LA MADRE DEL HIJO PRÓDIGO: Marifé Ramos González


 

Lc 15, 1-32

Mi marido y mis hijos duermen. Mientras queda un poco de aceite en el candil voy a escribir lo que ha ocurrido hoy, para que mis hijos se lo cuenten a los suyos y así sucesivamente, de generación en generación.

Hace meses que nuestro hijo pequeño se fue de casa. A las madres no se nos escapa nada y yo me di cuenta de que estaba inquieto. De vez en cuando nos hablaba de las ganas que tenía de disfrutar de la vida, de saborear lo prohibido en la ciudad y experimentar esos placeres de los que hablaban los mercaderes que venían a la aldea. A pesar de la educación que le habíamos dado, nuestro hijo envidiaba a los pecadores y quería salir corriendo tras ellos.

Una noche noté que mi hijo daba vueltas y más vueltas en la estera, sin poder dormir. En cuanto amaneció nos dijo a mi marido y a mí que se iba de casa y que le diéramos su parte de la herencia porque no pensaba volver nunca más por aquí.

Mi marido se quedó en silencio, cerró los ojos y se puso a desgranar lentamente alguna frase de las Escrituras: “Que tu corazón no envidie a los pecadores, sino que tema siempre a Yahvé, porque así tendrás un porvenir y tu esperanza no se verá frustrada”. “Escucha, hijo mío, sé sabio y dirige tu corazón por el camino recto”. “El que observa una conducta íntegra se salvará, pero el que sigue caminos tortuosos caerá en uno de ellos”. “El que cultiva su campo se hartará de pan, pero el que va detrás de quimeras se hartará de miseria…”

Intuimos su lucha interior. Al irse podíamos perderlo para siempre…, pero teníamos la esperanza de que cuando tuviera en sus manos todo lo que deseaba, quisiera volver de nuevo a su hogar.

Mi marido le dio una bolsa con el dinero de la herencia, y le pidió que se quitara la túnica y el anillo. Ni le regañó ni le dijo nada,  le dirigió una mirada que expresaba el amor infinito que le tenía y el dolor que le causaba su decisión. Yo le metí en el zurrón unos panes, unos peces y unos pocos dátiles y le abracé con fuerza.

El chico bajó la vista, avergonzado, y se alejó rápidamente  por el camino que conduce  a la ciudad.

Durante meses no supimos nada de él; algunos vecinos comentaban en la plaza que le habían visto gastar el dinero en fiestas y en mujeres, otros nos decían que estaba delgado y sucio, porque cuidaba cerdos en una hacienda lejana. Incluso nos dijeron que estaba pensando en volver a casa, pero no sabíamos si era cierto o sólo eran habladurías de la gente chismosa.

Yo salía cada día por la aldea con algún pretexto: tender la ropa, acercarme a la fuente o visitar a una vecina que estaba viuda y enferma. Pero mis ojos buscaban ávidamente, en la lejanía, la silueta de mi hijo.

Sólo tú, Adonai, mi Señor, sabes las lágrimas que he derramado y las veces que te he suplicado que lo cuidaras, “porque tú sanas a quien tiene el corazón roto y vendas sus heridas”.

Y hoy ha llegado la salvación a nuestra casa, ¡hoy ha ocurrido el milagro!

Salí de casa, como cada mañana, y miré hacia el camino que conduce a la ciudad. A lo lejos vi la silueta de mi hijo, con su andar cansino, como si llevara sobre sus hombros una carga que no podía soportar. Traía la ropa hecha jirones y venía descalzo.

Al verle, entré corriendo en casa y le dije a mi marido:

– ¡Nuestro hijo vuelve al hogar! ¡Estaba perdido y lo hemos encontrado, estaba muerto y ahora vive!

Él salió corriendo de casa, con los brazos abiertos, al encuentro del hijo. Mientras tanto yo busqué su túnica en el baúl, entre los cobertores. Quería ponérsela para que los vecinos no le vieran con la ropa raída. Y, sobre todo, quería que cuando sintiera sobre su cuerpo la ropa limpia, con olor a lavanda, recordara el día en que mi marido y yo, al ponerle por primera vez esa túnica  sobre sus hombros y el anillo en el dedo, le dijimos:

– Hijo, todo lo nuestro es tuyo.

El chico se tiró a nuestros pies pidiéndonos perdón. Nos decía que había pecado contra el cielo y contra nosotros y que le tratáramos como a uno de los jornaleros.

Nosotros no le hicimos caso, le cubrimos con la túnica. Le calzamos unas sandalias nuevas y le pusimos el anillo. Le abrazamos con fuerza; nuestros brazos recuperaron en ese abrazo el vigor de la juventud, porque nuestras entrañas se habían conmovido con su vuelta.

Organizamos una fiesta e invitamos a los vecinos. Pero nuestra alegría no fue completa.

Cuando nuestro hijo mayor volvió del campo y vio cómo estábamos celebrando la vuelta de su hermano no quería entrar en casa. Mi marido salió a su encuentro e intentó abrazarle, pero él rehuyó.

– Hijo –le decía- alégrate con nosotros, porque tu hermano estaba perdido y lo hemos encontrado.

Pero él nos increpó con malos modales y nos dijo:

– ¡No os entiendo! Yo nunca os he desobedecido. Desde pequeño os sirvo como el mejor de vuestros criados. ¿Cómo me lo habéis pagado? Nunca me habéis regalado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.

Siguió hablando un buen rato hasta que mi maridó le interrumpió y le dijo:

– ¡No eres nuestro siervo, eres nuestro hijo! Algún día descubrirás la diferencia. ¡Vive como hijo!

Yo le abracé y le dije al oído: “No seas necio”. Es la frase que le he repetido muchas veces, desde que era pequeño, cada vez que se ponía cabezota y no entraba en razón.

Se dio media vuelta y se marchó de nuevo al campo.

Mi marido dijo: “Dios es nuestro refugio y fortaleza, por eso no tememos”.

Y los dos entramos de nuevo en casa para seguir celebrando la fiesta, con el corazón  lleno de esperanza.

 

Marifé Ramos González

http://www.mariferamos.com/

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