Conoce a las mujeres sacerdotisas en México


Amparo Lerín es una de las 15 mexicanas ordenadas sacerdotisas en el país, las cuales ya son una realidad.

Redacción – Tabasco HOY

(Agencia.)

15/05/2017 13:05 / Ciudad de México

A un templo católico de Saltillo, Coahuila, entró una mujer con aire decidido y frente en alto. Llevaba el pelo recogido y lentes sobre su cabeza. Atravesó el pasillo central observando la nuca de las presentes, que esa tarde habían llenado todas las bancas, como si fuera la misa del domingo, pero ahora había en las primeras filas un grupo de monjitas.

Cuando llegó hasta adelante y estuvo a unos metros del altar, se dio media vuelta y sonrió. Los ojos de todos se entreabrieron de forma extraña. La vestimenta superior de la mujer era eclesial, con un alzacuellos blanco, como el que usan los sacerdotes, pero ella llevaba falda. Y los ojos terminaron de abrirse cuando les reveló: “yo soy sacerdotisa”.

Las mismas monjitas ahí presentes la vieron con extrañeza, pero con aceptación. Estaban viendo la versión femenina de los sacerdotes a los que están acostumbradas a servir y ayudar, sólo que con falda y un poco de labial.

Ese día, la mujer sacerdote no estaba ahí para consagrar el pan y el vino, sino para hablar de la dignidad de la mujer en la religión. Se llama Amparo Lerín Cruz, y es una de las dos primeras mexicanas ordenadas por la Comunión Mexicana de Iglesias Reformadas y Presbiterianas.

Pero no son las únicas sacerdotisas en México, también las hay de otras denominaciones religiosas, como la Iglesia anglicana, que contabiliza casi 10 mujeres mexicanas ordenadas sacerdotisas, otras tantas diaconisas y hasta podría haber una Obispo.

Desde 1994 algunas iglesias, como la Anglicana, los episcopalianos de EU o los luteranos de Suecia y Alemania, ya reconocieron su dignidad eclesial y no sólo ordenan mujeres sacerdotes, también obispos.

Según cifras del 2010, ese año fueron ordenadas más sacerdotisas que sacerdotes: 290 mujeres frente a 273 hombres. A partir del 2000, cada año se ordenan unos 500 nuevos presbíteros varones, pero también se jubilan unos 300 y otros tantos dejan el ministerio.

En México como en otras partes del mundo no la han tenido fácil. Mientras que las anglicanas llegaron con camino recorrido, otras denominaciones religiosas trabajaron contra corriente. Es el caso de Amparo Lerín, quien pertenecía a la Iglesia Nacional Presbiteriana de México.

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Ella misma fue ponente durante el Concilio sobre la Ordenación de Mujeres en diciembre del 2011, pero los presbiterianos se negaron a validar el sacerdocio femenino. Y ella junto con otros siete miembros lograron encontrar el camino para hacer realidad el sacerdocio femenino.

Mientras eso sucede en otras denominaciones religiosas, en la Iglesia católica el tema va lento. Hubo un intento hace 15 años, en un encuentro mundial de teólogos solicitado por Vaticano para estudiar el sacerdocio femenino, al que acudió el fraile dominico mexicano Julián Cruzalta.

Y ahora, el Papa Francisco creó una Comisión especial para estudiar la posibilidad de otorgar el diaconado a las mujeres. Julián Cruzalta dice que el camino en la Iglesia católica es lento y si pasa algo será hasta dentro de 30 años.

VOCACION FEMENINA

En el altar, dos manos morenas se extienden y toman el pan. Quien oficia la eucaristía, de solemne alzacuellos y ornamento multicolor, pronuncia las palabras que Jesucristo dijo hace 20 siglos. “Esto es mi cuerpo entregado a favor de ustedes. Tomad y comed todos y todas de él”.

El rito continúa elevando la copa de vino y ofreciéndola a los reunidos a la mesa del Señor. La comunidad eclesial está reunida y en espera del momento de compartir el pan. Y ella lo hace, sí, ella, la mujer de falda negra que acaba de bendecir el pan y el vino es quien preside.

Se llama Amparo Lerín Cruz y nació en la capital de Oaxaca. Su padre era originario de la región de La Cañada y su mamá de Etla. Su madre era de religión Pentecostal, mientras que su padre se declaraba ateo, aunque era hijo de católicos.

“A nosotros a veces nos dejaban en la escuela dominical, íbamos eventualmente. Mi abuela paterna era católica, mis tías también, entonces me llevaban a misa, me enseñaban a rezar, mi mamá me enseño a orar. Yo oraba”, platica Amparo.

Pero al final de su adolescencia decidió seguir la religión evangélica y comenzó a asistir a la Iglesia presbiteriana. Participó de misiones llevando comida, vestido y brigadas médicas a comunidades rurales. Poco a poco se enamoró del servicio, y es entonces cuando surge la vocación.

Un día, estando en un campamento de jóvenes, habló con uno de sus pastores y le confesó que sentía el llamado de Dios a servir. La respuesta fue que siguiera orando para pedirle la dirección a Dios, para que él confirmara el llamado. Y así lo hizo.

“Hubo un momento en el que yo le dije a mi pastor ‘ya estoy lista. Tengo algo ahorrado y me quiero ir al Seminario’. Y me dijo ‘yo no sé si aceptan mujeres’. Déjame hablar al Seminario Teológico Presbiteriano de México. Habló y después me dijo ‘sí aceptan mujeres”, recuerda.

DESHEREDADA

Lo que seguía era decírselo a sus papás. Cuando se los confesó, le dijeron que estaba muy joven, que primero estudiara una carrera universitaria, tuviera su casa, su carro, que ejerciera. Por eso ingresó a la carrera de Administración de Empresas, de la que se graduó a los 22 años.

“Esos cuatro años de la carrera, mis papás pensaron que se me iba a olvidar. Yo al contrario, lo afirmé. Le pedía al Señor que si no era su voluntad me dijera de alguna forma, pero no fue así. Trabajé, ejercía; aún ejerzo como administradora, pero la pasión por el servicio, por el apostolado, continúa”, manifestó Amparo.

Por eso cuando terminó la carrera se puso a trabajar e hizo algunos ahorros para irse al Seminario. Cuando tuvo lo suficiente volvió con sus padres para informarleS que se iba a México, que ya estaba inscrita en el Seminario y que dedicaría su vida a Dios.

Ahí comenzaron los problemas. Amparo se detiene un poco. Algunas lágrimas se asoman de los ojos mientras cuenta que sus padres le reclamaron haberse inscrito sin su autorización. Les dijo que ella ya era mayor de edad y podía decidir por sí misma.

Ellos pensaban diferente, el suyo era un hogar muy conservador, donde los papás decidían sobre la vida de los hijos. Amparo vuelve a interrumpir la entrevista por un nudo que se le ha hecho en la garganta. Y luego habla entrecortado.

“Entonces mi mamá sí me dijo ‘pues te desconocemos como hija. Te desheredamos’. Yo sé que no era mucho lo que me tocaba, pero sí me dolió bastante, pero dije ‘bueno, yo ya decidí’”, continúa el relato limpiándose las lágrimas.

Les dijo que no importaba que la desheredaran, que la desconocieran, que se iba. Y a pesar de la negativa, la acompañaron a entregarla al Seminario y no volvió a verlos sino hasta tres meses después, cuando su mamá volvió un día, le pidió perdón, le dijo que la quería mucho, que la extrañaba y que olvidara lo dicho antes, que ella siempre sería parte de la familia.

HASTA AHÍ LLEGASTE

En el Seminario estudió la Maestría en Divinidades y al terminar se encontró con lo que todas las mujeres que estudiaban la Teología en la iglesia Presbiteriana: que de ahí no pasan. Podían ser maestras de niños o mujeres en su comunidad, pero no podían acceder al ministerio pastoral.

A lo más que podían acceder era a ayudar al pastor de la comunidad. Y Amparo lo hizo, porque estaba casada con el pastor Rubén Montelongo, con quien procreó dos hijos. Pero no era lo mismo, ella ejercía como ayudante, pero la dignidad del ministerio era de él.

Entonces comenzaron ella y otros miembros de la Comunidad, hombres y mujeres, a trabajar para hacer ver la necesidad de otorgarles a las mujeres la ordenación sacerdotal. Sabían que desde 1985 ha habían ordenado a mujeres diaconisas y a otras como ancianas de la Iglesia.

Pero la asamblea general de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México las desconoció. Incluso en algún momento se quiso hacer un rito para retirarles la ordenación, pero no pudieron, no supieron cómo hacerlo y optaron por sólo desconocerlas.

Tiempo después, los que trabajaban por la ordenación de las mujeres o para que se diera esto dentro de la Iglesia presbiteriana organizaron un concilio en Chonacatlan en 2011 para ser escuchados por las autoridades de la Comunidad Presbiteriana.

En aquel entonces Amparo tomó el micrófono y dijo que como iglesia reformada, al ser recibidos en plena comunión por el sacramento del bautismo, hombres y mujeres gozan de los mismos derechos, privilegios, y responsabilidades, por tanto no debía haber miembros de segunda clase.

“Si la Iglesia es el cuerpo de Cristo, ¿podremos excluir a algunos de sus miembros? ¿Podemos excluir a una parte del cuerpo de Cristo que son las mujeres? No, no es posible hacer tal cosa, no es posible hacer de lado a las mujeres, porque somos parte del cuerpo de Cristo”, dijo aquel diciembre de 2011.

Luego expuso fundamentos bíblicos y teológicos para probar que la ordenación de mujeres no era contra el designio divino, sino todo lo contrario, era precisamente un designio divino instaurado en la iglesia primitiva, que los varones luego se adjudicaron.

Pero al terminar el Concilio los vetaron, les dijeron que ya no se hablaría del tema, luego la votación de la mayoría presente negó la posibilidad de la ordenación femenina. Y tiempo después, a los siete presbíteros que más lucharon por esta causa los excomulgaron.

“A las mujeres no nos hicieron nada, pues no valemos. No nos visualizan, no nos ven, entonces no nos pueden hacer nada, pero nosotros no reconocimos esa excomunión, no reconocemos su poder para quitarte de la mesa del señor”, afirmó Lerín Cruz.

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