JESUS, ¿MUJERIEGO O MISÓGINO?


28.01.15 | 09:34.

Los diccionarios populares, al igual que los oficiales y académicos, rezuman tanto machismo por los poros de las sílabas de sus palabras, que el solo enunciado de los términos “mujeriego” y “misógino” proclama de por sí una acentuada porción de desprecio y desautorización hacia el primero, así como de cultura, y de buen ser y parecer hacia el segundo. A la hora, tan frecuentemente actualizada hoy, de inclinar la apreciación hacia Jesucristo, de si en su vida, evangelio y adoctrinamiento prevaleció uno u otro término –“mujeriego” o “misógino”- en su más limpia y honrosa acepción gramatical, es posible que orienten reflexiones como las sugeridas a continuación.

. Jesús es uno de los personajes que en su tiempo, y fuera del mismo, se distinguió en más nítida proporción y exactitud, en el reconocimiento y aceptación de la mujer, por mujer. La lectura de los evangelios y de la mayoría de los textos neotestamentarios, lo delatan con pulcritud y veracidad, pese a que los tiempos resultaban ser tan inclementes para ellas, además de que los autores de los libros sagrados, y sus respectivos traductores, fueron siempre varones.

. No contiene exageración alguna, ni familiar, ni social, ni política, ni religiosa, proclamar que una de las razones –sinrazones que se hallaron presentes y activas en la condena a muerte de Jesucristo, dictada por las competentes autoridades de la época, fue precisamente el ”escándalo” por él protagonizado, de tratar a las mujeres con idéntica –y aún mayor- consideración y respeto que al hombre.

. La mujer –pecado y tentación al pecado, propiedad y siempre y de por vida, al servicio del hombre-, recibió de parte de Jesús, tratamiento, confianza, consideración, reconocimiento de su dignidad personal, igual o superior al impartido por él respecto al varón como tal. En ocasiones, y por aquello de su predilección por los pobres, oprimidos, enfermos, marginados y esclavos, Jesús extremó con exquisitez y sabiduría humana y divina los gestos más favorables, benévolos y privilegiados.

. Siempre acompañado por las mujeres – sin que su cita exacta sea la correcta aún por los propios evangelistas, que ni siquiera en la “Santa Cena” la hicieron presentes- , las mujeres intervinieron en todo el proceso de evangelización salvadora de Jesús de modo ciertamente decisivo y espectacular. Cuestionar tal hecho, o no conferirle el merecido relieve, equivaldría a tener que confesarse ajeno al mensaje evangélico, obligado además a reconocerse incapacitado para la lectura. inepto e insensibilizado para percibir mensajes de redención y de vida, incluyendo en tan desdichado diagnóstico a sus respectivas madres, esposas y hermanas.

. Esto no obstante, con tan soberana claridad, predicado y vivido el dato por la mitad de la humanidad, más uno, que numéricamente es el censo en todo el mundo, y más en la Iglesia, ella – la mujer-, se encuentra en las peores condiciones de precariedad que registran los cánones, los artículos de la fe y los mandamientos de “Nuestra Santa Madre la Iglesia”. No hay otra institución, -y por más señas, Estado político-administrativo como el Vaticano, en el que constitucionalmente la mujer se ha de sentir preterida y marginada por su propia condición, incapacitada para actuar en el organigrama, con los mismos derechos y deberes que lo hacen, o puedan hacerlo, los hombres.

. Jesucristo, “profesional de la ejemplaridad”, religiosa y civil, mediadora la Iglesia de tan colosal ministerio y tarea, es, y hace perdurar, el testimonio viviente del comportamiento personal e institucional en relación con la mujer hoy, cuyas carencias resulta inhumano y anticristiano someter ya a aplazamientos indefinidos. Conforme a los evangelios, su actitud con las mujeres no pudo ser más natural- sobrenatural, igualitaria, digna y respetuosa, apreciada, elegante, justa, generosa y preciosa. Jesús no mantuvo confrontamiento alguno con ellas, habiéndolos mantenido -¡y de qué manera¡-, con otros grupos, como los de los Sumos Sacerdotes, fariseos, saduceos y demás congéneres.

. Tal constatación evangélica torna más incongruente aún, el comportamiento oficial que todavía perdura en la institución eclesiástica, hasta instar a muchos, y a muchas, a calificarla de inactual, siniestra, corrupta y, a tenor de los pasos tan cortos, cicateros y contradictorios que se registran, obstinada e impenitente, y sin esperanzadoras muestras de que nos encontremos en las ante- vísperas de la solución del problema.

. Es inexplicable- diríase que misterioso y quimérico-, que la mujer católica, contando además con que en otras Iglesias también cristianas, se resolvió ya a su favor el tema del sacerdocio- episcopado femenino, no haya decidido hacer uso de procedimientos de urgencia, factibles en casos de importancia y relieve como el de su exclusión de las responsabilidades jerárquicas. Concluir que la mujer católica “pasa” de estas reclamaciones, equivaldría a dudar de su consciente integración – comunión- en el organigrama eclesiástico, resignada al mantenimiento del mismo como servidora- esclava del hombre, convencido de que es él quien veraz y dogmáticamente encarna, y encarnará “por los siglos de los siglos”, el mensaje y el testimonio de Cristo Jesús.

 

http://blogs.periodistadigital.com/in-itinere.php/2015/01/28/jesus-imujeriego-o-misogino-

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Graciela Moranchel
    Ene 29, 2015 @ 10:00:29

    Un estudioso muy serio de los textos bíblicos y de la literatura intertestamentaria como es Antonio Piñero afirma que es un mito que Jesús haya considerado a las mujeres de modo “revolucionario” en la sociedad patriarcal de su tiempo. Simplemente se atenía a las costumbres de su época (cf. Piñero, A., Jesús y las mujeres, Trotta, Madrid 2014). En el libro citado el investigador señala ampliamente las razones de sus afirmaciones.

    Por eso creo que la valoración y el lugar que deben ocupar las mujeres en la sociedad y en la institución eclesial no puede estar atada a ciertos dichos o actitudes de Jesús narradas en los Evangelios, sino sencillamente en la dignidad que ostentamos como personas e hijas de Dios, como toda criatura salida de sus manos. Esa condición es suficiente para que toda persona sea considerada en condición de igualdad con el resto de la humanidad.

    Así como corrientes feministas han utilizado versículos bíblicos para demostrar la libertad de Jesús frente a la ley y las costumbres de su época a favor de las mujeres, otros sectores de la institución eclesial ultraconservadores han hecho lo mismo pero en sentido contrario, poniendo textos para apoyar la negativa de Jesús a la incorporación de las mujeres en las comunidades cristianas en igual condición que los varones.

    Como vemos, manipular la Palabra de Dios, buscando este o aquel versículo para fundamentar o probar teorías muchas veces opuestas, lleva a fundamentalismos inadmisibles y a empantanar el pensamiento.

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