Descolonizar la paz en Colombia, un desafío histórico


La Paz sigue siendo una utopía en Colombia. Hay muchos asuntos pendientes por resolver. El que parecía ser el primer paso, el de la negociación política del conflicto, se está dando, pero los conflictos suelen ser dinámicos. Colombia no ha terminado de ahondar en las causas de sus conflictos, porque sigue existiendo un interés pactado en épocas coloniales para que sigamos bajo la lupa de un sistema represor, expropiador, violento y aniquilador.

Para ahondar en herramientas que permitan consolidar un proceso de cambios y transformaciones estructurales no será suficiente la voluntad de grupos políticos en armas como las FARC-EP o el ELN, como tampoco los entusiastas discursos presidenciales de un gobierno que pareciera no tener mayor alcance de ejecución que la rúbrica sobre el papel mientras cae la lluvia de incumplimientos a lo acordado. Gran parte de la sociedad colombiana está expectante frente al desarrollo de un camino a la paz, pero esta expectativa conversa a diario con la incertidumbre y cada vez está siendo más complejo tramitar los acuerdos de paz construidos en La Habana.

Existen muchas visiones de lo que sería la Paz, la llegada de la sectorización (neo-liberal) del movimiento social tiene desde cada orilla muchas apuestas todavía. Y la versión hegemónica de la Paz sigue avanzando desde las lujosas oficinas de la Casa de Nariño. Mientras, hay quienes todavía esperamos que las disputas históricas nos permitan en algún momento la quitada de cenizas, polvo y océanos que tiene la verdad no oficial, no hegemónica, no blanqueada.

Está claro que el Gobierno nacional no estuvo dispuesto a debatir ni el modelo económico ni la doctrina militar y, con la reacción del Gobierno al resultado del Plebiscito, también quedó claro que la incidencia política de los sectores religiosos (eurocentrados y hetero-patriarcales) tampoco sería negociada. El panorama del diálogo ya estaba parcializado. Junto a los fragosos debates entre enemigos políticos, las organizaciones de la sociedad civil, de mujeres y de víctimas que participaron en Cuba se centraron en un mismo diálogo, aquel que estaba concentrado en el ciclo histórico que inicia en la primera mitad del siglo XX.

La Comisión Histórica del conflicto y sus Víctimas (muy patriarcal y eurocentrada con solo una mujer y todos blanco-mestizos/a), que se encargaba de informar sobre los orígenes y causas del conflicto junto a los factores que permitieron la permanencia del mismo, no pudo registrar en su informe un análisis que descomponga el relato oficial. Aún no está claro cuál es el origen, impacto y continuidad del conflicto armado sobre los territorios, comunidades y personas indígenas y afrocolombianas, a pesar que las estadísticas oficiales muestran que fueron las poblaciones más afectadas por la guerra “interna”. No obstante, ese informe será una de las fuentes oficiales para revelar la verdad y definir las posibles reparaciones que tendrán las víctimas individuales y colectivas del conflicto.

No vincular los hechos históricos que afecta (ron) la realidad de los pueblos Afrodescendientes e Indígenas en Colombia en un proceso que pretende acabar el menoscabo social y político del pueblo es un error que podría representar la continuidad de sucesos que ahondarían los conflictos. Así como está sucediendo en la tormentosa reincidencia de la guerra en territorios afrodescendientes e indígenas, como Tumaco y El Charco en Nariño, el Litoral del San Juan, Lloró, Riosucio y el Alto Baudó en el Chocó, o Toribío y Corinto en el Cauca, hoy atormentados por la acción del paramilitarismo, el ELN, el Ejército o el ESMAD.

Desestabilizar un proyecto de paz institucional, liberal y colonizada implicaría, entre otros asuntos, ahondar en lo que el tiempo lineal eurocentrado no quiere reconocer, en el caso colombiano es importante traer a flote el planteamiento crítico del intelectual haitiano Michel Rolph Trouillot quien afirmó: “La clasificación de todos los no occidentales como fundamentalmente no históricos está ligada también al supuesto de que la historia requiere un sentido del tiempo lineal y acumulativo que permita al observador aislar el pasado como una entidad distinta”

Debo precisar que las organizaciones de los pueblos Afrodescendientes e Indígenas tuvieron que acudir a múltiples estrategias durante más de cuatro años, para llegar con sus propias propuestas y cosmovisiones a la mesa de negociaciones en La Habana. Consecuencia, el capítulo étnico se aprobó 10 minutos antes de la firma final de las partes en La Habana y no recogió ni el 30% de lo que plantearon las plataformas afro e indígenas. Nada nuevo se repitió la historia del siglo XIX.

Las organizaciones del movimiento afro e Indígena llegaron precisando lecturas más complejas sobre el conflicto y sus impactos, conozco de primera mano, que hombres y mujeres Afros e Indígenas plantearon la necesidad de comprender que las tensiones y disputas contra el establecimiento no se limitan al surgimiento de las guerrillas marxistas, de hecho los conflictos de las Américas y el Caribe preceden la existencia misma de Marx, conflictos que el mismo marxismo no recoge.

Afros e Indígenas hablaron del colonialismo y del racismo que está enraizado estructuralmente en Colombia, y con ello la expropiación, los impactos criminales del extractivismo, la nefasta política neoliberal implementada por los gobiernos, los genocidios, la aniquilación de liderazgos de la resistencia espiritual, recordaron los sistemáticos abandonos y traiciones del proyecto blanco-criollo-republicano, exigieron reparaciones históricas (más temidas que las colectivas), así como, respeto a sus sistemas propios de seguridad, justicia y educación, se habló de cimarronaje y espiritualidad, en consecuencia con la necesidad de acabar con la guerra contra los seres vivos, incluyendo a la naturaleza. En términos concretos se exigió una descolonización, acercándose a lo descrito por Frantz Fanon en Los Condenados de la Tierra. Ese fue el grito de quienes convocan a sus ancestralidades para decirle a Colombia que necesita urgente una descolonización de la paz, de la versión de la paz que es proyecto del centro neoliberal representado en el Estado, pero también de la paz exigida por millones de víctimas campesinas que no han incorporado a profundidad el llamado a la desestabilización del colonialismo interno.

Estas propuestas requieren de rupturas epistémicas como, por ejemplo, la propuesta descolonizante del feminismo negro-afrocolombiano: ancestral, insurgente y cimarrón descrito por la activista-intelectual afrocolombiana Betty Ruth Lozano, una propuesta política liderada por mujeres negras/afrocolombianas y construida desde la experiencia cimarrona anti-sistémica en la colonia y que configuró territorios-otros para la emancipación, como lo fueron palenques, cumbes o quilombos. Así como la de activistas intelectuales indígenas como Silvia Rivera Cusicanqui de Bolivia, Aura Cumes de Guatemala o Negras/Afrocaribeñas como la cubana Zuleica Romay y la puertorriqueña Yolanda Arroyo Pizarro, entre muchas otras, que resisten desde múltiples trincheras.

Hablar de la consecución de la “paz con justicia social” en Colombia implica incluso desmantelar la lógica eurocéntrica y descolonizar todos los entramados de la sociedad y las instituciones, para proponer acciones contundentes que permitan desmantelar la matriz de poder moderna colonialista, capitalista, racista y hetero-patriarcal.

Para ello, una propuesta para todas nosotras y nosotros: iniciar con las organizaciones sociales y políticas, todas asumiendo el desafío histórico de la descolonización y que lideren mujeres negras/afrodescendientes e indígenas con fórmulas políticas críticas ubicadas en el extremo opuesto a las eurocéntricas, pero sin aplazar, ¡hay que hacerlo Ya!.

 

*Activista de la Diáspora Africana
Integrante de la Colectiva Matamba, Acción Afrodiaspórica
Comunicadora Social – Especialista en Acción sin Daño y Construcción de Paz

https://colombiaplural.com/descolonizar-la-paz-colombia-desafio-historico/

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