ENTREVISTA AL TEÓLOGO Y ESCRITOR LEONARDO BOFF


“El objetivo del imperio es eliminar liderazgos progresistas”
Con 78 años, el referente brasileño de la Teología de la Liberación continúa más que activo, entusiasmado por las ideas del papa Francisco. Su visión de la situación en Argentina y Brasil, donde se quiere llevar el proyecto neoliberal hasta sus últimas consecuencias.

(Imagen: Dafne Gentinetta)

“La crisis es tan global que se nos hace difícil hacer análisis”, afirma este hombre de pelo canoso y barba blanca que habla pausadamente en español, sin poder disimular su acento portugués. Se lo puede caracterizar como un filósofo muy crítico y agudo de la sociedad actual. Se sigue considerando un teólogo porque esa fue su formación fundamental como religioso franciscano, a pesar de que desde 1992 se apartó del sacerdocio católico planteando discrepancias con la institución eclesiástica. Ha sido uno de los iniciadores latinoamericanos de la Teología de la Liberación. Hoy es uno de los mayores predicadores de la lucha ecológica y de la sustentabilidad. También un firme defensor del papa Francisco, a quien considera junto al Dalai Lama, uno de los más importantes líderes mundiales, “en un mundo en el que carecemos de liderazgos políticos y populares”.

Leonardo Boff, ese es su nombre. Estuvo en Buenos Aires para brindar una serie de conferencias en distintos ámbitos, pero también para escuchar, dialogar, encontrarse con sus amigos políticos, dirigentes sociales, religiosos. Hubo un tiempo para el diálogo con PáginaI12. A sus 78 años Boff conserva una enorme vitalidad, derrocha entusiasmo en cada afirmación, pero deja transparentar una enorme preocupación por el momento que vive la humanidad.

“Hay cuarenta puntos de guerra en el mundo, es una guerra mundial balcanizada”, dice. “No sabemos hacia dónde vamos, nadie sabe hacia dónde vamos. Tengo la impresión de que estamos en un vuelo ciego, de un avión sin piloto”, subraya.

Para Boff “estamos inmersos en una gran crisis sistémica, que pone en duda un modo de vivir”. Vuelve sobre lo  que a su juicio es una cuestión central: la ecología. “La crisis ecológica es de tal gravedad que no podemos dimensionar el daño que está causando y tampoco alcanzar a ver la gravedad de la crisis que estamos enfrentando”, afirma. Y repite, de distintas maneras, lo que también escribió en su último libro publicado en Argentina (Sustentabilidad, Editorial Santa María, 2017): “La estrategia de los poderosos consiste en salvar el sistema financiero, no en salvar nuestra civilización y garantizar la vitalidad de la Tierra”.

Las referencias al papa y a su encíclica Laudato Si son constantes a lo largo de la conversación. La mención puede resultar sorprendente viniendo de un hombre que abandonó el ministerio sacerdotal en la Iglesia Católica como consecuencia de la persecución a la que fue sometido por la institución que le impidió expresarse, enseñar, ejercer su condición de teólogo. Jozef Ratzinger, antes de ser Benedicto XVI y actuando como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio) fue uno de sus implacables perseguidores. El libro titulado “Iglesia, carisma y poder” (1981) encierra una de las más duras críticas que se haya conocido a la Iglesia Católica como institución. En 1985 fue condenado a un año de silencio por Ratzinger. En 1991 se le impuso censura eclesiástica previa a sus escritos y ese mismo año Boff  renunció a la dirección de la revista teológica Vozes (Petrópolis, Brasil) una tribuna de la teología de la liberación.

Hoy Leonardo Boff resalta la figura del Papa y de sus enseñanzas. Admite que tiene una relación fluida con Francisco a quien le envió, apenas fue electo, una serie de ideas sobre la ecología y el ambiente. Menciona también que en aquella oportunidad recibió respuestas de Bergoglio a través de un amigo común: el entonces embajador argentino ante la Santa Sede Eduardo Valdés. Boff no lo dice, pero quienes conocen sus escritos y han profundizado en el documento papal sobre la ecología saben que muchas de las ideas plasmadas por Francisco estaban ya en el pensamiento de este hombre formado en las ideas de Francisco de Asís. “La encíclica Laudato Si no está dirigida a los cristianos, sino a la humanidad y su pedido es salvar la tierra. Es una respuesta de ecología integral, que abarca todos los órdenes de la vida. No es una ecología boba, tonta. Con este documento el Papa se puso a la vanguardia”, sostiene.

No elude las respuestas políticas. “No es posible analizar Argentina o Brasil solo desde aquí. Tenemos que mirar nuestras realidades en el marco de la crisis de la globalización, de la planetarización”. Y refuerza la idea subrayando que “dependemos los unos de los otros y cada país no puede salvarse por sí mismo, encontrar su propia salida”.

Cuando se refiere a Brasil abona la idea del “golpe parlamentario” y, con desazón, sostiene que “no vemos ninguna salida” porque los actuales gobernantes “quieren llevar el proyecto neoliberal hasta sus últimas consecuencias”. La crisis, real o supuesta, de los llamados “gobiernos progresistas” de la región también se incorpora al diálogo. “El objetivo del imperio es eliminar los liderazgos progresistas y de izquierda de raíz popular”, sostiene. “La estrategia para hacerlo es usar la represión, por una parte, utilizar a la Justicia (Poder Judicial) con ese propósito y deslegitimar la movilización popular como lucha política”. Sintetiza: “No hay leyes, sino poderes en disputa”.

“La estrategia del imperio es: un mundo, un imperio; cubrir todos los espacios y desestabilizar todos los gobiernos de base popular, ya no a través de la fuerza militar, sino utilizando a los parlamentos. Es lo que han hecho en América Latina”. Y sigue su argumentación: “El Atlántico Sur estaba abierto. Es una zona de muchos recursos en la que gobernaban las democracias de base popular. Había que intervenir para ocupar los espacios y, además, para ponerle límite a la presencia de China en la región, dado que China está entrando cada día más en América del Sur. Estados Unidos tiene que frenar a China. Es un juego geopolítico”.

“Por eso digo que el problema de Argentina y de Brasil y del resto de los países sudamericanos no se resuelve solo desde aquí”. Como dato agrega que “los recursos de agua y petróleo de Brasil están entre los más grandes del mundo y los están privatizando a precio vil”. A esta altura del diálogo, Boff pone más y más énfasis en cada afirmación. “Todo eso hace muy difícil una historia con solidaridad… y tenemos democracias de muy baja intensidad”. Vuelve otra vez sobre la política: “Se pretende el desprestigio de la política presentándola como el mundo de los sucios, donde todos son corruptos”. ¿Cuál es la alternativa? “Los gestores, los gerentes que actúan por fuera de la política. Y esto es muy peligroso, porque, yo creo, no se resuelve nada sin pasar por el mundo de la política”.

“Nadie sabe hacia dónde vamos” reitera. Y, a modo de anécdota refiere conversaciones que ha mantenido con militares brasileños. “Algunos quieren que vuelvan los militares pero ellos mismos no quieren afrontar la situación porque perciben la gravedad de la crisis”, dice mientras sonríe con picardía.

Pone su esperanza en los movimientos populares y en su capacidad de movilización. “Los movimientos sociales están despertando y ocupando las calles”, señala. Pero vuelve a advertir que “no hay líderes y eso hace difícil la construcción de alternativas. Quizás la crisis facilite la emergencia de nuevas personas que asuman esos lugares de liderazgos”.

https://www.pagina12.com.ar/37642-el-objetivo-del-imperio-es-eliminar-liderazgos-progresistas

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Dios es mi historia. No un concepto – Luis Alemán


 

Posted: 12 May 2017 05:15 AM PDT

Suelo aludir al libro de
Gerhard von Rad de LA ACCIÓN DE DIOS EN ISRAEL. Es
la historia de la fe en Israel. El israelita repasa su historia y descubre a su Dios. Nosotros nos reunimos los domingos y rezamos en común el “creo en Dios Todopoderoso, que creó el cielo y la tierra”. Nuestro credo es una fe intelectual que une a muchos si son creyentes.

Aunque reconocemos que de Dios sabemos más bien nada. Se suele decir que Dios siempre es el mismo, el inaccesible, inmutable. No está mal pensarlo como inmutable cuando entre nosotros todo cambia y se mueve constantemente. La Tierra como el Universo se mueve constantemente. Y el ser humano es voluble, en movimiento como su corazón. Si se para, se muere. Parecería que Dios tampoco puede ser inmutable. Si se detiene deja de ser. La vida es movimiento. Y Dios es la Vida.

Lo que Dios crea permanece creado en tanto esté unido a Dios. No es posible, y no está en nuestras manos, el independizarse de Dios.

Esta filosofía no la aprendí en el libro al que hice referencia. Lo que sí aprendí con Gerhard von Rad, fue a pensar en cómo creían los de Israel: en el Dios que actúa en la historia. La fe antigua, la de Abrahán, no es fe en un concepto. Es la fe en un Dios que camina, que acompaña, que interviene. Abrahán tiene fe porque descubre a Dios que le acompaña.

Al leer la acción de Dios en Israel, comencé a comprender la diferencia entre la noción filosófica de Dios y la realidad actuante de Dios. Dios no solo se manifiesta en una Historia con mayúscula o en una Naturaleza como abstracción. La abstracción del concepto no era propia del antiguo Israel. Donde se manifiesta Iahvé es en el acontecer diario y en la atosigante fragilidad diaria. Descubrir la mano de Dios en esa fragilidad diaria es una fe refrigerante: “busquen a Dios, por ver si lo palpan y lo encuentran, no estando él, ciertamente, lejos de cada uno de nosotros. Pues en él vivimos, nos movemos y somos” S. Pablo en Hch 17, 28

Creer en Dios como la consecuencia de un razonamiento filosófico será más o menos difícil. Pero resulta insuficiente para afrontar una vida real. Prescindir del Dios griego o del Dios escolástico es casi lógico a fuerza de su improductividad. No “sirven” para vivir una vida como la mía. Es decir, con el Dios del catecismo no me soporto a mí mismo ni soporto la historia de aquel ayer lejano ni el hoy. Puede que mi fe de tanto vivirla conceptualmente se me convierta en un convencimiento. Pero a mí me hace más creyente y más cristiano la consciencia de que siempre estuvo a mi lado. Por encima de la pregunta de si creo en Dios.

Será difícil verlo a mi lado. Pero es así como necesito a Dios: a mi lado, mucho más que alojado en un concepto de mis creencias.

Luis Alemán Mur

Fuente: http://www.fecansada.com

Sacerdocio Carmelitano femenino. (Basado en una conferencia de: Ma. José Arana. RSCJ)


Sin título1A lo largo de los tiempos, no han sido pocas las mujeres que se han encontrado muy limitadas por el hecho de no poder participar directamente en las actividades evangelizadoras y sacramentales. Encerradas, honestas y recogidas, tanto en la sociedad civil como en la eclesiástica, se les impedía toda actividad “impropia de su sexo” y se les evitaba cualquier responsabilidad y credibilidad.

Sin embargo, aun bajo estas prohibiciones, encontramos varias reivindicaciones femeninas cuando examinamos vidas y textos de muchas santas y místicas, que bajo el velo de una espiritualidad de la inmolación eucarística, llegan a expresar claramente una vocación al sacerdocio ministerial.

El Carmelo ha sido una tierra fecunda para estas mujeres con vocación sacerdotal, podemos leer claramente en los escritos de Teresa de Lisieux, Isabel de la Trinidad y Teresa de los Andes esta profunda convicción, pues para ellas vivir la descalcez es ser sacerdote en la inmolación.

Isabel de la Trinidad expresa: “…Del fondo de la inmolación silenciosa de un alma hostia -dice- brota un llamamiento misterioso y real, una vocación sacerdotal…”[1]. Su vida espiritual está centrada en ese anonadamiento de la víctima que se inmola: “…El sacerdote y la víctima son seres correlativos…”, y su vocación contemplativa la descubre íntimamente relacionada con la sacerdotal: “La vida del sacerdote, como la de la carmelita”; “Tal es como yo entiendo el apostolado de la carmelita y del sacerdote”; “¡Qué sublime misión la de la carmelita!; ha de ser mediadora”. Todas estas afirmaciones están profundamente conectadas con el centro de su espiritualidad: “Que no deje de consagrarme en el Santo Sacrificio de la Misa, para que sea una Hostia de alabanza para gloria de Dios”. Unida a la que ella llama “Virgen Sacerdotal”, se anega, llena de celo, en Cristo y, aunque feliz en su vocación contemplativa, sin embargo deja traslucir, como un deseo incumplido, esa “vocación sacerdotal” casi secreta: “Fuera del sacerdocio no veo nada más santo en la Tierra”[2].

Algo semejante percibía en sí Santa Teresita del Niño Jesús y poco antes de morir escribía a su hermana: “Siento en mi interior vocación de sacerdote”; y en otro momento exclama con toda espontaneidad: “Sin embargo siento en mí otras vocaciones; siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de doctor, de mártir”. Experimentaba una especial satisfacción al “tener que tocar, como los sacerdotes, los vasos sagrados”[3]. También añoraba el apostolado mediante la predicación ministerial y escribe: “Si hubiese sido sacerdote, cómo hubiera hablado de Ella!”[4]. Sin embargo, en el fondo de su corazón, no renunció nunca a esta real vocación, la supo integrar en su espiritualidad y vivencias, pero, además, tampoco excluyó la intuición de que sus deseos, algún día, se pudieran realizar: “Ando con la idea de que los que lo hayan deseado en la tierra participarán en el cielo del honor del sacerdocio”[5].

Teresa de Los Andes, es más reservada en sus comentarios, sin embargo sus ganas de participar activamente en el sacrificio del altar le consumen y lo expresa recurrentemente en sus cartas. Ella considera su vocación a la vida contemplativa en el Carmelo semejante a la vocación sacerdotal pues: “La carmelita es hermana del sacerdote. Ambos ofrecen una hostia de holocausto por la salvación del mundo”.[6] Su vida quiere ser una continua la inmolación eucarística, y siente la misión de cristificarse por medio de la eucaristía, donde ella se ve reflejada: “Dime por donde puede buscarse a la Carmelita que no se le encuentre en el altar del sacrificio. Es inmolada cual la hostia santa: en silencio. Su acción, su obra redentora, ¿No es acaso semejante a la de Jesús-hostia? Ella salva las almas por la oración y el sacrificio.”[7] Es tanta la seguridad que siente en esta semejanza con Jesús Eucaristía que pide a sus directores espirituales que la ofrezcan como tal en la misa: “Quiero ser hostia por hostia. Introdúzcame en el cáliz para que bañada en la sangre de Jesús, sea aceptada por la Sma. Trinidad”.[8]

La vocación sacerdotal no es solo un ministerio apostólico, implica en sí una mística y espiritualidad propia y especifica, cuyo mejor ejemplo, según estas santas, ven reflejado en la Virgen María, verdadera mujer sacerdotal: “Con la Sma. Virgen he arreglado que sea mi sacerdote que me ofrezca en cada momento por los pecadores y sacerdotes, pero bañada con la sangre del Corazón de Jesús.”[9]

Sin embargo muchos apuntan que estas vocaciones al ministerio sacerdotal y las de otras muchas mujeres de tiempos pasados y modernos no son vocaciones verdaderas, pues su verdadera vocación es la de ser victima (sic), ya lo reconocía Paulo VI: “La mujer no puede ser sacerdote. No realiza el Sacrificio. Pero la mujer puede ser víctima”.[10] Pero a éstas y otras mujeres no les convence esta idea. Es más, ven en ello una flagrante injusticia y desigualdad.

La célebre Carmelita y filósofa Edith Stein señalaba como una gran contradicción la postura del Derecho Canónico que excluye a las mujeres, por el hecho de serlo, de todas las funciones consagradas dentro de la Iglesia. “¿A qué se debe esto?”, se preguntaba; porque, ciertamente, además de no encontrar razones en contra del sacerdocio femenino desde el punto de vista dogmático, antropológico ni bíblico, pensaba que es una cuestión “que aún no ha sido tomada en serio” y esperaba, de la Iglesia, una futura acogida[11].

[1] ISABEL DE LA TRINIDAD, Obras Completas, Madrid 1958. pp. 171, 173, 185, 192, 223, 254, 365, 369, 541, 547, etc.

[2] Ibid., 904-905.

[3] SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS, Manuscritos Autobiográficos (Historia de un alma), Burgos 1958, p. 242.

[4] Se refiere a la Virgen, p. 373.

[5] Proceso diocesano, 2741, Sor Genoveva.

[6] SANTA TERESA DE LOS ANDES, Obras Completas, Burgos 1995. Carta 63, p. 375.

[7] Ibid. Carta 138, p. 613.

[8] Ibid. Carta 116, p. 547.

[9] Ibid. Carta 162, p. 674.

[10] J. GITTON, Dialogues avec Paul Vl, Fayard 1967, p.304.

[11] C. FELDMANN, Edith Stein, Judía, Filósofa y Carmelita, Barcelona 1988, p.72. A. JIMÉNEZ VICENTE, Destellos en la noche, Publicaciones Claretianas, Madrid 1990, p. 70.

COLOMBIA. “Mis años de guerra”: los guerrilleros y la religión


Por Juan Esteban Londoño

Termino de leer el libro Mis años de guerra (2008), del analista y politólogo colombiano León Valencia, quien se desmovilizó de la guerrilla del ELN en 1994, y desde entonces se ha dedicado a un activismo pacifista.

Este libro me trae algunas impresiones sobre aspectos que quiero destacar: la relación entre la guerrilla y la religión en Colombia; el fenómeno del narcotráfico; la realidad contradictoria de estos grupos guerrilleros vista desde adentro; y la experiencia de las desmovilizaciones anteriores, de cara a la actual desmovilización de las FARC y a los posibles diálogos con el ELN.

El libro denota una fuerte presencia del fenómeno religioso en los movimientos revolucionarios en Colombia durante los años 70, principalmente en la guerrilla del ELN.

León Valencia menciona algunos casos en los que sacerdotes, religiosas y laicos católicos impulsaban jornadas de reflexión que llevaron a la transformación de la mentalidad de muchos hombres y mujeres pobres en el campo y en la ciudad en Colombia. En aquel entonces había un proyecto de transformación social, movido por la comprensión que estas personas tenían del evangelio:

“Eran doce sacerdotes […] Recorrían las veredas formando sindicatos y asociaciones. Tenían grupos de estudiantes y campesinos en todas partes. Algunos jóvenes de las universidades de Medellín se les habían unido y se encontraban ya metidos en el campo” (Valencia, 2008: 40).

Esta “nueva manera de entender la religión” (41) estaba inspirada por la Conferencia Episcopal Latinoamericana de 1968, reunida en Medellín, que puso a los pobres y sus luchas sociales como lugar prioritario de la reflexión teológica.

Este mismo impulso dio paso a lo que fue la Teología de la Liberación. Sin embargo, aquí hay que detenerse y hacer distinciones, pues el mismo impulso llevó a dos –o más- vertientes distintas: la acción pacífica de muchos religiosos, religiosas y laicos para reclamar los derechos de los campesinos y obreros; y la militarización de muchas oposiciones que culminaron en la conformación de guerrillas.

(Esto último, tampoco debe ser malinterpretado, pues estas personas se levantaron en armas creyendo, en su momento, que hacían lo correcto y que estaban defendiendo sus vidas y sus derechos).

Estos sacerdotes, religiosas y laicos optaron por la justicia y la defensa de los pobres, convencidos por lo que encontraron en el Evangelio, no en los libros de Marx; como lo deja ver Valencia:

“Los nuevos sacerdotes que encontré no tenían tantas ideas políticas en la cabeza, su motivación les venía de un profundo compromiso evangélico” (75-76).

El contenido de este evangelio consistía en el seguimiento de Cristo, en la preocupación por los débiles y los excluidos.

Valencia, que era un marxista comprometido en ese entonces, y preparaba bien los discursos de sus lecturas para impresionar a los religiosos activistas, chocaba contra una visión menos libresca y mucho más humana de la realidad, la que venía de la experiencia:

“Me regalaban a cambio su idea de compromiso con la gente, su bella idea de que había que encarnar en el pueblo como Cristo, hacerse pueblo, compartir sus dolores, sus tristezas, sus alegrías” (76).

Esta visión nutría la fe de muchos religiosos en los años 70 y 80 en Colombia. Habían encontrado un sentido social en el evangelio. Esto les permitió generar organizar al pueblo para que luchara por mejores salarios, infraestructura y educación.

Pero cuando llegó la hora de decidirse en la guerra que se estaba fraguando con brutalidad desde el Estado contra los campesinos y obreros, muchos sacerdotes, religiosas y laicos no siguieron el camino del mero activismo compasivo, sino que tomaron las armas.

Figuras emblemáticas como Camilo Torres, Domingo Laín José Antonio Jiménez, Manuel el Cura Pérez y su compañera la ex monja española Mónica reflejan la presencia de religiosos en el movimiento armado.

Tal presencia religiosa dio fuerza al movimiento guerrillero del ELN durante muchos años.

(Sobra decir que los teólogos de la liberación de los años 70 y 80 nos deben una reflexión sistemática crítica sobre la práctica de muchos seguidores de su teología en los movimientos guerrilleros).

En su libro, Valencia se pregunta por qué en Colombia no se dio un salto social y popular hacia la revolución. Una respuesta posible que da es el narcotráfico: fenómeno que debilitó a las guerrillas, inicialmente como su enemigo y, posteriormente, como la bestia que las absorbió.

Según Valencia, el narcotráfico frenó los procesos revolucionarios en Colombia, puesto que los jóvenes pobres ya no sintieron la necesidad de levantarse en armas ante su situación miserable ni protestar en las fábricas para transformar su realidad.

En las ciudades, los jóvenes ahora podían adquirir medios antes inalcanzables:

“La oferta económica se había convertido en la más grave disputa a la labor que realizaban las organizaciones de izquierda en los barrios, que sólo podían ofrecer a los muchachos la posibilidad de una reivindicación colectiva dentro de un proyecto revolucionario” (194).

Los campesinos empezaron a cultivar coca, pues les garantizaba rentabilidad. La guerrilla, que inicialmente no estaba de acuerdo con los cultivos, tuvo que respetar las prácticas que les permitía sobrevivir a campesinos y, con el paso del tiempo, terminó asumiendo el cultivo y la exportación de coca como un medio indispensable para que también subsistiera su movimiento.

Pero esto no sucedía solamente con los muchachos de los barrios periféricos y del campo, sino también con las personas adultas de clase media que tenían que asimilar a los nuevos ricos que emergieron de la mafia, y poco a poco se dejaron corromper por su dinero fácil. Valencia señala, por ejemplo, que en una reunión que tuvo con el capo del Cartel de Cali, Gilberto Rodríguez Orejuela, este realizó en no menos de cinco horas conversaciones telefónicas con trece senadores de la República, como si estos fueran sus aliados.

El narcotráfico, además, fue el motor principal del nacimiento de paramilitarismo en Colombia, sugiere este escritor. A diferencia de lo que sus líderes y defensores argumentaban públicamente, el paramilitarismo surgió para defender el negocio de la droga. Ya que la guerrilla hostigaba a empresarios y ganaderos involucrados en el narcotráfico, estos se aliaron con políticos y carteles para eliminar a los insurgentes a como diera lugar.

Pero la guerrilla en Colombia no era una sola, sino varias (FARC, ELN, EPL, M19, Quintín Lame), y dentro de ellas había diferentes posiciones e interpretaciones de la vida militar, política, social e incluso religiosa.

A finales de los años 80 el tema de los secuestros era debatido entre los mandos guerrilleros. Al comienzo, se trataba de retenciones “de alto contenido político” (170) a mandatarios y jefes petroleros para que entregaran capital y se hicieran sensibles a las luchas sociales, compartiendo un tiempo con los grupos alzados en armas, durante el cautiverio. La guerrilla consideraba, además, que se trataba de una respuesta ante las acciones de desaparición forzada de personas por parte de agentes del Estado o de fuerzas paramilitares.

Valencia, no obstante, reconoce que “el secuestro y la extorsión se convirtieron en el gran tropiezo para hacer una verdadera propuesta de humanización del conflicto” (188). Cada vez más se volvió una forma de venganza y dio paso a la deshumanización que empezó a reinar entre estos grupos:

“La guerra se estaba convirtiendo en un trágico juego de espejos en el que los contendientes reflejábamos lo peor que llevábamos en el alma. En esta larga confrontación entre colombianos los enemigos empezábamos a parecernos. Desafortunadamente, más en la saña que en el honor. Uno y otro nos habíamos dado a la tarea de realizar acciones indebidas y brutales que autorizaban al contendor para hacer lo propio, tejiendo así una irrompible cadena de horror. Empezaba a sentir en esta guerra el olvido azaroso de la condición humana” (191).

Algunos movimientos guerrilleros, después de 1990, dieron un paso gigante que los llevó de ser activistas sociales y no grupos de venganza, como fue el caso del M19, algunas fracciones del EPL y el Movimiento Indígena Quintín Lame.

Sin embargo, quienes se desmovilizaron sufrieron una oleada de asesinatos por parte de grupos paramilitares, militares y también de otros guerrilleros. Ante el temor de ser traicionados y desaparecidos, las FARC y el ELN decidieron continuar la guerra:

“las FARC habían acumulado un odio feroz y tenían en su mente una venganza despiadada por la manera como la coalición entre las élites regionales, los narcotraficantes, los paramilitares y sectores de las fuerzas armadas habían llevado a la muerte y a la desaparición de miles de líderes políticos y sociales asociados a su proyecto de cambio […] Recurrirían al terror que fuera necesario […] Tenía el pálpito de que en adelante las FARC marcarían la pauta y arrastrarían al ELN a acciones de esa naturaleza” (272. 275).

Allí fue donde Valencia se separó del movimiento guerrillero, y decidió entrar en un sendero diferente, que fue su propia rendición y negociación de paz.

Hechos tan dicientes como la caída del Muro de Berlín, la rendición del Frente Farabundo Martí de El Salvador y la derrota del gobierno sandinista en Nicaragua mostraban que el mundo estaba cambiando y requería de otros medios de transformación.

Un pensamiento del desencanto llevó a este activista a comprender que el metarrelato de la lucha armada terminaba y que las profecías de sus mensajeros no llegaron a un final feliz. Lecturas como las de Vattimo, orientadas a interpretar los acontecimientos desde múltiples posibilidades, esto es, desde una hermenéutica de la pluralidad, llevaron a Valencia a continuar su defensa de los pobres desde otra esfera, más pacifista.

Al fin se desmovilizó, entre peligros y atentados del Ejército. Y fue, de nuevo, la inspiración religiosa de sus inicios, la que lo llevó a reflexionar sobre el desvío que habían tomado estos grupos de sus ideas iniciales:

No podía aceptar que la guerrilla de Camilo Torres Restrepo, el más puro de los revolucionarios de Colombia y de América Latina, no saliera a condenar sin ambages un crimen de esa naturaleza [el asesinato del obispo de Arauca Emilio Jaramillo por parte del ELN]. Me negaba a creer que una fuerza guerrillera que contaba en sus filas con cientos de curas, monjas y laicos vacilara a la hora de rechazar el sacrificio de un pastor de la Iglesia católica. Sentía que estaba traicionando a los sacerdotes amorosos que me habían rescatado de una juventud sin sentido para lanzarme a la vida apasionada de la revolución y al compromiso con mi país (p. 263).

Ayudado por los jesuitas Francisco de Roux y Horacio Arango y por otros mediadores, León Valencia logró ingresar a la vida civil para continuar su lucha desde el poder de la palabra, la denuncia y el activismo social.

Este libro autobiográfico revela que uno de los motivos que tienen muchas personas para ingresar a la guerrilla o para permanecer en ella es el miedo a ser asesinados cuando están en la vida civil.

Valencia da cuenta de muchos activistas sociales amenazados y exterminados por parte de coaliciones entre los políticos y las fuerzas ilegales, como es el caso del médico defensor de los derechos humanos Héctor Abad Gómez. O también el caso del asesinato de políticos de izquierda, como Jaime Pardo Leal, quien había sido candidato presidencial del partido de la Unión Patriótica, asesinado en 1987 (más de 4.000 miembros de dicha organización murieron violentamente en las dos décadas siguientes). Y también el caso de Bernardo Jaramillo Ossa, quien había sido senador de la República por la UP y candidato presidencial de este partido después del asesinato de Pardo Leal.

De allí brota la pregunta: ¿Está Colombia preparada actualmente para una desmovilización de guerrilleros que implique una expresión real de perdón y reconciliación?

Tal vez se necesite, hoy con más fuerza, el papel protagónico de los sectores religiosos -quienes incitaron al pueblo a levantarse en armas cuando parecía necesario, y también a dejarlas cuando ya los medios no perseguían los fines iniciales-, para que ayuden a poner en práctica la enseñanza de un evangelio de reconciliación y abran un panorama de esperanza en una cultura que respira miedo.

COLOMBIA. “Mis años de guerra”: los guerrilleros y la religión

Las ordenaciones anglicanas no son “nulas”


10.05.17 | 18:59.

El cardenal Coccopalmerio abre la puerta al reconocimiento del sacerdocio anglicano

Se lamenta de que haya en la Iglesia católica “una comprensión muy rígida de la validez y la invalidez” de las órdenes sagradas

“Cuando alguien se ordena en la Iglesia anglicana y se convierte en párroco de una comunidad, no podemos decir que no haya pasado nada, que todo es ‘inválido'”. El presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, el cardenal Francesco Coccopalmerio, acaba así de poner en entredicho la determinación del Papa León XIII en la bula Apostolicae curae que las ordenaciones anglicanas “son absolutamente nulas y sin efecto”.

Según recoge el Tablet, Coccopalmerio -uno de las autoridades más importantes en la Iglesia en cuanto a la interpretación de las leyes canónicas- ha abogado por que la Iglesia reconsidere su negativa a reconocer el sacerdocio de la Iglesia de Inglaterra. Lo ha hecho en la última entrega de las actas de las llamadas Conversaciones de Malines -un foro de diálogo católico-anglicano-, un tomo al que el purpurado ha contribuido un trabajo.

Al meollo de este asunto para el cardenal están no solo las realidades pastorales a las que se entregan sin reserva los sacerdotes anglicanos, sino también un concepto de “validez” en la Iglesia católica que resulta demasiado inflexible.

“La cuestión de la validez… no es una cuestión de ley, sino de doctrina”, escribe Coccopalmerio. “Hemos tenido y todavía tenemos una comprensión muy rígida de la validez y la invalidez: esto es válido y aquello no. Uno debería poder decir: ‘esto es válido en un determinado contexto, y aquello es válido en otro’“. “Esto se trata de la vida de una persona y lo que ha dado… ¡son cosas muy importantes!”, afirma.

Una base importante en la que se apoya el purpurado para hacer su argumento son las muestras de cariño en tiempos recientes entre diferentes Papas y los arzobispos de Canterbury, los cabezas de la Iglesia anglicana. En ocasiones éstas han pasado, cabe recordar, por intercambios de objetos litúrgicos, tales como cruces pectorales. En el encuentro histórico en 1966, por ejemplo, entre el Papa Pablo VI y el entonces arzobispo de Canterbury, Michael Ramsey -reunión que abrió la etapa moderna de acercamiento entre las dos comunidades eclesiales- el obispo de Roma entregó a su homólogo no solo su anillo episcopal, sino también un cáliz.

“¿Qué significa cuando el Papa Pablo VI dio un cáliz al arzobispo de Canterbury?”, se pregunta Coccopalmerio en su trabajo. “Si fue para que celebrara con él la Cena del Señor, la Eucaristía, fue para que lo celebrara válidamente, ¿no?”. El cardenal prosigue que, a su juici,o el regalo de una copa que contenía la Sangre de Cristo “es más fuerte” que el de una cruz pectoral, “porque un cáliz se usa no solo para beber sino para celebrar la Eucaristía”. “Con estos gestos la Iglesia católica ya intuye, ya reconoce una realidad”, declara el purpurado.

Pero no es solo el cardenal Coccopalmerio el que sostiene que la postura de la Iglesia católica sobre las ordenaciones anglicanas debe cambiarse. También lo hacía -aunque en menor grado- el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, según el trabajo que publica en el presente volumen el otrora obispo anglicano de Europa, Geoffrey Rowell.

Sobre las órdenes anglicanas, el obispo Rowell cita al cardenal Ratzinger, en el transcurso de las Conversaciones de Malines, al efecto de que “no podemos hacer nada acerca de las palabras de León XIII pero hay, no obstante, otras maneras de mirar las cosas”. “Cuando una comunidad eclesial, con su ministerio ordenado, en obediencia al mandamiento del Señor, celebra la eucaristía, los fieles se hallan en los lugares celestiales, y allí se alimentan de Cristo”, habrá dicho en una ocasión, según Rowell, el hoy en día Papa emérito.

Pero la verdadera novedad que desprende de este último volumen del foro católico-anglicano son las declaraciones del cardenal Coccopalmerio. Palabras que, incluso, podrían desencadenar en un gesto histórico de la Iglesia católica hacia la anglicana en este año en el que se celebra el 500 aniversario de la Reforma de Lutero.

“Hoy, las Iglesias están divididas, o, más bien, dicen que están divididas porque carecen de elementos comunes que, sin embargo, no son fundamentales porque no son cuestión de fe”, afirma el purpurado en cuanto al actual estado de las relaciones ecuménicas. “Decimos: ‘no tienen esta realidad, que es cuestión de fe, por consiguiente estamos divididos’. Pero en verdad no es ninguna cuestión de fe; solo aparentamos que lo sea“. Una situación de menos que óptima claridad, añade, que merece que se reexamine el grado hasta el que la Iglesia católica podría reconocer el sacerdocio anglicano.

 http://blogs.periodistadigital.com/don-de-lenguas.php/2017/05/10/las-ordenaciones-anglicanas-no-son-nulas

QUE HERMOSURA!!!


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Las madres de Soacha no encuentran justicia en Colombia


María Sanabria lleva nueve años luchando por conocer la verdad tras el asesinato de su hijo a manos del Ejército.

María Sanabria con la imagen de su hijo.
María Sanabria con la imagen de su hijo. OXFAM

María Sanabria quiere saber la verdad. Hasta hace algún tiempo también esperaba una sentencia condenatoria por el asesinato de su hijo Jaime Estiven Valencia. “Después de nueve años, se empieza a dudar de que alguien vaya a ser condenado, pero al menos quiero saber qué pasó, cómo fue, por qué lo hicieron. Saberlo es otra forma de justicia”, dice. Desde 2008 lleva haciéndose las mismas preguntas. Su única certeza es que a Jaime Estiven lo torturaron, lo mataron y lo hicieron pasar por guerrillero. Su nombre es parte de la lista de las más de 3.000 personas que aparecen en uno de los peores capítulos de la historia reciente de Colombia: las ejecuciones extrajudiciales también conocidas como falsos positivos.

Su hijo, de 16 años, desapareció en Soacha, cerca de Bogotá, y fue encontrado muy lejos de su casa en Ocaña (Norte de Santander), bajo el rótulo de ‘guerrillero muerto en combate’. Su asesinato fue uno de los tantos que sirvió para que muchos soldados y altos mandos del Ejército recibieran felicitaciones y consiguieran beneficios económicos y vacaciones durante el gobierno de Álvaro Uribe (2002- 2010). Nueve años después, María sigue tropezando con un aparato judicial que no parece estar a favor de las víctimas. El pasado 29 de marzo se lo recordaron, una vez más. Las madres de Soacha, como se llaman a las mujeres que perdieron a sus hijos en ese municipio colombiano a manos del Ejército, siguen luchando para que el asesinato de los jóvenes no quede en la impunidad.

La audiencia en la que se hablaría del proceso por la muerte de Jaime Estiven fue cancelada bajo el argumento de que el caso debía ser examinado por la Justicia Especial para la Paz (JEP), anunciada en el proceso de paz con las FARC. Como si la desaparición de su hijo se hubiera dado en el marco del conflicto colombiano, como si su hijo, un adolescente estudiante, hubiera hecho parte de alguno de los bandos que por más de cincuenta años desangraron a un país. “¿Nueve años después me dicen eso? ¿mandan el proceso a un sistema que ni siquiera ha empezado a funcionar?”. María interpuso una acción de tutela manifestando sus dudas y pronto, un juez le dio la razón. Señaló que se vulneró el derecho fundamental al acceso a la administración de justicia al pretender enviar el caso a la JEP. María espera una nueva citación por la vía ordinaria para ver si por fin puede escuchar la verdad.

El debate sobre la aplicación de la JEP apenas empieza y no está muy claro sobre cuáles investigaciones procederá. Hay dudas incluso por los expedientes en los que ya hay condena. Hace unos días 21 militares, entre ellos un coronel, fueron sentenciados a penas de cárcel de entre 37 y 52 años por estos crímenes, pero no se descarta que esas investigaciones se reabran en la jurisdicción especial. “Estamos frente a una inflexión histórica que permitirá un tratamiento que realmente cobije a quienes participaron en el conflicto de manera directa o indirecta y esa determinación la tomarán los jueces y magistrados en cada caso”, dijo recientemente el vicepresidente de Colombia, el general en retiro Óscar Naranjo. Serán entonces los jueces quienes decidan a qué tribunal se someterán los militares involucrados en las ejecuciones extrajudiciales. Muchas madres se alistan para demandar con tal de que los procesos de sus hijos sigan en el ámbito ordinario.

“Hemos vivido un doble crimen: asesinaron a nuestros hijos y nos niegan el acceso a la justicia”, repite María, de 60 años. Los casos por los que las madres de Soacha luchan han sido declarados como crímenes de lesa humanidad y ese es el argumento principal, dice ella, para rechazar que tengan un tratamiento especial.

María también espera que la demanda contra el expresidente Uribe por injuria y calumnia avance. En la audiencia más reciente, el exmandatario no asistió y varias madres de los jóvenes que fueron ejecutados extrajudicialmente se quedaron esperando la retractación del ahora senador. Hace dos años, Uribe aseguró en un trino que se había reunido con algunas de estas mujeres y que ellas le reconocieron que sus hijos habían participado en actos delincuenciales. Las víctimas lo denunciaron e insisten en saber a quién se refería con esa afirmación.

“Si mis palabras ofendieron a las madres les pido perdón. Las madres que me denunciaron no estuvieron en la reunión de la presidencia, aunque mis palabras no refieren a ellas, les pido perdón. A las madres que estuvieron en la reunión de la presidencia también les pido perdón”, decía un mensaje escrito por el expresidente. Ellas solo esperan que asista el próximo 19 de mayo a una nueva audiencia en este proceso. “Si no llegamos a una conciliación, el juicio tendrá que avanzar”, sentencia María, que cada año que pasa habla con más fuerza.

http://internacional.elpais.com/internacional/2017/05/12/colombia/1494541802_870832.html

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