Domingo III de Cuaresma 8 marzo 2015 Evangelio de Juan 2, 13-25: Enrique Martinez Lozano


 

 

En aquel tiempo se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

¾ Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”.

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

¾ ¿Qué signos nos muestras para obrar así?

Jesús contestó:

¾ Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

Los judíos replicaron:

¾ Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

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JESÚS, CRÍTICO DE LA RELIGIÓN

 

Parece claro que esta actuación de Jesús tuvo mucho que ver con su muerte (Mc 14,58; Mt 27,40). En un conflicto –entre Jesús y las autoridades religiosas- que fue in crescendo, el episodio del templo aparece como la gota que colma el vaso, haciendo de detonante que precipita la decisión que habría de acabar en la detención, condena y muerte del maestro de Nazaret.

¿En qué consistía, exactamente, la gravedad de ese hecho? Justamente en algo que, a quienes no se hallan familiarizados con la tradición bíblica, puede pasarles desapercibido: en el carácter de “gesto profético” que reviste la acción de Jesús.

Porque no se trató solo de una “purificación” del templo –las actividades que se mencionan eran legítimas-, sino de algo más radical: de la pretensión de acabar con la religión y el culto basados en el sacrificio. Lejos de ser una mera “purificación” de un espacio sagrado, lo que se estaba produciendo era una “destrucción” simbólica de toda la religión.

 

Reconocer a Jesús como crítico de la religión, nos espolea para ser más lúcidos ante el propio hecho religioso. Ateos y místicos han sido especialmente sensibles a la deformación de Dios que, con frecuencia, se ha operado en las religiones. El objeto directo de su crítica no es otro que la objetivación de Dios y el dualismo consecuente. En efecto, la mente solo puede hablar de un dios objetivado, al que se percibe como separado, por más que se le añadan rasgos de intimidad y de amor. Es la mirada de ese “objeto separado” la que resulta, no ya solo insoportable, sino alienante y, en último término, inasumible para la conciencia moderna.

No existe nada separado de nada; todo es una admirable y gozosa interrelación. Un dios separado no sería Dios. Todo dios separado es un dios proyectado por la mente. Tomamos como real lo que la mente puede procesar, sin caer en la cuenta de que se trata de una herramienta absolutamente incapaz de moverse fuera del campo de los objetos. Pero, como ha expresado acertadamente Gilbert Schultz, “la Realidad es No-Dual, es decir, carece de toda división”.

Al fiarnos de la mente, en el campo religioso, el antropomorfismo es inevitable: creamos un dios a nuestra medida, haciendo de él un “doble” en el que nos miramos.

Toda creencia es una “etiqueta”, un “mapa”. Y por más “sagrado” que nos parezca, no puede ser más que eso: es el límite insalvable de la mente. Las creencias (como las etiquetas) son legítimas, pero comportan el grave riesgo de la absolutización. Hasta producirse lo que Michel Onfray ha denunciado con sarcasmo: «El silencio de Dios permite el palabrerío de sus ministros que usan y abusan del epíteto«.

Por eso, cuando cae una creencia, no se pierde nada importante: ha caído un “mapa”. Solo cae lo que no es real; lo real no puede caerse. Únicamente cae lo que carece de fundamento firme. En concreto, puede venirse abajo la creencia en Dios, pero es imposible negar la consciencia de ser. Tal consciencia de ser –si se quiere, “Dios”, en el sentido genuino de la palabra-, no solo no es difícil de encontrar, sino imposible de evitar. Al contrario que las creencias, aquí se trata de una realidad autofundamentada. Y podemos hablar de ella, no en términos “religiosos” –propios o exclusivos de un grupo particular-, sino en un “lenguaje universal”, en el que todos podemos encontrarnos. Por lo demás, antes o después, en el camino espiritual, tendrán que caer todas las creencias…, porque caerá el supuesto detentador de las mismas: el yo o ego.  Pero lo único que cae son las etiquetas, los conceptos, las creencias, los mapas… Y caerá por completo, a medida que queremos posibilitar el acceso al «territorio». Cuando caen todas las creencias, queda lo único firme e innegable: la certeza de ser.

Las creencias son trascendidas en la visión y en la experiencia directa de lo que es. Se deja de buscar la verdad con la mente y se aprende a silenciarla, como condición para poder ver con claridad.

http://www.enriquemartinezlozano.com

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