El papa Francisco suele aprovechar su discurso navideño a la Curia, el gobierno de la Iglesia católica, para presentar y promover sus objetivos para el año siguiente. Este jueves ha sido muy explícito: “No se reforma la Curia cambiando de personal […] sino con la conversión de las personas. Sin un cambio de mentalidad, el esfuerzo organizativo será inútil”. En 2014 habló de las “enfermedades de los eclesiásticos”; en 2015 enumeró sus remedios. Es imposible que, tras su alocución de 2016, su mensaje no esté claro.

Como siempre, no se fue por las ramas. Especificó tres modos de oponerse a la reforma: de modo abierto, con “buena voluntad y diálogo sincero”; de modo oculto, diciendo que están de acuerdo pero sin aplicar los cambios; y el tercero, con mala voluntad.

Las resistencias escondidas “nacen de corazones asustados y endurecidos, […] de las palabras vacías del gatopardismo espiritual […] que quiere cambiar las cosas pero que todo quede como antes”. La mala voluntad “germina en mentes perversas” y “se esconde con excusas y, en muchos casos, con acusaciones; refugiándose en las tradiciones, en las apariencias, en las formalidades, en lo conocido, o en querer llevarlo todo al terreno personal, sin distinguir acto, actor y acción”.

La reforma del Gobierno de la Iglesia “no tiene fines estéticos”, ha dicho Francisco. “No puede ser entendida como una especie de lifting o de maquillaje para embellecer el anciano cuerpo curial o como una operación de cirugía estética”.

“Queridos hermanos, no son las arrugas de la Iglesia lo que se tienen que temer, sino las manchas”, ha seguido. Por ello, indicó, no basta “cambiar el personal, sino que los miembros de la Curia se renueven espiritualmente, humanamente y profesionalmente”.

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Los cambios incluyen aumentar el número de laicos (quienes no son clérigos ni religiosos) y mujeres en el Gobierno de la Iglesia y mejorar su participación, de manera que los departamentos vaticanos sean “más multiculturales”.

También acabar “definitivamente” con la clásica políticaeclesiástica de nombramientos promoveatur ut amoveatur (promover para quitar de en medio), que calificó de “cáncer”.

La reforma de las estructurales vaticanas entrará el año que viene en una fase más ejecutiva, impulsada por el Consejo de cardenales, el grupo de nueve purpurados que le ayuda a definir y aplicar los cambios, estrenados con la reforma del área de comunicación, que unifica y simplifica los medios informativos, la sala de prensa y la oficina del portavoz en una misma área.

Otro tanto ha ocurrido con la creación de dos nuevos súperdepartamentos, el de Familia, Laicos y Vida y el Servicio de Desarrollo Humano Integral, que agrupan oficinas antes independientes. En esta línea, Francisco indicó que otros departamentos vaticanos serán consolidados o eliminados, con las consiguientes reducciones de personal, que regresará a tareas pastorales.

El Papa concluyó su discurso, de casi una hora, con una oración en que pidió que los hombres de la Iglesia sean humildes, sin orgullo ni arrogancia.

En los saludos finales, Francisco regaló a los cardenales y altos miembros de la Curia presentes en la sala Clementina del palacio pontificio el libro: “Consejos para curar las enfermedades del alma”. El autor del texto es el jesuita Claudio Acquaviva (1543-1615), elegido general de la orden en la cuarta Congregación General (1581), a los 38 años. Es, hasta el momento, el más joven en ser elegido y el que ostenta el mandato más largo: 34 años. Los jesuitas suelen considerarlo el “segundo fundador” de la orden.

Los 12 valores de la reforma

En su discurso a la Curia vaticana, el romano pontífice enumeró y explicó los doce valores que inspiran la reforma. En sus palabras:

Individual: “Conversión individual, sin la cual sería inútil cualquier cambio en las estructuras”.

Pastoral: “Que nadie se sienta ignorado o maltratado”.

Misional: “Es la finalidad principal […]: llevar la buena nueva a todos los confines de la tierra”.

Racional: “Cada Dicasterio (un “ministerio”) tiene sus propias competencias [que] deben ser respetadas y distribuidas de forma racional, eficaz y eficiente […] y todos los Dicasterios hacen referencia directa al Papa”.

Funcional: “La eventual fusión de dos o más Dicasterios competentes en materias análogas o estrechamente relacionadas […] y la realización de traslados, incorporaciones, interrupciones e incluso promociones”.

Modernidad: Que los Dicasterios “se acomoden a las situaciones de nuestro tiempo y se adapten a las necesidades de la Iglesia universal”.

Sobriedad: “Simplificación y agilización de la Curia”.

Subsidiariedad: “Reorganización de competencias de los Dicasterios […] para lograr autonomía, coordinación y subsidiariedad en las competencias y más interrelación en el servicio”.

Sinodalidad: “Reuniones periódicas de los Jefes de Dicasterio, presididas por el Romano Pontífice […]; audiencias de trabajo con regularidad de los Jefes; reuniones interdicasteriales habituales”.

Catolicidad: “…contratación de personal proveniente de todo el mundo, de diáconos permanentes y fieles laicos y laicas”.

Profesionalidad: “…formación permanente del personal, para evitar el anquilosamiento y la caída en la rutina […]. archivar definitivamente la práctica del promoveatur ut amoveatur”.

Gradualidad: “…resultado del indispensable discernimiento que implica un proceso histórico, plazo de tiempo y de etapas, verificación, correcciones, pruebas y aprobaciones ad experimentum”.