Estupor: José Fernando Isaza


, EL ESPECTADOR
Es posible que no sea cierto, que se trate de un colosal montaje para hacer reflexionar a la humanidad de lo frágiles que son los tenues avances que se han logrado en materia de derechos humanos, de derechos a las minorías, de respeto del medio ambiente.
Por: José Fernando Isaza
Que dentro de pocos días se sepa que todo era un truco publicitario, que en realidad el discurso de posesión de Trump, sus órdenes ejecutivas, son parte del espectáculo. Los Estados Unidos no han decidido  convertirse en un país paria. Es posible que estemos viviendo una pesadilla y que pronto despertaremos.
Hay señales que muestran que no puede ser cierto lo que se ha oído y que sean reales las decisiones tomadas. ¿Quién puede pensar que un presidente de los EE. UU. diga que la tortura funciona y explícitamente la autoriza? No estamos en la inquisición.
No es creíble que el nuevo mejor amigo de Trump, Putin, presidente de un gran país, diga que Trump no necesitaba de prostitutas en su viaje a Rusia, pues él era dueño concursos de belleza, pero que podía entenderlo, ya que las prostitutas rusas son las mejores del mundo. Ningún líder de un país respetable habla así, tiene que ser un montaje o parte de la pesadilla.
Hay evidencia de que la actividad humana está contribuyendo al cambio climático. Los países que tienen mayor concentración de su población en las zonas costeras serán los más afectados por la elevación del nivel del mar. Es el caso de los EE. UU., por lo tanto no es entendible que su presidente niegue el impacto antrópico sobre el efecto invernadero. Debe tratarse también de un montaje para que, por contradicción, los negacionistas tomen conciencia de los riesgos de seguir aumentando la concentración de anhídrido carbónico a la atmósfera.
Ni siquiera los matones de barriada casan peleas con sus vecinos, como la desatada contra México. Cerrarle las fronteras es darse un tiro en el pie, mucha de la producción mexicana tiene un alto componente norteamericano, por otra parte ofende que un país intimide a un vecino que puede no haber olvidado que buena parte de su territorio le fue arrebatado. Es posible que se quiera mostrar, por efecto contrario, que la diplomacia funciona mejor que las bravuconadas.
No se requiere ser un gran internacionalista para concluir que los ataques a un grupo importante de países cuya población profesa una religión diferente de la presbiteriana, lejos de reducir los riesgos de ataques desesperados en suelo norteamericano, pueden incentivarlos. Puede preguntarse la razón de excluir a Arabia Saudita de la lista de países vetados, cuando éste tiene un modelo de gobierno similar al que propone el fundamentalismo islámico. Un presidente de los EE. UU. responsable no puede creer que golpear a más de 1.300 millones de personas no tiene consecuencias en su propio país. Por reducción al absurdo quiere que se valoren las ventajas de la tolerancia, el respeto, la inclusión y la admiración por otras culturas.
Un país orgulloso de su institucionalidad no puede creer que es serio que el gabinete se haya escogido para destruírla. La secretaria de Educación quiere acabar con las escuelas públicas, el de Energía con las instituciones promotoras y reguladoras de las diferentes fuentes, el de Medio Ambiente con los parques naturales y las entidades que preservan la ecología, el de Salud con el derecho a este servicio por parte de millones de ciudadanos, etc. Por supuesto no puede ser serio ni cierto. ¿Cuándo despertaremos de esta pesadilla?
Fuente: http://www.elespectador.com
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