo que es hoy y que Cristo desempeña un papel importante en lo guiaba a trabajar en la búsqueda de la justicia.

 

Fuente:http://soaw.org/november/newsroom/nashua-chantal-action/

Cada año desde 2004, Nashua Chantal de Americus, Georgia, había permanecido en silencio, con la ‘guerra de Estudio no más’ mensaje pintado en su traje de payaso y en maquillaje triste payaso en su rostro durante la marcha fúnebre simbólica. Su mensaje era más conmovedora durante esos años porque nunca hablaba con nadie cada año en la reunión de SOA Watch en Columbus, GA. Que había “cruzado la línea” en ese año y fue condenado a tres meses de prisión federal. Por otra parte, en 2012, al no ver el cambio en la política de América Latina, se decidió a tomar de nuevo la acción para aumentar el volumen de su mensaje “Escuela de Guerra No Mas”. Eligió para cruzar la línea en la base militar. E l base es el hogar de la Escuela del Ejército de Estados Unidos de América, cambió el nombre del Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad (SOA / WHINSEC) en 2001, un centro de formación que ha convertido a algunos de asesinos más notorios de América Latina y continúa estar implicados en abusos contra los derechos humanos en la actualidad. Fue arrestado después de que cruzó sobre la lengüeta-cableado, se celebró en la custodia de la policía militar antes de ser instruido de cargos en una corte federal y condenado a seis meses de prisión federal por este segundo acto de desobediencia civil, tanto más valiente ya que era su segunda vez. Completó esa frase en junio de 2013 y tomó parte en la convergencia de SOA Watch en 2013.

En ese momento, a diferencia de años anteriores, Nashua decidió detenerse y hablar con los que habían subido con él, derramando lágrimas de verdad para que coincida con los de maquillaje en su cara [Imagen adjunta]. Él compartió historias de su experiencia en el cumplimiento de los internos de la prisión federal de compañeros y su necesidad de material de lectura, especialmente sobre temas de justicia. Mencionó que estas personas tienen una profundidad de espíritu que lo conmovió profundamente. En el fondo, Kay Akers de ARCWP sirve en la mesa de información del PCC en Ft. Benning Road.

Ahora, en 2014, su repetición de este acto de desobediencia civil este año lo pone en riesgo de una condena de servir aún más el tiempo en una prisión federal.

Su voluntad de someter a sabiendas a sí mismo a la pena de prisión es testimonio de la importancia de la cuestión general de cambiar la actitud y la política de los EE.UU. con respecto a América Latina y, en particular, el cierre de la escuela de formación de los Estados Unidos, financiado por fondos provenientes de impuestos de Estados Unidos.

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Sólo pensé que esto podría dar un poco más “carne” para el mensaje de la imagen de Nashua en 2014. Gracias por la captura de esta foto de su heroica acción de la justicia, Katy!

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John P. Wentland

“El papel de los ciudadanos en nuestra democracia no termina con su voto.
América nunca ha sido acerca de qué se puede hacer por nosotros. Se trata de lo
se puede hacer por nosotros en conjunto a través de la dura y frustrante, pero
.. es necesario el trabajo de autogobierno “Pres Barack H. Obama – 11/06/12

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