“La autoridad de la Iglesia” contra los sacerdotes católicos casados


29.05.15 | 09:53. Archivado en CELIBATO

“La controversia sobre el celibato” después del Vaticano II (10)
(Comentarios a “Sacerdotalis Caelibatus”, de Pablo VI)

Arbitrariedades jurídicas contra derechos humanos
En la Iglesia Católica hay dos derechos fundamentales: de la Iglesia latina y de la Iglesia oriental. En cuestión de derechos humanos debían coincidir. Sobre todo en respetar el derecho a formar una familia, al margen del cargo que se desempeñe. “Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia” (Art. 16.1. Declaración Universal de Derechos Humanos, 10 de diciembre de 1948). Es esta cuestión, junto con el reconocimiento de la igualdad de la mujer en responsabilidad eclesial, uno de los temas pendientes de la Iglesia para actualizarse y ponerse a la altura cultural de hoy. La Iglesia oriental condesciende más con la libertad: los presbíteros pueden ser casados. Pero antes de ser ordenados. Los obispos sólo son elegidos entre los célibes. En la católica occidental se exige como condición “sin qua non” el celibato de por vida para todos los que deseen ser ordenados de presbíteros y obispos. Ni en una ni en otra parte de la Iglesia llegan a lo que hoy se debe respetar, acorde con los derechos humanos reconocidos y valorados. Dichas legislaciones, en este aspecto, no traducen la revelación divina. Infinidad de teólogos defienden la igualdad de los fieles, varones y mujeres, para representar a Jesús cabeza, para ser presbíteros y obispos: “ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, pues en Cristo Jesús todos sois uno” (Gál 3,28).

“Casos especiales” y “autoridad de la Iglesia” contra los sacerdotes católicos

“En virtud de la norma fundamental del gobierno de la Iglesia Católica, a la que arriba hemos aludido (n. 15), de la misma manera que por una parte queda confirmada la ley que requiere la elección libre y perpetua del celibato en aquellos que son admitidos a las sagradas órdenes, se podrá por otra permitir el estudio de las particulares condiciones de los ministros sagrados casados, pertenecientes a Iglesias o comunidades cristianas todavía separadas de la comunión católica, quienes, deseando dar su adhesión a la plenitud de esta comunión y ejercitar en ella su sagrado ministerio, fuesen admitidos a las funciones sacerdotales; pero en condiciones que no causen perjuicio a la disciplina vigente sobre el sagrado celibato. Y que la autoridad de la Iglesia no rehúye el ejercicio de esta potestad lo demuestra la posibilidad, propuesta por el reciente concilio ecuménico, de conferir el sacro diaconado incluso a hombres de edad madura, que viven en el matrimonio (Const. cit., n. 29)” (Sacerd. Caelib. n. 42).

Contrasta la dureza e intransigencia ante los clérigos católicos con la blandura y tolerancia ante los pastores procedentes de otras Iglesias. Un clérigo no católico, si tiene “espíritu sacerdotal”, no tiene problemas. Un clérigo católico que no puede aguantar el celibato, su “espíritu sacerdotal” no vale para nada, es “apagado”. Su sacerdocio ha de ser impedido. No cabe perdón ni dispensa de la ley. “La autoridad de la Iglesia” no quiere hacer valer su “potestad” para salvar su sacerdocio. ¿Es que el sacerdocio católico occidental vale menos que el sacerdocio ortodoxo o anglicano? Si esto no es arbitrariedad jurídica, imposición tiránica del poder eclesial… “que venga Dios y lo vea”.
El proceder de la autoridad eclesial es inhumano y antievangélico
¿Dónde está la sensibilidad evangélica hacia los sacerdotes propios, que viven en desequilibrio, en angustia, a veces en soledad neurótica, en represión insana… el celibato? ¿Es justo que sacerdotes católicos, que deciden casarse por creerlo conveniente para su personalidad, incluso con atención psicológica, sean apartados totalmente del ministerio mientras que los otros pueden ejercerlo casados? Si por “justo” se entiende “legal”, el proceder de la autoridad eclesial es “justo”, conforme a “derecho de la Iglesia”. Pero si “justo” se entiende “ajustado” a los derechos humanos, y no digamos “ajustado” al Evangelio, el proceder de la autoridad eclesial es inhumano y antievangélico. Es uno de los antisignos más llamativos que habitan hoy nuestra Iglesia. Es difícil encontrar en la sociedad civil ilustrada un comportamiento tan poco humano y una cerrazón tan persistente.

Más falsedades
En el n. 43 se confirma la ley del celibato. Y se dice que las excepciones:

“no significan relajación de la ley vigente y no debe interpretarse como un preludio de su abolición. Y más bien que condescender con esta hipótesis, que debilita en las almas el vigor y el amor que hace seguro y feliz el celibato, y oscurece la verdadera doctrina que justifica su existencia y glorifica su esplendor, promuévase el estudio en defensa del concepto espiritual y del valor moral de la virginidad y del celibato (Const. cit., n. 42)” (Sacerd. Caelib. n. 43).

Nadie discute el “concepto espiritual y el valor moral del celibato”. Lo que se discute es la conexión obligatoria con el ministerio eclesial. Su abolición no “debilita en las almas el vigor y el amor que hace seguro y feliz el celibato”. Ni “oscurece la verdadera doctrina que justifica su existencia y glorifica su esplendor” (del celibato, no de la ley). El celibato no necesita unirse al ministerio para ser llenado de “vigor y amor”. La doctrina sobre el celibato no “justifica la existencia” de esta ley, ni “glorifica el esplendor” del ministerio. Celibato y ministerio se justifican por sí mismos, y no tienen por qué estar legalmente vinculados. Esta vinculación la consideramos aberrante, fruto de un error (oposición entre sexo y lo sagrado o santo), por tanto, inhumana.

¿Dios no lo quiere?, o ¿no “lo piden con humildad e insistencia”?

“La sagrada virginidad es un don especial, pero la Iglesia entera de nuestro tiempo, representada solemne y universalmente por sus pastores responsables, y respetando siempre, como ya hemos dicho, la disciplina de las Iglesias Orientales, ha manifestado su plena certeza en el Espíritu de `que el don del celibato, tan congruente con el sacerdocio del Nuevo Testamento, lo otorgará generosamente el Padre, con tal de que los que por el sacramento del orden participan del sacerdocio de Cristo, más aún toda la Iglesia, lo pidan con humildad e insistencia´ (Decr. Presbyter. ordinis, n. 16)” (Sacerd. Caelib. n.44).

Para Dios, creador de los derechos humanos, no puede ser “el don del celibato tan congruente con el sacerdocio del Nuevo Testamento”. Mira que se le pide, pero no “lo ortorga generosamente”. Algo falla. ¿Dónde está la “plena certeza en el Espíritu de que… lo otorgará generosamente”? La realidad es tozuda. Más tozuda que la ley impuesta por la autoridad eclesial, sin mandato de Jesús. ¿No querrá Dios que se revise la ley? O ¿preferimos seguir tentando a Dios, “creyendo que gracias a nuestra palabrería nos va a escuchar” para que se haga nuestra voluntad (Mt 6, 7)?

No deja de ser curioso que los responsables de la ley descarguen su responsabilidad en los ministros y “más aún en toda la Iglesia”. Esa es la condición literal de la encíclica: Dios otorgará el celibato ministerial “con tal de que” los ministros y la Iglesia “lo pidan con humildad e insistencia”. Una ley humana es obra de quien la impone, no de Dios. El Padre “dará Espíritu Santo a los que le piden” (Lc 11, 13). ¿Por qué no piensan los responsables de la Iglesia que pedir el celibato obligatorio para el ministerio puede ser pedir “una culebra o un escorpión” (Lc 11,11-12), símbolos del trastorno y sufrimiento de muchos obispos y sacerdotes, víctimas de esta ley inhumana? Para los ministros de la Iglesia habría que pedir mucho “Espíritu Santo”, que eso sí lo concede generosamente el Padre. A infinidad de sacerdotes casados les ha concedido el Padre “espíritu sacerdotal”. Lo triste es que los dirigentes eclesiales “apagan el Espíritu, desprecian las profecías, no retienen lo bueno” (1Tes 5, 19-21). Han puesto al hombre al servicio de la ley, y no al revés como quería Jesús (Mc 2,27; Mt 12,1-8; Lc 6,1-5).

La culpa la tiene el Pueblo de Dios

“Y hacemos en espíritu un llamamiento a todo el Pueblo de Dios, para que, cumpliendo con su deber de procurar el incremento de las vocaciones sacerdotales (Decr. Optatam totius, n. 2; Presbyter. ordinis, n. 11) suplique instantemente al Padre de todos, al esposo divino de la Iglesia y al Espíritu Santo, que es su alma, para que, por intercesión de la Bienaventurada Virgen y Madre de Cristo y de la Iglesia, comunique especialmente en nuestro tiempo este don divino, del cual el Padre ciertamente no es avaro, y para que las almas se dispongan a él con espíritu de profunda fe y de generoso amor. Así, en nuestro mundo, que tiene necesidad de la gloria de Dios (cf. Rom 3, 23), los sacerdotes, configurados cada vez más perfectamente con el sacerdote único y sumo, sean gloria refulgente de Cristo (2Cor 8, 23) y por su medio sea magnificada “la gloria de la gracia” de Dios en el mundo de hoy (cf. Ef 1, 6)” (Sacerd. Caelib. n. 45).

La encíclica descarga sobre el Pueblo de Dios el “deber de procurar el incremento de las vocaciones sacerdotales”, para que suplique al Padre, al Hijo y al Espíritu, para que, por intercesión de María, “comunique especialmente en nuestro tiempo este don divino”. En singular, no sabemos si se trata del celibato o del sacerdocio. La vocación sacerdotal, en la Iglesia latina, es rechazada si no viene acompañada de celibato. Los formadores del seminario saben muy bien cómo el celibato es la causa fundamental del abandono y dejación de la llamada a ser pastor de la Iglesia.

Se tergiversa “la gloria de Dios (Rm 3,23), “los sacerdotes… gloria refulgente de Cristo” (2Cor 8,23), “la gloria de la gracia” (Ef 1,6)), con el celibato. Subliminalmente se deja caer la convicción clerical de que la sexualidad es incompatible con la santidad, con lo sagrado. Se pone el esplendor del sacerdote en la soltería, algo claramente no sacerdotal. Los textos bíblicos citados no aluden en absoluto al celibato. La “gloria de Dios, de Cristo, de la gracia”, si se aplican al ministerio, habrá que ponerla en el cuidado del Evangelio, de la celebración, de la fraternidad. El sacerdote se configura con Cristo cuando acoge su Espíritu (Lc 4,18-21). Y, en consecuencia, sus prioridades sacerdotales: cuidado de los enfermos, anuncio del reino, encuentro y conversación con personas, oración, estar con los amigos (colaboradores inmediatos y amigos). Los sacerdotes casados (rito oriental, procedentes del anglicanismo…) son también “gloria de Dios, de Cristo y de la gracia”.

Rufo González

http://blogs.periodistadigital.com/atrevete-a-orar.php/2015/05/29/-la-autoridad-de-la-iglesia-contra-los-s

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