¿Al Papa Francisco no le gustan los nuevos movimientos? ¿Quién lo dice?


Presentación de la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Iuvenescit Ecclesia (La Iglesia rejuvenece). Síntesis del documento.
El Papa Francisco saluda a fieles de distintos movimientos

© GIANCARLO GIULIANI/CPP

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Gerhard Ludwig Müller, había desmentido, endeclaraciones al diario vaticano L’Ossevatore Romano (08.06.2016), que a papa Francisco no le gusten particularmente los nuevos movimientos.

“Un Papa no puede dejar de amar lo que el Espíritu suscita para bien de tantos hombres, cuyos corazones están muchas veces esperando a Dios sin saberlo y para el Pueblo de Dios que es el primer destinatario de estos dones”, dijo el purpurado alemán.

En esta línea, el Vaticano ha presentado este martes 14 de junio, la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Iuvenescit Ecclesia (La Iglesia rejuvenece), dirigida a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la relación entre los dones jerárquicos y carismáticos para la vida y la misión de la Iglesia.

Se trata de un documento – firmado por el cardenal Müller y por el arzobispo secretario Luis F. Ladaria – que explica cómo los dones jerárquicos y los dones carismáticos son co-esenciales para la vida de la Iglesia.

Es una invitación a la “reciproca colaboración”, entre los obispos y los nuevos movimientos o comunidades, superando, “cada estéril contraposición”.

En este sentido, el documento habla de una Iglesia que rejuvenece incluso con los dones libres del Espíritu Santo.

Pero, ¿qué significan dones jerárquicos y carismáticos? Según la Iglesia católica, los primeros son los conferidos a los sacerdotes, los obispos, los diáconos (sacramentos del orden), mientras los segundos son distribuidos libremente por el Espíritu Santo. En este último, están incluidos los ordenes religiosos, los movimientos laicos, etc.

El cardenal Müller sostuvo en la conferencia de prensa de presentación en el Vaticano que la Carta acompaña a la “Iglesia misionaria” y no es una contraposición a los movimientos o grupos eclesiales como si la Iglesia fuera un “parlamento”.

No trata de hacer “una nueva batalla” entre Jerarquía y Carismas, sino más bien de crear comunión “debemos ir con el Papa Francisco juntos”. Por ende, consiste en un “camino común de todos siguiendo el Espíritu Santo, el Hijo y el Padre”.

La publicación de la Carta – fechada el 15 de mayo de 2016, Solemnidad de Pentecostés – ha sido ordenada por el Papa Francisco el pasado 14 de marzo, durante la audiencia concedida al cardenal Müller.

Así, la Iglesia contempla este impulso misionero laico y religioso en una conexión armoniosa y complementaria, con obediencia a los Pastores. Pero, sin clericalismo exacerbado o sectarismo.

En estos dones libres, se encuentran los movimientos eclesiales o movimientos laicos, en este último caso, cabe mencionar como ejemplo al Movimiento de los Focolares, Comunión y Liberación, Movimiento de Schoenstatt, Camino Neocatecumenal, Renovación Carismática Católica, entre otros.

Al mencionar el titulo de la Carta, La Iglesia rejuvenece, el cardenal Müller sostuvo que éste se refiere a “todas las personas, las relaciones y los lugares que aceptan de acoger el Espíritu Santo”. En el contexto del “resurgir de tantas nuevas agregaciones, asociaciones, movimientos eclesiales, así como de tantas Instituciones de vida consagrada, después del Concilio Vaticano II”.


A continuación una síntesis de la Carta, Iuvenescit Ecclesia (La Iglesia rejuvenece).

Conexión y obediencia a los Pastores

La Carta confirma que las indicaciones se centran en cuestiones teológicas, y no pastorales o prácticas. Se insiste en que la Iglesia eclesial y los nuevos movimientos y grupos se relacionen armónicamente y se complementen. En cambio, de anteponerse o contradecir el servicio al Evangelio y la evangelización.

Todo esto, siempre en el ámbito de una “participación fecunda y ordenada de los carismas en la comunión de la Iglesia”, que no les autorice a ‘substraerse de la obediencia a la jerarquía eclesial, ni les de “derecho a un ministerio autónomo”.

“Dones de importancia irrenunciable para la vida y para la misión de la Iglesia”, los carismas auténticos deben, por lo tanto, estar encaminados a “la apertura misionera, a la obediencia necesaria a los pastores y a la inmanencia eclesial”.

Ninguna oposición entre Iglesia institucional e Iglesia de la caridad

De ahí que su “oposición o yuxtaposición” con los dones jerárquicos sería un error. No se debe, efectivamente, oponer una Iglesia de la “institución” a una Iglesia de la “caridad”.

El motivo – asegura el documento del ex-santo oficio, es que en la Iglesia “también las instituciones esenciales son carismáticas,” y “los carismas deben institucionalizarse para tener coherencia y continuidad.”

Así ambas dimensiones “concurren juntas para hacer presente el misterio y la obra salvífica de Cristo en el mundo”.

La dimensión carismática no debe faltar nunca en la Iglesia, pero es necesaria la madurez eclesial

Las nuevas realidades, por lo tanto, deben alcanzar la “madurez eclesial” que implica su pleno desarrollo e inserción en la vida de la Iglesia, siempre en comunión con los pastores y atentas a sus indicaciones.

La existencia de nuevas realidades, de hecho – subraya la Carta – llena el corazón de la Iglesia de “alegría y gratitud” pero las llama también a “relacionarse positivamente con todos los demás dones presentes en la vida eclesial”.

Una relación aplaudida por la Iglesia Católica para “promover” estos nuevos movimientos o comunidades “con generosidad y acompañarlos con paterna vigilancia” por los pastores para “que todo contribuya al bien de la Iglesia y su misión evangelizadora”.

“La dimensión carismática – dice el documento – nunca puede faltar en la vida y misión de la Iglesia.”

Los criterios para discernir los carismas auténticos

Pero ¿cómo reconocer un auténtico don carismático? La Carta de la Congregación llama al discernimiento, una tarea que es “propia de la autoridad eclesiástica”.

¿Cuales son los criterios?  Ser instrumentos de santidad en la Iglesia; compromiso con la difusión misionera del Evangelio; confesión plena de la fe católica; testimonio de una comunión activa con toda la Iglesia, acogiendo con leal disponibilidad sus enseñanzas doctrinales y pastorales; respeto y reconocimiento de los otros componentes carismáticos en la Iglesia.

Esto significa igualmente la aceptación humilde de los momentos de prueba en el discernimiento; presencia de frutos espirituales como la caridad, la alegría, la paz, la humanidad; mirar a la dimensión social de la evangelización, conscientes de que “la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad es una necesidad en una auténtica realidad eclesial”.

El reconocimiento jurídico según el Derecho Canónico

Además, la Carta, Iglesia rejuvenece,  específica dos criterios fundamentales a tener en cuenta para el reconocimiento jurídico de las nuevas realidades eclesiales, según las formas establecidas por el Código de Derecho Canónico: el primero es el “respeto por las características carismáticas de cada uno de los grupos eclesiales”, evitando “forzamientos jurídicos “que” mortifiquen la novedad”.

El segundo criterio se refiere al “respeto del régimen eclesial fundamental”, favoreciendo “la promoción activa de los dones carismáticos en la vida de la Iglesia”, pero evitando que se conciban como una realidad paralela, sin una referencia ordenada a los dones jerárquicos.

La relación entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares es esencial

A continuación, el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe evidencia como la relación entre dones jerárquicos y carismáticos deba tener en cuenta la “relación esencial y constitutiva entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares.”

Esto significa que, efectivamente, los carismas se dan a toda la Iglesia, pero que su dinámica “sólo puede realizarse en el servicio a una diócesis concreta.”

No sólo eso: también representan “una auténtica oportunidad” para vivir y desarrollar la propia vocación cristiana, ya sea el matrimonio, el celibato sacerdotal, o el ministerio ordenado.

La vida consagrada también, “se coloca en la dimensión carismática de la Iglesia”, porque su espiritualidad puede convertirse en “un recurso importante” tanto para los fieles laicos como para el presbiterio, ayudando a ambos a vivir una vocación específica.

Mirar al modelo de María

Por último, La Iglesia rejuvenece, invita al Pueblo de Dios a mirar a María, “Madre de la Iglesia”, modelo de “plena docilidad a la acción del Espíritu Santo” y de “límpida humildad”.

Por intercesión de la Virgen, se espera que “los carismas distribuidos abundantemente por el Espíritu Santo entre los fieles sean mansamente acogidos por ellos y den frutos para la vida y misión de la Iglesia y para el bien del mundo”.

Para leer el texto completo hacer clic aquí

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