Editorial: defectos de jerarquía persisten a pesar del final colegial a la investigación LCWR


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EDITORIAL

Parece, en lo que se puede extraer de el informe final de la evaluación doctrinal de la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas, que cierta razonabilidad prevaleció en última instancia, en un ejercicio que con razón se ha llamado “un desastre”.

Las religiosas siguen siendo uno de los grandes tesoros de América del Catolicismo. De todos los asuntos de la iglesia en la necesidad de investigación, la organización cuyos miembros son líderes de más de 80 por ciento de las mujeres religiosas en los Estados Unidos no era una de ellas.

La Congregación para la Doctrina de la “evaluación” de la Fe de la LCWR fue un desastre, un signo de desconfianza innecesaria. Teniendo esto en mente evaluación debe moderar la celebración proveniente de algunos sectores de la iglesia y comentaristas aclamando el éxito de “diálogo”.

Si hay razones para animar, es que las mujeres lograron convencer a la Santa Sede que no tenían intención de involucrar el tema exclusivamente en los protocolos arcanos de una cultura clerical de todos los hombres en el que sólo sus miembros están puesta al tanto a los medios de supervivencia. Así que las mujeres llevan a cabo a cabo, al parecer (aunque todavía nadie está hablando), para que la conversación entre iguales.

Mientras tanto, la cultura clerical recibió lo que debe haber sido un impresionante inmersión en la realidad de la Iglesia, ya que existe debajo del nivel jerárquico. El hecho de cruda – un hecho necesariamente política, como resulta – es que la mayoría de los católicos y muchos otros saben las monjas, han sido ayudados por ellos o influenciados por ellos de innumerables maneras, mientras que pocas personas sabrían su obispo si él mostró en la puerta delantera.

“Dirigido por laicos inspirados por el Evangelio y Vaticano II, el NCR juega un papel insustituible en la promoción de la transparencia y la renovación espiritual en la iglesia.”

Las investigaciones gemelas – la evaluación doctrinal de la LCWR y la investigación de las órdenes de EE.UU., en general, por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica – ambos fueron instigados por las personas que habitan en algunos de los rincones más extremos de la iglesia. Sus versiones estrechas de identidad y nociones de lo que la vida religiosa debe constituir Católica están convirtiendo rápidamente en la historia.

Por todo el back-palmaditas pasando sobre el éxito del diálogo entre las monjas y las autoridades del Vaticano, es suficiente decir que la estrategia de las mujeres trabajaba, al menos lo suficiente como para bajar el calor.

Parece obvio que el arzobispo J. Peter Sartain logró en silencio para disminuir los elementos de la cultura guerrera del equipo de investigación y llevar a cabo algunas discusiones razonables con las mujeres. La elección como presidente de la LCWR Inmaculado Corazón de María Sr. Sharon Holanda, ex mujer de más alto rango que trabaja en la Curia y un líder respetado entre las religiosas, demostró ser un movimiento inteligente por la organización estadounidense.

Igual de importante, sin embargo, fue la sabia dirección, deliberada se muestra al inicio de la evaluación en sí por Más Preciosa Sangre Sor Mary Whited, franciscano Sr. J. Lora Dambroski, hermana franciscana de la Adoración Perpetua Marlene Weisenbeck, Dominicana Sor Mary Hughes y franciscana Sr. Pat Farrell. Ellos sentaron las bases de la relación que vimos emerger el mes pasado.Incluso bajo coacción, modelaron el liderazgo que buscaban participar: contemplativa y de colaboración, que fue tan elocuente voz de Farrell en 2012 después de que el mandato fue puesto en libertad.

Farrell, franciscano Sr. Florence Deacon, San José padre Carol Zinn, Holanda y San José padre Marcia Allen celebraría el curso hasta la resolución – sin presiones de trabajo dada pequeños se sentían desde el interior de la organización y sin, agravadas por la intenso interés de los medios.

No es casualidad que el Vaticano justas con monjas estadounidenses – tanto la visita de seis años iniciado por el cardenal Franc Rodé y la investigación doctrinal de la LCWR – llegó a un final conciliador bajo el papado de Francisco. ¿Cuánto tuvo que ver directamente con cualquiera que se desconoce, pero es poco probable que las representaciones de las hermanas como en crisis y que refleja la laicidad de la cultura americana y europea tendrían tan de repente se volvió positiva bajo el papado anterior. Las mismas hermanas que habían sido caracterizados como una sombra por encima de los enemigos de la iglesia estaban ahora concedidos visitas personales con un Papa que expresó su admiración por su trabajo. Funcionarios del Vaticano estaban firmando apagado en documentos que rayaba en el uso excesivo del término “gratitud”.

Nosotros, también, estamos agradecidos de que este capítulo de la historia de la iglesia ha llegado a su fin. A corto plazo, parece que todo está bien. Pero por lo menos dos más profundo preguntas siguen sin resolverse.

¿Qué impide la Congregación para la Doctrina de la Fe desde el principio una investigación similar de algún otro grupo o individuo en la iglesia hoy? La respuesta es: nada.

Esta “evaluación doctrinal” comenzó a puerta cerrada por los acusadores todavía desconocidos. Cargos el criticado toda una clase de mujeres religiosas – recuerde, que fueron acusados ​​de “disenso corporativa” y la herejía – se les ha permitido a desaparecer. Dónde están los que niveló estos cargos hoy? ¿Eso informe inicial permanecen en un cajón del escritorio del Vaticano en algún lugar, listo para volver a acusar a estas mujeres cuando sea el momento adecuado y un nuevo hombre es Papa?

Mientras que el trabajo de la oficina doctrinal se mantiene en secreto y debido proceso básico se ignora, que el miedo permanece.

¿Cuándo terminará el monopolio masculino en el poder en la iglesia? Esta investigación fue iniciada por los hombres, llevada a cabo por los hombres y terminó cuando los hombres finalmente llamaron a una tregua. Esa es una falla que va más allá de una sola congregación vaticana, porque toca las estructuras muy rectores de la iglesia.

Fácilmente podríamos hacer el caso que estas hermanas tienen una verdadera lectura en el corazón de la iglesia – lo que las personas están haciendo, sintiendo, cómo lo están haciendo daño, cómo experimentan la fe. Pero las hermanas no pueden hacer más en la gobernanza de asesorar a un hombre. Eso es absurdo. La inclusión de las mujeres en las filas de liderazgo de la iglesia no será fácil – la reforma y la renovación no son – pero es esencial.

http://ncronline.org/news/vatican/editorial-hierarchys-flaws-persist-despite-collegial-end-lcwr-investigation

Una fe que no necesita ser demostrada


LUPA PROTESTANTE – ESCRITO POR · 01/05/2015

Está claro que, en esta segunda década del siglo XXI, sólo son las ciencias las que adelantan que es una barbaridad, que es una bestialidad, como canta la conocidísima copla zarzuelera. Y nos da lástima, la verdad sea dicha, pues, a estas alturas, nos habíamos hecho la ilusión de que también otras ramas del saber hubieran llegado al mismo nivel y amplitud de horizontes, o, por lo menos, a algo parecido. Nos referimos, de manera específica, al conocimiento de las Sagradas Escrituras y su difusión por las iglesias y comunidades cristianas, especialmente las llamadas evangélicas. Pese a las honrosísimas excepciones que, gracias a Dios, se encuentran en ellas, lo cierto es que un elevado porcentaje de creyentes de estas confesiones aún anda a la gresca con las realidades y los avances de este mundo en que vivimos, sumidos como suelen estar en una especie de cruzada contra todo y contra todos —aunque lo cierto es que sólo dan palos al aire—, en aras de una supuesta fe bíblica que es, dicen, irrebatible y hasta comprobable y demostrable con hechos fehacientes para vergüenza y repulsa de ateos e incrédulos. Lo más terrible de esta situación es que no son pocos quienes, aun ostentando en su haber cierta formación académica, debido a este tipo de profesión de fe anclada en el siglo XVIII, entran de lleno en el juego de las “pruebas” y las “demostraciones” irrefutables de los relatos bíblicos, con lo que contribuyen al acrecentamiento de estas curiosas maneras de enfocar la realidad de la Sagrada Escritura, y, sobre todo, de la crasa ignorancia que las colorea.

Tiene mucha razón, sin duda, aquel dicho popular que afirma: No hay peor ciego que el que no quiere ver. Los escritos de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, no han salido a la luz con la finalidad de entablar guerras dialécticas con nadie, ni tampoco de “demostrar” nada, ni a niveles científicos, ni históricos. El conjunto de las Sagradas Escrituras tiene como objetivo fundamental transmitirnos la Historia de la Salvación, que se inicia con el antiguo Israel y sus ancestros patriarcales, y culmina con la persona y la obra de Jesucristo. Todo ello tiene lugar, ciertamente, en el tiempo terrestre y en unos espacios concretos, y señala a personajes que fueron reales, de carne y hueso. No se trata de meras entelequias ni de historietas inventadas para entretener a nadie, desde luego, pero no podemos pretender ”probar” ni “demostrar” con documentación histórica o con evidencias arqueológicas que tales hechos tuvieran lugar o que tales personajes vivieran en este mundo; o, por lo menos, algunos de ellos.

Vamos a limitarnos, a fin de no cansar al amable lector, a tres ejemplos de lo que estamos diciendo, conscientes de que en otras épocas no muy lejanas han sido caballos de batalla de toda una apologética un tanto trasnochada, y que aún siguen siéndolo en ciertos sectores del mundo cristiano hodierno, lamentablemente.

El primero de todos ellos es el contenido del así llamado Primer relato de la Creación, es decir, Gn 1,1 – 2,4a. Obra sin igual, objeto de admiración, no sólo para creyentes, sino incluso para quienes únicamente se acercan a ella desde el punto de vista estrictamente literario, se muestra como el producto de una profunda reflexión de los círculos sacerdotales israelitas. Lo que nos ofrece es un cuadro de enormes proporciones y magnífico colorido en el que se nos transmiten con tonos sublimes por su sencillez, al mismo tiempo que magistralmente trabajados, dos verdades lapidarias:Dios es el origen del mundo y, sobre todo, Dios es el origen de la especie humana. El hagiógrafo, que debió ser, además, un poeta de elevada sensibilidad, esboza un telón de fondo espacio-temporal en el que el Dios de Israel aparece, no sólo como el único Creador, sino también como el Ordenador (creación implica siempre orden) y Conservador de todo lo existente. El mundo y el hombre pueden descansar seguros en las manos del Supremo Hacedor, que todo lo hace bueno en gran manera (Gn 1,31), y a quien nada se le escapa: ni el cielo ni la tierra, ni siquiera los mares, que tanto aterrorizaban a los antiguos israelitas y otros pueblos de su entorno. Carece de sentido, por tanto, suponer que quien compuso este magnífico poema lo hiciera en contra de las teorías darwinistas del siglo XIX, o para rebatir los descubrimientos y los nuevos planteamientos de los siglos XX y XXI en relación con el universo, la vida y nuestra propia especie humana. Y aún se nos antoja más fuera de lugar la pretensión de quienes se empeñan contra vientos y mareas en ver en esta inspirada e inspiradora obra maestra una especie de mapa paleontológico o guía cosmológica, geológica, biológica o antropológica. Al hagiógrafo no le interesa describir stricto sensu la creación del cosmos ni de la tierra con los seres que la pueblan —no lo hace, de hecho—, ni emitir hipótesis científicas que hubieran sido impensables en su mundo, sino sólo apuntar a Aquél a quien todo cuanto existe, nuestra propia especie incluida, debe el ser. Por ello, no se pueden “probar” ni “demostrar” objetivamente estas afirmaciones puramente teológicas —¡nadie ha poseído jamás una fotografía de Dios creando el mundo o al primer hombre!—, ni nada de ello hace falta alguna. En tanto que creyentes, aceptamos por fe la afirmación lapidaria del primer versículo de la Biblia: En el principio creó Dios los cielos y la tierra, vale decir, que Dios es el Creador del mundo; y ello no ha de resultar incompatible con ningún hallazgo paleontológico ni con ninguna evidencia o formulación científica contemporánea. Finalmente, la belleza del mundo en que vivimos, del universo que contemplamos sin poderlo abarcar en su totalidad, de ese admirable macrocosmos y de los innumerables microcosmos que hoy la ciencia nos permite atisbar, e incluso la de los extraordinarios seres que otrora poblaron nuestro planeta, hoy extintos, así como nuestra propia dignidad en tanto que seres humanos diseñados y ejecutados a imagen y semejanza del Supremo Hacedor, constituyen un canto permanente de loor al Dios que todo lo ha hecho bueno y hermoso en su tiempo (Ec 3,11). No podemos realmente “probar” ni “demostrar” la creación con evidencias científicas, pero tampoco lo necesitamos. En todos los procesos y fenómenos tan bien descritos por la ciencia y con tanto detalle, los creyentes reconocemos la mano divina que dirige y gobierna todo lo existente. Nos basta con ello. Constituye un motivo más que suficiente para dar gracias y tributar alabanza al Dios Señor y dador de la vida.

El segundo lo constituye el hecho capital de la historia del antiguo Israel, tal como nos lo relata el libro del Éxodo y lo conmemora el conjunto del Antiguo Testamento. Nos referimos a su liberación de la opresión egipcia, que se efectuó gracias a una intervención extraordinaria de Dios, la manifestación definitiva de la cual fue el paso de los hebreos por en medio del mar Rojo en seco(Éx 14,16; Neh 9,11; Sal 66,6), mientas que las huestes perseguidoras de Faraón perecían entre las olas y los embates del fiero ponto desatado. Mares de tinta, tal vez de mayor tamaño que el propio mar Rojo, se han vertido desde el XIX hasta hoy, por parte de quienes han hecho de la “demostración histórica” de este evento la tarea fundamental de su vida, intentando “probar” de manera incuestionable que tal o cuál lugar concreto fue el punto desde el que los hebreos iniciaron su travesía de los abismos, así como otros detalles de la historia bíblica en relación con los acontecimientos narrados acerca de las plagas de Egipto, la estancia de Israel en el Sinaí o su peregrinación por el desierto durante cuarenta años antes de entrar en la tierra de Canaán. En ello han destacado, naturalmente, eruditos fundamentalistas honestos, de claras intenciones apologéticas, pero también soñadores de distintos calibres, sin olvidar a unos cuantos embaucadores profesionales[1]. Hay algo, no obstante, que viene a evidenciar, desde el primer momento, la total despreocupación del hagiógrafo que relata estos acontecimientos por los datos históricos. Los capítulos iniciales del libro del Éxodo, aunque ubican la acción en Egipto, dejan por completo de lado cualquier alusión a fechas o nombres propios de personajes destacados del país del Nilo en aquellos momentos (los faraones reinantes aludidos o la princesa que prohijó a Moisés, sin ir más lejos). Toda su atención se centra en tres puntos capitales: es Dios quien reconoce al pueblo de Israel como su propiedad exclusiva en virtud del pacto que había realizado con sus ancestros de la era patriarcal (Éx 2,23-25); es Dios quien se acerca a Moisés en la zarza que ardía sin consumirse para revelar su nombre y su voluntad salvífica (Éx 3,7-10.14-15); y es Dios quien, finalmente, rescata a su pueblo de la esclavitud destruyendo al opresor (Éx 14,21-31) y dirigiendo a las doce tribus al Sinaí, donde entrará en una especial alianza con ellas (Éx 19,4-6). Por decirlo de manera clara y concisa: el autor del Éxodo no se preocupa por escribir una historia al estilo de las crónicas humanas, en las que se exalta a un pueblo concreto o a sus monarcas y figuras descollantes, sino que se propone plasmar por escrito una Historia Salutis, una Historia de la Salvación, en la cual el único protagonista destacado no es otro que el propio Dios, y en la que las únicas hazañas señaladas son las gesta Dei o gestas divinas. Por más que la historiografía actual haya querido ubicar todos estos eventos en una época muy concreta (entre los siglos XV y XIII a. C.), y haya pretendido señalar incluso bajo qué faraones pudieran haber tenido lugar (Seti I, Ramsés II, Mernephta[2]), son datos que siempre quedan en el aire, reducidos al terreno de la conjetura, de la  mera hipótesis. Nadie puede realmente “probar” que los acontecimientos narrados en los primeros catorce capítulos del libro del Éxodo hayan sido reales, hayan tenido lugar tal como los leemos en el Sagrado Texto. No hay evidencias palpables de nada de todo ello, ni tampoco de la existencia histórica de figuras como las de Moisés, Aarón, María o Josué, en la documentación conservada de esas épocas presuntas en que se quieren ubicar. Pero, al igual que decíamos en el epígrafe anterior, no son estrictamente necesarias para nosotros. El testimonio unánime de todo el Antiguo Testamento y del conjunto de la Biblia es que Israel conservó siempre un recuerdo firme, transmitido de padres a hijos, de una liberación portentosa de la servidumbre egipcia, debido a una intervención sobrenatural de Dios, cuya principal manifestación fue la apertura del mar para que los hebreos pasaran por él, mientras que los egipcios perecían (Dt 26,5-8; Jos 24,6-7; Sal 77,16-20; 78,12-13; 105,26-36; 106,9; 114,3a.5a; 136,10-15; 1Co 10,1-2). Ese hecho portentoso no requiere demostración ni comprobación alguna. Nos basta con saber que así fue, aunque ignoremos por completo el nombre del faraón en cuestión o el año en que tuvo lugar. La importancia que tal evento reviste en la Historia de la Salvación es más que suficiente para poder considerarlo como una obra portentosa del Dios que salva, del Dios que redime, rescata y devuelve a su pueblo la dignidad perdida.

Y en tercer y último lugar, nos topamos con el hecho por demás portentoso de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, el acontecimiento más extraordinario jamás referido en la Biblia y que está en la base de la existencia de la Iglesia, del pensamiento cristiano y, quiérase reconocer o no, del mundo occidental moderno. Los veintisiete libros que componen el Nuevo Testamento dan testimonio de ello, pero, de manera muy especial, los cuatro Evangelios; en los tres Sinópticos es siempre el último capítulo el que deja constancia de este evento, mientras que en San Juan lo hacen los dos últimos. Y, algo por demás extraordinario, ninguno de los cuatro, ni del resto de los escritos neotestamentarios, nos ofrece realmente una descripción auténtica de aquel inigualable suceso. Ya se encargará de ello toda una literatura posterior, apócrifa, que pretenderá contar al detalle cuanto aconteció en el sepulcro de José de Arimatea aquella alborada dominical. Ni que decir tiene que los tonos fantásticos de tales descripciones evidencian muy a las claras no ser sino meras composiciones literarias tardías, si bien nadie les niega la influencia que han tenido en el arte cristiano posterior. Lo dicho: no tenemos en el Nuevo Testamento descripción alguna de la Resurrección de Cristo. Y, desde luego, carecemos de cualquier tipo de “prueba” objetiva que la llegue a demostrar. No disponemos de ninguna fotografía ni de ninguna grabación que evidencie el regreso de Cristo Nuestro Señor a la vida en su cuerpo inerte. Ni siquiera el famoso “sepulcro vacío” que, se pretende, recubre hoy la llamada Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, u otros que se muestran en ocasiones como “auténticos” por aquellos lares, vienen a demostrar nada. Un sepulcro vacío puede dar a entender muchas cosas, pero no precisamente una resurrección. De hecho, no fue el sepulcro original de José de Arimatea lo que generó en los primeros discípulos de Jesús la fe en la resurrección de su Señor, sino el testimonio de sus apariciones[3]. Años después de tal acontecimiento, San Pablo Apóstol, argumentando a favor de la doctrina de la resurrección de los muertos ante los creyentes de Corinto, apunta en relación con la Resurrección de Cristo que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí (1Co 15,5-8). No menciona ni una sola vez la “prueba” del sepulcro vacío. Evidentemente, el Apóstol del los Gentiles cifraba su fe en la Resurrección del Señor en el hecho de que Éste se había mostrado vivo a algunos de sus seguidores, el propio Pablo entre ellos. Con lo que retomamos lo mismo que venimos señalando hasta aquí: no puede haber “pruebas”, “evidencias” ni “demostraciones” objetivas de la Resurrección de Cristo; tan sólo nos queda el testimonio escrito en el Nuevo Testamento de quienes vieron de nuevo con vida al Señor, conversaron con Él y fueron instruidos por Él. Carecería por completo de sentido que hoy se pretendiera, después de veinte siglos de proclamación constante del Evangelio y de la realidad del Señor Resucitado, aducir “demostraciones” fehacientes de que tal acontecimiento tuvo realmente lugar en el tiempo y en el espacio. Creemos en la Resurrección del Señor Jesucristo porque así nos lo enseñan las Escrituras, y porque en ello encontramos la manifestación más clara de que Dios Padre daba su sello a la Redención de la humanidad y abría, de esta forma, una nueva era en la historia de los hombres. Lo creemos porque Dios lo dice en su Palabra. No tenemos necesidad de mayores evidencias[4].

De ahí que nuestra fe cristiana —y especialmente protestante— en la creación del mundo, en la liberación de Israel y en la Resurrección de Cristo, o en cualquier otro de los grandes prodigios narrados en las Escrituras, exija de nosotros una madurez mental muy grande, una toma de postura que vaya más allá de la necesidad de repetición o divulgación de hechos milagrosos en nuestros días, y, sobre todo, de la demanda de pruebas o evidencias tangibles de la autenticidad de cuanto las Escrituras nos enseñan. Las obras de Dios no requieren demostraciones; requieren asentimiento y compromiso. Algo cuya veracidad sólo pudiera depender de un trabajo de laboratorio o de excavación arqueológica, sería cualquier cosa excepto asunto de fe.

No estamos llamados a emprender cruzadas contra la ciencia o el avance de los conocimientos y de la técnica, ni tampoco a favor de las verdades bíblicas por medio de demostraciones palpables. Lo que nuestro mundo necesita no son “pruebas” de que los grandes prodigios de la Biblia se puedan catalogar o medir, sino cristianos firmes y maduros que, en todos los ámbitos y campos de la vida, el conocimiento, la ciencia y la técnica, testifiquen a favor de un Dios Creador y Redentor, el Dios Vivo revelado en Cristo, y lo hagan sirviendo a los demás.

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[1] Uno de los más conocidos, el presunto “arqueólogo” Ronald Eldon Wyatt († 1999), seguidor que fue en vida de una secta fundamentalista norteamericana, se hizo célebre el siglo pasado por sus insólitos “descubrimientos” en relación con éste y otros temas bíblicos, que, aunque desmentidos en su momento con claras acusaciones de fraude y deshonestidad, han encontrado siempre eco entre los sectores más ultraconservadores (y menos formados) del ala evangelical, de manera que aún hoy, pese a todo, siguen difundiéndolos hasta por las redes sociales como si fueran la última palabra contra la incredulidad y el “liberalismo”, cuando únicamente se trata de engaños bien orquestados y con cierta pátina de erudición arqueológica e histórica.

[2] Algunos eruditos conservadores han pretendido que la princesa que adoptó a Moisés tuvo que haber sido la que, más tarde, llegaría a reinar en todo Egipto con el nombre de Hatsepsut.

[3] Tan sólo el Evangelio según San Juan (20,8) nos dice que un discípulo muy concreto, aquél al que amaba Jesús y que, según la tradición cristiana sería el mismo apóstol Juan, autor del Evangelio, ante la evidencia del sepulcro vacío y del sudario y los lienzos que habían envuelto el cuerpo del Señor, vio y creyó. No tiene nada de extraordinario, cuando entendemos la importancia que la resurrección de los muertos ostenta en este Evangelio. Pero es un caso único, no trasplantable al resto de los discípulos de Cristo de aquel momento.

[4] Nos viene a la mente el triste recuerdo de la experiencia de un renombrado arqueólogo británico, creyente convencido, que, al presentar años atrás ante cierto público evangélico de una ciudad española los resultados de las excavaciones realizadas en Jerusalén, y cómo no había evidencias de la Resurrección del Señor, excepto el testimonio escrito de los evangelistas y autores del Nuevo Testamento, aquella audiencia reaccionó mal, pues esperaban “pruebas”, “demostraciones” tangibles de este evento. Este tipo de situaciones, que se producen más veces de lo que fuera deseable, nos llevan a cuestionarnos qué tipo de formación religiosa y bíblica han recibido algunas personas en las iglesias.

Juan María Tellería

El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

http://www.lupaprotestante.com/blog/una-fe-que-no-necesita-ser-demostrada/

Una misteriosa masa de agua caliente en el Pacífico alarma a los científicos


Publicado: 30 abr 2015 01:54 GMT | Última actualización: 30 abr 2015 01:58 GMT
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.nasa.gov

Los científicos estadounidenses están alarmados por una misteriosa masa de agua caliente detectada en el Pacífico que podría ser la causa de las condiciones meteorológicas anómalas registradas en EE.UU. en los últimos años, como la grave sequía que sufre el estado de California y los duros inviernos que han afectado el noreste del país.

De acuerdo con el estudio de los investigadores de la Universidad de Washington, la causa de la inusual meteorología es una enorme masa de agua caliente de unos 90 metros de profundidad (bautizada como ‘la mancha’) que se extiende unos 1.600 kilómetros a lo largo de la costa oeste del continente norteamericano, desde Alaska hasta México, informa la cadena CBS News.

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Los científicos opinan que esta misteriosa masa de agua caliente se formó debido a la alta presión registrada en el noreste del Pacífico en 2013, que evitó que las aguas oceánicas se enfriaran en invierno.

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No obstante, según alarman los investigadores, el raro fenómeno también ha afectado a la flora y la fauna marinas y ha alterado la cadena alimenticia. Así, el agua acumulada en esta zona, cuya temperatura a veces es entre 1ºC y 4ºC superior a las temperaturas medias, provoca una escasez de nutrientes en el océano que hace que los animales marinos tengan que abandonar la zona para buscar alimento. Los leones marinos, por ejemplo, se ven obligados a nadar más lejos de lo habitual y sus crías, desesperadas, hambrientas y enfermas, se dirigen a la costa.

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Primer caso de esclavitud en México: Torturan y encadenan a una joven en lavandería durante 2 años


Publicado: 28 abr 2015 11:31 GMT | Última actualización: 28 abr 2015 20:22 GMT
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Primer caso de esclavitud en México: Torturan y encadenan a una joven en lavandería durante 2 añosyoutube / Omar Gonzalez

Una joven mexicana de 22 años, que fue torturada y permaneció encadenada del cuello en una lavandería realizando trabajos forzados durante dos años, ha conseguido escapar. Se trata del primer caso de esclavitud registrado en México D.F.

La Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) ha rescatado a una joven mexicana de 22 años que permaneció durante dos años en condiciones de esclavitud extrema recibiendo insólitas torturas por parte de los dueños de una tintorería ubicada en Lomas de Padierna (delegación Tlalpan, México D.F), informa ‘El Universal‘. En un descuido de los propietarios, la joven logró escapar y pedir auxilio.

Tras ello, la PGJDF ordenó el registro del establecimiento y detuvo a cinco probables responsables, identificados como José de Jesús Sánchez Vera, las hermanas Leticia y Fani Molina Ochoa e Ivette y Janet Hernández Molina.

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La joven era encadenada del cuello o de la cintura a un mueble colocado cerca de una plancha, donde los dueños la obligaban a planchar ropa por más de 12 horas seguidas y para que no dejara de trabajar era golpeada brutalmente hasta que sangraba o la quemaban con la plancha, y tras cicatrizarle las heridas le arrancaban las costras.

En su declaración, la víctima ha contado que le daban de comer solamente una vez al día, pero masticaba el plástico con que cubría las prendas de vestir para mitigar el hambre. Asimismo, aseguró que cuando fue contratada la acusaron de robar, motivo por el cual la encadenaron y dejaron de pagarle.

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La joven fue hospitalizada de urgencia tras serle diagnosticada anemia severa. Los dictámenes derivados de los diversos estudios que le realizaron indicaron que “presenta unaspecto físico de una persona de 14 años de edad, pero sus órganos internos y funciones representan a los de una persona de 81″, debido al daño que se le causó durante su cautiverio.

http://actualidad.rt.com/actualidad/173274-joven-mexicana-esclavizada-encadenada?utm_source=Email-Message&utm_medium=Email&utm_campaign=Email_weekly

Los científicos advierten de una serie de “terremotos, volcanes y tsunamis”


Publicado: 28 abr 2015 22:16 GMT
Científicos advierten de una serie de AFP / Roberto Schmidt

Los crecientes factores responsables del calentamiento global afectan la estructura subyacente de la Tierra, lo que podría provocar una serie de “eventos geológicos extremos” equiparables al devastador terremoto que ha asolado Nepal, afirma el profesor de geofísica y riesgos climáticos Bill McGuire.

El reciente sismo en Nepal fue causado por la presión sobre las placas tectónicas que componen la superficie del planeta, a su vez originada por el flujo y el reflujo de las aguas pluviales en los grandes deltas de los ríos de la India y Bangladés.

Sepa más: ¿Está preparada América Latina para un terremoto similar al de Nepal?

Junto a la desaparición del hielo y la elevación del nivel del mar, las inundaciones previstas para el siglo XXI son inevitables, aseveró McGuire, profesor del University College de Londres, citado por la revista ‘Newsweek’. “El cambio climático puede desempeñar un papel fundamental en la activación de ciertas fallas que podrían provocar la muerte de un gran número de personas”, dijo.

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Anteriormente, el experto explicó que “cuando se pierde el hielo, la corteza terrestre rebota y eso detona terremotos que desatan deslizamientos de tierra submarina, que a su vez provocan tsunamis”. McGuire afirmó al portal cambioclimatico.org que este proceso “no solo afecta a la atmósfera y los océanos sino también a la corteza terrestre”. “La mayor parte de la comunidad política está completamente desinformada sobre los aspectos geológicos del cambio climático”, lamentó.

http://actualidad.rt.com/actualidad/173323-cientificos-advierten-terremotos-volcanes-tsunamis?utm_source=Email-Message&utm_medium=Email&utm_campaign=Email_weekly

¿Quién soy yo para juzgar?


Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano). – Lunes, 27 de abril de 2015

Quizás la sencilla frase del papa Francisco, tan frecuentemente citada, sea  su respuesta a una pregunta que se le hizo vis-a-vis sobre la moralidad de un matrimonio gay en el que la relación presenta un amor fiel. Su molesta-famosa respuesta: ¿Quién soy yo para juzgar?

Aunque se asume frecuentemente que esta frase es frívola y menos que seria, de hecho está en terreno bastante seguro. Jesús -según parece- dice  básicamente lo mismo. Por ejemplo, en su conversación con Nicodemo en el evangelio de Juan, dice, en esencia: Yo no juzgo a nadie.

Si el evangelio de Juan está para ser creído, se deduce que Jesús no juzga a nadie. Dios no juzga a nadie. Pero eso necesita ser puesto en contexto. No significa que no haya juicios morales y que nuestras acciones sean indiferentes al escrutinio moral. Hay juicio; y a donde no llega el modo, llega la fantasía de la mente popular. De acuerdo con lo que Jesús nos dice en el evangelio de Juan, el juicio funciona de esta manera:

La luz de Dios, la verdad de Dios y el espíritu de Dios vienen al mundo. Entonces nosotros nos juzgamos de acuerdo con el modo como vivimos ante ellos: la luz de Dios ha venido al mundo, pero nosotros podemos optar por vivir en las tinieblas. Eso es decisión nuestra, nuestro juicio. La verdad de Dios ha sido revelada, pero nosotros podemos optar por vivir en la falsedad, en la mentira. Eso es decisión nuestra, nuestro juicio. Y el espíritu de Dios ha venido al mundo, pero nosotros podemos optar por  vivir fuera de ese espíritu, en otro espíritu. Eso también es decisión nuestra, nuestro juicio. Dios no juzga a nadie. Nosotros somos los que nos juzgamos. De aquí que también podamos decir que Dios no condena a nadie, aunque nosotros podemos optar por condenarnos a nosotros mismos. Y Dios no castiga a nadie, pero nosotros podemos optar por castigarnos a nosotros mismos. El juicio moral negativo es auto-infligido. Quizás esto parezca abstracto, pero no lo es. Conocemos esto existencialmente: nosotros sentimos el estigma de nuestras propias acciones dentro de nosotros. Para usar sólo un ejemplo: cómo nos juzgamos a nosotros mismos al lado del Espíritu Santo.

El espíritu de Dios, el Espíritu Santo, no es algo tan abstracto y escurridizo que no pueda ser fijado. San Pablo, en la carta a los gálatas, describe al Espíritu Santo en términos tan claros que sólo pueden ser interpretados abstractos y ambiguos por alguna racionalización auto-sirviente. ¿Cómo describe y define al Espíritu santo?

Para hacer las cosas claras, establece un contraste diciéndonos primeramente lo que no es el Espíritu Santo. El espíritu de Dios -nos dice-  no es el espíritu de auto-indulgencia, vicio sexual, envidia, rivalidad, antagonismo, mal genio, peleas, embriaguez y faccionalismo. Cuando cultivamos estas inclinaciones en nuestras vidas, no deberíamos engañarnos a nosotros mismos pensando que vivimos en el espíritu de Dios, al margen de lo frecuente, sincera y piadosa sea nuestra práctica religiosa. El Espíritu Santo -nos dice- es el espíritu de caridad, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, confianza, mansedumbre y castidad. Sólo cuando vivimos dentro de estas virtudes vivimos dentro del espíritu de Dios

Por tanto, así es como el juicio funciona: El espíritu de Dios (caridad, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, confianza, mansedumbre y castidad) ha sido revelado. Nosotros podemos optar por vivir dentro de las virtudes de ese espíritu o, por lo contrario, podemos optar por vivir dentro de los opuestos (auto-indulgencia, vicio sexual, rivalidad, antagonismo, mal genio, peleas, embriaguez y faccionalismo). Una elección conduce a la vida con Dios, la otra conduce lejos de Dios. Y esa elección la hacemos nosotros; no viene de fuera. Nosotros nos juzgamos a nosotros mismos. Dios no juzga a nadie. Dios no necesita hacerlo.

Cuando vemos las cosas en esta perspectiva, también se clarifican bastantes malentendidos que causan confusión en las mentes de los creyentes, como también en las mentes de sus críticos. Muy frecuentemente, por ejemplo, oímos esta crítica: Si Dios es todo bueno, todo amoroso, todo misericordioso, ¿cómo puede condenar a alguien al infierno por toda la eternidad? Una pregunta válida, aunque no particularmente reflexiva. ¿Por qué? Porque Dios no juzga a nadie; Dios no castiga a nadie; Dios no condena a nadie al infierno. Nosotros nos hacemos estas cosas a nosotros mismos: nos juzgamos, nos castigamos y nos ponemos en varias formas de infierno cada vez que optamos por no vivir en la luz, la verdad y el espíritu de Dios. Y ese juicio es auto-infligido, ese castigo es auto-infligido y esos fuegos del infierno son auto-infligidos.

Hay algunas lecciones en esto. Primero -como acabamos de ver- el hecho de que Dios no juzgue a nadie, ayuda a clarificar nuestra teodicea, esto es, ayuda a desinflar todos esos malentendidos acerca de la misericordia de Dios y la acusación de que un Dios todo misericordioso pueda condenar a alguien al fuego eterno del infierno. Más allá de esto, hay un fuerte desafío para que  nosotros seamos menos jueces en nuestras vidas, para dejar al trigo y la cizaña ser separados a su tiempo, para dejar a la luz misma juzgar la tiniebla, dejar a la verdad misma juzgar la falsedad; y -como el papa Francisco- ser menos rápidos en ofrecer juicios en nombre de Dios y más propensos a decir: “¿Quién soy yo para juzgar?”

http://www.ciudadredonda.org/articulo/quien-soy-yo-para-juzgar

Iglesia revela últimos informes de abuso sexual


Documentos reúne la información confidencial sobre 11 sacerdotes involucrados en escándalos sexuales en Los Ángeles y que le valió a la Iglesia un acuerdo millonario.
El cardenal en Los Ángeles, Roger Mahony anunció el acuerdo legal en su oportunidad por al menos $ 600 millones de dólares en los casos de abuso sexual por parte de la miembros del clero.

El cardenal en Los Ángeles, Roger Mahony anunció el acuerdo legal en su oportunidad por al menos $ 600 millones de dólares en los casos de abuso sexual por parte de la miembros del clero.

AP

Por exigencia de dos medios de comunicación,a arquidiócesis católica de Los Ángeles publicó una última remesa de documentación sobre abusos sexuales del clero, ocho años después de un acuerdo legal récord por valor de 660 millones de dólares.

El paquete contiene casi 2.400 páginas de informes confidenciales sobre 11 sacerdotes de las órdenes carmelita, servita y redentorista que trabajan en Los Ángeles.

La publicación eleva a 205 los documentos de la Iglesia develados en Los Ángeles tras un acuerdo judicial en 2007 que resolvió más de 500 demandas civiles.

Los abogados lucharon durante años para mantener los archivos en secreto, a pesar de que el acuerdo reclamaba su publicación.

Associated Press y Los Angeles Times intervinieron para impedir que la Iglesia censurase partes clave de los documentos.

http://www.voanoticias.com/content/iglesia-catolica-escandalo-abuso-sexual-los-angeles/2744473.html

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