A Lucía Caram, en el día de las Candelas. “Una de las voces claras del Evangelio”


Sor Lucía Caram, op

“Los insultos vienen de gentes que tienen miedo a la verdad”

Redacción, 02 de febrero de 2017 a las 08:41

(Xabier Pikaza).- En principio parece que tienen poco que ver. Lucía Caram es una monja dominica que ha logrado abrir un espacio de evangelio en la dura sociedad hispana, en gesto de compromiso social y libertad, dentro de un mundo donde parece que no importa el evangelio oficial de la Iglesia establecida. Lucía es una de las voces claras del evangelio, en un momento en que muchos llamados pastores no hablan de evangelio, sino de otras cosas.

‒ La Virgen de la Luz, popularmente Candelas/Candelaria, es una advocación mariana que ha tenido gran importancia en muchos círculos católicos. A los cuarenta días de haber dado a luz a Jesús ella aparece como fuente y signo de luz para muchísimos cristianos. Por eso quiero vincular a esta Virgen con Lucía, a quien llamaría (¡permíteme!) Lucía de las Candelas.

No pensaba haber escrito esta postal, pero lo hago porque Lucía ha ofrecido hace unos días una intensa entrevista en un programa de tv de gran audiencia, con agrado de muchos, con escándalo de algunos que le acusan de tener opiniones propias y de expresarlas sin miedo, y porque otros pocos afirman que ha negado un dogma esencial de María la Madre de Jesús, de forma que no podría dejársela suelta como anda.

He oído incluso insultos en los medios, insultos que le honran, porque que vienen de gentes que tienen miedo a la verdad, miedo a sí mismos, miedo al evangelio.

No quiero defender aquí a Lucia sin más, bien se defiende ella. Yo no sé decir las cosas que ella dice, pero me agrada que las digo, en un momento como éste en que una mayoría de gentes oficiales de la Iglesia están calladas o repiten simplemente cosas (posibles verdades) que ya casi nadie escucha.

Por eso me gusta mucho que Lucía hable, y que lo haga con libertad, mirando de frente, no de rabillo (como si tuviera que decir lo que otros le dicen). Me gusta lo que dice de María, la Madre de Jesús, que fue mujer que amaba, y que abrió con y por Jesús un camino de amor y de luz en la tierra, como hoy celebramos, el día de Candelas, viéndola con la candela en la mano

(Sé que Lucía quiere escribir un libro sobre María, la Madre de Jesús, la Cristiana…, pero quizá le falta tiempo…¿Por qué no lo hace ya, ahora…, sin esperar más?).

He visto que algunos condenan a Lucía porque no defiende su manera de entender el “dogma” que dice “nació de María virgen”, porque no saben lo que significa virgen en sentido evangélico y cristiano, personal y social. Pero no quiero seguir en esa línea en sentido directo (aunque sí indirecto, como verá quien siga leyendo)

Hoy, día de Candelas, en gesto de solidaridad con Lucía y con Vicente Haya, nuestro amigo (con quienes aparezco en la foto) quiero ofrecer una reflexión sobre los “siete dolores” activos de María, conforme al Evangelio. Buen día Lucía, nos vemos.

Evangelio del día de Candelas: 2, 2, 2017

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:
Mira, éste ha sido puesto como (causa de) caída y resurrección de muchos en Israel,
como una señal controvertida, y una espada atravesará tu misma alma,
para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones (2, 33-35)

 

 

Primera espada, primera tarea
la solidaridad de María

Como patriarca/profeta de Israel habla Simeón, presentando ante María, Madre, el destino de su hijo:

Mira, éste ha sido puesto como (causa de) caída y resurrección de muchos en Israel, como una señal controvertida, y una espada atravesará tu alma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones (2, 34-35)

Jesús será causa de caída y de resurrección de muchos en Israel (una señal controvertida) y no todos se alegrarán de su venida como Simeón: Unos se alzarán y gozarán, otros negarán al Cristo, negarán a sus hermanos.
Esta es la experiencia más sangrante de la iglesia antigua, la historia que Pablo ha

En este contexto resulta significativo el tema de la caída y elevación, que viene a situarnos donde nos ponía ya el Magníficat, el primer canto de María, cuando dijo: «derriba a los potentados…, eleva a los oprimidos» (Lc 1,52).

Pero hay una diferencia, al menos en principio. María hablaba en general… Simeón le dice ahora que ella misma ha de estar implicada en esta historia de transformación: ¡Derribará a los potentados de sus tronos, elevará a los oprimidos…”. Ésta es la verdadera novedad, la auténtica virginidad de María, que pone su vida, con Jesús, al servicio de los humillados y oprimidos.

Segunda espada, segunda responsabilidad.
El sufrimiento de su pueblo Israel

El signo de Jesús divide a los judíos: les enfrenta (les hace discutir), unos con otros, les escinde (hace que caigan o se eleven). Pues bien, ella no puede quedar indiferente ante esa gran ruptura y crisis: es madre Israel, representante del pueblo mesiánico, como indicaba el Magníficat (Lc 1, 45-55). Por eso sufre: revive en sí el dolor entero de su pueblo.

María no es madre/nodriza de un niño que invade tan sólo por nueve meses su cuerpo, para luego separarse de él, desentenderse, como si le fuera ajeno. María sigue llevando en su entraña de madre a ese niño nacido, hecho grande y convertido en bandera discutida. Por eso, la batalla por Jesús sigue librándose dentro de su entraña. Esta es la experiencia de solidaridad personal que quizá sólo una madre (o un enamorado) puede sentir de forma tan intensa.

María comparte el sufrimiento y la responsabilidad de Jesús por su pueblo Israel y por todos los hombres. Esa es su “virginidad”: Ponerse del todo al servicio de la causa del evangelio y de los pobres.

Tercera espada.
El dolor y tarea de la fe, crisis del nacimiento mesiánico.

Esta es su gran paradoja:

a) María enseñará a Jesús, ofreciéndole sus pechos y sus manos, su limpieza, su mirada, su cariño; le dará amor y palabra, le irá haciendo persona en su verdad humana, con José, su esposo, hasta el día en que él empiece ya a ocuparse por sí mismo de las cosas de su Padre, es decir, de todos los hombres (Lc 2, 49).

b) Jesús enseñará a María en un camino largo, iluminado y exigente de entrega por los demás Ésta es la paradoja más fuerte de la espada: María ha dado la vida a su hijo para que luego el mismo hijo se la pida, para que la ponga con él, al servicio de todos.

Este es el signo de María… que no empieza siendo ya virgen del todo al concebir y dar a luz a Jesús, sino que se hace “virgen”, mujer y para todos, siguiendo a Jesús en el camino de la bienaventuranzas y del don de la vida.

Cuarta espada.
Compasión de Madre ante la Cruz de su Hijo (Jn 19, 25-27).

Recordemos la escena de la fiesta de Candelas. Según la liturgia, María ha ido con su hijo, con una luz en la mano, con José su esposo, para dar gracias a Dios por la concepción y nacimiento de Jesús. Estamos en el centro de una liturgia gozosa de nacimiento. Todo son parabienes a la madre, promesas de ventura para el hijo.

Pues bien, sobre ese coro, creando un gran silencio de expectación admirada y de y miedo, se eleva la voz de Simeón que dice a María: ¡Este niño morirá de muerte dura y tú, su madre, le acompañarás, aprendiendo a dar la vida con él, a favor de los pobres y excluidos.

Aprender a ser madre de Jesús significa ser y hacerse madre y hermana de todos, en gesto de amor gozoso, pero también de capacidad de sufrimiento, a favor de los demás.

María ha aceptado a Jesús para amarle y crecerle en amor, para quererle y dejarse querer, en la más fuerte de todas las historias de familia de la tierra, al servicio de excluidos y condenados. Ellos dos, madre e hijo (con José), forman en el mundo la más fantástica pareja de amor y de sufrimiento creador de vida. Allí donde parece que todo acaba roto, que no queda más que llanto (sorber la derrota, dejarse morir, olvidarse en la droga), ellos asumen el camino de la vida, en gesto de fidelidad, al servicio de todos los humanos

Quinta espada para crecer y crear
Madre de todos los que sufren.

La tradición cristiana sabe que, siendo Madre de Jesús, María no es ya sólo hermana y madre de un pueblo especial (nueva Sara, Raquel o Rebeca) sino madre de la humanidad mesiánica, es decir, de todos los varones y mujeres que se encuentran incluidos y representados en el Cristo.

De manera consecuente, ella padece en carne viva el dolor de la humanidad sufriente. Ese dolor es como espina de un amor universal que le hace sufrir también por (con) todos, es el lamento de la madre verdadera (Eva buena) que, siendo para el Cristo, ha de vivir en gesto de servicio universal.
Por eso, María lleva en su entraña la pasión de todos los hambrientos y sedientos, exilados y desnudos, enfermos y cautivos que forman la hermandad o cuerpo sufriente de Jesús sobre la tierra (cf. Mt 25, 31-46).

Pero ella no sufre para desvanecerse, entrando así en neurosis destructiva, sino de manera creadora, convirtiendo su dolor en trauma de más alto alumbramiento. No es inútil su espada, no es infértil su llanto. La siembra del dolor se ha convertido dentro de su alma en gran cosecha redentora: ha transformado el llanto en germen de bienaventuranza (como sabe Lc 6,21).

Todos los devotos de María deben traducir su devoción en gesto de amor fuerte en favor de los desamparados, afligidos y excluidos de la tierra. Así culmina y se realiza la virginidad plena de María, con Jesús, en gesto de servicio cercano y liberador hacia los demás.

Espada sexta y final (según la palabra de Simeón)
Para que se revelen los pensamientos.

María ha traducido el camino de Jesús en forma de meditación interior, del corazón (Lc 2,19), viviendo y convirtiendo ese camino en vida de su vida, en un proceso de participación cordial que le lleva hasta la pascua, cuando ella ha transmitido su riqueza de creyente al resto de la Iglesia (Hch 1,14). Desde ese fondo hemos de unir los dos aspectos del misterio:

a) María la contemplativa, como las monjas del Carmelo o de Santo Domingo (como Lucía Carám). El evangelio dice que ella conserva en su corazón y medita interiormente los aspectos del camino de Jesús

b) María, la mujer activa. Ella aparece en la iglesia como hermana y madre de los más pobres, conforme a su canto del Magníficat (Lc 1,46-55). Pues bien, ahora María se descubre como un alma atravesada por la espada: en el deseo de su vida ha introducido Dios la espada de Jesús, aquella «palabra poderosa y muy cortante que penetra hasta las mismas junturas del alma-espíritu, juzgando (desnudando) los deseos y pensamientos más profundos del mismo corazón» (cf. Heb 4,12-13).

Bajo el juicio de esa gran palabra se descubre María penetrada, iluminada y recreada en el dolor por esa llama de Dios que es Jesucristo. Así puede decir y dice las palabras del Magníficat:
«Derriba a los potentados…, eleva a los oprimidos; llena de bienes a los hambrientos, vacía a los ricos» (Lc 1,52-53).

Ésta es su virginidad, éste su misterio y compromiso en el camino de la Iglesia y de la humanidad.

Un final para Lucía:

Lucía, ha sido para mí un placer dedicarte estas palabras un día de la Virgen de Candelas. Ahí seguimos, sigue (seguí) te lo pido. Me gustaría que un día pudiéramos veros y hablar más tranquilos, por ahí… o por aquí en Salamanca. Mis amigos mercedarios de Argentina me dicen que tienen una familia tucumana entrañable, una hermana que es brazo de mar. Me alegro mucho. Un abrazo. Xabier

Para leer todos los artículos del autor, pincha aquí:

 

http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/02/02/a-lucia-caram-el-dia-de-las-candelas-religion-iglesia-evangelio-pikaza.shtml

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