María Victoria Gómez, el ‘brinco de Dios’


Funeral de María Victoria Gómez

Emotivo funeral de la consagrada, que entregó su vida a los marginados por la Iglesia

Alzó su voz contra el cardenal Rouco y otros prelados por la persecución de los teólogos progresistas

José Manuel Vidal, 26 de abril de 2017 a las 13:09

Saludó la llegada de Francisco al solio pontificio como “un milagro, un sueño cumplido, una esperanza de futuro”. Y se convirtió en una activista de su “primavera”

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Sómbolos María Victoria

(José Manuel Vidal).- Hay personas que tienen el don de transparentar a Dios con su mirada, con sus gestos, con sus palabras y con su vida. María Victoria Gómez, fallecida el pasado martes santo en Madrid, fue una de esas privilegiadas.

Pequeña y frágil por fuera, esta monja redentorista exclaustrada, hizo del mundo su convento y de su vida, una carrera mística hacia el Amado, sin olvidar a su ‘carne’: los pobres, los preferidos del Señor. Y así se proclamó, con alegría, en su funeral, celebrado en la parroquia madrileña de San Juan de la Cruz de los carmelitas.

Pasó casi toda su vida sufriendo por una enfermedad que la impedía ingerir alimentos, la hacía retorcerse de dolor y, a menudo, postrarse en la cama. “Una vida de sufrimientos físicos, que logró convertir en una carta de Dios, repleta de alegría, de fiesta y de entrega luminosa”, como aseguraba, emocionado, su hermano jesuita, padre José Luis Gómez. Desprendía tanta luz que la enfermera que la acompañó en la hora de su muerte decía: “¡Qué sonrisa, qué luminosidad!”

Llevaba años preparándose para su encuentro con el Señor, que anhelaba. Me lo decía siempre que me llamaba por teléfono, para preguntarme cosas de actualidad e interesarse sobre todo por el discurrir de la “primavera” de Francisco: “Estoy lista, preparada, ansiosa por encontrarme con mi Amado”.

La prueba es que dejó preparado y escrito hasta su funeral, que tituló así: “Pascua jubilosa de una niña que vivió y amó, para ser el gozo del Padre”. Una niña que, cuando no podía dormir (algo que le pasaba muy a menudo) y le llamaba su hermano, le confesaba su insomnio y añadía: “Pero estoy hablando con mi Jesús y jugando con Él”.

El oficiante principal del funeral de María Victoria fue el carmelita Francisco Brandle, su padre espiritual, que la conoció cuando pidió salir del convento, para seguir siendo consagrada en medio del mundo. ¿Por qué? “Porque se llenó de Dios y sintió que tenía que salir al mundo y darlo”.

Y a fe que lo hizo y que lo consiguió, como demuestran las más de 300 personas que acudimos a su funeral, para dar gracias a Dios por haber formado parte del círculo de María Victoria. Gente de todas las edades y condiciones. Siempre fue puente. Una persona con el carisma de crear redes e interconectar a personas e ideas. Con capacidad de aglutinar. Una especie de rotonda a la que llegaban vehículos creyentes o ateos, con todo tipo de problemas e inquietudes. Ella ejercía como lo que ahora llaman una ‘community manager’ y aportaba, sobre todo, consuelo espiritual.

Y, como buena contemplativa en la acción, estuvo metida en todos los saraos eclesiales. Siempre de la parte de las víctimas, porque tenía un agudo sentido de la justicia. Se indignaba sobre todo con las injusticias cometidas en el seno de su querida Iglesia. Mujer del Vaticano II, nunca se apeó del modelo de la Iglesia-pueblo de Dios. Y por ella luchó durante el largo invierno de la involución.

La vara del cardenal

Por eso, con determinación y con la santa libertad de los hijos de Dios en la mano, se alzó públicamente contra algunos príncipes de la Iglesia. Fue sonada su carta, del 22 de abril de 2010, publicada en El País con el título de ‘La vara del cardenal‘.

En su informe (más que carta) de más de 400 páginas, la sierva de Dios María Victoria Gómez presentaba al nuncio apostólico de Su Santidad en España, Renzo Fratini, una denuncia contra Rouco Varela, Agustín García-Gascó, el fallecido arzobispo emérito de Valencia, y Fernando Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona, por violación del derecho canónico, omisión de deberes pastorales, coacciones y consentimiento de denuncias calumniosas en medios católicos contra los teólogos más creativos y abiertos.

En los últimos años, le dolía especialmente la actitud de algunos jerarcas de la Iglesia, como el obispo de Alcalá, monseñor Reig Pla, contra la comunidad LGTB. No podía soportar que, en nombre de la ley de Dios, se pudiese condenar y machacar públicamente a homosexuales, transexuales y lesbianas, que querían acercarse a la Iglesia y a los que algunos obispos les daban con la puerta en las narices.

También por eso, entre otras muchas cosas, saludó la llegada de Francisco al solio pontificio como “un milagro, un sueño cumplido, una esperanza de futuro”. Y se convirtió en una activista de la “primavera” de Francisco. Recluida en silla de ruedas, en sus últimos años, seguía militando. Rara era la semana que no me llamaba para comentarme lo que había visto o leído en Religion Digital, para proponerme acciones o, incluso, para ofrecerse a escribir una carta al Papa Francisco, abogando por su círculo LGTB cristiano y decirle que “siga adelante, porque el dedo de Dios está con él”.

Tal y como ella misma dejó establecido, la vida de María Victoria se plasmó simbólicamente en las ofrendas de su funeral con 6 objetos-símbolos. El primero, su anillo de cuerdas entrelazadas, “signo de mi consagración a Dios”. Una pequeña agenda de tapas negras, “con el nombre de todos los que amo y de muchos más que no están en ella”.

A continuación, se presentó y se colocó sobre el altar una cruz, para la que dejó escrita la siguiente presentación: “Mi cruz de tronquitos desnuda, símbolo de todos los hermanos y hermanas a quien quisiera bajar e la cruz; símbolo de mi propia cruz, sencilla, pobre y sin adornos, que me ha acompañado toda la vida”.

Su reloj, con los números grandes de las horas y una sencilla correa negra, “que ha marcado todas mis horas de amor, caminando consciente hacia la hora del amor supremo”. Unas campanitas, símbolo del gozo que predicó toda su vida, “que simbolizan mi amor y deseo de ser la alegría del Padre”.

Y, por último, el logo del “Carmelo ecuménico e interreligioso”, en cuya mística vivió sus últimos años. Allí, sobre el altar, los símbolos de su vida, junto a una foto de María Victoria, cuando era joven y guapa, y con mirada llena de luz y esperanza, que conservó siempre.

Era tan consciente de estar en las manos de Dios que esperaba con alegría el momento de acurrucarse, por fin, en su regazo. “No miraba la muerte con temor. Al contrario, era, para ella, liberación y plenitud, alegría y victoria”, señalaba su amigo, el teólogo Benjamín Forcano.

Por eso, quiso que, después de la consagración, se cantase el himno del Padre Foucauld: “Padre, me pongo en tu regazo, como un niño débil y frágil, soy tu pequeño”. El himno que plasma su vida entera, cantado por sus amigas, al que, poco a poco, nos fuimos sumando todos, mientras la emoción nos embargaba.

En esos momentos, todos pensábamos que, si hay santos, María Victoria es una de ellos. Aunque quizás nunca sea declarada oficialmente santa, pero lo fue y lo seguirá siendo en la memoria y en el recuerdo de todos sus amigos.

Oye, María Victoria: Ahora que estás en el cielo, pregunta por ‘Su Merced’, un fraile franciscano de Ecuador, amigo mío, que te precedió a la casa del Padre el pasado mes de febrero. De nombre, se llama Patricio Cabezas. Es pequeño, regordete y moreno. Dedicó toda su vida a seguir lo más de cerca posible el ejemplo de Francisco, el fundador de su orden religiosa. Por eso, se dedicó a los explotados, a los drogadictos, a los torturados, a las prostitutas…a los preferidos del Señor. ¡Qué bien os vais a entender! ¡Qué buenas migas vais a hacer! Dale saludos de mi parte y dile que contamos con él y contigo, para que veléis por nosotros. Perdimos a dos amigos, a dos testigos puros del Evangelio, pero ganamos dos ángeles intercesores. Amén.

http://www.periodistadigital.com/religion/vida-religiosa/2017/04/26/maria-victoria-gomez-el-brinco-de-dios-iglesia-religion-dios-jesus-papa-rouco-madrid-santa.shtml

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