¿Colombia sin conflicto armado?


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Escribo este editorial del mes de septiembre rezando por la paz de Cali y de Colombia. Más que un mensaje, hago una plegaria para que la paz empiece a ser el aire que inhala y expira cada uno, el ambiente de cada casa y en toda familia, la obra que suma y multiplica manos unidas en toda esta patria hermosa y ensangrentada. Este mes de Septiembre, no solamente por la semana de la paz (del 6 al 13), sino por el momento histórico de apertura al diálogo para ponerle fin al conflicto armado e iniciar un proceso nacional de paz, podría volverse un mes histórico para Colombia.

Hay gran expectativa por el ingreso del ELN (Ejército de Liberación Nacional) al proceso, con una mesa para su desmovilización como actor armado y múltiples mesas para el diálogo entre Estado y Sociedad Civil, en orden a solucionar asuntos de capital interés en regiones y ciudades. Esto implicaría que el diálogo como solución pactada al conflicto armado y social empieza a tomar cuerpo democrático, a abrir una luz de esperanza hacia una lucha social y política sin armas, y hacia un Estado que dedica sus instituciones y sus armas a la cultura y garantía de la paz democrática.

El camino y el tiempo dedicado a lo contrario, a la lucha armada y la contrainsurgencia, al crimen organizado con estructuras armadas y al terrorismo de todos los lados, ha provocado inmensos daños a la sociedad colombiana y a sus instituciones en tres campos: el desprecio por la vida humana hasta niveles de masacre y suicidio, la destrucción de los valores sociales y cívicos en aras de la corrupción como “arte” de lo público, la entrega y depredación infame de los recursos nacionales. ¡Vida, Valores, Recursos! No será fácil entonces reencaminarnos hacia la desactivación de semejante bomba atómica nacional, hacia el desarme civil y el rearme moral del Estado colombiano, hacia un país viable y con sentido de pertenencia y de responsabilidad colectiva, con actitud cívica y compromiso político.

La Iglesia, desde el Papa Francisco hasta la Conferencia Episcopal de Colombia, hasta las diócesis y parroquias, hasta las “mesas inter-religiosas” y ecuménicas, está apoyando la solución dialogada y acordada al conflicto. Para ello,promueve el compromiso con esta vía civilista del Gobierno y de las dirigencias de la Subversión (FARC-ELN). Y alienta a la población entera a sumarse a la causa con iniciativas, propuestas y pasos concretos de mesas, pactos, desarmes, reconciliación, perdón y protección a la vida de todos, especialmente de los defensores de derechos humanos y de los líderes
de paz.

El objetivo a corto plazo es lograr sentar al diálogo, con cese multilateral del fuego y de los ataques a los actores del conflicto armado, sobre la base de agendas previas, debidamente acordadas con el Estado y cada organización. Este objetivo no es de un gobierno que lo propicia, ni mucho menos de un “partido” que lo apoya y otros que lo rechazan por intereses electorales: es un objetivo moral, vital, nacional e internacional. Lograrlo, tendrá repercusiones en nuestras ciudades, cuya violencia se articula cada vez más con esas estructuras grandes de la subversión, del crimen, de la ilegalidad y de la corrupción.

A mediano plazo, requeriremos estabilizar a las poblaciones en lo productivo legal, en su soberanía alimentaria y en las soluciones, con inclusión laboral de las comunidades mismas, a sus necesidades básicas insatisfechas. Sobre todo, estabilizar la convivencia pacífica y desarmada, para quitar fronteras, erradicar la extorsión y las plazas de vicio, el mercado de armas, la trata de personas y los atentados contra niños y niñas, el asesinato de mujeres y las redes de suicidas.

A largo plazo necesitamos replantearnos y reconstruir el País: pasar de una “lucha armada” que se convirtió en suicidio nacional, a una “desarme revolucionario”, que preserve el derecho de todos a la vida, a la inclusión con valores y a los recursos nacionales. Un desarme revolucionario que empiece con el ejercicio interno de la soberanía nacional, valorándonos como población y patria y no como enemigos a muerte, y construyendo una democracia integral e integradora.

Quizás parezca todo esto, a muchos, como ajeno al quehacer de los pastores y de la Iglesia. Más de uno pensará que “invado” campos de otros y dejo el de lo espiritual y pastoral que son los propios. Quizás piensen otros que esto es más para La Habana y Quito que para nuestras poblaciones, o que es un saludo a la bandera. Respeto cualquier apreciación. Pero creo que todos necesitamos sintonizarnos con estos propósitos de un post-conflicto armado, de una pacificación social, de la construcción de un nuevo país, de una nueva soberanía.

Y para que no nos quede duda, lo primero que propongo es asumir el deber de la intercesión ante Dios y ante el Cielo, ante el poder divino como cada quien lo considere, por esta causa de la Nación. No pase un solo día sin que todo creyente se ponga de rodillas o alce sus manos al Cielo, intercediendo por este objetivo común: la paz.

En Cali, impulsaremos con todos los CREDOS RELIGIOSOS el “Parque del Silencio y de la Paz”, para promover el apostolado de la INTERCESIÓN por la ciudad y el País entero. Es una tarea que quisiera impulsar como “trabajo” en cárceles, hospitales, monasterios, casas de ancianos, y muchos otros espacios en los que la gente tiene tiempo y condiciones para esta espiritualidad de la intercesión. Propongo que quienes lean este mensaje, concluyan meditando un texto de San Pablo en la Biblia: 1ª. Timoteo 2,1-8.Los bendigo.

“SIN GUERRAS, HAGAMOS DE COLOMBIA NUESTRA CASA COMÚN”

+ Monseñor Darío de Jesús Monsalve Mejía
Arzobispo de Cali

http://www.arquidiocesiscali.org/colombia-sin-conflicto-armado/

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