Combatir el terrorismo desde su origen. Félix Ovejero


Félix-Ovejero-150x150 En unos momentos en que el terrorismo constituye una de las grandes  amenazas para la humanidad se abre el debate acerca de la forma más  adecuada para combatirlo. Tal y como explica el escritor, articulista y profesor  en la Universidad de Barcelona, Félix Ovejero, en un tema tan complejo  necesitamos abordar sus causas desde el origen para erradicarlo de raíz. 

¿Moralismo frente al terror?
Javier Pradera nos previno ante la tentación de rematar los artículos invocando las “soluciones imaginativas”. Soluciones que nunca se precisaban. El moralismo es una solución imaginativa con mayor circulación: se acude a la moral para rehuir tomar decisiones ante los retos morales. Todo, la paz mundial, el hambre, la violencia doméstica, el estudiante americano que se lía a tiros, al final, tiene un mismo culpable, la falta de valores, y una misma solución, la educación: hay que cambiar a la humanidad. En estos días, después de los atentados de París, ha vuelto a circular la moral como conjuro: el problema es culpa nuestra, y el buen comportamiento es la mejor respuesta.

Es cierto que la naturaleza del problema allana el camino a la apelación a las malas intenciones: “Las políticas antiterroristas resultan inútiles, una simple excusa para cercenar derechos”. La crítica tiene su clásico: Javier Clemente, aquel entrenador de fútbol que, al preguntarle por los controles antidoping, contestó: “No sirven para nada, no han pillado a nadie”.

El disparatado argumento describe impecablemente una insuperable dificultad de la política antiterrorista: cuando funciona, no hay noticia. Debe anticiparse a los problemas, y los problemas, si no aparecen, no existen. El quebradero se multiplica cuando la magnitud de las amenazas (bacteriológicas o químicas) impone la anticipación como única respuesta. Una circunstancia que convertida en principio de acción asusta: si damos por bueno que debemos anticiparnos a cualquier cosa, el poder tiene franco el camino al despotismo y la arbitrariedad.

En esas circunstancias, la democracia queda seriamente afectada. La oposición no se resistirá a rentabilizar el buen hacer del Gobierno o la tregua de los terroristas y, a poco que pase el tiempo sin atentados, acusará al Gobierno de cultivar la alarma para cercenar derechos. El Gobierno, por lo mismo, procurará actuar en caliente, mientras el miedo persiste. Por eso, Valls se apresuró a apelar a “armas químicas o bacteriológicas”, amenazas cuyo realismo nadie puede tasar y que, dada su naturaleza, es mejor no esperar a tasar. Ante esos dilemas y tensiones, inevitables, en la línea de menor resistencia intelectual, aparece la tentación moralista: “Necesitamos políticos que no nos mientan”.

Con todo, la moralización más extendida apunta a causas y soluciones: “El terrorismo solo se soluciona atacando las injusticias que están en su origen”. La tesis, tal cual, tiene problemas inmediatos. Basta con pensar en ETA y el KKK para caer en la cuenta de que resulta insostenible en su formulación incondicional, cuando asume que hay injusticias por detrás de todo acto terrorista.

(…)

Por supuesto, no cabe ignorar que en el origen de la violencia puede haber injusticia, pero cuando el terrorismo está en marcha eso sirve de poco. Con el cáncer desatado de nada sirve dejar de fumar. En 1939, el problema era hacer frente a Hitler, no revisar el tratado de Versalles. Hay que reparar las injusticias porque la injusticia debe combatirse, no porque asegure victoria alguna.

Por aquí asoma la mayor contaminación intelectual del moralismo: relacionar el bien con la victoria. El lema “ganaremos porque defendemos mejores valores” resulta conmovedor, poético, y puede que hasta eficaz para movilizar, pero, desafortunadamente, carece de fundamento. Ojalá que sí, pero no. Con métodos salvajes y ningún respeto por los derechos humanos, los militares argentinos acabaron con los montoneros, y Fujimori, con Sendero Luminoso. No resultaban mejores que aquellos a los que combatían, pero eso no les impidió derrotarlos. La tesis solo resulta inteligible a partir del principio, común a diversas religiones, según el cual el bien siempre es retribuido. Ahí encontraban su fundamento las justas medievales: ganar el torneo era defender una causa noble. Algo que, por cierto, propiciaba una interpretación cínica: puesto que siempre triunfa el bien, busquemos el triunfo a cualquier precio y tomémonos el triunfo como señal de que hemos obrado bien.

La batalla moral es con nosotros mismos. Quizá se pudo acabar con ETA mediante la guerra sucia. Y, también, conviene no olvidarlo, cediendo a sus chantajes. Dos soluciones indecentes, pero soluciones. La moral, el respeto a ciertos valores es el filtro, la constricción, que nos imponemos. Sencillamente, no todo vale. 

(…)

Artículo completo: El País 

Félix Ovejero
Escritor, articulista y profesor en la Universidad de Barcelona 

http://enpositivo.com/2015/12/combatir-el-terrorismo-desde-su-origen/

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