Cristina de Pizán: una feminista del siglo XIV que ya escribía biografías de mujeres



Cristina de Pizán había pasado todo el día leyendo filosofía. Al caer la noche, aquel día de principios del siglo XV, tomó un libro de su biblioteca para distraerse un poco antes de cenar. Aquel volumen, del año 1300, tenía como título Libro de las Lamentaciones de Mateolo y hablaba, en casi 6.000 versos, sobre los tópicos misóginos de toda la vida.

De Pizán, una mujer instruida en latín y griego, lo cogió pensando que le podría resultar divertido. No fue así. «Su lectura me dejó perturbada y sumida en una profunda perplejidad», escribió años después en La ciudad de las damas. «Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra bien en escritos y tratados. No es que sea cosa de un hombre o dos, ni siquiera de ese Mateolo, que nunca gozará de consideración porque su opúsculo no va más allá de la mofa, sino que no hay texto que esté exento de misoginia».

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La hija del astrólogo y médico de la corte de Carlos V, Tomás de Pizán, se preguntó si aquello que se daba por verdad incuestionable podía ser una impostura. Dio un repaso por su memoria y descubrió que todas esas palabras que describían a la mujer como un ser inmundo no se correspondían con lo que ella conocía. «Había llegado a fiarme más del juicio ajeno que de lo que sentía y sabía en mi ser de mujer».

Recordó la ristra de prejuicios que los hombres habían escrito sobre las mujeres a lo largo de la historia. Si aquello era cierto, Dios, al modelar a la mujer, habría creado a «un ser abyecto». Pero eso no tenía mucho sentido para aquella veneciana que se había criado entre libros. «No dejaba de sorprenderme que tan gran Obrero haya podido consentir en hacer una obra abominable, ya que, si creemos a esos autores, la mujer sería una vasija que contiene el poso de todos los vicios y males».

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Entonces, en su escritorio de París, la ciudad donde vivió siempre, se hundió en los pensamientos más tristes. Hasta que, de pronto, aparecieron ante ella «tres damas coronadas, de muy alto rango».

—¿Dónde anda tu juicio, querida? —le preguntó una de ellas—. Tú pareces creer que todo cuanto afirman los filósofos es artículo de fe y que no pueden equivocarse.

Aquella dama de sus pensamientos, antes de desaparecer en un resplandor, añadió:

—Te diría que es tu ingenuidad la que te ha llevado a la opinión que tienes ahora. (…) Debes saber que las mujeres no pueden dejarse alcanzar por una difamación tan tajante, que al final siempre se vuelve en contra de su autor.

De Pizán relató en su libro que estas damas aparecieron ante ella para «expulsar del mundo el error en el que ella había caído»: que una mujer creyera las mentiras que los hombres decían de ellas. Y, por eso, ellas mismas se despreciaban y despreciaban a las demás.

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Las mujeres habían quedado indefensas y, por eso, De Pizán tenía que construir una ciudad de las damas que las protegiera de sus ofensores. Era el encargo que había recibido de aquellas tres figuras que aparecieron en su mente: «que las damas y todas las mujeres de mérito puedan de ahora en adelante tener una ciudadela donde defenderse contra tantos agresores».

Había llegado la hora de «quitar de las manos del faraón una causa tan justa». Porque, según las tres damas, «en su ingenua bondad, siguiendo en ello el precepto divino, las mujeres han aguantado, paciente y cortésmente, todos los insultos, daños y perjuicios, tanto verbales como escritos».

Entonces De Pizán se decidió a escribir La cuidad de las damas, uno de los primeros textos feministas que guarda la historia. La obra habla de muchas mujeres que tuvieron una vida ejemplar. Por su inteligencia, su honestidad y sus hazañas militares. Algo que hoy se vuelve a hacer, con muchas biografías de personajes femeninos, ante la necesidad de rescatarlos del silencio de la historia oficial.

De Pizán menciona a Cornificia, Medea o Aracne, «mujeres sabias y creativas»; a Eritrea, Amaltea o la reina de Saba, «mujeres de visión profética»; a Afra, «una prostituta que llegó a santa»; a Catalina de Alejandría, «una santa sabia»; a Susana, Sarah, Rebeca, Ruth y Penélope, «ejemplos de mujeres castas y de su repulsión a ser violadas» o a «dos mujeres que vivieron disfrazas de frailes».

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La tarea de construir esa ciudad, que equivalía a edificar una nueva mentalidad, no iba a ser fácil. De Pizán partía de sentencias tan burdas y brutas como las que habían soltado durante muchos siglos hombres de la talla de Cicerón. El filósofo romano que dijo que una habitación sin libros era como un cuerpo sin alma, proclamó también que un hombre nunca debe servir a una mujer, porque ponerse al servicio de alguien menos noble es un modo de envilecerse.

En su libro, la humanista relata que preguntó a las damas cómo se comía eso y ellas le contestaron:

—El más grande es aquel o aquella que más méritos tiene. La superioridad o inferioridad de la gente no reside en su cuerpo, atendiendo a su sexo, sino en la perfección de sus hábitos y cualidades.

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De Pizán le hizo otra consulta a las damas.

—Los hombres siempre pretenden que las mujeres tienen muy escasa capacidad intelectual.

—Si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos —contestó una dama—. Ya se han dado esas mujeres. Además, como la mujer tiene el cuerpo más delicado y débil, no puede emprender tantas tareas y así aplica mejor su mente, la tiene más libre y más aguda. (…) En cuanto a afirmar que las mujeres saben menos, que su capacidad es menor, mira los hombres que viven aislados en el campo o en el monte. Estarás de acuerdo en que en muchos sitios salvajes los hombres son tan simples de espíritu que uno los tomaría por animales. (…) La falta de estudio lo explica todo.

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POR MAR ABAD

Socia fundadora de Yorokobu y subdirectora de Ling. Junto a Mario Tascón escribió el libro Twittergrafía. El arte de la nueva escritura y es coautora de la guía para los nuevos medios y las redes sociales Escribir en Internet, de Fundéu, y del libro Comunicación Slow. Todo lo que ahí cuenta está basado en hechos reales. Pero, a veces, es mejor la fantasía. Entonces cae algún #instarrelato

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