SOBRE EL APOCALIPSIS. Traducido del francés del Nuevo Testamento Ecuménico. Editorial Du Cerf. 1977.Paris.


B I B L I A


 

Introducción.

Etnológicamente, la palabra apocalipsis viene del término griego Apocaluptein  que significa:  “retirar el velo”, una apocalypse es una “re – velación”. La apocalíptica se emparenta a la tradición profética; constituye un desarrollo particular cuya se manifiesta sobre todo en la literatura bíblica y para bíblica a partir del siglo II antes de Cristo ( Dan.7 – 12 ), pero se encuentra ya en las preparaciones a Ezequiel,  Joel, Zacarías y en Isaías.

Caracteres generales del género literario apocalíptico:

1.- La Forma de la Revelación: El género literario profético, incluso si ocasionalmente hace referencia a visiones, se caracteriza principalmente por el oráculo, palabra divina transmitida por el profeta  quien es considerado haberlo oído anteriormente o comprobarlo inmediatamente.

En la apocalíptica, el hombre de Dios es más bien un visionario, él ha visto “el cielo entre abierto”, o ha sido beneficiado de un forma de “asunción” que le ha introducido en el mundo superior y se le concedido contemplar realidades normalmente inaccesibles. Por lo tanto, el mensaje es transmitido bajo la forma de una descripción y de una interpretación de lo que ha entre-visto; la imagen toma el turno sobre el discurso; la palabra no interviene más que en el marco de una puesta en  escena y normalmente para destacar o completar la significación.

2.- La utilización  del Simbolismo: Por su misma naturaleza, las realidades celestes contempladas por el visionario son de un orden superior, sin una medida común con el hombre. Es, pues, normal que ellas no puedan ser representadas tal cual ni definidas con precisión. Para evocar el dominio de Altísimo y del Sagrado donde ha sido introducido, el autor no puede proceder más que por aproximaciones: se expresa por medio de analogías singulares, impresionantes, a veces paradójicas, donde encuentra ya muchos ejemplos en las teofanías (manifestaciones) bíblicas así como en las representaciones religiosas del mundo greco-oriental o en la liturgia (culto).

El simbolismo tiene como fin valorar el carácter confidencial del mensaje y destacar cuanto privilegio es su comunicación. Con sus alegorías, alusiones cifradas, sus proclamaciones enigmáticas, la literatura apocalíptica pretende dirigirse a iniciadas-os: sólo quienes han sido llamados pueden acceder a la inteligencia de los secretos divinos. El autor sugiere así la importancia del mensaje que entrega, estimulando la curiosidad apasionada del lector-a.

3.- Objeto de las visiones apocalípticas: Mientras que la religiosidad griega tiende libremente hacia el conocimiento de verdades superiores o a la contemplación de realidades ejemplares, la revelación bíblica declara el designio de Dios y la presencia actuante del señor en el seno de la Historia. Esta declaración es al mismo tiempo una elección, un llamado a corresponder a la actuación divina.

En el profetismo clásico, la preocupación de exhortar es directa y  habitualmente explícito. Recordando al pueblo su vocación y su destino privilegiado, los profetas  proclaman las exigencias actuales de la Alianza. La conmemoración de las maravillas pasadas apoya la consigna de la fidelidad; el anuncio de nuevas bendiciones o el castigo que tiene por fin suscitar una resolución inmediata de cambio o reforma espiritual o moral.

En la literatura apocalíptica, la exhortación a la fidelidad o a la conversión es igualmente fundamental, pero con menor inmediatez evidente. Las visiones son consideradas para comunicar los secretos de la historia: ellas revelan el desarrollo inexorable de las grandes etapas finales del designio de Dios, evocan la llegada de la era nueva y sus preparaciones misteriosas, aclaran así  al – la creyente sobre la verdadera encrucijadas (riesgos) de las vicisitudes presentes. Pero la parecida revelación tiene por sí misma valor de advertencia: mantiene la esperanza de las-os perseguidos-as, reanima el valor de los-as tibios-as, solicita la conversión de las-os turbados-as.

En la predicación profética, la conversión y la fidelidad son la condición para la afirmación de la esperanza. En la visión apocalíptica, la revelación del triunfo final de Dios implica la consigna de la perseverancia y la invitación a estar listo, preparada-o.

4.- El tema de la urgencia, el no dar fechas y la seudo-nomía: En la línea del oráculo profético, pero por otras vías, el mensaje apocalíptico se afirma como urgente. El lector-a es conducido-a a presentir la inminencia del “ Día del Señor “ y del Juicio. Esta inminencia  es sugerida como medio de procedimientos diversos siendo los más comunes el no poner fechas y la seudo – nomía de las revelaciones. Estos son supuestos haber sido recibidos antiguamente por un personaje famoso, transmitidos desde entonces por una cadena de iniciados o maravillosamente reencontrados ( por ejemplo: Apocalipsis de Baruc, el Libro de los secretos de Henoc,  Asunsión de Moisés, IV libro de Esdrás. Su origen pretendidamente antiguo y prestigioso confirma su importancia, permite también presentar como futuro un desarrollo histórico que, de hecho, se realiza ya enj el momento de la difusión del mensaje. Como los acontecimientos recientes figuran, bajo símbolos diestramente límpidos, entre los signos últimos del acontecimiento final, los-as lectoras-es que saben prever las fechas pueden esperar a asistir pronto al triunfo de los-as justos-as y al castigo de los impíos-as.

La intención de tal anuncio es evidente: la proximidad de la era escatológica (final de los tiempos) da al  tiempo presente una gravedad particular; mantiene el fervor y anima a compromisos inmediatos.

5.- La Interpretación del mundo y de la historia: Mientras que la predicación profética apunta al desarrollo del designio de Dios en el seno de una duración continua y en el marco del destino histórico del pueblo elegido, la literatura apocalíptica supone una ruptura radical entre la era presente, marcada por el pecado y la empresa de poderes malvados, y la edad futura donde se efectuará en plenitud, el triunfo de Dios y de sus elegidos-as. La era presente, tiempo de conflictos y de prueba, será reemplazada por la manifestación perentoria y definitiva del orden divino. Este cumplimiento no es aleatorio;  no depende del juego de las voluntades humanas. Los plazos son  determinados con anticipación, normalmente desconocidos por la humanidad, pues, Dios sólo es el maestro y juez de la historia.

El cosmos entero es afectado por la llegada final del Reino de Dios: la visión del fin de los tiempos tiene las mismas dimensiones que las de la creación.

Concepción parecida es a la vez pesimista y optimista: pesimista en el sentido que destaca la caducidad del mundo presente y su perversión; optimista, en tanto que afirma el triunfo final de Dios a pesar de las victorias aparentes del  mal. Es particularmente vivo en los períodos de crisis: es además en los tiempos de persecución que se compusieron los escritos apocalípticos.

 

Perspectivas particulares del Apocalipsis de Juan.

Adoptando  en gran parte los procedimientos y estructuras del género literario apocalíptico, el Apocalipsis de Juan no puede reconducirse totalmente.

Una importante sección de la obra no tiene una verdadera forma apocalíptica: las cartas a las siete iglesias de Asia ( Ap. 2 – 3 ) se parecen más a la predicación profética ordinaria. Como en el profetismo igualmente, el autor nombra y dirige su mensaje a sus contemporáneos.

Sobre todo, es por su interpretación religiosa de la historia y por sus verdaderos centros de interés que el Apocalipsis de Juan se diferencia de la mayor parte de las obras de género literario.

1.- Interpretación cristiana de la Historia: La visión joánica del fin de los tiempos a asimilado  ciertas convicciones esenciales de la teología cristiana primitiva. La nueva era, anunciada y esperada por la apocalíptica judía, comenzó con la Resurrección de Cristo. Los últimos tiempos han comenzado y los hechos de bien mesiánicos son comunicados: el espíritu está extendido sobre toda carne ( Hch. Ap. 2, 16 – 21 ) y el – la cristiana – o ha resucitado ya con Cristo ( Col. 3, 1 ). Pero este acontecimiento del Reino se cumplió en el misterio; es siempre objeto de revelación y no puede ser percibido más que por la fe. Tiende hacia su realización plena y su manifestación gloriosa.

Según esta perspectiva cristiana, el “ Día del Señor ” es desdoblado: por una parte, designa el acontecimiento de la Resurrección de Cristo y su exaltación en la Señoría; por otra parte,  aún es esperado en tanto que Parusía (segunda venida de Jesús al final de los tiempos), manifestación universal y espectacular del Reino de Dios por Cristo. Momentáneamente, hay coincidencia del “ tiempo presente “ y la “ nueva era “. La Iglesia está en el tiempo presente, pero ella es de la era futura: ella es una realidad escatológica, a la vez que cumplimiento de las profecías y premisas proféticas del fin de los tiempos.

2.- El Objeto de las Visiones: Puesto que la escatología  ha  comenzado, la ruptura clásica entre la era presente y una era nueva no ofrece más que la misma significación. No evoca más que la sucesión de dos etapas, sino que es más las distinción de dos órdenes: el orden histórico y el ordene escatológico.

Las visiones no tienen sólo  el papel de evocar el proceso del fin de los tiempos con miras a preparar el acontecimiento del “ Día del Señor “. Las visiones se interesan más en las realidades misteriosas ya instauradas y comunicadas. La teología de Cristo y de la Iglesia toma el camino de la descripción apocalíptica de la historia. La  esperanza cristiana no se alimenta solamente de la perspectiva de una Parusía inminente, sino del recuerdo de la participación actual en el combate victorioso de Cristo.

En consecuencia, el tema de urgencia, habitual en la literatura apocalíptica, no se inscribe tanto en el marco de una evaluación cronológica de los plazos escatológicos; se basa sobre todo en la convicción que la etapa decisiva del designio de Dios ha sido revelado e inaugurado en el acontecimiento pascual. Los últimos tiempos son inminentes ya que, en el misterio, ya han comenzado. La espera cristiana es tanto más firme y actuante que concierne a los bienes cuyas premisas son desde ahora acordados.

Dando lugar a la contemplación de los acontecimientos de la Salvación y a la profundización de la condición de la Iglesia, el Apocalipsis de Juan se aproxima a perspectivas de la predicación profética que quería suscitar un sueño espiritual por la conmemoración de las maravillas de la Alianza y la consideración de la vocación de Israel. Esta atención al misterio incluso del “ Reino que viene ” mas bien  que a la fecha de su manifestación gloriosa explica además porqué el Apocalipsis de Juan no adopta los procedimientos de seudo-nomía y de no fijar fechas que, en la apocalíptica tradicional,, estaban principalmente destinadas a  permitir suposiciones en cuanto a la proximidad del “ Día del Señor “.Autor y Circunstancias de composición: El libro del Apocalipsis no nos da casi una precisión en cuanto al autor. Se le da el nombre de Juan y el título de profeta ( 1, 1.4.9; 22, 8 – 9 ); en ninguna parte, y no se presenta como uno de los doce apóstoles. Una tradición bastante firme, que ya se encuentran ya huellas en el siglo II, identifica al autor del Apocalipsis con el apóstol Juan, a quien se le atribuye el cuarto evangelio. La tradición primitiva no fue sin embargo unánime en este tema, el origen apostólico del Apocalipsis permanece mucho tiempo puesto en duda en ciertas comunidades cristianas. Los exégetas contemporáneos están muy divididos. Los unos afirman que las diferencias de estilo y de teología hacen que sea difícil la atribución del Apocalipsis y del cuarto evangelio a un mismo autor. Otros destacan al contrario las analogías temáticas y doctrinales así como el trasfondo semítico de las dos obras; piensan que el Apocalipsis y el evangelio se unen a la enseñanza del apóstol Juan  por medio sin duda al redactor que pertenece a los medios joánicos de Éfeso.

El Apocalipsis es dirigido a las “ siete iglesias de Asia “ ( 1,3.11; 2, 3 ): se trata de hecho de siete comunidades cristinas situadas en la provincia de Asia cuya metrópolis era Éfeso. En razón de la cifra siete que recuerda la plenitud, se puede pensar que el autor  apunta no solamente a algunas comunidades particulares que conocía especialmente, sino también al conjunto de la Iglesia.

En cuanto a las circunstancias de composición, la obra nos aporta dos indicaciones ciertas, pero que no permiten poner una fecha precisa. De una parte, la Iglesia ha hecho la experiencia de la persecución y parece incluso confrontada a una oposición oficial del Imperio Romano. Por otra parte, la Parusía esperada se hace esperar y la prolongación de la espera suscita en algunos-as los compromisos o la tibieza, y en otros el desánimo, el cuestionamiento o la impaciencia. Teniendo cuenta de estos elementos, se puede entrever principalmente dos hipótesis: 1.- el período que sigue a la persecución de Nerón y antes de la ruina de Jerusalem ( 65 – 70 d. de C. ), o el fin del reino de Domiciano ( 91 – 96 d. de C. ). A favor de la primera hipótesis, está sobre todo  la alusión al templo de Jerusalem ( 11, 1 – 2 ) y a la sucesión de los emperadores ( 17, 10 – 11 ). 2.- La segunda hipótesis parece más auténtica a la mayor parte de los exégetas contemporáneos; se atiene al testimonio de Irineo de Lyon y, habiéndose dado la pretensión de Domiciano a promover el culto imperial, da buena cuenta de la insistencia con la que el Apocalipsis recuerda en antagonismo irreductible entre el Reino del Señor Jesús y el reino blasfemo del César. Ciertos autores piensan que las circunstancias de composición son muy complejas, porque el Apocalipsis no sería una obra homogénea sino la armonización equivocada de diversas obras que habrían sido compuestas y retocadas a lo largo de los últimos decenios del siglo I.

La estructura del Apocalipsis y su interpretación: Incluso si se hace la hipótesis de ciertas obras o ciertas uniones del Apocalipsis han conocido primitivamente una existencia independiente, el escrito que nos ha llegado revela una cierta estructura que no corresponde ciertamente a nuestra costumbre actual de composición, pero que deja entrever un movimiento general y procedimientos bastante constantes.

En conjunto, se puede diferenciar dos grandes secciones: 1.- la sección profética que se presenta bajo la forma de “ cartas a las iglesias “ ( 1, 9 – 11, 22 ), y 2.- la sección más estrictamente apocalíptica ( 4, 1 – 22, 5 ). En esta última, se encuentra globalmente el esquema acostumbrado de las evocaciones apocalípticas: los comienzos del fin de los tiempos ( 6, 1 – 11, 19 ), las pruebas inmediatas y la gran confrontación ( 12, 1 – 20, 15 ), el cumplimiento y la manifestación final ( 21, 1 – 22, 5 ). En el Apocalipsis de Juan este esquema está enriquecido y complicado por el juego de los “ septenarios “ ( siete sellos, siete trompetas, siete copas ) y las visiones intermedias que permiten al profeta multiplicar las alusiones, recapitular numerosos textos del Antiguo Testamento  y exponer su meditación sobre el misterio de la Iglesia y el tiempo presente.

El establecimiento de un plan preciso y ciertamente aleatorio, pero la dificultad principal está en la interpretación que es necesario dar a la sucesión incluso de las visiones.  ¿Es preciso ver en esta una evocación más o menos simbólica de la marcha de la historia hacia la Parusía próxima ? O bien  ¿la sucesión no es un marco ficticio al interior del cual el autor querría presentar paso a paso no las diversas etapas del proceso escatológico, sino los múltiples aspectos del triunfo de Cristo, de la condición de la Iglesia y del juicio del mundo ?La elección es fundamental porque compromete la exégesis del conjunto del libro. La interpretación cronológica tiene en ella la costumbre de la literatura apocalíptica, pero supone, para la solución ciertas dificultades, que se admite en el desplazamiento o el carácter advenedizo de varias visiones. Una importante corriente exegética actual, teniendo en cuenta el paralelismo de varios sectores del Apocalipsis, y entre otros los septenarios, no ve en la sucesión de visiones más que un artificio literario: a través del conjunto de la obra, son las mismas convicciones y el mismo mensaje que se afirman, pero retoma sin cesar bajo imágenes diferentes y en vista de aplicaciones o explicitaciones nuevas.

Mensaje y Actualidad del Apocalipsis: Como todo mensaje profético, el Apocalipsis nos proclama la actualidad del designio de Dios y, correlativamente, la urgencia de nuestro compromiso. Esta proclamación, se ha hecho dándonos la inteligencia sobrenatural del tiempo presente y de su cumplimiento.

La obra de Dios ha llegado a su término, y nosotros no esperamos más que la manifestación ( 1, 7; 22, 20 ). Ya Cristo triunfa y su Reino se ha inaugurado. Jesús es el único salvador, y desde entonces, por investidura divina, el único Señor (5, 5 – 14; 11, 15 – 17; 12,10; 19, 11 – 16 ). Estamos en los últimos tiempos, y vivimos en la anticipación de la salvación y los preludios del juicio.. De cara  a este acontecimiento, la humanidad se reparte ya en dos categorías irreconciliables: 1.- quienes reconocen a Cristo están asociados a su triunfo, y constituyen el pueblo de Dios, realización del pueblo mesiánico (7, 9 – 17; 14, 1 – 5; 15, 2 – 4 ; 17,14; 19, 1 – 9 ;20, 4 – 6 ); 2.- quienes no le reconocen, permanecen en estado de oposición: son los “ habitantes de la tierra “, los cómplices de la usurpación impía, que permanecen bajo la empresa de Satán y son entregados como él a la condenación ( 6m 15 – 17 ; 9, 20 – 21; 13, 7 – 8 ; 14 – 17 ; 14, 9 – 11 ;

17, 8 – 14 ; 18, 9 – 19 ;19, 19 – 22 ; 20, 7 – 9 ).

En esta realidad profunda, la Iglesia está estrechamente asociada a la persona y obra de Cristo:

1.- la iglesia es la comunidad elegida, el objeto de su amor ( 1, 5b; 3, 9; 7, 3 – 4 ; 12, 6; 19, 7 – 9 );

2.- la iglesia ha sido rescatada por su sangre ( 1, 5b; 5, 9; 7, 14; 14, 3 – 4 );

3.- la iglesia es la inauguración de su reino, pueblo real y sacerdotal ( 1, 6 ; 5, 10; 7, 15 ; 20, 4 – 6 ).

De esta unión constitutiva, discurre una comunión “ existencial “ ; el destino de la iglesia es visto en su asociación al destino de Jesús:

  • Cristo era profeta, “ testigo fiel “( 1, 5 ; 3, 14 ; 19, 11 ). La iglesia es una comunidad santa que ejerce el testimonio; en este mundo, está en misión profética ( 11, 3 – 6 ; 12, 17 ; 19, 10 ; 22, 9 );
  • Cristo a impulsado su testimonio hasta la pasión, porque ha encontrado la oposición de un mundo enemigo de Dios ( 1, 5 ; 5, 6 ). La iglesia cumple igualmente su misión en la prueba ; conoce el combate y el martirio ( 6, 9 ; 7, 14 ; 11, 7 – 10 ; 12, 2. 4. 11 ; 16, 6 ; 18, 24 ;20, 4 ).
  • Cristo es vencedor y resucitado ( 1, 5. 18 ; 5, 5 ; 12, 5 ; 17, 14 ; 19, 11 – 21 ). La iglesia participa ya de esta victoria; no está solamente en estado de elección, sino que está salvada y vive de las premisas de la resurrección ( 6, 11 ; 7, 16 – 17 ; 11, 11 – 12 ; 12, 11 ; 17, 14 ; 20, 4 – 6 );
  • Cristo es glorificado, establecido en la condición de Señorío ( 1, 5 . 12 – 16 ; 19, 16 ). La iglesia es ya reino sacerdotal; desde ahora ejerce en el culto su función celeste, y pronto será manifestado su triunfo ( 7, 9 – 12 . 15; 14, 3; 20, 4  6 ).

 

Así, en el tiempo presente, la iglesia vive diversos aspectos del misterio de Cristo: ella sigue  al Cordero en todo donde Él va ( 14, 4 ). Esta conformidad implica actitudes morales y espirituales:

  • Pues la iglesia debe testimoniar en un mundo que no reconoce a Dios, se la pide que viva en la fidelidad ( 1, 3 ; 2, 10. 13 . 26 ; 3, 8 ; 14, 12 ; 22, 7 . 9 );
  • En esta tierra, donde la iglesia está en exilio, sufre persecución, pero es también protegida por Dios y alimentada de premisas de la resurrección. La actitud que corresponde a este estado de prueba pero con la seguridad de la Gloria, es la perseverancia, forma particular de la fidelidad, como el martirio es una manera particular del testimonio ( 1, 9; 2, 2. 3. 10; 3, 10 – 11 ; 13, 10 ; 14, 12 );
  • la iglesia está también en éxodo, en camino hacia la revelación de la Jerusalém celeste, su verdadera patria y se prepara a vivir de la plena manifestación de su Señor. Esta perspectiva de la Gloria futura, en el seno de la prueba ´presente, mantiene en la iglesia una tensión llena de esperanza: “ Ven, Señor Jesús ! “ ( 6, 10; 10, 10, 7 ; 11, 17 – 18 ; 12, 10 – 12 ; 15, 3 – 4 ; 19, 7 – 9 ; 20, 3 – 4 ; 22, 17 . 20 ).

 

Este mensaje nos concierne. Desborda el anuncio de una Parusía futura cuyos intercambios y modalidades permanecen inciertos. No está destinado tampoco a mantener a los fieles en una vaga nostalgia que les consolaría de sus decepciones terrestres y les invitaría al no compromiso.

El Reino de Cristo no es un acontecimiento futuro sino una realidad presente. El escenario de la Parusía gloriosa y del Juicio Final no hace más que proyectar en la luz de Dios y en la simultaneidad de la eternidad lo que se  ha cumplido hoy en el misterio y en la duración de la Historia. En todo momento, la persona expresa su pertenencia y precisa su destino; en todo momento se verifica  la autenticidad de su fe y se cumple su juicio; en torno a Él y en Él se ejerce el antagonismo irreductible de la idolatría de la tierra y del reconocimiento  solamente a Cristo. La Palabra profética invita al – la creyente a apreciar la importancia eterna de cada instante; no tolera ni la distracción, ni la ligereza, ni compromisos, sino que provoca el compromiso inmediato e integral. Situando la existencia presente en la perspectiva de la Parusía. El Apocalipsis recuerda que el Señor Jesús está en el final de la Historia como está en el principio y que, más allá de las apariencias, las realidades terrestres son relativas en el designio de Dios. Pero por sus numerosas referencias al simbolismo litúrgico ( cultual ), invita a la comunidad  de fieles a vivir el culto como un encuentro actual con Cristo, como un llamado a conformarse a la Pascua del Señor, como una proclamación y una espera de la manifestación de Jerusalem celeste la cual es la anticipación y el signo”.

 

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