Mari Paz López Santos: «Los laicos somos las ovejas modorras en la Iglesia»


Mari Paz López Santos presenta «Misión compartida» (Khaf)

RD

Autora de «Misión compartida: ¿Unidos o hundidos? Laicos, monjes y pobres» (Khaf)

«Es muy cómodo que te lo den todo hecho y luego protestar. Mejor, veamos nosotros cómo avanzar»

Jesús Bastante, 21 de noviembre de 2016 a las 08:36

Hermanos, los que estáis en los cargos, los pastores: Queremos teneros cerca

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Laicos e Iglesia

(Jesús Bastante).- «O nos unimos o vamos en picado», tanto en la Iglesia como en la sociedad en general. Ese es el mensaje que trae Mari Paz López Santos en su nuevo libro Misión compartida: ¿Unidos o hundidos? Laicos, monjes y pobres, editado por Khaf.

«Si en tu familia hay problemas y ves que va a peor, no puedes estar relajada». Mari Paz nos visitó en el estudio de RD para hablar de su perspectiva de la Iglesia actual: fruto de años de compromiso «hiperactivo», como ella misma lo define, a nivel parroquial, pero también de horas de reflexión y contemplación desde el silencio de los monasterios.

Aunque la Iglesia y la sociedad moderna necesitan de una buena «reconversión», a su juicio, hay razones para el optimismo… si solo abrimos los ojos a las realidades que nos rodean.

Nos acompaña Mari Paz López Santos. Bienvenida. Y bienvenida también a Khaf, por un hijito recién nacido que tiene un propósito desde el principio, desde el mismo título: «Misión compartida: ¿Unidos o hundidos? Laicos, monjes y pobres».

Misión compartida: ¿a quién te refieres? ¿Cuál es la misión y qué compartimos?

Por misión compartida, siempre se ha hablado de laicos y religiosos. De hecho, un poco era al inicio la idea. Pero luego me planteé: ¿cómo cuento en el libro que no hay una banqueta que se sujete con dos patas y que hay una tercera pata que son los pobres, los invisibles? Es un tema de pura experiencia personal. He tenido relación con una comunidad monástica y con un hogar de acogida de gente que antes vivía en la calle, durante muchos años, y vi que era de esto de lo quería hablar. Que esa es la misión compartida: una de dos, o nos unimos o vamos a ir mal.

En tiempos de globalización, en que en la política salen Brexits e independencias, hablar de la unidad, parece necesario.

Yo estoy valorando que no es que sea necesario, es vital. Si me pidieras que te dijera en una sola palabra de qué va mi libro, concentrando, diría «unidad».

Y por qué estos tres grupos, laicos, monjes y pobres: porque creo que se necesita una buena reconversión a todos los niveles y a nivel mundial. Vamos en caída libre. En la Iglesia, en cómo vivimos, en todo. Y laicos, monjes y pobres, porque creo que somos los que estamos abajo, en la gran pirámide.

Nos tenemos que encontrar, en el libro se habla mucho de compartimentos estancos, porque estamos ahí abajo, pero muy cerrados unos a otros. Por cosas de la vida, el libro tiene mucho de experiencia. Habla de laicos, yo lo soy. Y cuando me acerqué a los monasterios pensé que allí había muchos mensajes escondidos.

¿Cómo fue ese acercamiento?

Fue una mediación de un amigo que me conocía profundamente. Habíamos compartido mucho a nivel espiritual. Llevaba cinco años diciéndome que tenía que ir a un monasterio. Yo le decía: qué se me ha perdido a mí en un monasterio de monjes, y además contemplativos. Me parecía una pérdida de tiempo.

¿Dónde fue?

Lo cuento en el libro, y además hay fotos. No quiero hablar de un monasterio en concreto, sino en global de cada grupo, laico, monje o pobre.

Indudablemente, yo soy laica y mi visión es experiencial. Quiero contarlo desde ahí. Y estos tres grupos, porque estamos en el valle, digamos. En la base. Lo que pasa es que tenemos que abrir compartimentos respetando vocaciones y dándonos a conocer. Como dice el refrán, la cercanía hace el cariño y te pone en marcha. La misión compartida, la veo desde ahí. Y me recriminan que echo fuera a algunos, y para nada. No se trata de echar, el movimiento es de bajar al llano.

Ni de pedir a los de arriba que bajen, eso tiene que ser un proceso suyo.

Efectivamente. En la franja de abajo de la gran pirámide de la Iglesia, estamos los laicos y los monjes. Yo me siento dentro de la Iglesia siempre. Unas veces más enfada, otras menos, pero siempre dentro. Y avanzando.

¿Y ahora, cómo estás? Muy enfadada, esperanzada, relajada…

Relajada, no. Con el sentimiento este de que veo que o nos unimos o vamos en picado, no puedo esta relajada. Hay una tensión. Si en tu familia hay problemas y ves que va a peor, no puedes estar relajada.

Tensión creativa, entiendo.

Creativa, esa es la palabra siguiente. Esa unidad de la que hablo, tiene que ser tremendamente creativa y confiada, porque esto es un proyecto de la vida, de la humanidad. De la la vida de los cristianos e interreligiosa. Ecuménica, a todos los niveles. Porque está afectando a todo. Y ¿qué vamos a dejar a los que vienen detrás?

¿Cuál es el papel que tenemos entre todos? ¿Qué podemos hacer realmente? Porque se nos llena la boca con palabras como misión compartida y corresponsabilidad, pero al final, en la práctica, siempre tiramos hacia arriba, hacia los que mandan, la jerarquía. Esa Iglesia auto proclamada que parece la única.

La Iglesia somos todos. Eso nos han dicho y yo me lo creo. Con lo cual, tenemos que ver desde qué dimensión podemos ir avanzando en todo esto. Y además, hoy día hay posibilidad. Yo soy un hecho claro de compartir, de manifestarte abiertamente. Si no, yo no estaría hoy aquí hablando contigo. Tampoco la editorial Khaf me hubiera visto, por lo que se publica por ahí. Quiere decir, que todos tenemos una posibilidad. Cada uno, que vea por dónde está su don.

Cuando leo el Evangelio, veo que Jesús siempre iba en sandalias y andando por los caminos. Y en los caminos es donde se hace la vida. Los laicos tenemos que contar nosotros mismos quienes somos, no tenemos que dejar que nos cuenten lo que nosotros somos. Se me ha dado el caso de que me digan qué es el matrimonio desde una dimensiones y unas vocaciones que no pueden saberlo igual, por mucho que se intente. Yo soy tremendamente respetuosa con la vocación religiosa. Y no solamente eso, creo que hay que guardar los carismas. Lo que no quiere decir que haya que esconderse unos de otros. Sino al revés.

Es cierto que durante muchísimo tiempo ser religioso era como ser una especie de súper cristiano, y el resto no teníamos nuestro traje de súper héroes.

Lo has dicho en pasado, y yo creo que eso se sigue dando en el presente. Hay categorías eclesiales y los laicos somos una. Lo cuento en el libro: un amigo mío, que falleció, religioso de la orden Misioneros del Espíritu Santo, mexicano, decía que los laicos somos las ovejas modorras en la Iglesia. Que estamos sentados en los bancos esperando. Nos acomodamos, pero también puedes revolverte. Y añadía: las ovejas modorras se están despertando. Y lo decía hace veinte años.

Yo espero que sea así. También es muy cómodo que te lo den todo hecho y luego protestar en los pasillos. Mejor, veamos de qué manera podemos ir avanzando. Sabemos quiénes somos los laicos, y cuáles son las otras vocaciones. Pero tenemos claro que la nuestra, es otra vocación.

Pero eso, ¿cómo se lleva a cabo dentro de una Iglesia que se define a sí misma como una institución jerárquica?

Me viene muy bien para esto la comprensión de la familia; yo tengo marido, hijos y nietos. Es verdad que por muy democrática que sea la familia, hay una autoridad, que además es bueno trasmitir. Una forma de autoridad, que los hijos aprendan en libertad, pero también que se sepa.

Entonces: hermanos, los que estáis en los cargos, los pastores, queremos teneros cerca. Y yo soy una hormiga en la Iglesia, pero también lo dice el Papa, «que huelan a oveja».

Pero sin embargo, el laicado en sí, no es uno de los siete sacramentos.

El laicado es el pueblo de Dios, ¿no? Yo me quedo mucho con el Vaticano II y el pueblo de Dios. Y a este pueblo, yo lo veo andando como las multitudes que seguían a Jesús. Jesús también caminaba en sandalias. Era el pastor. Si yo veo que el pastor va a buscar a otros, y no me siento integrada en esa búsqueda del propio pastor, me tengo que plantear qué hago aquí. Eso es el Evangelio.

Necesariamente, nos tenemos que juntar. Como lo que yo cuento en el libro, que tiene mucho de experiencia personal pero madurada como en once o doce años en ambos mundos, el de los pobres y el de la vida monástica.

De la vida monástica, tengo que decir que cuando llegué iba muy cerraba y pensaba que no era nada que tuviera que ver conmigo. La contemplación, por ejemplo, yo soy hiperactiva en las parroquias. Pero en unos cuantos días que estuve tranquila en un monasterio, descubrí un ecosistema ajeno a mi vida, lo que yo llamo los tesoros de la vida monástica, que tiene algo que decirnos a los laicos del mundo exterior, porque estamos bien necesitados.

No quiero decir con esto que la vida monástica no tenga que hacer sus revisiones, pero vi que el silencio…

No es tan cierto que no se enteran de nada. No están tan apegados a la actualidad, al ruido y a las prisas, pero eso te ofrece una posibilidad de respirar y ofrecer una respuesta pausada, atemporal.

Estando allí pensé: pues estos monjes parece que saben lo que pasa ahí fuera. En las preces, tres por cada oración, por siete oraciones del oficio monástico: veintiuna preces en las que me di cuenta de estaban enterados de lo que pasa afuera. Y vi que es absolutamente necesario el silencio aquí afuera, y absolutamente necesaria la oración para el que ore, y para el que no, la meditación o la relajación. Es necesario volver a entender qué es la acogida, que además cada vez está peor.

Estamos hablando de pilares de la vida monástica. Todos sabemos que san Benito era aquél monje antiguo que decía «ora et labora». Era lo que yo sabía, pero de oír tanto hablar a estos monjes de san Benito, me interesé. Y para mi, la regla de san Benito es un tratado práctico de sentido común. De que la persona esté lo mejor posible, de la sencillez, el silencio, la contemplación, la meditación, el ser dueño de tu tiempo…

Y la acogida.

Y la acogida, hoy día. Llevo ya mucho tiempo yendo al monasterio de vez en cuando. Cada vez que vuelvo, digo: por favor, necesitamos cursos acelerados de acogida. Porque a mí, un día, me acogieron como dice la regla de san Benito, como si del propio Cristo se tratara. Me quedé muy sorprendida. Luego, cuando retorno a casa, cuando retorno al mundo pienso, ¿qué hago yo, a quién acojo? En este preciso momento, que estamos con el tema de refugiados, y de migraciones, necesitamos urgentemente revisar.

Yo siempre pienso en uno de los discursos, en mi opinión uno de los fundamentales del Papa Francisco, el que le dio a los jóvenes en la JMJ de Brasil. Cuando les dijo aquello de que el núcleo del Evangelio de la vida cristiana estaba en la Bienaventuranzas y Mateo 25, que es la parábola de los talentos. Y en esa parte del juicio final, de la pregunta de cómo invertiste tu talento. Y en lo de «cuando tuve hambre, me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve enfermo y vinisteis a verme…»

Y ahora es mucho cante, porque te das cuenta de que hoy no te puedes inhibir. Nosotros estábamos esperando ya hace un año a gente que venía de Siria…, no llegaron. También tenemos que presionar por esto.

Y no solo traerlos, sino ofrecerles un lugar, una experiencia, posibilidades de integración para que puedan no solo sobrevivir, sino vivir y ser felices.

Se trata de la dignidad de la persona. Por ser persona. Y esto lo tenemos todo el tiempo delante. El que quiera mirar, que mire. Eso también fue una revisión en los pilares de la vida monástica, que tienen un lenguaje y una traducción para los que vivimos en extramuros. Que aunque ellos vivan intramuros, siempre ha habido contacto. Los monasterios trabajan para tener una vida digna, pero es más.

De ahí, esto de la misión compartida, de compartir lo que vives. Lo que yo vivo como laica y lo que ellos viven como monjes y monjas.

Los laicos, hablemos de nosotros mismos. Los monjes, que están en el mundo y tienen cosas para compartir. Pero ¿y los otros?

Que no tienen ni siquiera voz.

Son los invisibles. Los invisibles, que yo visito, comparto y quiero, están en coche a diez minutos de mi casa. Y si no tuviera coche, a menos de media hora en autobús. Lo que quiero decir con esto es que ni siquiera me tengo que ir a otra parte del planeta.

No tienes que cambiar tu vida.

Están por todos sitios. Sí, tienes que cambiarla, pero a veces no es un tema de moverte del sitio. Si abres los ojos, están ahí.

La primera vez que fui al hogar, también hablo de ello en el libro, cuando salí pensé que había atravesado una frontera. Estamos hablando del año 99. Pensé: esto ha sido raro, de pronto estoy en la línea de mi casa y aquí atravesé una frontera. Y sigo pensándolo cada vez que voy.

Bueno, pues esas fronteras se atraviesan si realmente se generan relaciones. Se empieza a vencer la invisibilidad. Yo soy la que salgo y me muevo y visibilizo de qué manera, pero con humildad, lo pongo delante. Tantas preguntas me han hecho. Me dicen: pero siempre sales triste de ese sitio. Yo digo: no. No es que salga triste, pero sí que, para mi, ellos representan toda la dimensión de la pobreza, la miseria del mundo. Y tengo otra tanta gente que le toca por otros sitios.

Volvemos a los talentos.

La conclusión, es que o estamos en lo mismo o vamos a ir mal. De hecho, ya vamos mal. Tengo esperanza y soy optimista. Siempre veo el vaso medio lleno, pero sí que hay que ponerse en marcha.

Hay que ponerse las pilas ya.

Sí. De hecho, esto que estamos haciendo aquí, siento que me renueva. Y al que lo vea y se lo plantee, decirle que sé que a veces tenemos una pereza que nos paraliza.

Pues esperemos vencer la pereza con las conversaciones, y con libros como este. «Misión compartida. ¿Unidos o Hundidos?» Que no sé si es una pregunta o una afirmación.

No es una afirmación, porque si no, no llevaría interrogaciones. Cuando empecé a escribir el libro era unidos o hundidos, pero un probabilidad. Ahora que me lo planteé contestémonos la pregunta, porque va en ello cómo vamos a andar para adelante.

«Misión compartida. ¿Unidos o hundidos? Laicos, monjes y pobres» de Mari Paz Santos y editado magníficamente como siempre por Khaf.

Está bonito, sí.

Ha sido un placer Mari Paz.

Igualmente. Estoy muy contenta y muy agradecida también de que hayas dejado este espacio.

Siempre es un placer, sobre todo cuando se trata de buenos libros y de buenos amigos. Muchas gracias.

A vosotros.

http://www.periodistadigital.com/religion/libros/2016/11/21/religion-iglesia-libros-khaf-mision-compartida-unidos-o-hundidos-mari-paz-lopez-santos-los-laicos-somos-las-ovejas-modorras-en-la-iglesia.shtm

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