Cuando la monja Cristina Kaufmann enseñó a rezar la Mercedes Milán en un plató de televisión, algo mutó para siempre en la relación entre espiritualidad y medios audiovisuales. Era el 12 de mayo de 1984. Esa carmelita suiza de ojos celestiales y mirada sabio -muy atractiva- se puso a rezar ante las cámaras para que la entrevistadora se lo pidió. Ella se prestó. Kaufmann, monja suiza afincada en el Carmelo de Mataró, se quedó parada un tiempo, un agravio indeseado para la dinámica televisiva, que no admite silencios considerados “huecos”. Fue un momento de impacto. Desde entonces la figura de la mujer que opta por la vida consagrada, ya sea vida activa o vida contemplativa, ha despertado la curiosidad la pequeña pantalla, donde se le ha invitado con motivaciones diversas: cocinar, comentar la actualidad, o también bailar y cantar.

Una consigna no escrita establece que “queremos monjas los platós”. Porque son exóticas y ofrecen ese contrapunto necesario a una Iglesia clericalitzada y masculina. Y para que suelen ser mujeres interesantes y con discurso. Y libres. Las monjas tienen muchos méritos. Un de considerable, recordarnos que hay otras maneras de ser mujer que no pasan por casarse o tener hijos. Ser monja es muy particular del catolicismo. No hay monjas protestantes, ni musulmanes, ni judías o sikhs. Las monjas no son un ejército, pero sí una reserva inclonable. Todavía hoy, entrar en una comunidad religiosa es sinónimo de ingresar en un espacio de libertad para la mujer. Hablamos de un espesor de unas 700.000 personas en el mundo. Sin monjas termina una vía alternativa para la realización de la mujer, un camino de autogestión femenino secular, una presencia educativa insustituible, una compañía con los más recogidos que nadie es capaz de hacer. El hábito no hace la monja. Todas son únicas. En Cataluña, la inefable Teresa Forcades es el paradigma de la religiosa brillante, de una inteligencia que horroriza y una peculiar manera de entender la vida religiosa y el compromiso social: no existen dos Teresa Forcades, es un caso único e irrepetible en nuestro panorama. Médica, teóloga y política. Y con un tono determinado y una mirada que no esquiva obstáculos. A nivel de redes sociales, especialmente en Twitter, destaca desde Palma de Mallorca sor Xiskya Valladares, conocida ya como “la monja de Twitter”. Sus Tweets son un clásico de Twitter.

No existen dos Teresa Forcades, es un caso único e irrepetible en nuestro panorama. Médica, teóloga y política

En Manresa se mueve sor Lucía Caram, culé y al que el Papa ha dado la misión de hacer alboroto, y ella no se queda corta: una de las últimas novedades es el vídeo que ha hecho junto con el actor porno Nacho Vidal para ayudar al proyecto invulnerables de La Caixa. Sor Lucía es una todo terreno, a quien en el top ranking iguala otra monja, la catalana Vicky Molins, a quien las Teresianas de Ganduxer -su comunidad- le parecía un lugar demasiado cómodo y acomodada y se trasladó el Raval por estar junto a las prostitutas. En un entorno más místico tenemos la montaña de Montserrat, donde la potente y joven abadesa María del Mar Albajar encabeza una comunidad de mujeres extra preparadas y desde donde se han abierto en el exterior ofreciendo cursos sobre conocimiento personal y focusing, una disciplina que la abadesa aprendió en la Universidad en Estados Unidos. Porque lo de “judía”, en nuestras monjas no les corresponde. Son en todo caso grandes, grandísimas mujeres. No se les pueden aplicar diminutivos.

Fuera de aquí tenemos las monjas con hábito tejano de Lerma -un imán para jóvenes preparadas que entran de postulantes y novicias en manades-. O las monjas cocineras en la tele. O las aspirantes a religiosa del programa “Quiero ser monja”. Monges. De todo tipo. Progresistas y conservadores. Con hábito o con pantalones. O con pantalones y cofia, como la Forcades. Batallas, como la religiosa  sister  Helen Prejean, artífice contra la pena de muerte. O sor Emmanuele y los sin techo de París. O sor Nirmala, la sucesora de la Madre Teresa. O sor Tecla Famiglietti, una mujer que hacía cuadrar Fidel Castro en Cuba. Antes todo el mundo tenía una tía monja. Hoy, los que tenéis la famosa “tía monja” sois unos privilegiados. Que lo sepáis.