IVONE GEBARA.De regreso a la ‘banalidad del mal’: reflexiones en torno de ‘Charlie Hebdo’:


Ivone Gebara
Adital


Cuando en 1963 Hanna Arendt publica el libro Eichman en Jerusalén[1]y enfoca la cuestión de la «banalidad del mal” a partir del juzgamiento del nazi Adolf Eichman, muchos intelectuales y lectores encontraron que su reflexión carecía de sentido. Inclusive, muy antes de la publicación del libro, cuando sus textos eran aun artículos periodísticos publicados en The New Yorker, generaron gran polémica y controversia. Algunos consideraban una falta de respeto hablar de «banalidad del mal”, ante el crimen del exterminio de tantos judíos. Eichman, en realidad, era un hombre banal, cumplidor de sus deberes, a tal punto que no dudó en seguir cumpliéndolos en el campo de exterminio, obedeciendo órdenes. En su momento. Los lectores no entendieron a Hanna y en la actualidad, continuamos con la misma ignorancia en relación a la expresión ‘banalidad del mal’ y los acontecimientos actuales. Lo que ella deseaba reafirmar es que hacer el mal, es responsabilidad del ser humano y que no hay fuerzas superiores o una naturaleza diabólica que nos obligue a matar, robar, a apropiarnos de lo que no nos pertenece y a considerarnos superiores unos a los otros.

La banalidad del mal consiste en las acciones destructivas de la vida en aquello que vivimos y observamos, en la superficie visible de la historia. Se manifiesta a través de una cadena de relaciones y decisiones, de micro-poderes que terminan convirtiéndose en macro poderes y fuerzas de aniquilamiento. La banalidad del mal es la alienación ante las órdenes fundamentalista sean de derecha, de centro o de izquierda. La banalidad del mal es nuestra vida cotidiana llena de odio contra las pequeñas y grandes cosas.

En la actualidad, siguiendo, en la medida de lo posible, los incidentes en torno del ataque al periódico satírico ‘Charlie Hebdo’ y las múltiples manifestaciones en torno de la matanza ahí perpetrada, vienen a mi espíritu algunas reflexiones inspiradas en Hanna Arendt.

No sólo es preciso reafirmar la «banalidad del mal”, si no también afirmar cierto uso de la defensa contra el mal, también como un mal. Librarse del mal con el mal, librarse de la intransigencia religiosa dogmática por la intransigencia humorista y política, librarse de la culpa por la afirmación del derecho a la libertad de prensa, continuar desarrollando prejuicios en relación a los ‘diferentes’ nos pone de nuevo en el dualismo entre inocentes y culpables. Y así, de nuevo estamos en un callejón sin salida, acusándonos siempre unos a otros, siempre buscando enemigos y, aparentemente dando las manos a los que aparecen como defensores de la democracia.

El «ojo por ojo”, que vivimos en la actualidad, significa la restauración de la ley de la barbarie, significa una regresión colectiva en la calidad de nuestra humanidad. Sabemos bien que aunque haya responsabilidades diferentes y grados de complicidad, no hay más inocentes, ni culpados puros. Estamos inmersos en la trivialización del mal por los medios de comunicación y en la banalización de la violencia. En otras palabras, la prensa que llega al gran púbico opera y convence a partir de dualismos: lo bueno y lo malo, el culpable y el inocente, el ciudadano de bien y el mal ciudadano o delincuente, y así sucesivamente. Ya de antemano se sabe quién será condenado. El noticiero del día nos conduce al bondadoso y al malvado e incita a la voluntad a hacer justicia con sus propias manos. No necesitamos pensar, ni hacernos preguntas, ni sospechamos de la veracidad de las informaciones. Con esto se acentúa la maldad aparente, inmediata, que señala al culpable o los culpables y los acusa de terroristas, de criminales o de traidores a la patria.

No hay un análisis crítico, no se presenta una historia más amplia para ser considerada, no hay responsabilidades colectivas a ser pesadas y cobradas. Hanna Arendt explicaba que la banalización del mal era algo más allá de una consideración del mal, como una esencia en el ser humano, algo que se explicaría a partir de la índole de los seres humanos o de la una naturaleza perversa y corrompida. Decía Hanna que el mal era algo cometido en la superficie de los hechos a través de los mecanismos de las relaciones que nos imponemos unos a otros. Es el mal de la arbitrariedad ante el cual cada uno hace su ley, según sus intereses y comete por ellos atrocidades y crímenes con consecuencias históricas grandiosas, tanto próximas cuanto remotas.

Es el mal de la obediencia ciega, donde reina la disculpa que afirma inocentemente: «Lo hice porque me mandaron». La voluntad del sujeto se vuelve sumisa ante la voluntad de otros, aceptando las órdenes de una máquina sin nombre capaz de exterminar a muchos nombres. Los totalitarismos de nuestro tiempo disfrazados de democracia parecen ser los más peligrosos. Crean redes de complicidad sin que éstas aparezcan claramente, sin explicar las razones de sus propuestas y sus actos, sin dar cuenta de sus iniciativas y finalidad. Sin duda, algo que dicen con este silencio elegido. Por ejemplo, dicen defender la democracia. Pero, ¿Cuál democracia? Predican el derecho, pero ¿derecho de quién? Hablan de libertad, fraternidad e igualdad. Pero, ¿en qué consisten, a quién se aplican y cómo las vivimos hoy?

Todo esto es muy vasto, como el ‘vasto mundo’ de Fernando Pessoa. Así que quiero pensar en las cosas pequeñas [concretas]. Pienso en las esposas, en las madres, los hijos e hijas y en las tensas relaciones entre los diferentes países como consecuencia de la acción de quienes ejecutaron los asesinatos en París.

Pienso en los prejuicios que crecen y en la agresividad oculta que mantienen unos con otros. ¿Pero, en definitiva, quién mató a quién? ¿Cuántas son las víctimas? Sin duda hubo más muertos y heridos que los registrados por periódicos y sistemas de ‘inteligencia’. Hubo mucha gente involucrada en los juegos de poder y contrapoder, no sólo el día de la tragedia, sino mucho antes. Sin embargo, esto está más allá de la emoción del momento, del ruido de las bombas necesario a la prensa comercial.

Para los amigos próximos, para las familias, expresiones tales como «defensa de la libertad de prensa» no significan nada cuando el cuerpo amado está inerte, cuando el hijo de mis entrañas ha sido asesinado, cuando la palabra «papá» no podrá ser pronunciada [mirándole] por los hijos e hijas que quedaron. Este dolor es muchas veces olvidado o recordado sólo cuando puede hacer «efecto» de sensacionalismo mediático. Pero para aquellos que quedan y han perdido lazos de amistad, de filiación, de complicidad afectiva, no hay categorías claras que expresen el vacío doloroso que los embarga. Y sabemos que este dolor será el primer dolor en el corazón del mundo.

Los «campos de exterminio» de la Segunda Guerra Mundial todavía causan escalofríos en muchos de nosotros y todavía motivan páginas escritas y películas en muchas personas. Sin embargo, los sufrimientos del tiempo presente nacidos de una vieja y prolongada espiral de violencia, la pérdida de seres queridos, el hambre epidémica, la violencia cotidiana vivida, antes de ser transformados en historia pasada, son inconmensurables. No somos conscientes de su intensidad y su variedad. Dilaceran tanto o quizás mucho más que la bala que eliminó vidas. Abren heridas, cuya sangre difícilmente para de fluir rápidamente, dejan huellas imborrables en aquellos cuya historia presente, está marcada por el asesinato de unos a otros, por la fuga en masa, por el azote del miedo en muchos rostros. Tanto el considerado agresor, como el agredido tienen su mundo de relaciones próximas y éstas se ven transformadas violentamente.

Los muchos «pedazos de mi” que van «más allá del bien y del mal”, que no pueden ser mediatizados y debatidos, que no oyen y no obedecen a ningún llamado, a ninguna súplica de amor, a ninguna pasión, a ninguna orden superior, permanecen en la memoria inefable de sus próximos. El dolor de ayer revive y prolonga el dolor de hoy, dolor anónimo, sin importancia, tal vez hasta sin consecuencias políticas para la intensificación de las guerras. Dolor que puede incluso, ser el detonante de nuevos combates, de venganzas revueltas en los archivos de la historia.

Recuerdo a una madre estadunidense que perdió a su único hijo combatiendo en la guerra contra Irak, ella rechazaba los títulos de honor que querían otorgarle. No quería premios para su dolor, no aceptaba trivializar su sufrimiento, no quería recompensas por la pérdida sin retorno, no exigía disculpas inútiles. Hay muchos más dolores de lo que imaginamos y mucho más dignidad de la que computamos. Pero, pero es difícil comprender porque no conseguimos transformar «las espadas en arados”, porque necesitamos matarnos unos a otros para mantener la estabilidad de la economía mundial y porque no somos capaces de superar los límites de los Estados y de las religiones.

Las trampas de la barbarie parecen crecer, provocan distorsiones, ocultan hechos, sentimientos, emociones. La venganza pequeña o grande es la moneda de cambio más común. Ofendieron a mi pueblo, hablaron mal de mi padre, robaron mi coche, quemaron mi casa, criticaron mi religión… Entonces acabo con usted y con ustedes, desgraciados! Banalidad del mal, banalidad del bien.

¿Que sería propiamente el bien? Las trampas que nos tendemos para actuar impulsivamente a flor de piel parecen ser la materia prima de muchas noticias. Generan las «primicias», la orientación del reportaje, la caza de bandidos, el enfrentamiento emocionante de peligros, la exposición a los disparos de bandos ilegales, de la policía legal e ilegal … Todos aparecen como bandas de muchachos jugando al chico bueno, combatiendo al bandido, cargando armas letales. BUM, Bum, bum, bum…

Madre me ayuda, Madre, Madre, Mamita… ¿Dónde estás, mamá? El clamor por la madre, acompaña el último aliento del hijo que se fue. Murió uno más…aquel que se ha quedado tendido en el suelo es «mi hijo», grita una mujer… Y el que mató y después fue eliminado por la policía es el «mío», grita otra. Todos muertos, estúpidamente muertos, masacre general. La noticia ocupó la primera página y el diario hoy subió sus de ventas.

Salimos del saldo rojo, porque la sangre de los delincuentes marginales, puso en ‘azul’ [en positivo] las cuentas del mes. Quedaron rojos de sangre los corazones de las mujeres adoloridas por ser madres. Los gritos clamando ayuda todavía resuenan en sus oídos, a pesar del silencio de los muertos, están ahí, como eco junto al tímpano, como dolor adherido a las entrañas, como lágrima interior que no puede detenerse. Pero, eso no es nada dicen algunos, pronto va a pasar… El mundo no va a cambiar, pues seguimos siendo lobos unos con los otros.

Hoy, ya no funciona la fuerza confiable del Estado, al cual se delega poderes, cada grupo e incluso, a veces, cada ciudadano se siente en el derecho de intervenir en el orden público según sus instintos. Hay una farsa del bien y un simular que juntos buscamos la justicia, una apariencia de orden establecido por las armas y garantizado por los misiles ocultos. ¡La producción de armas de guerra sigue siendo nuestro negocio, nuestra ganancia y nuestra defensa! ¡Bendita guerra que nos ayudó a vender tanto!…

Yo ya no queremos ser discípulos /as de la solidaridad, ni de la justicia o la paz, aun reconociendo su fragilidad. No queremos buscar el amor y el respeto al prójimo como administrador de nuestras relaciones. Perdimos la base en el bien común, en medio de tanta arbitrariedad y corrupción.

Creo que me siento un poco perdida… Tengo que encender una lámpara en plena luz del día. Tal vez sea que la vejez me vuelve más limitada e incrédula. Yo ya no veo con claridad por dónde va el camino del diálogo humano, del cuidado de unos con otros, del pan compartido, de las cirandas (canciones rimadas danzadas en rueda que nos animan a buenas practicas), del respeto a las diferencias.

Estoy cansada de la hipocresía de las políticas y de los que sé que atreven a hablar en nombre de su dios. Estamos hechizados por la felicidad barata del consumismo, por la sinrazón de muchas creencias, por las órdenes y desórdenes de los medios hegemónicos de comunicación, por el oro negro, el oro amarillo y oro blanco que dirigen el mundo. Y sin embargo, a pesar de todo esto… Imagínense, hoy, compré un helado para un niño de la calle que me pidió sonriendo, «Doña, ¿compra un helado de chocolate para mí?»


[1] Arendt, Hanna. Eichman em Jerusalém: um relato sobre a banalidade do mal. São Paulo: Companhia das Letras 1999.

 Ivone Gebara
Escritora, filósofa e teóloga
http://site.adital.com.br/site/noticia.php?lang=ES&cod=83871

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