Lavado para todos. El Jueves Santo de Francisco


El lavado de los pies pone ahora en un cono de sombras la Misa de la Última Cena. El Papa            ha admitido que las mujeres participen en el rito, con la condición que pertenezcan a la Iglesia.            Pero él va más allá y lava los pies también a los musulmanes.

 

 

Sandro Magister

 

 

ROMA, 22 de marzo de 2016 – Como reformador, el papa Francisco se distingue también en el campo litúrgico. Pasado mañana, el Jueves Santo, en las iglesias de todo el mundo serán visible para todos las innovaciones que él introdujo en el rito del lavado de los pies, al cual se admite también ahora a las mujeres.

 

Como teatro del rito celebrado por él, Francisco ha elegido esta vez un centro de prófugos, mientras que en los años pasados se había llegado en el 2013 a una cárcel de menores, en el 2014 a un hospital para discapacitados y el año pasado a una prisión grande. En consecuencia, siempre en lugares donde había una humanidad sufriente.

 

El de pasado mañana será entonces el primer Jueves Santo posterior a la reforma. Pero Jorge Mario Bergoglio la puso en práctica desde su primer año de pontificado, lavando ya entonces los pies también a las mujeres.

 

De hecho, el Papa fue incluso más allá de cuanto está permitido por su misma reforma, lavando los pies – como ha hecho más de una vez – también a personas que no pertenecen a la Iglesia.

 

Pero vayamos en orden. El criterio general en el que el papa Francisco se inspira para innovar en el campo litúrgico lo enunció en el 2013 en su entrevista programática en “La Civiltà Cattolica” y en otras doce revistas de la Compañía de Jesús:

 

“El Vaticano II fue una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea… Los           frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de la reforma litúrgica ha sido un     servicio al pueblo como relectura del Evangelio a partir de una situación histórica concreta”.

 

La concepción de la liturgia como acto pedagógico dictado por la actualidad es un empobrecimiento que comprensiblemente ha dejado desconcertados a los expertos en la materia. Entre ellos está el cardenal Robert Sarah, incluso promovido por Francisco en el 2014 a prefecto de la Congregación vaticana para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

 

El hecho es que, después del nombramiento, rápidamente el Papa le dijo al cardenal Sarah que tuviera en cuenta un cambio en el rito del lavado de los pies. Cambio que hizo explícito e impuso en una carta al mismo Sarah, el 20 de diciembre del 2014:

 

“Dispongo que se modifique la rúbrica según la cual las personas previamente elegidas para recibir el lavado de los pies deben ser hombres o jóvenes, de tal modo que desde ahora en     adelante los pastores de la Iglesia pueden elegir como participantes en el rito entre todos los         miembros del pueblo de Dios”.

 

Pero tuvo que pasar más de un año, hasta la Epifanía del 2016, para que Sarah emitiera el decreto respectivo. Evidentemente no convencido de la bondad de la reforma, el cardenal pidió y obtuvo que se publicara junto al decreto, firmado por él, también la carta con la que Francisco le había ordenado la innovación, para que se pusiera de manifiesto la paternidad del cambio.

 

En el decreto se dispone justamente que no accedan más al rito del lavado de los pies sólo los “hombres”, sino más genéricamente los “previamente elegidos entre el pueblo de Dios”. Es decir, en la práctica “hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, clérigos, consagrados y laicos”.

 

El resultado es un cambio en la simbología del rito. Mientras que tradicionalmente el lavado de los pies reproducía el gesto hecho por Jesús con los apóstoles, razón por la cual era celebrado solamente con hombres y en número de doce, ahora ese lavado debería representar algo totalmente distinto: “la variedad y la unidad de cada parte del pueblo de Dios”.

 

Es curioso que una eliminación tan neta del gesto ejecutado por Jesús con los doce apóstoles haya sido querido precisamente por un Papa jesuita, es decir, seguidor de ese san Ignacio [de Loyola] que era muy sensible a la “composición precisa del lugar” – escena, palabras, personajes – de todos los gestos llevados a cabo por Jesús e incitaba a imaginarlos y revivirlos como habían acontecido realmente, aplicándoles los cinco sentidos en su totalidad.

 

No sólo eso. Con la modificación del rito se hizo presente también un elemento que se habría esperado que fuera muy querido por Francisco y por su predicación de la misericordia, es decir, el hecho que entre los doce apóstoles  a los que Jesús les lavó los pies estaba también Judas, a quien ofreció perdón y amistad hasta el final, también después que el diablo ya le había puesto en el corazón que lo traicionara.

 

Es cierto que la innovación querida por Francisco no es obligatoria para todos, sino solamente permitida a quien la quiere.

 

Consultado sobre el tema – después que en un comentario oficial del Decreto, el secretario de la Congregación para el Culto Divino, Arthur Roche, había llevado a pensar en una obligación – el cardenal Sarah ha confirmado que el Jueves Santo no “se debe” lavar los pies también a las mujeres, sino que simplemente “se puede”.

 

Pero los hechos se imponen con fuerza propia, tanto más cuando tienen al Papa como protagonista. La Misa “in Cena Domini” del Jueves Santo entra de hecho en un cono de sombras – y con ella el recuerdo de la institución de la Eucaristía y del Orden Sagrado –, mientras que lo que irrumpe en primer plano es el gesto del lavado de los pies, que entre otras cosas hasta 1955 se celebraba siempre fuera de la Misa.

 

Un gesto cuyo carácter “inclusivo” domina actualmente sobre cualquier otro. Porque si es verdad que la carta del Decreto de reforma admite en el lavado de los pies sólo a los pertenecientes al “pueblo de Dios”, es decir a la Iglesia Católica, el espíritu con el que Francisco lo pone en práctica no conoce límites.

 

El Jueves Santo del 2013, en la cárcel romana de menores de Casal del Marmo, el Papa lavó los pies también a cristianos ortodoxos y a musulmanes, entre éstos últimos a una joven de nacionalidad serbia.

 

El Jueves Santo del 2014, en el centro “Santa Maria della Provvidenza”, para discapacitados de todas las edades, propiedad de la Fundación don Gnocchi, Francisco le lavó los pies, además de a cuatro mujeres, a un libio de religión musulmana.

 

Mientras que el Jueves Santo del 2015, en la cárcel romana de Rebibbia, entre los seis hombres y las seis mujeres a los que el Papa les lavó los pies han sido noticia la showgirl congolesa Silvy Lubamba y sobre todo el transexual brasileño Isabel.

 

Tomado de http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1351258?sp=y

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