Ladrillo macizo sostiene las columnas y los arcos neo-románicos de la Catedral de Medellín.

El nombre completo es el de Catedral Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepción de María: contraluz del barrio de las prostitutas, del parque de los borrachos y los viejos que discuten sobre la intelectualidad criolla, de la tradición de los narcotraficantes.

Memoria de una capital de obreros, tejedores, mercaderes. Espejo de una sociedad que ha puesto el trabajo como su máximo valor, por encima del arte y la cultura, por encima incluso de la moral que pretende defender.

Allí fue celebrado el funeral de Elkin Ramírez, vocalista del grupo de rock duro progresivo Kraken, el 30 de enero de 2017.

El templo se pobló de aves negras: revoloteaban con sus plumas y candelabros en la mano. Habitantes marginales a la religión oficial, ironistas dudantes, o tal vez creyentes, lejanos de los ritos que conectan al ser antioqueño con la memoria de la conquista.

Voces: no una lamentación de plañideras, ni las canciones que se solía poner a los sicarios en una pequeña grabadora junto al ataúd, después de ser asesinados.

Se trató de una espiritualidad de la música, un grito vitalista que ahondaba en las raíces, mientras los músicos de la banda tocaban en silencio. La voz de Elkin fueron todos:

Lenguaje de mi piel, camino fiel que lleva a mi verdad,

tiempo y voz, noche de luna para danzar.

Lenguaje de mi piel, ausencia que me duele soportar,

porque yo te siento aire al respirar.

Un funeral religioso, católico, como lo es hasta el hueso la ciudad de Medellín.

Elkin no lo era. O, por lo menos, vivía la mística de otro modo.

En una entrevista declaró que le había costado mucho liberarse de las trampas de la culpa y de la religión; pidió que tampoco lo confundieran con los carismáticos ni con los adoradores que usan el poder para extirpar las mentes y saquear la alforja de los incautos.

El incienso que se respiraba en la Catedral era distinto: una legión de rockeros, marcados por el signo de Caín, como escribiera Hermann Hesse, se acercaba a uno de los lugares desde donde más condenas han salido al pensamiento diferente en el departamento de Antioquia.

(Fue desde allí, por ejemplo, que el Cardenal López Trujillo inició una persecución sistemática contra la Teología de la liberación).

Los cuervos de sal resignificaban una mitología. Celebraban sobre la maqueta de la religión tradicional un rito con otro contenido: el tributo a la tenacidad de un hombre que renunció a las comodidades para entregarse a la música: lo bello es difícil, escribió Platón.

Pero también, desde el otro lado, el reconocimiento a una generación de jóvenes que se fue contra las leyes no escritas de la ciudad: las de matar o morir.

En los años 80, el rock en Medellín representó dos cosas: la música de los jóvenes, alentada por un par de emisoras que lucharon contra la tradición arraigada de esta ciudad de montañas; y también la melodía hostigada, que recibió amenazas anónimas, declaraciones de muerte, boletines y panfletos que rezaban: todo el que lleve el pelo largo y se vista de negro va a ser fusilado; firmaban los diferentes grupos: la mafia, las milicias de la guerrilla, los paramilitares.

Este arte del demonio, proscrito por la religión de la época, permitió a muchos salvarse de la cultura de la muerte. A otros, por lo menos, de ser sus legionarios.

Los bandidos, mientras tanto, tenían acceso a los centros religiosos y pedían extravagancias a sus dioses, como lo narra Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios:

¿De qué le estaría dando gracias Alexis, perdón, Wilmar a la Virgen? ¿Qué le estaría pidiendo? ¿Ropas, bienes, antojos, mini-Uzis?

Estos asesinos a sueldo –de quienes también hablara Kraken en una sus canciones, “Fugitivo”- rezaban las balas y las ungían con agua bendita.

En la Medellín de aquella época, los jóvenes que pasaban de los veinte se sentían veteranos, sobrevivientes a una guerra disparatada:

A los doce años un niño de las comunas es como quien dice un viejo: le queda tan poquito de vida -comenta el escritor.

La desazón de los rockeros era aún más fuerte, sospechosos de ser extraños para una cultura que solía satanizar al otro y así justificaba la eliminación de lo distinto:

-Ese metalero condenado ya nos dañó la noche –me quejaba.

-No es metalero –me explicó Alexis cuando se lo señalé en la calle al otro día-. Es un punkero.

-Lo que sea. Yo a ese mamarracho lo quisiera matar.

-Yo te lo mato (Vallejo).

En otros lados del continente, fueron las dictaduras las que eliminaron a los movimientos estudiantiles, desaparecieron a los hippies y torturaron a los artistas.

En Medellín, fueron los sicarios los que buscaban acabar con quien pensara diferente o se viera distinto.

Muchos rockeros, punks o metaleros, como lo expresa la música de Kraken, se sentían habitando en una selva: animales susceptibles a ser cazados, objeto de las miras de las pistolas y los chismes desde los balcones, cuestionados por los grupos a cargo de la vigilancia de los barrios populares:

Vas burlando el afán felino,

que en la jungla de calles

devora lo humano

y viste de extraño a tu enemigo

(Kraken, Aves negras).

Afuera de las lógicas de muerte, en los pequeños bares, en los parches de terraza, en las comunas ubicadas en las laderas, unos amigos miraban a la ciudad, abajo, quieta y peligrosa; se reían de su estética de plástico, su moral de mercachifles, su religión colonial; cantaban la letra de “Todo hombre es una historia”:

Nunca nadie se sentaba

a escuchar lo que pensaba:

a nadie le importó.

Era amante de la vida,

de la música que un día

sus sueños despertó

Y con su pelo en hombros

se le escapó

un día a toda esa opresión.

 

La leyenda de un muchacho del que todos hablaron mal, a quien su barrio no entendió, y muchas veces los pillos amenazaron. Pero, al final, logró vencerlos: no con armas, sino con arte.

Ese hombre fue Ramírez; también fueron muchos: que lograron sobrevivir.

(Valga decir que también hubo rockeros involucrados en el pillaje –los ejércitos de la mafia reclutaron soldados de todos los rincones e ideologías).

Han transcurrido más de treinta años, y aquella época de persecución ha menguado. El recinto sagrado se abre, por lo menos en el funeral, al canto de los que siempre permanecieron afuera.

Es un ritual de despedida que trasciende los límites de las estructuras religiosas y, por lo tanto, es más religioso: persigue lo que en el fondo nos concierne a todos: el sentido.

Uno de los visitantes me decía que nunca antes había ido al funeral de un hombre con el que no había cruzado palabra, pero lo hizo porque las palabras de ese hombre lo atravesaron a él: eran espinas.

Herían a una sociedad podrida. Ofrecían a los jóvenes el sueño de ser distintos, a un precio alto, convirtiéndose a veces en chivos expiatorios.

Y no sólo hallaron en la música de Kraken –y de muchas otras bandas- un llamado propio, al modo de una mitología personal, sino también una posición política y social, que da cuenta de las víctimas de la guerra:

Despojados, sin esperanzas,

huelen a olvido.

Mezcla de piel y de dolor.

Ángeles mutilados,

hombres ignorados, seres de barro y miedo.

Palabras que son chispas incendiarias, memoria de una de música que se filtró algunas veces en las emisoras pero que, durante mucho tiempo, sobrevivió en la periferia.

Homenaje de muchos que hoy agradecen a un artista una salvación telúrica, la posibilidad de ser distintos en una cultura de silicona y balas: poetización de la existencia, hacer de la vida una obra de arte.

En la Catedral de Medellín, donde en los años 80 y 90 se maldijo a los rockeros y se bendijo a los sicarios, se celebra un funeral con batería y guitarras eléctricas, con teclado y bajo, por personas que usualmente no van a una iglesia.

Los jóvenes de aquel entonces, ya encanecidos, regresan junto a generaciones nuevas, para seguir cantándole a la vida, a la terquedad de ser un grito, a nuestro ser ancestral y a la pasión por la memoria:

Si este pasado pesa como una cruel condena,

hijos del Popol-Vuh, un tiempo azul se acerca.

Cómo ignorar cuánto valor posee la vida.

Lucha y grita: latino, latino, latinoamericano.

Y más que todo soy: latino.